LOS OCHO DOLORES DE MARIA.

LOS OCHO DOLORES DE MARÍA

Abril 30/09
Primer dolor:
La profecía de Simón.
Hijos míos: una vez cumplido el tiempo de mi purificación,
según la ley de Moisés, llevamos al Niño a Jerusalén para
presentarlo al Señor, como está escrito en la ley: que
todo primer varón que nazca será consagrado al Señor.
Llevamos un par de tórtolas como ofrenda, ofrenda que
fue recibida por los Santos Ángeles al son de música y
danza celestial, ofrenda que fue la atracción del Padre
Eterno; ofrenda que ante los ojos humanos carecía de
valor, ofrenda que traía en sí el mayor tesoro de la
humanidad: el Emmanuel, Dios con nosotros.
En Jerusalén había un hombre justo y temeroso de Dios
llamado Simeón, hombre que esperaba de día en día la
venida del Mesías. Hombre poseído por el Espíritu Santo
porque sabía que no había de morir antes de ver al Cristo
o Ungido del Señor; hombre que inspirado por Dios vino
al templo, tomó en sus brazos al Niño Jesús y bendijo a
Dios; hombre que me anunció de la espada que
atravesaría mi alma, espada que llevaría muy clavada en
mi Corazón porque mi Hijo sería el blanco de
contradicción de los hombres, espada que era el anuncio
de los dolores futuros; dolores porque sufriría
místicamente su pasión; dolores porque sus sufrimientos
los compartiría conmigo, cercenarían mi alma.
Hijos amados: guardé sus palabras en mi corazón, no
dejé que su profecía perturbará mi espíritu, me abandoné
en los brazos de Dios y esperé pacientemente a que
llegase el momento de padecer, momento de ofrecer al
Señor mi tristeza, mis lágrimas; momento culmen para la
historia de la humanidad, humanidad que sería redimida,
liberada de la deuda del pecado.
Dios te salve María, llena eres de gracia….

Segundo dolor:
La huída a Egipto.
Hijos míos: los misterios de Dios son grandes e
insondables porque un Ángel del Señor se apareció en
sueños a mi fiel esposo José. Ángel que le anunciaba
tomar al Niño y su Madre, y huir a Egipto. Ángel que le
anunciaba los pérfidos planes de Herodes de buscar al
Niño para matarlo; Ángel que le anunciaba quedarse allí
hasta un nuevo aviso.
Amados míos: gran dolor invadió mi Corazón. Dolor de
tener que salir de nuestra casa para tierra extranjera,
dolor de tener que alejarnos de los nuestros para
adentrarnos a una aventura desconocida, dolor de
sentirnos impotentes ante la crueldad de aquél
mandatario judío, dolor ante la matanza de niños
inocentes, niños que recibieron la palma del martirio,
niños que cerraron sus ojitos en la tierra para abrirlos en
el Cielo. Niños que abruptamente se unieron a las rondas
infantiles de los Santos Ángeles.
No alcanzáis a sopesar el sufrimiento, las penurias y
dificultades que padecimos durante el éxodo; éxodo que
parecía no terminar; éxodo que nos sumergió en el
silencio, en la clandestinidad porque temíamos que algo
malo le sucediera a nuestro Hijo, al Hijo de Dios que, aún,
sin empezar su misión era relegado, excluido,
perseguido; querían destruirle.
José cumplió fielmente con la misión de custodiar al
Salvador, de proteger al Hombre-Dios, de librarlo de todo
mal; de traerlo de regreso a la tierra de Israel porque su
vida ya no corría peligro; Herodes había muerto.
Mis niños queridos: huimos hacia Egipto para preservarle
la vida al Niño Jesús y hoy son muchas las almas que
huyen de la salvación. Atraédmelas, con vuestras
oraciones, sacrificios, ayunos, penitencias, a uno de los
Aposentos de mi Inmaculado Corazón. Allí las calentaré
en la llama de Amor Santo, las cubriré con mis besos y
abrazos, les daré todo el cariño que no han recibido de
las creaturas, cariño que las llevará a permanecer a mi
lado, a no quererse separar de mí porque al fin han
encontrado una Madre que les ama, les protege, les
cuida.
Dios te salve María, llena eres de gracia….

