AGLAE. PROSTITUTA.

3-168-49 (3-28-135).-Aglae, ex-prostituta, la “Velada” de «Aguas Claras», en Nazaret con María.
DADO A MARIA VALTORTA

* A Aglae, que confiesa su vida y su caída en un abismo de infamia y vicio, la Virgen le dice: “Deja todo tu peso aquí sobre mis rodillas, María es un Mar que lava”.-

■ María está trabajando serena una tela. Ya ha anochecido. Las puertas están cerradas. Una lámpara con tres quemadores ilumina la pequeña habitación de Nazaret, sobre todo la mesa junto a la que está sentada la Virgen. La tela, tal vez una sábana, cayendo del banco por las rodillas, llega hasta el suelo. Así, María, que está vestida de azul oscuro, parece emerger de un cúmulo de nieve. Está sola. Rápidamente cose con la cabeza inclinada en su trabajo. La luz ilumina la punta de su cabeza con reflejos de oro pálido; el resto de su rostro está en la penumbra. En la habitación que es todo orden, reina el más grande silencio. De la calle no llega ningún ruido, tampoco del huerto. La pesada puerta que conduce al huerto desde la habitación donde trabaja María –la misma en que generalmente come y recibe a las personas amigas– está cerrada, e impide que se oiga incluso el ruido que hace el agua de la fuente al caer en la pila. Es un silencio profundo. Me gustaría saber dónde está el pensamiento de la Virgen mientras sus manos ligeras trabajan… ■ Llaman discretamente a la puerta de la calle. María levanta su cabeza, escucha… Ha sido tan leve, que María debe pensar que fue algún animal nocturno o que el viento haya movido un poco la lamparita, y vuelve a inclinar su cabeza en el trabajo. Mas de nuevo se repite el sonido, esta vez con más claridad. María se levanta y va a la puerta: “¿Quién llama?”. Responde una voz muy fina: “Una mujer. En nombre de Jesús, ten piedad de mí”. María abre inmediatamente levantando la lámpara para conocer a la peregrina. Ve un montón de vestidos, una envoltura que no deja traslucir nada, una pobre envoltura que se inclina profundamente y dice: “¡Ave, Señora!” y otra vez repite: “En nombre de Jesús, ten piedad de mí”. Virgen: “Entra y dime lo que quieres. No te conozco”. Mujer: “Nadie y muchos me conocen, Señora. Me conoce el vicio, y me conoce la Santidad. Pero tengo necesidad ahora de que la piedad me abra sus brazos. Tú eres la piedad…” y se echa a llorar. Virgen: “Entra. Entra. Dime. Has dicho suficiente para que comprenda que eres infeliz. Pero no sé todavía quién eres. Dime tu nombre, hermana”. Mujer: “¡No!, hermana no. No te puedo llamar hermana. Tú eres la Madre del Bien… y yo, yo soy el Mal…” y llora mucho bajo el manto que la oculta. María deja la lámpara sobre una silla, toma la mano de la desconocida arrodillada en el umbral, y la obliga a levantarse. ■ María no la conoce… yo sí: es la Velada de «Aguas Claras». Se levanta, apenas sin fuerzas, temblorosa, sacudida con su llanto, pero se sigue resistiendo a entrar. Dice: “Soy una pagana, Señora. Para vosotros los hebreos: suciedad, aunque fuese santa. Doble suciedad porque soy una prostituta”. Virgen: “Si vienes a Mí, si buscas a mi Hijo por mi medio, no puedes ser sino un corazón que se arrepiente. Esta casa acoge a quien tiene el nombre de Dolor” y tira de ella hacia dentro y cierra la puerta. Pone ahora la lámpara sobre la mesa, le ofrece una silla y luego: “Habla” le dice. Pero la Velada no quiere sentarse; inclinada continúa llorando. María está ante ella dulce, majestuosa. Espera que termine el llanto. Veo que ora con todo su ser, aunque nada en Ella tome actitud de oración ( ni sus manos, que no sueltan la pequeña mano de la Velada, ni sus