SANTISIMA TRINIDAD.

Descripción del Paraíso de la Mística María Valtorta del 25 de Mayo

Intentaré describir la inexpresable, inefable y beatífica visión de la tarde noche de ayer; la que desde el sueño del alma me condujo al sueño del cuerpo, que me parece aun más nítida y bella a mi regreso a los sentidos. Antes de disponerme a esta descripción, que será siempre lejana como la distancia que hay entre nosotros y el sol, me he preguntado: “¿Debo antes escribir, o primero debo hacer mis penitencias?”. Me ardía describir con alegría, y sé que tras la penitencia no me afectará el cansancio de escribir.

Pero la voz de luz del Espíritu Santo, la llamo así porque es inmaterial como la luz, si bien es clara como la más resplandeciente luz, y escribe por mi espíritu sus palabras que son sonido, fulgor y alegría, alegría, alegría, me dice, envolviéndome el alma en su relámpago de amor “Antes la penitencia y luego la escritura de lo que es tu alegría. La penitencia debe prcederlo todo en tí, puesto que es lo que te merece la alegría. Toda visión nace de una precedente penitencia y toda penitencia te abre el camino a la contemplación más alta. Vive para esto. Eres amada por esto. Serás bienaventurada por esto. Sacrificio, sacrificio. Tu camino, tu misión, tu fuerza, tu gloria. Sólo cuando te adormezcas en Nosotros cesaras de ser Hostia para llegar a ser gloria”.

Entonces he hecho antes mis penitencias diarias. Pero ni siquiera las sentía. Los ojos del espíritu “veían” la sublime visión y ella anulaba la sensibilidad corporal. Por eso, comprendo el porqué los mártires podían soportar aquellos horrendos suplicios sonriendo. Si a mí, tan inferior a ellos en virtudes, una contemplación puede, infundida por el Espíritu Santo a los sentidos corporales, anular en ellos la sensiblidad del dolor, a ellos perfectos en el amor como criaturas humanas, la Perfección de Dios sin velos, tenía que pasar una verdadera anulación de las debilidades materiales. La alegría de la visión anulaba la miseria de la carne sensible a todo sufrimiento.

Y ahora empiezo a escribir.
He visto el Paraíso. Y he comprendido de qué está hecha su Belleza, su Naturaleza, su Luz, su Canto. Resumiendo, todo. También sus Obras, que son las que, tan altas, informan, regulan y proveen a todo el universo creado. Como ya la otra vez, a comienzos del corriente año, creo, he visto a la Santísima Trinidad. Pero vamos por orden. También los ojos del espíritu, es muy probable que apoyen la Luz, que no los pobres ojos del cuerpo que no pueden fijarse en el sol, astro similar a la llama de mecha humeante respecto a la Luz que es Dios, tienen necesidad de habituarse por niveles a la contemplación de esta alta Belleza, aun prisioneros en una carne, y por eso debilitados por este encarcelamiento. Oh, qué hermosos, lúcidos y danzantes los espíritus que Dios crea en cada instante para ser alma, la nueva criatura. Allí lo ví y lo sé. Pero nosotros hasta que no regresemos a Él no podemos sostener el Esplendor todo de golpe. Y Él, en su Bondad, se acerca por niveles.

En primer lugar, entonces, ayer vi como una inmensa rosa. Digo “rosa”, por dar un concepto de estos círculos de luz festiva que cada vez más se centralizan alrededor de un punto de un insostenible fulgor. Una rosa sin confines. Su Luz era la que recibía del Espíritu Santo. La Luz esplendosísima del Amor eterno. Topacio y oro líquido hechos llama. Oh, no sé cómo explicarlo. Él resplandecía alto, alto y sólo fijo en el zafiro inmaculado y esplendosísimo del Empíreo, y por Él baja en corrientes inauditas la Luz. La Luz que penetraba la rosa de los bienvaventurados y de los coros angélicos y hacia la luz luminosa de su luz, que es el producto de la luz del Amor que la penetra. Pero yo no distinguía santos o ángeles. Vi sólo los inconmensurables círculos festoneados de la paradisiaca flor. Yo ya estaba toda bienaventurada y bendije a Dios por su bondad, cuando, en lugar de cristalizarse así, la visión se abrió ampliando los brillos, como si fuese acercándose cada vez más a mí, permitiéndome observarla con el ojo espiritual habituado ya al primer fulgor y capaz de apoyar uno más fuerte.

