HORA SANTA MATEO CRAWLEY

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Cuarta Hora Santa

para los amigos del

Sagrado Corazón
compuesta por el Padre Mateo

Crawley-Boevey
Cuarta Hora Santa, para los amigos del Sagrado Corazón

Señor y Amigo, Jesús adorable: he aquí a tus hermanos, que te buscan…; tus íntimos llaman esta tarde, con insistencia, a las puertas del Sagrario, deseosos de hablarte sin testigos, lejos de la muchedumbre… Quieren conversar contigo a solas…; tienen más de una confidencia que hacerte…
Te ruegan, pues, que les permitas hablar contigo, con la dulce intimidad de Juan, con el abandono y la confianza de Lázaro, de Marta y de María, con la sinceridad de Nicodemo…
Ábrenos, Jesús, ábrenos de par en par las puertas del cielo de tu Corazón…
Ábrenos…, pues, bien sabes, Jesús, que es la sed ardiente de amarte y de hacerte amar, que nos arrastra irresistible, hasta tus plantas… Y Tú que lo sabes todo, sabes ya, que no venimos a pedirte que nos hagas disfrutar de los resplandores ni de las delicias del Tabor… No venimos a pedirte que te presentes a nosotros como a los tres apóstoles predestinados en la Transfiguración de una majestad de gloria, ¡oh, no!… Otra ambición nos trae y es el que nos reveles, en esta Hora Santa, las bellezas de inmolación y de agonía, las profundidades del dolor de tu Corazón adorable en el patíbulo de la Cruz y en el calabozo en que moras, ¡oh Dios Sacramentado!… Ansiamos, Jesús amado, penetrar en los secretos de tu amor doliente y crucificado… Lo anhelamos tus amigos, pues queremos abrasarnos en las llamas de una caridad más fuerte que la muerte…
Ábrenos, Jesús, ábrenos la herida del Costado… Mira que somos los hijos de María; somos, pues, tus hermanos pequeñitos, los colmados de tus gracias. ¡Deseamos tanto desahogarnos contigo, hablándote en el idioma que Tú mismo enseñaste a tus amigos íntimos, cuando los llamaste a grandes voces, desde Belén y el Calvario, y, siglos más tarde, desde el altar de Paray-le-Monial!…
No tardes en abrirnos, Jesús, no nos dejes por más tiempo en los dinteles del Sagrario de tu dulce Corazón… Mira que se hace tarde y que anochece… Mira cómo las creaturas se afanan por disiparnos…, y con qué empeño los dolores pretenden abatirnos…, y el infierno turbar nuestra paz y arrebatarnos de tus brazos.
Acuérdate, Jesús adorable, que Tú mismo nos invitaste a esta Hora Santa, cuando la pediste a Margarita María… Recuerda, ¡oh Rey de amor!, que, según tus propios designios, es ésta la hora de Gracia por excelencia, ya que en ella ofreciste confiar tus secretos, en retorno de las confidencias de tus consoladores y amigos…; confidencias recíprocas que labrarán la eterna intimidad entre tu Corazón y los nuestros…
De rodillas, pues, Señor, y sobrecogidos, no de temor, sino de felicidad y de amor,

te adoramos, con los Pastores y los Reyes…
¡Oh!, mejor aún que ellos, te adoramos en unión con la Reina Inmaculada y en su Corazón de Virgen-Madre… Y para suplir nuestra indigencia, nos acercamos al Sagrario, con los divinos ardores de Magdalena, el día venturoso en que la perdonaste…, con la fe de tus discípulos en el día de tu Ascensión gloriosa, y con la caridad de tus apóstoles en la hora de Pentecostés… Con todos ellos te adoramos, la frente en el polvo, ¡oh Rey Hermano, oh Salvador-Amigo, oh Dios de misericordia!, en el Santo de los Santos del solitario Tabernáculo…
Y ya que nuestros labios apenas saben balbucir una plegaria, y puesto que nuestros corazones pobrecitos son tan incapaces de amar de veras y de expresar su amor, encargamos con filial confianza a la Reina del Amor Hermoso que Ella te hable por nosotros, sus hijos y tus amigos…
Pero conociendo tu infinita bondad y tu condescendencia, te rogamos, Jesús, con inmensa confianza y con profunda humildad, que hables sobre todo Tú en esta Hora Santa… Mucho más que a hablarte nosotros, venimos a escucharte. ¡Sabiduría increada!… Jesús, Verbo Divino, Palabra eterna del Padre, vibra, resuena una vez más en esta tierra de tinieblas… habla, pronunciando aquellas palabras arrobadoras, que embriagan en la eternidad de eternidades a tus Santos… Habla, Jesús, confiándonos aquellas palabras de vida que conservó en su Corazón la Virgen-Madre y que recogieron tus apóstoles para la redención del mundo…
Sí, háblanos, Maestro, ya que sólo Tú tienes palabras de vida eterna… Jesús, Amor de amores, habla a los amigos que te escuchan de rodillas anhelantes, conmovidos…