labios, que están cerrados). Finalmente deja de llorar. La Velada se seca las lágrimas con su velo y dice: “Y sin embargo, no he venido de tan lejos para seguir estando en el anonimato. Es la hora de mi redención y me debo desnudar para… mostrarte las heridas que tiene el corazón. Y… tú eres una madre, y además… su Madre, por eso tendrás piedad de mí”. Virgen: “Sí, hija”. ■ Velada: “¡Oh, sí! ¡Llámame, hija! Tenía yo mi mamá… y la abandoné… después me dijeron que había muerto de dolor… Tenía mi papá… y me maldijo… y todavía hoy dice a los de esa ciudad: «No tengo ya ninguna hija»… (el llanto de nuevo cobra fuerzas. María palidece de pena. Le pone su mano sobre la cabeza para consolarla). La Velada vuelve a hablar: “No tendré más quien me llame ¡hija!… Sí, acaríciame así, como hacía mi mamita… cuando era yo pura y buena… Deja que te bese esta mano y que con ella me seque mis lágrimas. Mi llanto solo no me lava. ¡Cuánto he llorado desde que comprendí!… Ya antes había llorado, porque es un horror ser una carne disfrutada e insultada por el hombre. Mas era llanto de una bestia maltratada, que odia y que se revuelve contra quien la tortura; y ese llanto me ensuciaba cada vez más, porque… yo cambiaba de dueño, pero no de bestialidad… Hace ocho meses que lloro… porque he comprendido… He comprendido mi miseria, mi podredumbre. Estoy cubierta de ella, saturada de ella y tengo náuseas… Pero mi llanto, siempre más consciente, no me lava todavía. Se mezcla con mi podredumbre y no la lava. ¡Oh Madre! ¡Seca tú mi llanto y así quedaré limpia y podré acercarme a mi Salvador!”.Virgen: “Sí, hija mía. Siéntate, aquí, conmigo. Habla tranquilamente. Deja todo tu peso, aquí, sobre estas rodillas mías de Madre” y María se sienta. ■ Pero la Velada se le echa a los pies, para hablarle en esa postura. Empieza poco a poco: “Soy de Siracusa… Tengo veintiséis años… Era yo la hija de un intendente o procurador de un poderoso romano. Era hija única. Vivía feliz. Habitábamos cerca de la playa en la hermosa quinta de la que mi padre era el intendente. De cuando en cuando venía el dueño de la quinta, o su mujer, e hijos. Nos trataban bien, y eran buenos conmigo. Las niñas jugaban conmigo… Mi mamá era feliz… estaba orgullosa de mí. Yo era hermosa… inteligente… todo me salía bien… Pero amaba yo más las cosas frívolas que las buenas. En Siracusa hay un gran teatro, notable, hermoso, espacioso. Sirve para los juegos y para las comedias… En las comedias y tragedias que se representan se emplean las bailarinas para poner de relieve, con sus mudas danzas, el significado de lo que canta el coro. Tu no lo sabes… pero también con las manos y movimientos del cuerpo podemos expresar los sentimientos del hombre agitado por alguna pasión… Jovencitos y niñas son educados en un escenario apropiado para ser bailarines; deben de ser bellos como dioses y ágiles como mariposas… A mí me gustaba ir mucho a un lugar un poco alto de donde se dominaba este lugar para ver las danzas; luego las imitaba yo en los prados floridos, en la arena rojiza de mi terreno, o en el jardín de la quinta. Parecía yo una estatua de arte, o un viento surcando los espacios: porque podía tomar esas poses de estatua o girar sin tocar casi el suelo. Mis amigas ricas me admiraban… y mi mamá se sentía orgullosa…”. La Velada habla, recuerda, vuelve a ver en su imaginación, ve como en un sueño el pasado y llora. Los sollozos parecen ser las «comas» en su discurso. ■ “Un día –era el mes de mayo– toda Siracusa estaba en flor. Hacía poco que habían terminado las fiestas. Me había entusiasmado una de las danzas