Tercer dolor:
La pérdida del Niño Jesús en el templo.
Hijos míos: José y yo acostumbrábamos ir todos los años
a Jerusalén a la fiesta solemne de la Pascua, fiesta a la
que fuimos con el Niño Jesús cuando ya había cumplido
doce años, fiesta que era amor ágape con el cielo en la
tierra, fiesta en la que compartíamos, orábamos y
celebrábamos alegremente. Una vez terminados los días
de esta gran solemnidad, emprendimos el camino de
regreso a nuestra casa, camino en el que faltaba lo más
amado de mi Inmaculado Corazón, el gran amor de mi
vida: Jesús, el encanto de mi alma y el desvelo de mis
purísimos ojos.
Hijos carísimos: mi Corazón estaba sumergido en el
dolor, le buscaba y no le encontraba, le llamaba y no me
respondía, no daba señas de su presencia en la comitiva.
Al cabo de tres días de haberle perdido lo hallamos en el
templo sentado en medio de los doctores de la ley,
doctores estupefactos ante su gran sabiduría, doctores
atónitos ante la certeza de sus respuestas, doctores de
menguada inteligencia que no alcanzaban a descubrir
que aquél niño era el Mesías, el Dios esperado.
Al encontrarle quedamos maravillados ante la elocuencia
de nuestro Hijo. Hijo que cuestionó a los maestros de la
ley. Hijo que se ausentó de nosotros para emplearse en
las cosas que miran al servicio de su Padre.
Hijos amados: si mi Corazón se desmoronó de dolor ante
la ausencia de Jesús por tres días, qué podrán sentir
entonces aquellas almas que se separan de Él por
muchísimos años, almas inmersas en el pecado, almas
alejadas de su Casa Paterna, almas con corazón de
pedernal que no sienten la necesidad ni el deseo de
buscarle.
Vosotros, pequeños míos, ayudadme a buscar a aquellos
hijos que se me han perdido, hijos que caminan por otros
senderos, hijos que se han dejados seducir por el mundo;
hijos que desprecian mis consejos, mi cariño maternal;
hijos que padecen soledad y frío, hijos a los que busco
afanosamente porque todos me son importantes, a todos
los quiero arropar bajo los pliegues de mi Sagrado Manto,
deseo sanar las heridas de sus corazones con mis besos.
Dios te salve María, llena eres de gracia….
Mayo2/09 (2:30 p. m.)

Cuarto dolor:
El encuentro de Jesús y de María en el
camino de la cruz.
Hijos míos: Mi Inmaculado Corazón se desgarró de dolor
al encontrarme con Jesús, camino al Gólgota; dolor de
verlo tan desfigurado por las bofetadas que descargaban
los soldados romanos en su precioso Rostro; dolor de
verlo cargar sobre sus hombros una cruz tan grande y
sumamente pesada; dolor al escuchar los insultos, las
burlas que en contra del Hijo de Dios proferían; dolor al
mirarle y ver sus ojos apagados, lúgubres rodeados de
densos coágulos de sangre; dolor porque no podía hacer
nada en aquel momento de nuestro encuentro; encuentro
en el que sin pronunciar palabras me animó a seguirle, a
cargar místicamente con su cruz, a no protestar frente a
la crueldad que mis ojos veían, encuentro en que los
mismos Ángeles quedaban estupefactos ante la fortaleza
del Hombre-Dios para no dejarse amilanar, derrumbar
porque era casi todo un pueblo que estaba en su contra.
Mi corazón estaba sumido en la tristeza porque mi Hijo, la
única razón de mi existir, había perdido sus rasgos
Divinos, sus facciones perfectas; sentía su mismo dolor y
rogaba junto con Él al Padre por estas pobres almas,
almas poseídas por satanás que querían destrozarlo,
almas poseídas por satanás que pagarían alto precio por
la ignominia de sus actuaciones, almas poseídas por
satanás que desconocían que a quien agredían era al
Mesías, al Dios esperado; almas poseídas por satanás
que no medían la vileza de sus palabras; palabras con
alta dosis de veneno letal que herían, aún, más mi
doloroso Corazón. Corazón que perdonaba, Corazón que
pedía misericordia a Dios. Corazón que se unía al
sufrimiento del Sagrado Corazón de Jesús para
manifestarle que su Madre estaba con Él.
Hijos amados: sufro hoy porque muchos hombres
carecen del amor, amor que es bálsamo sanador para las
heridas, amor que es oasis de paz para el espíritu
turbado, amor que es luz de esperanza para aquellos que
creen que ya todo está perdido, amor que trasciende las
esferas del conocimiento y del saber; amor que
humaniza, sensibiliza, amor que conlleva a soportar, a
aguantar hasta llegar al punto culmen de la inmolación y
del sacrificio.
Dios te salve María, llena eres de gracia….
Mayo 2/09 (7:30 p. m.)

