VIUDA DEL TEMPLO.

HOY ESA MUJER NO COMERA, PORQUE YA NO LE QUEDA NADA. EL OVOLO DE LA VIUDA. (JESUS) MARIA VALTORTA.

Posted on 11 noviembre, 2009

Me dice Jesús:

«Introduce aquí la visión del óbolo de la viuda (19 de junio de 1944) corregida de la forma que te indicaré» (como he corregido[1] ya en la copia mecanografiada que he devuelto).

Luego continúa la visión.

19 de junio de 1944.

6 Hoy y con insistencia, no antes, veo aparecer la siguiente visión.

Al principio veo sólo patios y pórticos, que reconozco que son del Templo. Veo también a Jesús, tan solemne con su túnica de color rojo vivo y manto también rojo, más obscuro, que parece un emperador. Está apoyado en una enorme columna cuadrada que sostiene un arco del pórtico.

Me mira fijamente. Me pierdo mirándole, gozándome en El, al que hacía dos días que ni veía ni oía. La visión dura así un tiempo largo. Mientras está siendo así, no la transcribo, porque es gozo mío. Pero ahora que veo animarse la escena comprendo que hay otras cosas y escribo.

El lugar se va llenando de gente que va y viene en todas las direcciones. Hay sacerdotes y fieles, hombres, mujeres y niños. Unos pasean, otros están parados escuchando a los doctores, otros se dirigen a otros lugares –quizá de sacrificio– tirando de corderitos o llevando palomas.

Jesús está apoyado en su columna. Mira. No habla. Incluso en dos ocasiones en que los apóstoles le han hecho unas preguntas ha hecho gesto de negación, pero no ha hablado. Observa atentísimo. Por la expresión, parece juzgar a los que mira. Su mirada y toda su cara me recuerdan el aspecto que le vi en la visión del Paraíso cuando juzgaba a las almas en el juicio particular. Ahora, naturalmente, es Jesús, Hombre; allí era Jesús glorioso, así que más solemne aún. Pero la mutabilidad del rostro, que observa fijamente, es igual. Está serio, escrutador. Pero si algunas veces refleja una severidad que haría temblar al más descarado, otras se le ve tan dulce –dulzura que es tristeza sonriente–, que parece acariciar con la mirada.

7 Parece no oír nada. Pero debe escuchar todo, porque cuando, de entre un grupo que está separado por bastantes metros y recogido alrededor de un doctor, se alza una voz nasal que proclama:

-«Más que cualquier otro precepto, vale éste: todo lo que es para el Templo debe ir al Templo. El Templo está por encima del padre y la madre, y si alguno quiere dar a la gloria del Señor todo aquello que le sobre puede hacerlo, y será bendecido por ello, porque no hay ni sangre ni afecto que sean superiores al Templo»,

entonces El vuelve lentamente la cabeza en aquella dirección y mira con una cierta expresión… que no querría que fuera para mí.

Parece mirar en general. Pero cuando un viejecito tembloroso va a empezar a subir los cinco escalones de una especie de terraza próxima que parece conducir a otro patio más interior, y apoya el bastoncito y casi se cae al trabarse en la propia túnica, Jesús le tiende su largo brazo y le sujeta, y no le deja hasta que le ve en seguro. El viejecito levanta la rugosa cabeza y mira a su alto salvador susurrando una palabra de bendición. Jesús le sonríe y le hace una caricia en la cabeza semicalva. Luego vuelve a su columna, a apoyarse en ella, de la cual se separa otra vez para levantar a un niño que se ha soltado de la mano de su madre y ha caído de bruces contra el primer escalón, justo a sus pies, y que llora. Le levanta, le acaricia, le consuela. La madre, azarada, da las gracias. Jesús le sonríe también a ella y le da el niño.

Pero no sonríe cuando pasa un pomposo fariseo; tampoco cuando pasan en grupo escribas y otros que no sé quiénes son. Este grupo saluda con exagerados gestos con los brazos y exageradas reverencias. Jesús los mira tan fijamente, que parece perforarlos; saluda, pero sin abierta expresividad; su expresión es severa.

También a un sacerdote que viene –y debe ser un pez gordo porque la gente se hace a un lado y saluda, y él pasa pomposo como un pavo– Jesús le mira largamente: es una mirada de tales características, que el sacerdote, aun estando lleno de soberbia, agacha la cabeza; no saluda, pero no resiste su mirada.

8 Jesús deja de mirarle para observar a una pobre mujercita vestida de marrón obscuro, que sube tímida los escalones y se dirige hacia una pared en que hay como unas cabezas de león con la boca abierta, u otros animales parecidos. Muchos van en esa dirección, y Jesús parecía no haberles hecho caso. Ahora sigue el camino de la mujer. Sus ojos la miran compasivos y se llenan de dulzura cuando ve que alarga una mano y echa algo en la boca de piedra de uno de esos leones. Y cuando la mujercita, retirándose, le pasa cerca, dice:

-«La paz a ti, mujer».

Ella, sorprendida, alza la cabeza y muestra azoramiento.

-«La paz a ti»

repite Jesús.

-«Ve. El Altísimo te bendice».

La pobrecita se queda extática. Luego susurra un saludo y se marcha.

-«Es feliz en medio de su infelicidad»

dice Jesús saliendo de su silencio.

-«Ahora es feliz porque la bendición de Dios la acompaña».