representadas en el teatro… Los dueños de la propiedad me habían llevado a este espectáculo con sus hijas. Tenía yo catorce años… En aquella danza las jóvenes, que debían representar las ninfas de primavera que corren a adorar a Ceres, danzaban coronadas con rosas, y vestidas de rosas… solo de rosas porque el vestido era un velo ligerísimo, una red de hilos finísimos sobre la que estaban esparcidas rosas… Cuando danzaban parecían semialadas, de tan ligeras que se movían. Sus espléndidos cuerpos se dejaban ver detrás de las franjas de velo florido que parecían alas. Practiqué esta danza… día tras día…”. ■ La Velada llora mucho más fuerte… Luego continúa. “Era yo hermosa. Lo soy, ¡mira!”. Se pone de pie. Rápida se echa atrás el velo y deja caer el manto. Y me quedo estupefacta porque veo que emerge de aquellas telas Aglae, hermosísima incluso así: con una humilde túnica, peinado sencillo de trenzas, sin collares, sin ricos vestidos. Es una verdadera flor de carne, delgada y perfecta. Tiene una cara hermosísima, de color moreno pálido y con ojos terciopelo, pero llenos de fuego. Vuelve a arrodillarse ante María: “Era hermosa, para desgracia mía. Era yo una necia. Aquél día me puse unos velos. Me ayudaron las muchachas, las hijas de los dueños, a las cuales les gustaba verme bailar… Me vestí en el borde de una playa dorada, teniendo el mar azul enfrente. En la playa, que allí estaba desierta, había flores selváticas blancas y amarillas con perfumes penetrantes de almendros, vainilla, de carne recién lavada; también de los limonares venían ondas de perfume y en él envolvían a los rosales de mi tierra, y también al mar, y a la arena. El sol extraía perfume de todas las cosas… una sensación de grandeza rodeaba mi cabeza. Me sentía ninfa y adoraba… ¿a quien? ¿A la tierra fecunda? ¿Al sol fecundador? No lo sé. Siendo yo pagana entre los paganos, supongo que adoraría al Sentido, mi rey déspota, del que no sabía otra cosa más que era un dios poderoso… Me coroné con rosas que había tomado del jardín… y empecé a danzar… Estaba yo ebria de luz, perfumes, del placer de ser joven, ágil y hermosa. ■ Dancé… y fui vista. Noté que me miraban. Pero no me avergoncé de estar desnuda a los ojos ávidos de un hombre. Antes bien, me complací en aumentar mis vuelos. La complacencia de ser admirada me ponía verdaderamente alas. Y esto fue mi ruina. Tres días después me quedé sola porque los dueños habían partido para regresar a su casa patricia de Roma. Pero no me quedé en casa… Aquellos dos ojos admiradores habían despertado en mí otra cosa más allá de la danza, me habían despertado el sentido y el sexo”. María hace un acto de disgusto involuntario que nota Aglae, que dice: “¡Oh, Tú eres pura! Tal vez te repugno…”. Virgen: “Habla, habla, hija. Mejor a María que a Él. María es un mar que lava…”. Aglae: “Sí, mejor a ti. Me lo dije a mí misma cuando supe que Él tenía una Madre… Porque al principio, al ver que es tan distinto de todos los hombres, cual si fuese solo espíritu –ahora sé que existe el espíritu, qué es– antes, no habría yo podido decir de qué estaba formado tu Hijo, que, pese a ser hombre, no muestra nada de sensualidad; y pensaba dentro de mí que no habría tenido Madre, sino que habría descendido a esta tierra para salvar a estas horribles miserias, de las cuales yo soy la más grande… ■ Volví todos los días a aquel lugar esperando volver a ver aquel joven, moreno, bello… Y después de algún tiempo volví a verle. Me habló. Me dijo: «Ven conmigo a Roma. Te llevaré a la corte imperial, serás la perla de Roma». Respondí: «Sí. Seré tu fiel mujer. Ven a