EL ESPIRITU SANTO ESTA CERCA DE NOSOTROS.

La Primacía del Espíritu Santo DE LA OBRA DE CONCEPCION CABRERA ARMIDA.

Antes de separarse de sus Apóstoles el Señor les había prometido de parte de su Padre no dejarlos huérfanos, sino enviarles otro Paráclito: el Espíritu Santo, para conducirlos a la plenitud de la verdad y para sostenerlos en los combates por medio de su fuerza invencible. Los Hechos de los Apóstoles hacen resplandecer esta asistencia milagrosa del Espíritu Santo en la Iglesia primitiva, de tal manera que san Juan Crisóstomo llama a los Hechos: el Evangelio del Espíritu Santo. Continuando la tradición patrística los grandes teólogos de la Edad Media reservaron al Espíritu Santo un lugar eminente en sus sistemas doctrinales. En la Suma contra los Gentiles (IV, 20, 21, 22) santo Tomás de Aquino nos ha dejado el resumen de esta enseñanza en tres capítulos célebres. Después de los dos siglos de puro deísmo, el Vaticano II ha llevado a cabo un viraje hacia la “Iglesia de la Trinidad”, en la cual el papel primordial del Espíritu Santo se ha reafirmado con gran realce. Debido al lugar preeminente del Espíritu Santo en la espiritualidad de la Cruz, este contexto conciliar constituye la mejor introducción para señalar, conforme a las directrices actuales del magisterio, la primacía del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. “Consumada pues la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra (cfr. Jn. 17,4), fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés para que indeficientemente santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu (cfr. Ef. 2,18). El es el Espíritu de la vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cfr. Jn. 4,14; 7,38-39), por quien vivifica el Padre a todos los muertos por el pecado hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales (cfr. Rm. 8, 10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (I Cor. 3,16; 6,19) y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos (cfr. Gal. 4,6; Rm. 8,15-16.26). Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia (cfr. Ef. 4,11-12; 1 Cor. 12,4; Gal. 5,22), a la que guía hacia toda verdad (cfr. Jn. 16,13) y unifica en comunión y ministerio. Hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (Ap. 22,17). “Así se manifiesta toda la Iglesia como ‘una muchedumbre unida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. (L.G. No. 4). El Espíritu Santo preside Ia Cruz Si la Cruz está en el centro de la doctrina espiritual de Conchita, el Espíritu Santo está en la cumbre. El domina la Cruz y la ilumina desde las alturas: “Este Espíritu Santo es quien rige al mundo, a la Iglesia desde que Yo me fui y lo envié después de mi Ascensión: y ¿vieras qué poco honrado y conocido es? Apenas hay templos en su honor; no se le estima en lo que vale y ni siquiera se piensa en El. No se da la gloria que merece, a esta Divina Persona. Yo me escondo dentro de esa Cruz del Apostolado para que ella reine, y se le rindan adoraciones. Se levantarán Templos por el Apostolado de la Cruz en el mundo, pero en ellos se dará culto y la preferencia a este Espíritu Santo: sin El se desmoronaría esta obra y con su soplo divino impulsará el espíritu de la Cruz. Dile todo esto a tu director para que lo medite: y que la primera jaculatoria en el Apostolado sea una invocación al Espíritu Santo: El cobijará con sus alas este Apostolado de la Cruz, y su influencia divina es de la mayor importancia” (Diario T. 2, p. 5, marzo, 1894). Un tesoro escondido e inexplorado Para muchos cristianos el Espíritu Santo es un desconocido. El Señor revela a Conchita su identidad personal en el seno de la Trinidad donde Él es el Amor, y su misión en la tierra: conducir a las almas al hogar del