(Y ahora escuchémoslo con un gran recogimiento… Oigámoslo como si lo viéramos con nuestros propios ojos, ahí en esta Hostia Divina… Presentémosle el homenaje de una adoración ferviente, en un acto de fe ardorosa en su Presencia real, y al adorarlo así, ofrezcámosle, sobre todo, un homenaje del corazón, es decir, todo nuestro amor, en espíritu de solemne reparación).
(Pausa)
Breve consideración. Ya que no nos es dado suprimir en la tierra la raza de los traidores y de los verdugos, propongámonos el multiplicar, al menos, la raza bendita de los amigos fieles del Señor crucificado, la falange esforzada de aquéllos que, afrontando todos los peligros y todos los oprobios, le seguirán hasta el Calvario…
¡Cuán pocas veces meditamos la misteriosa y cruel angustia de Getsemaní, agonía más cruel por cierto que la de la Cruz… Ved por qué al lado del patíbulo, tinto en sangre, de pie, está María, la Madre del Señor ajusticiado. ¡Madre incomparable y única!… Y cerca de ella, la invencible, la fidelísima Magdalena, bañada en llanto…

A dos pasos está Juan, el apóstol regalado, y con él unos cuantos, un rebaño reducido, de amigos leales… ¡Ah!… No así en Getsemaní… La soledad más angustiosa oprime ahí y despedaza el Corazón del Divino Agonizante… Ha segregado con predilección a los tres favorecidos del Tabor, para que le consuelen… pero éstos, vencidos por la fatiga, más fuerte que su amor, duermen… ¡Oh, sí!, duermen, y entre tanto, a unos cuantos pasos su Maestro, abandonado… solo, lucha en las convulsiones de una horrenda agonía… Jesús solo y desamparado, sosteniendo el peso abrumador, mortal, de la congoja que provoca la visión espantable de todos los crímenes de la tierra… ¡Oh, dolor! Si los amigos del Señor duermen, porque flacos en el amor, no así los enemigos, celosos y resueltos en su odio… Esta vez la presa ansiada no escapará de sus manos sacrílegas, y para que esa misma noche el Rey divino caiga prisionero en sus redes, velan animosos, capitaneados y envalentonados por el único apóstol que no duerme… ¡Judas!
Por esto la hora de guardia de esta Hora Santa debe ser una reparación de inmenso amor de parte de los amigos fieles… Ofrezcámosle como un solemne desagravio por tantos amigos desleales, tibios, apáticos…, por tantos que se dicen amigos, que debieran serlo, pero que en vez de amar, viven de temor y de transacciones de cobardía… Son tantos los mezquinos en el amor y que están lejos, muy lejos de aquella medida de amor con que ellos fueron amados… No nos engañemos; la culpa que más lastima el Corazón del Salvador, es la que parte, como dardo de fuego, de un corazón amigo… ¡Cuán contados son los verdaderos amigos del Señor, los que lo conocen de veras, los que de veras le aman, en pago y en retorno del don gratuito, de la amistad divina que Él les brinda!… A menudo son los hijos de su propia casa los que más le hieren… Cabalmente por esto, en reparación de este gran pecado, agrupémonos en esta Hora Santa en compañía de la Reina Dolorosa, de San Juan y de Margarita María, estrechémonos alrededor de Jesús Agonizante para recoger con santa emoción, conmovidos en lo más hondo del alma, sus quejas amorosas, sus blandos reproches y también sus peticiones y deseos… Que aquel sitio quemante que brotó de sus labios moribundos, reclamando nuestro amor, resuene en nuestras almas, las conmueva y nos resuelva a apagar su sed ardiente con la nuestra devoradora, inmensa…
(Y ahora, para oír su voz divina, que todo calle, que todo desaparezca, todo, menos Jesús… Bebed ansiosos sus palabras).
(Muy lento y con unción)
Voz de Jesús. Hace ya tanto tiempo, tanto, que vivo entre vosotros y todavía no me conocéis… Sabed, amigos muy queridos, que una infinita tristeza agobia mi alma y que una angustia de muerte oprime mi Divino Corazón… Os lo confío a vosotros, tan fieles, oídme: La amargura de mis amarguras la provoca aquella constante infidelidad, aquel desconocimiento tan corriente, aquella inconcebible mezquindad de los que Yo elegí y amé como amigos de mi Sagrado Corazón… ¿dónde están?…

