HIJO PRODIGO.

POEMA DEL HOMBRE DIOS

Extractos

María Valtorta

Segundo año de la Vida Pública de Jesús

205. La parábola del hijo pródigo

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30 de junio de 1945.

1 «

Juan de Endor, venaquí, que tengo quehablarte»

dice Jesúsasomándose a la puerta.El hombre estabaenseñando algo al niño. Ledeja y vainmediatamente.Pregunta:

«¿Qué me quieres decir,Maestro?».

«Ven conmigo aquí arriba».

Suben a la terraza yse sientan en la parte másprotegida, porque, a pesarde que sea por la mañana,ya el sol calienta fuerte.Jesús recorre con su mirada los campos cultivados en que los cereales se van dorandomás cada día que pasa y los árboles frutales van llenando sus frutos; parece como siquisiera extraer su pensamiento de esa metamorfosis vegetal.

«Mira, Juan. Hoy creo que va a venir Isaac para traerme a los campesinos de Jocanán antes de que regresen a sus campos. Ya le he dicho a Lázaro que le preste a Isaac un carro para que puedan acelerar su regreso sin miedo allegar con un retardo que les acarreara un castigo. Lázaro lo va a hacer, porque Lázaro hace todo lo que digo. Ahora bien, de ti quiero otra cosa.Tengo aquí una suma que una persona me ha dado para los pobres del Señor.Generalmente el encargado de guardar las monedas y de distribuir los óboloses uno de los apóstoles; generalmente es Judas de Keriot, aunque alguna vez son los otros. Judas no está aquí. Por lo que se refiere a los otros apóstoles,no quiero que sepan lo que tengo intención de hacer. Tampoco Judas debería saberlo esta vez. Lo harás tú, en mi nombre…».

«¡Yo, Señor?… ¡Yo? ¡No soy digno de ello!…».

«Debes irte acostumbrando a trabajar en mi nombre. ¿No has venido paraesto?».

«Sí, pero pensaba que en lo que tenía que trabajar era en reconstruir mi pobre alma».

«Pues Yo te procuro el medio para hacerlo. ¿En qué has pecado? Contra lamisericordia y el amor. ¿Con odio demoliste tu alma?… Pues con amor y misericordia la reconstruirás. Te doy el material necesario. Te voy a destinar de forma especial a las obras de misericordia y amor. Tienes capacidad para

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Cfr. Lc. 15, 11–32.

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el cuidado y la palabra, así que estás en condiciones de cuidar desdichasfísicas y morales, tienes capacidad para hacerlo.Empezarás con esta obra. Ten la bolsa. Se la darás a Miqueas y a sus amigos.Divídelo en partes iguales, siguiendo estas instrucciones: divide el total endiez partes; da cuatro a Miqueas, una para él, una para Saulo, una para Joel y una para Isaías; las otras seis partes, se las das a Miqueas para el anciano padre de Yabés y sus compañeros. Así recibirán al menos un consuelo».

«De acuerdo, pero ¿qué razón les doy?».

«Dirás:

“Esto es para que os acordéis de orar por un alma que seestá redimiendo”

».

«¡A lo mejor piensan que soy yo! ¡No sería justo!».

«¿Por qué? ¿No quieres redimirte?».

«Lo que no sería justo es que creyeran que yo soy el donador».

«No te preocupes. Haz como te digo».

«Obedezco… Concédeme, al menos, aportar algo también yo. Total… ahora ya notengo ninguna necesidad. Ya no compro más libros, ya no tengo pollos que alimentar,a mí con muy poco me basta, así que… nada. Ten, Maestro. Me quedo sólo con unamínima cantidad, para el gasto de las sandalias…»

y saca de una bolsa que llevaba en la cintura muchas monedas, y las añade a lasmonedas de Jesús.

«Que Dios te bendiga por tu misericordia… 2 Juan, dentro de poco nostendremos que despedir, porque tienes que ir con Isaac».

«Lo lamento, Señor. De todas formas obedezco».

«Yo también siento separarme de tí. Tengo mucha necesidad de discípulositinerantes. Ya no doy abasto. Dentro de poco enviaré a los apóstoles, luego alos discípulos. Tú lo harás muy bien. Te reservaré para misiones especiales.Entretanto, te formarás con Isaac: es muy bueno; el Espíritu de Dios le hainstruído profundamente durante su larga enfermedad; es un hombre que ha perdonado todo siempre… Por lo demás, dejarnos no significa no volvernos aver. Nos encontraremos frecuentemente, y siempre que nos encontremoshablaré para tí; acuérdate de esto…».

