BAUTISMO DEL SEÑOR. DADO A MARIA VALTORTA.

Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Seaproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente deldesierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y aprepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús delos demás.Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura,mas ningún signo divino le distingue de la multitud.Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial, Sevuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que leservía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros delgrupo apoyándose en el tronco de un árbol.4 Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azultan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos –es el único parecido–, son muy distintos entodo lo demás.Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo,ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellosque caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba ralaque le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillosahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol yla intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, consu vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que lecubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas lascostillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidosque es la piel curtida por el aire.
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Cfr. Mc. 3, 13–18; Luc. 9, 54.
2

Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama:
-«He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».
Jesús responde lleno de paz:
-«Para cumplir el rito de penitencia».
-«Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes amí?».
Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinadoante El, responde:
-«Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que laVíctima está en el mundo».
5 Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia laorilla.Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con unaespecie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautizavertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que llevacolgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabazasecada y vaciada.Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en lamodestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración,Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que elEspíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente estafigura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera.
Juan no tenía necesidad de ninguna señal
4 de febrero de 1944.
6 Dice Jesús:
«Juan no tenía necesidad del signo para sí mismo. Su espíritu, presantificado desde el vientre de su madre
4
, poseía esa vista deinteligencia sobrenatural que habrían poseído todos los hombres sin laculpa de Adán.Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad paracon su Creador, habría visto a Dios a través de las apariencias externas. Enel Génesis
5
se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombreinocente y que éste no desfallecía ante aquella voz y no se equivocaba al discernirla. Era destino del hombre ver y entender a Dios, justamente comoun hijo con su padre. Después vino la culpa, y el hombre ya no se haatrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni comprender a Dios. Y cadavez lo sabe menos.Pero Juan, mi primo Juan, quedó limpio de la culpa cuando la Llena deGracia se inclinó amorosa a abrazar a Isabel, un tiempo estéril, entoncesfecunda. El pequeñuelo saltó de júbilo en su seno, sintiendo caérsele de sualma la escama de la culpa, como costra que cae de una llaga que sana. El Espíritu Santo, que había hecho de María la Madre del Salvador, comenzó suobra de salvación, a través de María, vivo Sagrario de la Salvaciónencarnada, sobre este niño que había de nacer destinado a unirse a mí, notanto por la sangre, cuanto por la misión que hizo de nosotros como los
4
Cfr. Lc. 1, 15 y 41.
5
Cfr. Gén. 1, 26–29; 2, 16–19.
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labios que forman la palabra. Juan los labios, Yo la Palabra. El el Precursor en el Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba, con mi divina perfección, el Evangelio comenzado por Juan y el martirio por ladefensa de la Ley de Dios. Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero la cerrazón de los demás lorequería. ¿En qué habría fundado Juan su aserción, sino sobre una pruebainnegable que los ojos y oídos de los tardos hubieran percibido? 7 Tampoco Yo tenía necesidad de bautismo. Pero la sabiduría del Señor había juzgado que ése era el momento y el modo del encuentro. E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mí a salir de mi casa,nos unió en esa hora para abrir sobre mí los Cielos de donde habría dedescender El mismo, Paloma divina, sobre aquel que bautizaría a loshombres con tal Paloma, y el anuncio, más potente que el angélico, porque provenía del Padre mío: “Este es mi Hijo muy amado con quien me hecomplacido”.Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.8 Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, después del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en lasorillas del Jordán. Después vinieron las infinitas otras que te daré a conocer (porque mis milagros son manifestaciones de mi naturaleza divina) hastalas últimas de la Resurrección y Ascensión al Cielo.Mi patria quedó llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida a loscuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida: a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrédulos, a los pecadores, alos sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos,a los gentiles. También al presente se repiten. Pero –como entonces– el mundo no las acoge. No sólo esto, sino que no acoge las actuales y olvidalas pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, paraconduciros a la fe en mí.9 ¿Sabes, María, lo que haces; es más, lo que hago mostrándote el Evangelio? Es un intento más fuerte de atraer a los hombres hacia mí. Túhas deseado esto con ardientes oraciones. Ya no me limito a la palabra. Loscansa y los separa. Es un pecado, pero es así. Recurro a la visión, y ademásde mi Evangelio, y la explico para hacerla más clara y atrayente. A ti te doy el consuelo de ver. A todos doy el modo de desear conocerme. Y, si no sirviera aún, y cuales crueles niños arrojasen el don sin comprender suvalor, a ti te quedará mi don y a ellos mi enojo. Podré, una vez más, pronunciar la antigua recriminación: “Hemos tocado y no habéis bailado,hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.Pero no importa, dejemos que los inconvertibles acumulen sobre su cabezalos tizones ardientes y volvámonos hacia las ovejas que tratan de conocer al Pastor, que soy Yo; y tú el cayado que las conduce a mí».
10 Como ve, me he apresurado a escribir estos detalles que usted quería tener y quepor su pequeñez me habían pasado desapercibidos

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