Quinto dolor:
La crucifixión.
Hijos míos: fue grande el dolor que sentí en el momento
de la crucifixión de mi Hijo Jesús. Esta escena de su
Sagrada Pasión desgarró mi Inmaculado Corazón porque
la furia diabólica de los soldados romanos al clavar las
sagradas manos y pies de Nuestro Señor, sus huesos
fueron descoyuntados.
Cada martillazo hacia estremecer la tierra, sus gemidos
retumbaban en mis oídos, sus lamentos eran como
espada afilada que lentamente desgarraba mi vientre
virginal. Vientre que pasó a ser Vaso Purísimo para
contenerlo. Vientre que le arrulló hasta el día de su
nacimiento. Vientre que fue adornado y embellecido con
el nardo purísimo de celestial perfume. Vientre que era
custodiado por los Ángeles del Cielo. Vientre que fue
tabernáculo del Amor Divino en el que se recreaban todos
los seres celestiales; pero hoy le veía sumido en ansias
de llevar hasta el extremo su inmolación ya que el deseo
por la salvación de las almas era más fuerte que su
mismo sufrimiento y el anhelo de padecer menguaba su
dolor.
Allí, hijos míos, reparaba por estas pobres almas que
eran como depredadores ávidos en consumir su presa.
Mis lágrimas impulsaban a Jesús a llegar al nivel más
sublime de su estado Victimario, a ofrendar su vida por
toda la humanidad.
Mi Corazón de Madre era despedazado ante la muerte de
mi Hijo. Hijo que me enseñó a perdonar, a no guardar
rencor. Hijo que me instruyó en la oración como medio
para recibir la gracia. Hijo que me compartió parte de su
crucifixión. Hijo que me llevó a la inmolación en cruz.
Cruz que es necesaria para ganarse el Cielo. Cruz que
nos asemeja a Cristo Crucificado. Cruz que es galardón
de oro que nos lleva al disfrute de la vida eterna.
Subid, pues, al monte Gólgota; crucificad allí vuestras
imperfecciones, debilidades y pecados, y sentíos libres.
Guardad en vuestro corazón las palabras del Crucificado
y caminad tras de Él para que descubráis un mundo justo,
humano.
Dios te salve María, llena eres de gracia….

Mayo 3/09
Sexto dolor:
Jesús es bajado de la cruz y puesto en
mis brazos.
Hijos míos: una vez muerto Jesús fue descendido de la
cruz. Mi Inmaculado Corazón quedó abismado en el dolor
al ver su Cuerpo Santísimo lacerado maltratado, estaba
irreconocible, había perdido su hermosura, se había
borrado la delicadeza de sus facciones, lo tomé entre mis
brazos, besé y adoré una a una sus Santas Llagas; llagas
que habían sido abiertas para inundar, con su infinita
misericordia, al mundo entero. Llagas que habían sido
abiertas para ser manantiales de agua pura para toda la
humanidad; llagas que habían sido abiertas para ser
fuentes de perdón para los pecadores; llagas que habían
sido abiertas para ser dulce refrigerio en los agonizantes;
llagas que habían sido abiertas para ser rayos de luz que
iluminarán vuestro sendero, para evitaros caer en
precipicios sin salida.
Hijos queridos: al ver el Cuerpo inerte de Jesús, veía a
las almas sumidas en el pecado como a muertos
vivientes, almas que ceden a las tentaciones, almas que
creen encontrar la felicidad en el mundo cuando
verdaderamente hallan la desgracia, el sufrimiento. Almas
cuyo corazón se asemeja a un sepulcro putrefacto porque
espiritualmente está en proceso de descomposición.
Muchos fueron los sentimientos que embriagaron mi
Inmaculado Corazón cuando estreché en mi seno
Materno el Sagrado Cuerpo de Jesús. Cuerpo
desfigurado por los azotes. Cuerpo llagado por la
crueldad con que fue tratado. Cuerpo que finalmente se
quedaría hasta la consumación de los siglos presente en
la Sagrada Hostia. Hostia que sufriría vejámenes porque
muchos hombres se alimentarían de ella en pecado
mortal.
Gran impresión me llevé al ver su Sagrado Rostro
hinchado por las heridas que le produjeron su corona de
espinas y por las bofetadas que le propiciaban los
soldados romanos, soldados comandados por satanás,
soldados cegados por la histeria colectiva, histeria que
tenía como punto culmen llevar hasta el máximo sacrificio
al Mártir del Gólgota.
Hijos amados: si vuestro corazón está purulento, dejadme
sanar vuestras heridas con mis lágrimas. El pecado os
asesina en vida, el pecado os deforma, os arrebata de las
Manos del Señor. Os quiero limpiar con mi llanto. Soltaos
de las garras del demonio y dejaos tomar de mis manos
para que no os perdáis. Yo misma os llevaré por los
caminos que os llevan al Cielo y os entregaré en las
manos de Jesús.
Dios te salve María, llena eres de gracia….