Juan se repliega sobre sí mismo, esconde su cara entre las manos y, rompiendobruscamente a llorar, dice quejumbroso:

«¡Oh, entonces dime ya ahora algo que me persuada de que estoy perdonado… deque puedo servir a Dios… Si supieras cómo veo mi alma, ahora que se ha desvanecidoel humo del odio… y cómo… y cómo pienso en Dios…».

«Lo sé. No llores. Permanece en la humildad, pero sin descorazonarte. Si hay desaliento, hay todavía soberbia. Ten sólo humildad, solamente humildad.¡Venga, ánimo, no llores!…».

Juan de Endor se va calmando poco a poco… Cuando le ve ya calmado, Jesúsdice:

«Ven, vamos a la sombra de aquel grupo de manzanos; reunamos a loscompañeros y a las mujeres. Voy a hablarles a todos. A tí en particular te voy a decir cómo te ama Dios».

Bajan hacia el lugar indicado y, a medida que se van acercando, los demás sevan reuniendo en torno a ellos. Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de losmanzanos. Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo.Son en total veinte personas.3

«Escuchad. Se trata de una hermosa parábola que os guiará con su luz enmuchos casos.Un hombre tenía dos hijos. El mayor era serio, trabajador, inclinado al afecto,obediente. El segundo era más inteligente que el mayor –el cual realmente

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era un poco tardo y se dejaba guiar para no tener que esforzarse en decidir por sí–, si bien era rebelde, distraído, amante del lujo y el placer, gastador,ocioso. La inteligencia es un gran don de Dios, pero debe ser usado con sabiduría; si no, es como ciertas medicinas, que, si se usan mal, en vez decurar matan. Su padre –estaba en su derecho y cumplía su deber– le instaba para que viviera con más sensatez. Más no obtenía ningún resultado, apartedel de recibir contestaciones y de que el hijo se solidificara más en sustorcidas ideas. Finalmente, un día, tras una discusión más acalorada que las precedentes, el hijo menor dijo:

“Dame la parte de los bienes que me corresponde; así ya notendré que oír ni tus reprensiones ni las quejas de mi hermano; acada uno lo suyo y se acabó”. “Piensa –respondió el padre– quedentro de poco te quedarás sin nada; ¿qué harás entonces? Tenen cuenta que no me voy a comportar con injusticia parafavorecerte y que no voy a coger ni un céntimo de la parte de tuhermano para dártelo a ti”. “No te pediré nada, puedes estar seguro; dame mi parte”.

El padre encargó la valoración de las tierras y de los objetos preciosos, y,viendo que dinero y joyas sumaban lo que las tierras, dio al mayor los camposy las viñas, hatos de ganado y olivos, y al menor el dinero y las joyas. El más joven lo vendió inmediatamente, transformando así todo en dinero. Hechoesto, pasados pocos días, se marchó a un país lejano. Allí vivió como un gran señor, despilfarrando todo lo que tenía en todo tipo de juergas, haciéndose pasar por el hijo de un rey (pues se avergonzaba de decir:

“soy unaldeano”),

con lo cual renegaba de su padre. Festines, amigos y amigas,vestidos, vinos, juego… vida disoluta… Pronto vió mermar sus fondos y aproximársele la pobreza; además, para agravar la pobreza, se abatió sobrela región una gran carestía, con lo cual se agotaron los pocos fondos que lequedaban.4 Habría podido volver con su padre, pero, como era soberbio, no quiso. Sedirigió entonces a un hombre rico de la región, que había sido amigo suyo enlos buenos tiempos, y le suplicó:

“Acuérdate de cuando gozaste de mi riqueza, acógeme comosiervo tuyo”.

¡Daos cuenta de lo necio que es el hombre!: prefiere someterse al látigo deun patrón antes que decir a un padre:

“¡Perdón, reconozco mi error!”.

Aquel joven había aprendido muchas cosas inútiles con su despiertainteligencia, pero no había querido aprender lo que dice el Libro del Eclesiástico

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:

“¡Qué infame es el que abandona a su padre!,¡cuánto maldice Dios a quien angustia el corazón de su madre!”.

Era inteligente, pero no sabio. Aquel hombre a quien se había dirigido, como paga de lo mucho que habíarecibido del joven necio, le puso a cuidar los cerdos (estaban en una región pagana y había muchos cerdos); le encargó de llevar las piaras a sus pastos.El joven, todo sucio, andrajoso, maloliente, hambriento –la comida escaseaba para todos los siervos y especialmente para los ínfimos (él, porquerizo,extranjero, escarnecido, estaba entre los ínfimos)–, veía que los cerdos se saciaban de bellotas, y suspiraba:

“¡Si al menos pudiera llenar mi estómago de estos frutos! ¡Pero son demasiado amargos! ¡Ni

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Cfr. Eccl. 3, 18.

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