Y vi a Dios Padre: Esplendor en el esplendor del Paraíso. Líneas de luz esplendosísima, candísima, incandescente. Piensa ella: si yo lo podía distinguir en aquella marea de luz, ¿cual debía ser la Luz, rodeada de otras tantas, que la anulaba haciéndola como una sombra de refelejo respecto a su esplendor?. Espíritu…oh, cómo se vé que es espíritu, es Todo. Todo el tiempo es perfecto. Es nada para que también el toque de cualquier otro espíritu del Paraíso no podía tocar a Dios (Espíritu Perfectísimo, también con su inmaterialidad: Luz, Luz, nada sino Luz). Frente al Padre Dios estaba Dios Hijo. En la ropa de su Cuerpo glorificado, sobre el cual resplandecía el hábito real, que cubría los Miembros Santísimos sin ocultar la belleza indescriptible. Majestad y Bondad se fundían en esta su Belleza. Los carbúnculos de sus cinco Llagas lanzaron cinco espadas de luz sobre todo el Paraíso y aumentaban el esplendor de éste y de su Persona glorificada.

No tenía aureola o corona. Pero todo su Cuerpo emitía luz, la luz especial de los cuerpos espiritualizados que en Él y en la Madre es intensísima y se comunica por la Carne que es carne, pero no es opaca como la nuestra. Carne que es luz. Esta luz se condensa aun más alrededor de su Cabeza. No llevaba aureola, repito, en toda su Cabeza. La sonrisa era Luz y luz la mirada, luz emanada de su bellísima Frente, sin heridas. Pero parecía que, allá donde las espinas un tiempo habían sangrado y sentido dolor, ahora rezumaba la más viva luminosidad.

Jesús estaba de pie con su estandarte real en la mano como en la visión que tuve en Enero, creo. Un poco más abajo de Él, más bien poco, como a un peldaño de escalera, estaba la Santísima Virgen. Bella como lo es en el Cielo, o sea, con su perfecta belleza humana glotificada en belleza celestial. Estaba entre el Padre y el Hijo, que estaban lejos entre ellos: unos metros (Espacio para aplicar comparaciones sensibles). Elías estaba en medio y con las manos cruzadas en el pecho, sus dulces, candísimas, pequeñas, bellísimas manos, y con el rostro ligeramente levantado; su suave, perfecto , amoroso, dulcísimo rostro miraba, adorando al Padre y al Hijo. Llena de veneración miraba al Padre. No decía palabra. Pero toda su mirada la postraba más que la más profunda de las genuflexiones. Ella decía:”Sanctus”, decía: “Adoro Te” únicamente con su mirada.

Miraba a su Jesús llena de amor. Pero toda su mirada era caricia. Pero cada caricia de su dulce ojo, decía : “Te amo”. No estaba sentada. No tocaba al Hijo, pero su mirada lo recibía como si Él estuviese en el vientre rodeado por sus maternales brazos, como y más, en la Infancia y en la Muerte. Ella decía: “Hijo mio”, “Mi alegría”, “Mi amor”, únicamente con su mirada.

Estaba encantada de ver al Padre y al Hijo. Y cada tanto levantaba aun más el rostro y la mirada para buscar el Amor, que brillaba alto, perpendicular sobre Ella. Y entonces su Luz deslumbrante, de perla hecha luz, se encendía como si una llama la invistiese para quemarla y hacerla más bella. Ella recibía el beso del Amor y se tendía con toda su humildad y pureza, con su caridad para volverse caricia a Caricia y decir: “Estoy aquí, soy tu Esposa, te amo y soy tuya. Tuya para la eternidad”. Y el Espíritu llameaba más fuerte cuando la mirada de María se ligaba a sus esplendores.

Y María fijaba sus ojos en el Padre y en el Hijo. Parecía que, hecha depósito por y para el Amor, lo distribuyesen. Pobre imagen mía. Parecía que el Espíritu Santo la eligiese a Ella para ser la que, recogiendo en sí todo el Amor, lo llevase luego al Padre y al Hijo para que los Tres se uniesen y besasen llegando a ser Uno. Oh, qué alegría comprender este poema de amor. Y ver la misión de María, Sede del Amor. Pero el Espíritu no concentraba sus fulgores únicamente en María. Grande es nuestra Madre. Segunda sólo despúes de Dios. Pero, ¿puede una cuenca, aunque grandísima, contener el océano?. No. Se llena y se desborda. Pero el océano tiene agua para toda la tierra. Así la Luz del Amor. Y Ella descendía en perpétua caricia en el Padre y en el Hijo, les abraza en un anillo de esplendor. Y se alargaba aun, tras ser beatificada por el contacto del Padre y del Hijo, que respondian al amor con Amor, y se extendía por todo el Paraíso.

