ADORAN A UN IDOLO PORQUE AMAN AL MUNDO.

Capítulo 53 DE LOS LIBROS DE SANTA BRIGIDA. PALABRAS DE JESUS Y DE MARIA.

María habló al Hijo: “¡Bendito seas, Hijo mío, mi Dios y Señor de los ángeles! Eres ese cuya voz oyeron los profetas y cuyo cuerpo vieron los apóstoles, aquél a quien percibieron los judíos y tus enemigos. Con tu divinidad y humanidad, y con el Espíritu Santo, eres uno en Dios. Los profetas oyeron al Espíritu, los apóstoles vieron la gloria de tu divinidad y los judíos crucificaron tu humanidad. Por tanto, ¡bendito seas sin principio ni fin!” El Hijo contestó: “¡Bendita seas tú, pues eres Virgen y Madre! Eres el arca del Antiguo Testamento, en el que había estas tres cosas: la vara, el maná y las tablas.

Tres cosas fueron hechas por la vara. Primero, se transformó en serpiente sin veneno. Segundo, el mar fue dividido por ella. Tercero, hizo que saliera agua de la roca. Esta vara es un símbolo de mí, que descansé en tu vientre y asumí de ti la naturaleza humana. Primero, soy tan terrible para mis enemigos como lo fue la serpiente para Moisés. Ellos huyen de mí como de la vista de una serpiente; se aterrorizan al verme y me detestan como a una serpiente, aunque Yo no tengo veneno de maldad y soy pleno en misericordia. Yo permito que me sostengan, si lo desean. Vuelvo a ellos, si me lo piden. Corro hacia ellos, como una madre hacia su hijo perdido y hallado, si me llaman. Les muestro mi piedad y perdono sus pecados, si lo imploran. Hago esto por ellos y aún así me aborrecen como a una serpiente.

En segundo lugar, el mar fue dividido por esta vara, en el sentido de que el camino hacia el Cielo, que se había cerrado por el pecado, fue abierto por mi sangre y mi dolor. El mar fue, de hecho, desgarrado, y lo que había sido inaccesible se convirtió en camino cuando el dolor en todos mis miembros alcanzó mi corazón y mi corazón se partió por la violencia del dolor. Entonces, cuando el pueblo fue guiado por el mar, Moisés no les llevó directamente a la Tierra Prometida sino al desierto, donde podían ser testados e instruidos.

También ahora, una vez que la persona ha aceptado la fe y mi comando, no se la lleva directamente al Cielo, sino que es necesario que los seres humanos sean testados en el desierto, es decir, en el mundo, para ver hasta qué punto aman a Dios. Además, el pueblo provocó a Dios en el desierto por tres cosas: primero, porque hicieron un ídolo para sí mismos y lo adoraron; segundo, por el ansia de carne que habían tenido en Egipto; tercero, por soberbia, cuando quisieron ascender y luchar contra sus enemigos sin que Dios lo aprobara. Aún ahora, las personas en el mundo pecan contra mí de igual modo.

Primero, adoran a un ídolo porque aman al mundo y a todo lo que hay en él más que a mí, que soy el Creador de todo. De hecho, su Dios es el mundo y no Yo. Como dije en mi evangelio: ‘Allí donde está el tesoro de un hombre está su corazón’. Su tesoro es el mundo porque tienen ahí su corazón y no en mí. Por tanto, lo mismo que aquellos

perecieron en el desierto por la espada que atravesó su cuerpo, igualmente, éstos caerán por la espada del castigo eterno atravesando su alma y vivirán en eterna condena. Segundo, pecaron por concupiscencia de la carne.

He dado a la humanidad todo lo que necesita para una vida honesta y moderada, pero ellos desean poseerlo todo sin moderación ni discreción. Si su constitución física lo aguantase, estarían continuamente teniendo relaciones sexuales, bebiendo sin restricción, deseando sin medida y, tan pronto como pudieran pecar, nunca desistirían de hacerlo. Por esa razón, a éstos les pasará lo mismo que a aquellos del desierto: morirán repentinamente. ¿Qué es el tiempo de esta vida cuando se compara con la eternidad si no un solo instante? Por tanto, debido a la brevedad de esta vida, ellos tendrán una rápida muerte física, pero vivirán eternamente en dolor espiritual. Tercero, pecaron en el desierto por orgullo, porque desearon lanzarse a la batalla sin la aprobación de Dios.