Amor; de aquí la necesidad del reinado del Espíritu Santo y la urgencia de una renovación de su culto. La frase capital nos recuerda que “su misión en el cielo, su Vida, su Ser: es el Amor”. Tocamos aquí la raíz de todo, su función propia dentro, “ad intra’. Su misión “ad extra”, hacia afuera del misterio trinitario refleja las propiedades del amor. “Existe un tesoro escondido, una riqueza que no ha sido explotada ni se aprecia en su verdadero valor, siendo que es lo más grande del cielo y de la tierra: el Espíritu Santo. No, ni el mundo de las almas lo conoce debidamente. El es la luz de las inteligencias y el fuego de los corazones; y si hay tibieza, y si hay frío y debilidad, y tantos males que aquejan al mundo espiritual, es porque no se acude al Espíritu Santo. “Su misión en el cielo, su vida, su Ser, es el Amor; y en la tierra, llevar a las almas a ese centro del amor que es Dios. Con El se tiene cuanto se puede apetecer, y si hay tristeza es porque no se acude al divino Consolador, que es el gozo completo del espíritu; si hay flaqueza es porque no se acude a la fortaleza invencible; si hay errores es porque se desprecia al que es la luz; si se extingue la fe es porque falta el Espíritu Santo. “No, no se le da el culto que se le debiera dar en cada corazón, en la Iglesia entera, al Espíritu Santo; y la mayor parte de los males por los que se llora en la Iglesia y en el campo de las almas es porque no se le da toda la primacía que Yo le di a este Santo Espíritu, a esa tercera Persona de la Trinidad, que tuvo parte tan activa en la Encarnación del Verbo y en el establecimiento de la Iglesia. Se le ama con tibieza, se le invoca sin fervor y en muchos corazones, aún de los Míos, ni siquiera se le recuerda y esto lastima muy hondamente a mi Corazón. Es tiempo ya de que el Espíritu Santo reine, decía el Señor como conmovido, y no allá lejos, como una cosa altísima, aunque lo es; y no hay cosa más grande que El, porque es Dios, conjunto y consubstancial con el Padre y con el Verbo, sino acá cerca, en cada alma y corazón, en todas las arterias de mi Iglesia. El día que circule por cada Pastor, por cada sacerdote, como sangre, así de íntimo, el Espíritu Santo, se renovarán las virtudes teologales, que languidecen aún en los que sirven a mi Iglesia, por la falta del Espíritu Santo. Entonces cambiará el mundo, pues todos los males que en él se lamentan hoy tienen por causa el alejamiento del Espíritu Santo, su remedio único. “Que reaccionen mis ministros en la Iglesia por medio del Espíritu Santo y todo el mundo de las almas será divinizado. Él es el eje en donde todas las virtudes giran, y no hay virtud verdadera sin el Espíritu Santo. “El impulso celestial para levantar a mi Iglesia de cierta postración en que yace está en que se active el culto del Espíritu Santo, en que se le dé su lugar, es decir, el primer lugar en las inteligencias y en las voluntades. Nadie será pobre con esta riqueza celestial, y el Padre y el Verbo que soy Yo deseamos la renovación palpitante, vivificante de su reinado en la Iglesia. “–Señor, pero si en la Iglesia sí reina el Espíritu Santo, ¿por qué te quejas? “¡Ay de ella si no fuera así! Él es el alma de esa lglesia tan amada. Pero de lo que me quejo es de que no se dan cuenta muchos de ese favor celestial, no le dan toda la importancia que se debe, lo hacen rutina; y languideciendo su devoción en los corazones es muy tibia, es secundaria, y esto trae males sin cuento, tanto a la Iglesia como a las almas en general. Por esto las Obras de la Cruz vienen a renovar su devoción y a extenderla por toda la tierra. Que impere en las almas este Santo Espíritu y el Verbo será conocido y honrado, tomando la Cruz un impulso nuevo en las almas, espiritualizadas