¿Qué se han hecho mis verdaderos e íntimos amigos?… Como en Getsemaní, cuando se acerca la hora de las tinieblas y del combate, miro a mi alrededor… llamo… tiendo la mano… y me encuentro casi siempre abandonado y solo… ¡Ay… cuán contados son en todo tiempo aquéllos que se resuelven por amor a velar conmigo en la hora de agonía!… Cuando mis amigos se encuentran en la cuesta del Calvario, Yo prevengo su clamor y sus gemidos suplicantes. Yo mismo me adelanto y me ofrezco a ellos como el amable | … Pero cuando los traidores vociferan en contra mía, cuando me agobian bajo la pesadumbre de la cruz, si llamo en mi socorro a los amigos… ¡ay!, éstos no me oyen…, mis amigos duermen…
¿Será verdad entonces, hijos míos que el odio de mis adversarios es más animoso y fuerte que la caridad de mis amigos?… ¡Qué tristeza para mi corazón el ver constantemente que mientras los míos descansan tranquilos, los sicarios preparan afanosos los azotes, los clavos, la diadema de espinas… la Cruz!…
Tanto celo de parte de éstos para incrementar a porfía el ejército, ya tan numeroso, de los que me abandonan…, tanta abnegación y desprendimiento de su parte al pagar con largueza las cobardías y traiciones, la gritería de blasfemia social y el ultraje legal de la autoridad humana en contra mía…
¡Y entre tanto, mis amigos dormitan… descansan, callan!
Podría llamar en mi socorro legiones de ángeles, y el Padre me las enviaría; pero no… en la hora de las agonías y tristezas quiero tener muy cerca, a mi lado, amigos capaces de amar llorando…, corazones como el mío, corazones de hermanos que compartan los dolores que por ellos sufro… En la hora de Getsemaní os aguardo a vosotros los amigos… ¡Ay, no queráis abandonarme entonces!… rodeadme con amor ardiente, fidelísimo… Ofrecedme el corazón como un apoyo para mi corazón agonizante… Mi alma está triste, triste hasta la muerte… Desfallezco y muero porque no me siento amado de los míos…
(Breve silencio)
Las almas. Ese lamento nos parte el alma… ¡Escúchanos, Jesús!… Sabemos que lo que Tú afirmas es siempre la verdad y toda la verdad… Pero ya que los que estamos ante este altar somos los amigos íntimos que venimos a consolarte y a reparar, háblanos, Señor, con absoluta libertad… Te pedimos, te
rogamos que formules por entero tu justa acusación… No temas, Jesús, el lastimarnos, dinos sin reticencias cuáles son las faltas que más te hieren de parte de los tuyos…, explícanos aquella amargura que llena tu adorable Corazón, pues queremos compartirla y endulzarla…
¡Habla, Jesús, habla abiertamente a tus amigos verdaderos!
Voz de Jesús. ¡Filioli! ¡Oh, sí, hijitos amadísimos! Quiero descubriros en toda intimidad todo el secreto de mi infinita tristeza… Pero, prometedme que, al
escuchar mis quejas y reproches, lejos de alejaros con temor insensato de mi lado, buscaréis, por el contrario, una intimidad mayor con vuestro Amigo del Sagrario… Prometedme que en adelante acudiréis con más confianza a mi Corazón en busca del único remedio para todas vuestras flaquezas.
Al oírme, dulce y bueno, recordad que aquí, en este trono de gracia, soy el Juez de verdad y mansedumbre, a fin de ser mañana, en los dinteles de vuestra eternidad, un Salvador benigno y el Juez amigo… Oídme:
¿Queréis saber qué faltas son aquéllas que más me hieren?…