Las personas desean ir al Cielo por su propio orgullo. No confían en mí sino en ellos mismos, haciendo lo que quieren y abandonándome. Por lo tanto, igual que aquellos otros fueron matados por sus enemigos, así también, éstos serán muertos en su alma por los demonios y su tormento será interminable. Así, me odian como a una serpiente, adoran a un ídolo en mi lugar, y aman su propio orgullo en lugar de mi humildad. Sin embargo, soy tan piadoso que, si se dirigen a mí con un corazón contrito, me volveré hacia ellos como un padre entregado y les abriré los brazos.

En tercer lugar, la roca dio agua por medio de esta vara. Esta roca es el endurecido corazón humano. Cuando es perforado por mi temor y amor, afluyen enseguida las lágrimas de la contrición y la penitencia. Nadie es tan indigno ni tan malo que su rostro no se inunde de lágrimas ni se agiten todos sus miembros con la devoción cuando regresa a mí, cuando refleja mi pasión en su corazón, cuando recobra la conciencia de mi poder, cuando considera cómo mi bondad hace que la tierra y los árboles den frutos.

En el arca de Moisés, en segundo lugar, se conservó el maná. Así también en ti, Madre mía y Virgen, se conserva el pan de los ángeles de las almas santas y de los justos aquí en la tierra, a quienes nada complace más que mi dulzura, para quienes todo en el mundo está muerto y quienes, si fuese mi voluntad, con gusto vivirían sin nutrición física. En el arca, en tercer lugar, estaban las tablas de la Ley. También en ti descansa el Señor de todas las leyes. Por ello, ¡bendita seas sobre todas las criaturas en el Cielo y la tierra!”.

Entonces, se dirigió a la esposa y le dijo: “Dile a mis amigos tres cosas. Cuando habité físicamente en el mundo, atemperé mis palabras de tal forma que fortalecieron a los buenos y los hicieron más fervientes. De hecho, los malvados se hicieron mejores, como fue claramente el caso de María Magdalena, Mateo y muchos otros. De nuevo, atemperé mis palabras de tal forma que mis enemigos no pudieron disminuir su fuerza. Por esa razón, que aquellos a quienes son enviadas mis palabras trabajen con fervor, de manera que los buenos se hagan más ardientes en su bondad por mis palabras y los perversos se arrepientan de su maldad; que eviten que mis enemigos obstruyan mis

palabras.

No le hago más daño al demonio que a los ángeles del Cielo. Pues, si quisiera, podría muy bien pronunciar mis palabras de forma que las oyera todo el mundo. Soy capaz de abrir el infierno para que todos vean sus castigos. Sin embargo, eso no sería justo, pues las personas entonces me servirían por temor, cuando por lo que me tienen que servir es por amor. Pues sólo la persona que ama ha de entrar en el Reino de los Cielos. Es más, le estaría haciendo daño al demonio si me llevase conmigo a los esclavos que él adquiere, vacíos de buenas obras. También haría daño al ángel del cielo si el espíritu de una persona inmunda se pusiera en el mismo nivel de otro que está limpio y es ferviente en el amor.

Por consiguiente, nadie entrará en el Cielo, excepto aquellos que han sido probados como el oro en el fuego del purgatorio o quienes se han probado a sí mismos a lo largo del tiempo haciendo buenas obras en la tierra, de tal manera que no quede en ellos mancha alguna pendiente de ser purificada. Si tú no sabes a quién han de dirigirse mis palabras te lo voy a decir. Aquél que desea obtener méritos a través de las buenas obras para venir al Reino de los Cielos o quien ya lo ha merecido por buenas obras del pasado es digno de recibir mis palabras. Mis palabras han de ser desplegadas a los que son así y han de penetrar en ellos. Aquellos que sienten un gusto por mis palabras, y esperan humildemente que sus nombres se inscriban en el libro de la vida, conservan mis palabras. Aquellos que no las saborean, al principio las consideran pero después las rechazan y las vomitan inmediatamente.

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