hablar con mi padre». Se echó a reír burlonamente y me besó. Dijo. «No, no esposa sino diosa; yo seré tu sacerdote y te descubriré los secretos de la vida y del placer». Era yo una necia. Era una niña. Mas aunque jovencita no ignoraba lo que era la vida… Era yo una astuta. De todas formas, aunque yo era una loca, no estaba pervertida todavía… y tuve asco de su propuesta. Me escapé de sus brazos y corrí a casa… No dije nada a mi mamá… pero no supe resistir al deseo de volver a ver a ese hombre… Sus besos me habían enloquecido más. Y regresé… Apenas había yo regresado a la desierta playa cuando me abrazó, me besó con frenesí. Una lluvia de besos, de palabras de amor, de preguntas: «¿No te amo en realidad? ¿No es más dulce que un vínculo? ¿Qué otra cosa quieres? ¿Puedes vivir sin esto?». ¡Oh, Madre! Huí la misma tarde con el asqueroso patricio… Y vine a ser el andrajo que pisoteó bajo su animalidad. No una diosa, sino fango; no una perla, sino estiércol. No se me reveló la vida, sino la suciedad de la vida, la infamia, la náusea, el dolor, la vergüenza, la infinita miseria de no pertenecerme más a mí… ■ Y luego… la caída total. Después de seis meses de orgía, cansado de mí, encontró nuevos amores y me vi en la calle. Me aproveché de mi habilidad de bailarina… Sabía que mi madre había muerto de dolor y que ya no tenía ni casa ni padre… Un maestro de danza me recogió en su gimnasio. Me perfeccionó… gozó de mí… y me lanzó, cual experta flor en todas las artes de la sensualidad, al ambiente de corrupción del patriciado romano; así, la flor, ya sucia, cayó en una cloaca. Hace diez años que he caído al abismo, y siempre bajo más. ■ Luego me llevaron para alegrar los ratos libres de Herodes y nuevamente aquí tuve un dueño. ¡Oh! no hay perro más encadenado que una de nosotras. Y no hay patrón de perros de caza más brutal que el hombre que posee a una mujer. ¡Madre… tiemblas, te causo horror!”. María se ha llevado la mano al corazón como si se sintiese herida. Responde: “No. No tú. Me causa horror el Mal que es muy dueño de la tierra. Continúa, pobre criatura”. Aglae: “Me llevó a Hebrón… ¿Era yo libre? ¿Vivía rica? Sí, porque no estaba en la cárcel y porque abundaba en joyas. Pero la realidad era que sólo podía ver a quien él quería que viese, y no tenía derecho ni siquiera a mí misma. ■ Un día llegó a Hebrón un hombre, tu Hijo. Él estimaba esa casa. Lo supe y le invité a entrar. No estaba Sciammai (el amante)… Desde la ventana ya había oído palabras y visto un rostro que me desosegó el corazón. Te juro, Madre, que no fue la carne, la que me empujó a tu Jesús. Fue aquello que Él me reveló lo que me hizo ir hasta el umbral, desafiando la burla del vulgo, para decirle: «Entra». Fue entonces cuando supe que tenía alma. Me dijo: «Mi nombre quiere decir: Salvador. Salvo a quien tiene voluntad de ser salvado. Salvo enseñando a ser puros, a amar el dolor más que el honor, el bien más que cualquier otra cosa. Soy el que busca a los perdidos, el que da la vida. Soy Pureza y Verdad». Me dijo que también yo tenía alma y que la había matado con mi modo de vivir. Pero ni me maldijo, ni me escarneció. ¡No me miró ni un instante! Es el primer hombre que no me comió con su ávida mirada, porque llevo conmigo la tremenda maldición de atraer al hombre… Me dijo que quien le busca le encuentra, porque Él está donde hay necesidad de médico y medicina. Y se fue. Pero sus palabras han quedado aquí, y de aquí jamás se han ido. Me decía a mí misma: «Su Nombre quiere decir Salvador», como queriendo empezar a curarme. De su visita me habían quedado grabadas sus