He aquí que esto se desvela en sus particularidades. He aquí a los ángeles. Más arriba que los bienaventurados, círculos alrededor del Fulcro del Cielo, que es Dios Uno y Trino, con la Gema Virginal de María por corazón. Ellos tienen semejanza más viva con Dios Padre. Espírutus perfectos y eternos, ellos son rasgos de luz, inferior únicamente a la de Dios Padre, de una forma de belleza indescriptible. Adoran…comunican armonías. ¿Con qué?. No lo sé. Quizás con el latido del amor. Puesto que no son palabras; y las líneas de las bocas no movían su luminosidad. Resplandecen como aguas inmóviles cubiertas por el sol vivo. Pero su amor es canto. Y es armonía tan sublime que sólo una gracia de Dios puede conceder el oírla sin morir de alegría.

Más abajo, los bienaventurados. Estos, en sus aspectos espiritualizados, tienen más semejanza con el Hijo y con María. Son más compactos, yo diría que sensibles al ojo y dan impresión al tacto de los ángeles. Pero son siempre inmateriales. Sin embargo, en ellos están más marcados los rasgos físicos, que diferencian a uno del otro.

Por lo que entiendo si uno es adulto o niño, hombre o mujer. Ancianos, en el sentido de decrepitud, no veo. Parece que aun cuando los cuerpos espiritualizados pertenecen a un muerto de avanzada edad, allá arriba cesan los signos de decaimiento de nuestra carne. Hay mayor grandeza en un anciano que en un joven. Pero no la miseria de las arrugas, de las alopecias, bocas desdentadas ni de espaldas encoravadas propias de los humanos. Parece que la edad máxima oscila entre 40-45 años. O sea, virilidad floreciente aunque la mirada y el aspecto son de dignidad patriarcal.

Entre los muchos, oh, cuanto pueblo de santos y cuánta nación de ángeles. Los círculos se pierden llegando a ser senderos de luz para los esplendores turquesa de una amplitud sin confines. Y desde muy lejos, por este horizonte celestial viene el sonido del sublime aleluya y parpadea la luz que es el amor de este ejército de ángeles y beatos.

Entre tantos veo esta vez, un imponente espíritu. Alto, severo e incluso bueno. Con una larga barba que le cae hasta mitad del pecho y con tablas en las manos. Las tablas parecen de aquellas usadas por los antiguos para escribir. Las apoya con la mano izquierda a la vez que en la rodilla izquierda. Quién sea no lo sé. Pienso que Moisés o Isaías. No sé porqué. Pienso así. Me mira y me sonrie con mucha dignidad. Nada más. Pero qué ojos. Hechos justo para dominar a las masas y penetrar los secretos de Dios.

Mi espíritu se hace cada vez mas apto paver en la Luz. Y veo que a la fusión de las tres Personas, fusión que se repite con ritmo incesante, como aguijón del hambre insaciable de amor, se producen los incesantes milagros, que son las obras de Dios.

Veo al Padre, por amor al Hijo, al que quiere dar siempre un gran número de seguidores, crea las almas. Oh, qué hermoso. Ellas salen, como chispas, como pétalos de luz, como gemas globulares, como no soy capaz de describir, del Padre. Es una emisión incesante de nuevas almas. Bellas, alegres por descender para vestir un cuerpo por obediencia a su Autor. Qué hermosas son cuando salen de Dios. No lo veo, no lo puedo ver estando en el Paraíso, cuando las ensucia el pecado original.

El Hijo, por celo por su Padre, recibe y juzga sin detener a los que, cesada su vida, vuelven al Origen para ser juzgados. No veo a estos espíritus. Comprendo si ellos son juzgados con alegría, con misericordia o con inexorabilidad, por los cambios de expresión de Jesús. Qué fulgor de sonrisa cuando a Él se presenta un santo. Qué luz de triste misericordia cuando debe separarse de uno que debe limpiarse antes de entrar en el Reino. Qué relámpago de ofensa y dolorosa ira cuando debe repudiar eternamente a un rebelde.

Es aquí que comprendo lo que es el Paraíso. Y de lo que está hecha su Belleza, Naturaleza y Canto. Está hecho por el Amor. El Paraíso es Amor. Es el Amor que en él lo crea todo. Es el Amor la base sobre la que todo se posa. Es el Amor el ápice del que todo viene.

El Padre obre por Amor. El Hijo juzga por Amor. María vive por Amor. Los ángeles cantan por Amor. Los beatos loaban por Amor. Las almas se forman por Amor. La Luz existe porque existe el Amor. El Canto existe porque existe el Amor. La vida existe porque existe el Amor. Oh, Amor, Amor, Amor. Yo me anulo en Tí. Yo me levanto en Tí. Yo muero, criatura humana, porque Tú me consumes. Yo nazco, criatura espiritual, porque Tú me creas.

Sé bendito, bendito, bendito, Amor, Tercera Persona. Sé bendito, bendito, bendito, Amor, que eres de las Dos Primeras. Sé bendito, bendito, bendito, Amor, que amas a las dos que te preceden. Sé bendito Tú que me amas, Sé bendito por mí que te amo, porque me permites amarte y conocerte, oh mi Luz.

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