por el divino amor. “A medida que el Espíritu Santo reine se irá destruyendo el sensualismo que hoy inunda la tierra, y nunca enraizará la Cruz si antes no prepara el terreno el Espíritu Santo. Por esto se apareció Él primero a tu vista que la Cruz: por esto preside en la Cruz del Apostolado. “Uno de los principales frutos de la encarnación mística es el reinado del Espíritu Santo que debe consumir el materialismo”. (Diario T. 35, p. 66-71, febrero 19, 1911). Acción del Espíritu Santo en las almas y en la Iglesia La acción del Espíritu Santo se hace sentir primeramente en las almas, pero se extiende también a toda la Iglesia. “Mi Espíritu es vida, es la fuente de la divina gracia y nunca está ocioso, de día y de noche trabaja en las almas que se me entregan, y estas almas crecen constantemente en las virtudes. Mas cuando se resisten y no se dejan hacer entonces me retiro, porque mis gracias son riquísimas para desperdiciarlas. Es muy fino el trabajo del Espíritu Santo en las almas y muy culpable el alma que lo desdeña. Cuando no corresponde a mis inspiraciones, a lo que exijo de ella, entonces me retiro, hay almas que necesitan empuje a cada paso, otras que corren y vuelan, mas a medida de su correspondencia avanzan, subiendo siempre hasta los grados que les tengo destinados. Vigila y escucha mi voz, mas ya sabes que para entenderme necesitas unos oídos dispuestos, un total vacío de ti misma y el espíritu constante de sacrificio. “Sacrifícate por mi Iglesia, repite mucho el Señor. En diferentes ocasiones me ha dado a entender la relación tan íntima que tiene la Iglesia con la Cruz. Dice que en la Cruz nació la Iglesia, viniendo después el Espíritu Santo a confirmar su doctrina y a darle vida. Dice el Espíritu Santo que la Iglesia es la depositaria de todas sus gracias, que ahí ha fijado su morada y que la ama con entrañable amor; que sólo por ahí se entra al cielo. Que su Santo Espíritu sella todas sus ceremonias y que faltando este sello divino no habría nada cabal, ni posible salvación”. (Carta al Excmo. Sr. Dn. Leopoldo Ruiz y Flores, junio 23, 1904). El Espíritu Santo está muy cerca de las almas El Espíritu Santo habita en lo mas profundo de las almas: “El Espíritu de verdad morará en vosotros y estará en vosotros” (Jn. 14,17). En realidad toda la Trinidad habita en nosotros: “Al que me ama mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn. 14,23). Todos los bautizados, todos los que poseen la gracia son “templos del Espíritu Santo” (I Cor. 6,19). “Creen las almas muy lejos al Espíritu Santo, muy elevado y por encima, y es, por decirlo así, la Persona divina más asistente con la criatura. La sigue a todas partes, la impregna de sí mismo, la llama, la cuida, la cobija, la hace su templo vivo, la defiende, la ayuda, la ampara del enemigo, y más cerca está que ella misma. Todo lo bueno que el alma ejecuta es por su inspiración, por su luz, por su gracia y auxilio, ¡Y no se le invoca y no se le nombra ni se le agradece la acción tan profunda e inmediata con cada alma! “Si llamas al Padre, si lo amas, es por el Espíritu Santo. Si te enamoras de Mí, si me conoces, si me sirves, si me copias, si te unes a mis quereres y a mi Corazón es por el Espíritu Santo. “Se le considera intangible, y lo es, pero no hay sin embargo cosa más sensitiva, más cerca y al alcance de la criatura en su miseria que la altura más grande, que el Espíritu santísimo que se refleja y es una misma santidad y poder con el Padre y con el Hijo. “Y los siglos han pasado siendo Él siempre el principio de todas las cosas, el sello sagrado de las almas, el carácter del sacerdote, la luz de la fe, el que infunde todas las virtudes, el riego que fecundiza el campo de la Iglesia, y sin embargo ni