SOMOS SANTOS POR JESUS.

089. El Santo de Dios
Solamente el Espíritu Santo podía darnos una lección tan profunda de teología, como
lo hiciera con una niñita a la que llamaban la Pequeña Neli del Dios Santo. Veía a Jesús
clavado en la cruz, y decía: -Miren al Dios Santo. Iba a la iglesia, y señalaba el Sagrario
con su manecita: -Allí está el Dios Santo. Le entusiasmaban las estampas de Jesús con
el Corazón sobre el pecho, y decía: -Ese es el Corazón del Dios Santo. Y así siempre.
Como niña, tenía sus caprichos y a veces le costaban algunas cosas. Pero bastaba
preguntarle: -¿Qué dirá el Dios Santo?, para que la chiquita hiciera todo lo que se le
ordenaba.
Pero un día cayó gravemente enferma. Sufría mucho, y todo era decir para ayudarse:
-¡Por el Dios Santo! Ante niña de santidad tan precoz, el sacerdote no duda: -Puede y
debe recibir la Comunión. Por todo examen, le pregunta a la chiquilla: -¿Qué es la
Santa Hostia? Y ella responde con una precisión pasmosa: -Es el Dios Santo que viene
a hacer santos a los hombres. Comulga, y sigue empeorando con sufrimientos cada vez
mayores. Al fin exclama un día: -Estoy en camino hacia Dios Santo. Comulga por
última vez, y se dirige a Jesús con sus palabras postreras: -¡Oh, Dios Santo!… Al morir,
aún le faltaban meses para cumplir los cinco años (Elena Organ, Cork, 1908)
He aquí una afirmación verdaderamente grande: “¡Jesús es el Santo de Dios!”… Mal
a su pesar lo reconocían los mismos demonios, como nos cuenta el Evangelio, pues al
empezar aquella vida prodigiosa de Galilea, los espíritus infernales salían de los posesos
gritando llenos de furor: -Sabemos quién eres, ¡tú eres el Santo de Dios! (Marcos 1,24)
Al subir al Cielo, la única riqueza que Jesús deja a su Iglesia es el Espíritu Santo. Y
para traerlo de una manera plena a las almas, se queda en la Eucaristía presente Jesús, el
Santo de Dios.
¿Quién es el único Santo, según la Biblia? Es solamente Dios. Ese Dios que
trasciende todas las cosas y a quien ningún viviente podía ver sin morir. Si alguno tenía
una visión de Dios, se aterraba, y su exclamación era esta consabida, patente en todo el
Antiguo Testamento: -¡Ay, he visto a Dios, y voy a morir!… Porque nadie podía
contemplar la santidad de Dios sin morir después.
Daniel contempla esta santidad divina en una visión grandiosa, pero no cara a cara,
sino en símbolos que esconden la santidad verdadera.
– El trono de Dios llameaba como el fuego. Las ruedas de la carroza de Dios eran
también fuego rusiente. Y un río de fuego envolvía el trono de Dios. Nadie podía
atravesarlo. Hasta que se presenta un Hombre excepcional que se atreve a vadear el
río de fuego. Se llega hasta el trono de Dios, y Dios lo acepta, y le entrega a este
Hombre su misma santidad, mientras le dice: Te doy el señorío, la gloria y el imperio
de todos los pueblos, naciones y lenguas. Un señorío sempiterno que nunca tendrá fin
(Daniel 7,10-14)
¿Quién es este Hombre audaz, que así se ha atrevido a pasar a través del fuego y
llegarse hasta Dios? Será el Apocalipsis quien interpretará a Daniel: -Vi los coros de
serafines que cantaban: Santo, santo, santo, el Señor, Dios omnipotente… Y vi en medio
del trono al Cordero, que decía de sí mismo: Y me senté con mi Padre en su trono
(Apocalipsis 3, 4 y 5)
– De ti nacerá el Santo, le dice el Ángel a María (Lucas 1,304)

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– Sabemos que tú eres el Santo de Dios, le confiesa Pedro (Juan 6,69)
– Yo soy aquel a quien el Padre santifica, dice de sí mismo Jesús (Juan 10,36)
¿Guarda Jesús esta santidad suya para Sí mismo? No; porque sin perder nada de su
santidad, la comunica generosamente a los hombres, como dice Él mismo:
– Yo por ellos me santifico, para que también ellos sean santificados (Juan 17,19). Se
entrega a la cruz, como el consagrado del Padre, y con ese su sacrificio quedamos
también nosotros consagrados con la santidad de Dios.
El cristiano ahora se hace santo por el Santo Jesús, que le comunica su santidad
propia con el Bautismo sacrosanto. La santidad, algo tan propio y exclusivo de Dios,
ahora el hombre la tiene al alcance de la mano. Y para ello, no tiene nada más que
agarrar todas las obras de la jornada y hacer que sean dignas de Dios. El trabajo del día
se le presenta como al cultivador de los campos. Todo se reduce a extirpar malezas y a
sembrar y a plantar semillas que colmen de belleza y frutos la tierra. En esto y no en
otra cosa encuentra el cristiano su realización más plena y la felicidad tan soñada.
San Josemaría Escrivá de Balaguer lo decía con palabras muy suyas: -Si quieres se
feliz, sé santo; si quieres ser más feliz, sé más santo; si quieres ser muy feliz, ya aquí en
la tierra, sé muy santo.
Hacerse santo el cristiano es cosa de paciencia, de constancia, de obrar sin
precipitaciones. Porque la santidad es un crecimiento normal de la persona en la vida de
la gracia. Es algo de cada día, no de un empujón brutal.
Podríamos traer como una comparación lo de un Papa tan genial como Pío XI, que le
entrega a la Beata Úrsula Ledóchowska una casa para la primera residencia
universitaria. Muy contenta Úrsula, le dice poco después al Papa: -Santidad, la casa es
muy buena. La vamos a ampliar para hacer una gran obra.
Y Pío XI, que gustaba de las cosas grandes, pero era muy prudente, le contesta: -No,
no; vaya poco a poco. Conviene crecer como las encinas y no como las calabazas, que
se hacen grandes muy pronto, pero no duran nada, mientras que las encinas crecen
poco a poco, pero son inmortales.
Jesús, el Santo de Dios, es también el que hace santos a sus hermanos. El que les lleva a
cumplir el fin para el que fueron elegidos desde toda la eternidad por Dios: santos por
una vida intachable y por el amor. Así, da muy poco miedo el presentarse ante Dios para
mirarle cara a cara, cosa que ahora se hace en la oración; después… será el único
quehacer que nos quedará para siempre..

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