Mayo 11/09 (8:00 p. m.)
Séptimo dolor:
Sepultura de Jesús.
Hijos míos: José, natural de Arimatea, pidió licencia a
Pilatos para recoger el Cuerpo de Jesús; licencia que le
fue concedida, licencia que permitió tomar su Sagrado
Cuerpo y bañarlo en especias aromáticas, amortajarlo
con lienzos según la costumbre de sepultar de los judíos.
Mi Inmaculado Corazón se deshacía de dolor al tener que
dejar al gran amor de mi vida en un sepulcro nuevo;
sepulcro que sería ocupado sólo por tres días porque
resucitaría, ascendería al Cielo para tomar Trono de
gloria.
Me fui a casa sintiendo la más abrupta soledad porque mi
Hijo, la única razón de mi existir ya no estaba a mi lado,
necesitaba de su presencia, de sus abrazos, de sus
besos.
Me abandoné por entero a la Divina Voluntad, viví en el
Santo Abandono.
Dios me concedió la gracia de saber esperar aquel
majestuoso momento de ser elevada al Cielo para ser
coronada como Reina Universal de todo lo creado, de
reunirme de nuevo con mi Hijo, con mi Señor, con mi
Dios.
Queridos hijos: os llamo a que os unáis a, éste, mi gran
dolor; dolor de la separación de una Madre con su Hijo,
dolor de verle padecer, sollozar de amor por toda la
humanidad, dolor de ver sus ojos cegados por coágulos
de sangre, dolor de sentirle rígido, frío; dolor que hayan
sepultado al Hombre-Dios. Hombre que revolucionaría la
historia. Hombre que dejaría huellas de su presencia en
la tierra. Hombre que perfumaría de nardo purísimo la
tumba en la que había sido depositado, tumba sitiada por
miríadas de Santos Ángeles, tumba privilegiada porque el
Rey del más alto linaje había venido a ocuparla.
Amados míos: estad vigilantes para que no seáis
sepulcros blanqueados, purificaos y acrisolaos para que
irradiéis la luz de Cristo, para que seáis reflejos de Dios
en la tierra.
Hay tantos hombres que están muertos por el pecado,
pecado que deforma su alma, alma que va perdiendo el
suave aroma del Señor, alma que va perdiendo los
pincelazos Divinos porque su corazón está putrefacto, en
él pululan las siete larvas de los pecados capitales. Id,
purificad el cementerio maloliente que lleváis por dentro y
arrepentíos de toda culpa.
Dios te salve María, llena eres de gracia….
Mayo 12/09 (6:30 a. m.)

Octavo dolor:
Los pecados de los sacerdotes y
religiosos del mundo entero.
Hijos míos: la octava espada de dolor que atraviesa mi
Inmaculado Corazón me produce grandes sufrimientos;
espada que cercena mi alma por los pecados de los
sacerdotes y religiosos del mundo entero. Almas que han
sido llamadas por Jesús a dejar su barca a la orilla del
mar y seguirle, almas que por su vocación especial deben
imitar al Hombre de Galilea en sus Santas virtudes, almas
que deben encarnar el Evangelio al punto culmen de
decir: “No soy yo quien vive, es cristo quien vive en mí”;
almas que deben ser coherentes con las enseñanzas del
Maestro que les invitó a dejar el mundo, sus pompas, sus
placeres fugaces.
Mis queridos hijos: hoy mi Corazón destila gotas de dolor
porque algunos de mis hijos predilectos caen en el
pecado, siendo escándalo para sus feligreses e hijos
espirituales. Estas pobrecitas almas acrecientan más la
crisis de nuestra Iglesia.
Amados míos: no seáis duros en vuestros juicios, sed
benévolos con ellos cuando escuchéis que uno de mis
sacerdotes ha colapsado en su ministerio. Llorad junto
conmigo y reparad con vuestros sacrificios su pecado.
Intensificad más la oración, pedid a diario por la
santificación y salvación de todas las almas sacerdotales
y religiosas; ellas son el punto blanco de satanás, las
quiere destruir, aniquilar, desea sembrar caos, confusión.
Decidle a mis sacerdotes y consagrados que vengan a mí
que yo los abrigaré bajo los pliegues de mi Sagrado
Manto, que prenderé fuego en sus corazones con la llama
de mi Amor Santo, que les prodigaré los cuidados y
atenciones de una buena madre que vigila por el
bienestar de sus hijos; que oren el Santo Rosario, oración
predilecta a mis oídos. Oración que les fortalecerá en sus
tentaciones; oraciones que los hará santos como el Santo
de los santos.
Menguad el dolor de mi Inmaculado Corazón reparando
por todos los pecados que cometen algunos de mis
sacerdotes y religiosos del mundo entero. Pedid a Dios
que tenga piedad y misericordia de ellas. Pobres de mis
hijos si no se arrepienten en vida, el sufrimiento que les
espera es aterrador. Allí son tratados con mayor dureza
porque al que mucho se le dio, más se le exigirá.
Dios te salve María, llena eres de gracia….

