POR QUE DE LA GUERRAS Y DE LAS CRISIS.

LIBRO CONSOLATA FERRERO EL CORAZON DE JESUS AL MUNDO.
“…La tarde del 24 de agosto de 1934, me encontraba en la celda junto a la
ventana. Me había dado un libro en que leí los castigos con que amenazaba el Señor.
Entonces tuve un estallido… como de Consolata: -¡Jesús! ¿Cómo quieres que nos
lavemos en nuestra sangre que es inmunda? ¡Lávanos con tu sangre! “Consolata mira
al cielo”…Lo miré y en el azul maravilloso descubrí una estrella, la primera de la noche.
Y mientras la contemplaba, Jesús gritó muy fuerte a mi corazón “¡Confianza!”…
Mientras tanto la encantadora bóveda del cielo se había revestido de estrellas y me vi
envuelta en una misteriosa fascinación. Me senté sobre el alféizar de la ventana y quedé
absorta, en muda contemplación. Me parecía que el cielo no estaba ya irritado, sino que
la paz del Reino de Dios se extendía por el pobre mundo.”
Sí, la paz al mundo, pero en el Reino de Dios Jesús es el Salvador del mundo,
puede y quiere salvarlo.
“Consolata, tengo necesidad de víctimas; el mundo se pierde y yo lo quiero
salvar.
Consolata, un día el demonio juró perderte y Yo salvarte, ¿quién ha vencido?…
Ha jurado perder también al mundo y Yo juro salvarlo, y lo salvaré con el triunfo de mi
Misericordia y de mi Amor.
Sí, salvaré al mundo con el amor misericordioso, anótalo.”
Téngase en cuenta: no es que Jesús excluya los castigos, que pueden ser
necesarios, precisamente para la salvación del mundo y de las almas. Durante el
conflicto italo-etiópico rogando Sor Consolata por los Capellanes militares, para obtener
que se mantuviesen todos a la altura de su misión, Jesús le contestó (27 de agosto 1935):
“Mira, la mayor parte de estos muchachos (los soldados), hubieran sido unos viciosos

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en sus casas. En cambio en la guerra, lejos de las ocasiones, con la asistencia del
Capellán, morirán y serán eternamente felices.”
Lo mismo le repetía en cuanto a las crisis económicas, que abrumaban al mundo
antes de la reciente guerra (15 de noviembre de 1935): “La miseria actual que reina en
el mundo, no es obra de mi justicia, sino de mi misericordia.”
¡Cuántos pecados menos por falta de dinero! ¡Cuántas más oraciones se elevan
al Cielo en las estrecheces financieras!
“No creas que no me conmueven los dolores de la tierra; pero amo las almas, las
quiero salvar y, para lograrlo, me veo forzado a usar de rigor. Pero créelo, es para
hacer misericordia.”
“En la abundancia las almas me olvidan y se pierden, en la miseria tornan a Mí y
se salvan. ¡Así es, sábelo!”
Durante la tremenda conflagración mundial, y precisamente el 8 de diciembre de
1940, entre Jesús y Sor Consolata que gemía y suplicaba por la paz, tuvo lugar el
siguiente diálogo:
-“Mira, Consolata, si hoy concediese la paz, el mundo volvería al fango, no sería
suficiente la prueba soportada.”
-¡Pero Jesús, toda esta juventud que va al matadero!
-“Oh, ¿no es mejor dos, tres años de acerbos, intensos, inauditos sufrimientos y
después una eternidad de gozos, que una vida entera de disoluciones y después la
eterna condenación? … Escoge.”
-¡Pero, Jesús, no todos son malos!
-“Ciertamente los buenos aumentarán sus méritos. No, no hay que echar la culpa
a los jefes de las naciones que no son sino simples instrumentos en mis manos. Hoy
para poder salvar al mundo, eso es necesario. ¡Oh, cuántos jóvenes darán eternamente
gracias a Dios porque perecieron en esta guerra, que les ha salvado para siempre! ¿Lo
comprendes?”
Lo que Jesús decía respecto a la guerra, lo repetía respecto del hambre, triste
patrimonio de la guerra misma (24 de abril 1942): “Salvo a los soldados en guerra y al
mundo con la miseria y el hambre. Pero ¡cuántas almas se desesperan! Pide tú no sólo
por las almas que sufren en el mundo, sino también por las que se desesperan, para que
sea Yo su alivio y esperanza.”
Y pocos días después, volviendo sobre el mismo tema –y siempre en contestación
a las plegarias de Sor Consolata por la paz-, le decía (29 de abril 1942): “La miseria y el
hambre llevan a las almas a la desesperación… ¡Oh, Consolata, ayúdame a salvarlas!”
Quiero salvar a la pobre humanidad que corre al fango como el sediento al agua
fresca, y para salvarla no hay otro camino que la miseria y el hambre. Pero la
humanidad se desespera…
¡Oh, Consolata, ayúdame a salvarle, pide por ella como pides por los soldados!
¡A los soldados los salvo en guerra! ¡Así quiero salvar a la pobre humanidad!
Pide, pide por ella, para que mitigue su dolor y salve las almas.
Si permito tanto dolor en el mundo, es por este único fin: salvar las almas para la
eternidad. El mundo se perdía, corría a la ruina…
En particular, para mitigar la gran angustia de Sor Consolata por la destrucción de
tantas casas en su querida Turín, a consecuencia de las violentas incursiones aéreas,
Jesús le sugería el mismo pensamiento de fe (diciembre 1942): “Consolata, las casas se
reedifican; las almas que se pierden, no. Oh, ¿no es mejor salvar almas y que las casas
se arruinen, que perder aquéllas eternamente y salvar éstas?”
Y como en las desventuras públicas, lo mismo en las familiares o individuales.
Siempre, aún en los casos más intensamente dolorosos, ante los cuales la razón humana