se le estima, ni se le conoce, ni se le agradece su influencia siempre santificadora. Si hay ingratitud para Mí en el mundo más la hay para con el Espíritu Santo. Por esto, al acabarse los tiempos quiero que se extienda su gloria. Uno de los dolores más crueles para mi corazón fue el de la ingratitud en todos los tiempos; el de la idolatría, entonces adorando ídolos, y hoy adorándose los hombres a sí mismos, es decir, el alejamiento del Espíritu Santo. “En estos últimos tiempos ha puesto su trono la sensualidad en el mundo, esa vida de los sentidos que ofusca y apaga la luz de la fe en las almas. Y por eso más que nunca se necesita que el Espíritu Santo venga a destruir y a aniquilar a Satanás que en esta forma se va introduciendo hasta en la Iglesia” (Diario T. 40, p. 186-18, enero 26, 1915). El alma de Cristo bajo la moción del Espíritu Santo Cristo es la obra maestra del Espíritu Santo. Como Verbo Él es con el Padre su Principio eterno. El Espíritu Santo recibe todo del Hijo: su Ser y sus perfecciones infinitas. Él es el Amor en Persona que procede indivisiblemente del Padre y del Hijo en la Unidad de la Trinidad. Pero, en cuanto hombre, Jesús ha recibido todo del Espíritu Santo: su encarnación, su ser, su vida, su acción sobre todos los miembros de su Cuerpo místico. “Todos los movimientos de mi alma en cuanto hombre fueron inspirados y movidos por el Espíritu Santo. Él movía mis potencias, sentidos y voluntad poseyéndolos para glorificar al Padre, a quien Yo todo lo refería. “El Espíritu Santo ama a mi humanidad con predilección incomparable. Si tú supieras con cuanta delicadeza, ternura y esplendidez adornó mi alma, mis facultades, mis sentimientos, mi cuerpo y mi Corazón el Espíritu Santo. Más que una madre toda amor. Empleó su poder y todas sus riquezas en formarme en el seno de María, como un perfecto modelo de todo lo bello, puro y santo. Todas las riquezas y tesoros que adornan a mi Corazón se le deben al Espíritu, y no me gusta que se tome Ia devoción a mi Corazón de carne como fin, sino como medio para subir a mi divinidad, como escalón para ir al Espíritu Santo, quien lo creó, quien lo formó y enriqueció, quien puso en él todos los encantos de su amor y también todos los dolores internos, y el modo y la manera de sufrir la universal expiación para el perdón de la humanidad culpable. El corazón del hombre y su cuerpo habían pecado y necesitaban otro cuerpo y otro corazón con la potencia de un Dios que desagraviara a Dios, siendo Él mismo Dios también. Esta idea, acción y fin saludable de gloria para mi humanidad, y de salvación para el mundo, se le debe al Espíritu Santo” (Diario T. 40, p. 197-203, enero 29, 1915). El Espíritu Santo ocupa en Ia Iglesia el primer lugar Así, en una vista panorámica grandiosa, el Señor descubría a Conchita el lugar único, primordial, del Espíritu Santo en las obras de Dios. El Espíritu Santo estaba allí, antes que la creación, en el designio de la Trinidad, orientando con el Padre y el Hijo el destino del mundo. Él Espíritu estaba allí, preparando la venida del Hijo y realizándola en el momento de la Encarnación del Verbo, siempre presente y actuando en su Iglesia hasta el final de los tiempos. “Al formar eternamente el plan de la Redención, el Espíritu Santo tuvo parte activísima, obrando a su tiempo la Encarnación, después de haber iluminado a los profetas anunciándolo. Durante mi vida me sostenía en cuanto hombre, ofreciendo al Padre mi expiación infinita, tocando y atrayendo las almas a la Verdad que soy Yo. Ofrecí enviarlo y Io hice, teniendo en mi Iglesia el primer puesto en todos sus actos, sacramentos y acción infalible” (Diario T. 40, p. 191-192, enero 28, 1915).

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