Falta de generosidad y de gratitud

Ante todo, la mezquindad en el amor de mis amigos, ¡la falta de generosidad!… Tengo hambre… ¿No tenéis algo que darme de comer, hijitos míos?… No tenéis por qué preocuparos de comprarme pan y víveres, como los apóstoles en Samaria, ¡oh, no!… El pan que anhelo es vuestro amor… Tengo hambre de vosotros… Pero quiero y exijo que ese don de vosotros mismos sea total, sin particiones… Daos a Mí, daos sin reservas… Tengo hambre, no de una mirada vuestra, no de una sonrisa, ni de una palabra…, tengo hambre de vuestras almas, quiero que éstas me pertenezcan como Yo os pertenezco… En canje de mi Corazón Divino, quiero los vuestros y los quiero para Mí solo… Os he dado tanto, ¡oh, tanto!…, y en retorno, ¿qué me habéis dado vosotros?… ¿Por qué ese prurito de medirme siempre vuestro amor, ya tan limitado y pobre?… ¡Cuán distante de mi suerte es la de las creaturas!… ¡Para ellas vuestras preferencias…, para ellas todo!… De ahí que Yo vuestro Señor ocupe con frecuencia en el banquete de vuestra vida el puesto del servidor, del pobre y del mendigo…
¡Cuánto tiempo hace, almas queridas, que aguardo el obsequio del don total de vosotros mis amigos, don al cual tengo pleno derecho y sólo Yo!… Y después de esperar largos meses, aun largos años, recibo con frecuencia, no ese don total sino… la migaja pobrecita que cae de la mesa, lo que sobra de las creaturas, siempre atendidas, agasajadas…
Los ángeles se asombran al ver que acepto esa migaja, porque me habla de vosotros, pero… al llevarla a mis labios, estalla de pena el corazón, lloran mis ojos… ¡Cuánto tiempo hace que pido y aguardo que se me dé un lugar, y el primero, en vuestras almas y en vuestros hogares!… ¡Ay!… Las criaturas más afortunadas que vuestro Dios ocupan ya ese puesto de honor… y Yo debo resignarme a un puesto secundario… ¡Si supierais cómo siento que mi Persona divina molesta, estorba…, que se me tolera por temor, a Mí, un Dios de amor!…
Las creaturas llaman a vuestras puertas, y como se impacientan…, y como no os resignaríais a que se fueran y os dejaran, ellas que son polvo, pasan en primer lugar… Y a Mí me tenéis llamando y esperando un turno que tarde o nunca llega…
Pero porque sólo Yo os amo, con amor verdadero, me siento entonces en el umbral de vuestras puertas, y con paciencia vuelvo a llamar a golpes redoblados, y sigo aguardando con dulzura inalterable, porque soy Jesús, la Misericordia infinita, inagotable… Y entre tanto que yo pueda darme a vuestras almas, en el banquete que os tengo preparado de toda eternidad, vivo de las migajas que me arrojan tantos que se llaman mis amigos…
¿No es, por ventura, una migaja de vuestra vida, por ejemplo, los breves instantes, los contados momentos que distraéis de negocios y de creaturas para dármelos a Mí?… ¡Y decir que, en canje de esos segundos, os estoy preparando una eternidad de siglos, un sin fin de gloria!…
(Pausa)

¿Queríais una prueba manifiesta, consoladores míos, de esa falta de amor generoso de parte de mis amigos?… Hela aquí: ¡su poca gratitud!… No se paga, así, por cierto, con esa vil moneda a los bienhechores de la tierra… Para éstos, por natural nobleza, por delicadeza de educación o de sentimientos, para ellos, la efusión expresiva de vuestra acción de gracias… En cuanto a Mí, el Bienhechor de vuestros bienhechores, no me cuento siempre en esa categoría…, ¡y quedo eliminado!… ¡Cuántos leprosos del alma, sanos por milagro, y que no agradecen, cuántos!…
Decidme, hijos de mi Corazón, ¿es justo tratar así a un Dios que os ha colmado con mil liberalidades y ternuras, que os ha prodigado a torrentes luces divinas y consuelos inefables, que os ha perdonado, que quiere seguiros perdonando? ¿Qué ha sido de aquellas solemnes promesas de eterna gratitud que me hicisteis cada vez que implorábais con apremio nuevas gracias –¿qué digo?– prodigios de misericordia?…
¡Ah, sí! Más de una vez os tornáis a Mí en demanda de milagros. Sabedlo, quiero otorgarlos, pero los reservo para los amigos generosos, que me lo dan todo… Los reservo para aquéllos que me lo arrebatan con la dulce violencia de su inmensa gratitud…
Pero quiero perdonar aun ese pecado vuestro…, he aquí la hora propicia del verdadero arrepentimiento, de la reparación cumplida y de la gran misericordia… Protestadme, pues, ahora mismo que, de aquí en adelante, me amaréis todos como amigos verdaderos; esto es, con nobleza de gratitud y con generosidad a toda prueba…
No temáis a quien no os llama y os aguarda sino para perdonaros y además enriqueceros… Tengo hambre de amor, hambre del pan de vuestros corazones… Dádselo al Dios de caridad, que se goza con el título de Hermano y de Amigo vuestro…

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