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se pregunta llena de confusión: -pero ¿por qué?-, le pregunta del cielo es la misma:
Amor, Bondad, Misericordia de Dios. Un día, a las lágrimas de Sor Consolata, por la
muerte inesperada de una amiga suya de infancia, una tal Celeste Canda, que dejaba
cuatro hijos huérfanos, el mayor de cuales apenas tenía nueve años, Jesús contestaba:
“Celeste Canda goza ya de mi dulce y eterna visión y desde el Paraíso vela con mayor
ternura por las almas de sus cuatro hijos, más que si siguiera en el mundo.” ¡Qué
suave alivio, cuánta luz del cielo arroja estas sencillas palabras sobre todos los lutos
familiares!
En suma, creer al Amor, quiere decir que Jesús nos ama, que quiere salvarnos y
que todo lo que obra o permite, lo mismo en el mundo universo como en el pequeño
mundo del alma, es siempre para nuestro bien. Pero son pocas las almas, aún las
piadosas, que tienen esta fe viva y práctica en el Amor. La tienen quizás, pero débil y
fácilmente vacila bajo los golpes del escalpelo del divino Artífice, dirigidos a
perfeccionar la obra de sus manos.
¡Y cuántas almas se sienten inclinadas a ver a Dios, más que el Padre bueno, el
Dueño severo! Para ellas es esta dulce lamentación de Jesús a Sor Consolata (22 de
noviembre 1935): “¡No me consideréis un Dios de rigor, puesto que no soy sino un
Dios de Amor!” Para ellas es la respuesta que daba Jesús a Sor Consolata, que le
preguntaba cómo deseaba ser llamado (26 de septiembre 1936): “Amor inmenso,
bondad infinita.” Para ellas también el consejo de Jesús a Sor Consolata, indecisa por
no saber qué poner en una carta, si el Corazón sacratísimo de Jesús o el Corazón bueno
de Jesús (22 de julio 1936): “Pon el Corazón bueno de Jesús; pues, que Yo sea santo,
todos lo saben, pero bueno, no todos.”
El alma por lo tanto que quiere vivir de amor, debe fundarse bien en esta verdad y
aplicarla a mil casos de la vida cotidiana: no detenerse en las criaturas o en los
acontecimientos, sino ver en todo a Dios y su amor; y siempre, en las cosas prósperas
como en las adversas, en la quietud lo mismo que en el oleaje de la tempestad, recoger
las propias energías para hacer llegar al cielo el grito de su fe inconcusa: “¡Sagrado
Corazón de Jesús, creo en tu amor para conmigo!” ¿Qué es lo que se aseguraba el
Apóstol del amor?: Hemos conocido y creído en el Amor que Dios nos tiene (1 Jn 4,
16)

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