9

-«Oíd, amigos, y vosotros que estáis aquí cerca de mí. ¿Veis a esa mujer? Ha dado sólo dos monedas, una cantidad que no es suficiente para comprar la comida de un pájaro enjaulado, y, a pesar de ello, ha dado más que todos los que han echado su donativo en el Tesoro desde la apertura del Templo, al rayar el alba. Oíd. He visto a muchos ricos meter en esas bocas dinero suficiente como para darle de comer a ella durante un año y para revestir su pobreza, que es decente solamente por su limpieza. He visto a ricos meter con visible satisfacción, allí dentro, sumas que hubieran podido saciar el hambre de los pobres de la Ciudad Santa durante uno o varios días y hacerles bendecir al Señor. Más os digo en verdad que ninguno ha dado más que ésta. Su óbolo es caridad; lo otro, no. Lo suyo es generosidad; lo otro, no. Lo suyo es sacrificio; lo otro, no. Hoy esa mujer no comerá, porque ya no le queda nada. Antes tendrá que trabajar para ganar algo y así poder dar un pan a su hambre. No tiene a sus espaldas ni riquezas ni familiares que ganen por ella. Está sola. Dios se le ha llevado padres, marido e hijos; y también el poco bien que ellos le habían dejado (esto, más que Dios, se lo han arrebatado los hombres, esos hombres que ahora con gestos ampulosos, ¿veis?, siguen echando allí lo superfluo, de lo cual mucho ha sido sonsacado con usura de las pobres manos de los débiles y hambrientos).

10 Dicen que no hay ni sangre ni afectos que sean superiores al Templo y así enseñan a no amar al prójimo. Yo os digo que por encima del Templo está el amor. La ley de Dios es amor y quien no tiene piedad para el prójimo no ama. El dinero superfluo, el dinero manchado con el fango de la usura, del desprecio, de la dureza de corazón, de la hipocresía, no canta la alabanza a Dios ni atrae hacia el donador la bendición celeste. Dios lo repudia. Enriquece esta caja, pero no es oro para el incienso:

es fango que os sumerge, Oh ministros, que no servís a Dios sino a vuestros intereses; es lazo que os estrangula, doctores, que enseñáis una doctrina vuestra; es veneno que os corroe, fariseos, ese resto de alma que todavía tenéis. Dios no quiere las cosas que sobran. No seáis Caínes[2]. Dios no quiere el fruto de la dureza del corazón. Dios no quiere lo que alzando voz de llanto dice: “Debía saciar a un hambriento, pero le ha sido negado a él para crear pompa aquí dentro; debía ayudar a un padre anciano, a una madre caduca, y ha sido negada porque esa ayuda no habría sido conocida por la gente y debo emitir mi sonido para que el mundo vea al donador”.

No, rabí que enseñas que ha de darse a Dios todo lo que sobra, y que es lícito denegar al padre y a la madre para dar a Dios. El primer precepto es: “Ama a Dios con todo tu corazón, tu alma, tu inteligencia, tu fuerza”. Por tanto, no es lo superfluo, sino lo que es sangre nuestra, lo que hay que darle, amando sufrir por El. Sufrir, no hacer sufrir. Y, si dar mucho cuesta –porque despojarse de las riquezas no gusta y el tesoro es el corazón del hombre, vicioso por naturaleza–, precisamente porque cuesta hay que dar. Por justicia, porque todo lo que uno tiene lo tiene por bondad de Dios; por amor, porque es prueba de amor amar el sacrificio para dar alegría al amado. Sufrir por ofrecer. Pero, repito, sufrir; no, hacer sufrir. Porque el segundo precepto dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”[3]. Y la ley especifica que después de Dios los padres son el prójimo a quienes estamos obligados a honrar y ayudar.

11 Por lo cual, os digo, en verdad, que aquella pobre mujer ha comprendido la Ley mejor que los sabios y está más justificada que todos los demás; y bendecida, porque en su pobreza ha dado a Dios todo, mientras que vosotros dais lo que os es superfluo, y lo dais para crecer en la estima de los hombres. Sé que me odiáis porque hablo así.

Pero mientras esta boca pueda hablar hablará de esta manera. Unís a vuestro odio hacia mí el desprecio hacia la pobrecita a la que Yo alabo. Pero no penséis que haréis de estas dos piedras un doble pedestal para vuestra soberbia: serán la muela que os triturará.

Vámonos. Dejemos que las víboras se muerdan, aumentando así su veneno. Los que tengan corazón puro, bueno, humilde, contrito, y quieran conocer el verdadero rostro de Dios, que me sigan».

12 Dice Jesús:

-«Y tú, a quien nada te queda porque todo me lo has dado, dame estas dos últimas monedas. Frente a lo mucho que has dado parecen, a los ojos de los extraños, nada. Pero para ti, que no tienes nada aparte de ellas, son todo. Ponlas en la mano de tu Señor. Y no llores. O, al menos, no llores sola. Llora conmigo, que soy el Unico que puede comprenderte y que te comprende sin calígines de humanidad, que para la verdad son siempre interesados velos».

[2 de abril de 1947]

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[1] Sin embargo, la transcribimos fiel e íntegramente (como en 174.10), sin tener en cuenta las correcciones de MV, que consisten, sobre todo, en la supresión de los párrafos iniciales por ser de carácter personal y por contener alguna descripción repetida.

[2] Cfr. Gén. 4, 1–16

[3] Cfr. Ex. 20, 12; Lev. 19, 3; Deut. 5, 16; también: Prv. 1, 8–9; 6, 20–22; Eccli. 3, 2–18; Ef. 6, 1–4; Col. 3, 20–21.

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