Extractado del libro: María, Madre del Buen Consejo, capítulo V. (Revelaciones dadas
a un alma a quien Jesús le llama Agustín del Divino Corazón).

Un comentario sobre “LOS OCHO DOLORES DE MARIA.

  1. No me olvides, mira mi dolor, considera mis angustias y lágrimas y duélete de que sean pocos los amigos de Dios” (la Virgen María a Santa Brígida de Suecia)
    Meditar los siete Dolores de Nuestra Madre Santísima es una manera de compartir los sufrimientos más hondos de la vida de María en la tierra, particularmente durante la Pasión y Muerte de su Divino Hijo.
    María ha prometido gracias muy especiales para aquellos que la honran de esta manera diariamente. Hagámoslo de un modo especial en esta Santa Cuaresma.

    En esta Santa Cuaresma recordemos que siempre los cristianos han aprendido de la Virgen Santísima a mejor amar a Jesucristo. Y es la misma Madre de Dios quien habló a Santa Brígida de Suecia para decirle que son poquísimos los que piensan en sus padecimientos y dolores.

    Es la razón por la cual desde Hijos del Corazón Inmaculado de María proponemos para esta Cuaresma la práctica de la devoción a los Siete Dolores de la Virgen María, la cual nos fue dada a conocer por diversas revelaciones privadas.

    A Santa Brígida de Suecia
    La Virgen comunicó a Santa Brígida de Suecia (1303-1373):

    “Miro a todos los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de Mí y medite mi dolor, mas hallo poquísimos que piensen en mi tribulación y padecimientos”.

    “Por eso tú, hija mía, no te olvides de Mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios.”

    Las siete gracias prometidas por la Santísima Virgen
    Nuestra Señora prometió que concedería siete gracias a aquellas almas que la honren y acompañen diariamente, rezando siete Ave Marías mientras meditan en sus lágrimas y dolores:

    1. “Yo concederé la paz a sus familias.”

    2. “Serán iluminadas en cuanto a los divinos Misterios.”

    3. “Yo las consolaré en sus penas y las acompañaré en sus trabajos.»

    4. “Les daré cuanto me pidan, con tal de que no se oponga a la adorable voluntad de mi divino Hijo o a la salvación de sus almas.”

    5. “Los defenderé en sus batallas espirituales contra el enemigo infernal y las protegeré cada instante de sus vidas.”

    6. “Les asistiré visiblemente en el momento de su muerte y verán el rostro de su Madre”.

    7. “He conseguido de mi Divino Hijo que todos aquellos que propaguen la devoción a mis lágrimas y dolores, sean llevadas directamente de esta vida terrena a la felicidad eterna ya que todos sus pecados serán perdonados y mi Hijo será su consuelo y gozo eterno.”

    Cuatro gracias especiales reveladas a Santa Isabel de Hungría
    Según San Alfonso María de Ligorio, Nuestro Señor reveló a Santa Isabel de Hungría que El concedería cuatro gracias especiales a los devotos de los dolores de Su Madre Santísima:

    1. Aquellos que antes de su muerte invoquen a la Santísima Madre en nombre de sus dolores, obtendrán una contrición perfecta de todos sus pecados.

    2. Jesús protegerá en sus tribulaciones a todos los que recuerden esta devoción y los protegerá muy especialmente a la hora de su muerte.

    3. Imprimirá en sus mentes el recuerdo de Su Pasión y tendrán su recompensa en el cielo.

    4. Encomendará a estas almas devotas en manos de María, a fin de que les obtenga todas las gracias que quiera derramar en ellas.

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