palabras y sus amigos pastores. Di el primer paso al darles una limosna a ellos y pidiéndoles una oración… ■ y luego… huí… Fue una fuga santa: huí del pecado yendo en busca del Salvador. Anduve buscándole, segura de que le encontraría porque así me lo había prometido. Me enviaron a donde un hombre que se llama Juan, creyendo que era Él, pero no era. Un hebreo me indicó «Aguas Claras». Vivía de la venta del oro que poseía, que era mucho. Durante los meses que anduve errante tuve que cubrirme siempre mi cara para que no me atrapasen de nuevo, y porque además Aglae realmente estaba sepultada bajo ese velo; había muerto la vieja Aglae, quedaba sólo esa alma suya herida y desangrada que iba en busca de su médico. Muchas veces tuve que huir de la sensualidad del varón, que me perseguía a pesar de estar tan oculta bajo mis vestiduras. Incluso uno (J. Iscariote) de los amigos de tu Hijo… ■ En «Aguas Claras» viví como un animal, pobre, pero feliz. Los rocíos y el río no me lavaron tanto como sus palabras. ¡Oh!, no perdía ni una de ellas. Una vez perdonó a un hombre asesino. Lo oí… y estuve para decirle: «Perdóname a mí también». Otra vez habló de la inocencia perdida… ¡Oh! cuántas lágrimas. Otra vez curó a un leproso… y estuve para decirle: «Límpiame de mi pecado…». Cierto día curó a un demente y era romano… y lloré… y me mandó que me dijeran que las patrias pasan, pero el Cielo permanece. Una tarde en que había tempestad me acogió en su casa… y luego hizo que me diera hospedaje el administrador… y por medio de un niño me mandó decir: «No llores»… ¡Oh, bondad suya! ¡Oh, miseria mía! Ambas tan grandes que no me atreví a llevar mi miseria a sus pies… no obstante que uno de los suyos (Andrés) me hablase en la noche de la infinita misericordia de tu Hijo. ■ Y luego, mi Salvador se fue, insidiado por quienes veían pecado en el deseo de un alma vuelta a nacer… Le esperé… pero también le esperaba la venganza de aquellos que son más indignos que yo de mirarle. Porque yo he pecado como pagana contra mí misma, pero ellos pecan, conociendo ya a Dios, contra el Hijo de Dios… Y me pegaron… Pero me hirieron más sus acusaciones que las piedras; hirieron más ellos mi alma que mi carne, hundiéndola en la desesperación. ¡Oh, qué tremenda lucha contra mí misma! Desgarrada, sangrando, herida, febril, sin tener más al Médico, sin techo, ni pan, miré atrás, miré al futuro… El pasado me decía: «Vuelve», el presente. «Mátate», el futuro: «Ten esperanza». He esperado… No me he matado. Lo haría si Él me rechazara, porque no quiero volver a ser lo que era… ■ A duras penas llegué a un pueblo pidiendo refugio. Me reconocieron. Tuve que salir huyendo como una bestia, acá, allá, siempre perseguida, siempre escarnecida, siempre maldecida, porque quería ser honesta y porque había desengañado a los que, por medio mío, querían herir a tu Hijo. Siguiendo el curso del río llegué hasta Galilea y vine hasta aquí… Tú no estabas… Fui a Cafarnaúm: acababas de partir. Me vio un viejo, uno de sus enemigos, y me dijo que podía yo acusarle a Él, a tu Hijo, y como llorase sin reaccionar agregó: «Todo podría cambiar para ti si quisieses ser mi amante y mi cómplice para acusar al Rabbí de Nazaret. Bastaría con que dijeras, delante de mis amigos, que Él era tu amante…». Huí como quien ve salir una serpiente de en medio de un manojo de flores. ■ Y así comprendí que no podía ir a postrarme a sus pies y vine a los tuyos. Aquí estoy. Písame, soy lodo. Aquí estoy: arrójame, porque soy pecadora. Llámame por mi nombre: prostituta. Todo aceptaré de tu parte, pero ten piedad, Madre. Toma mi pobre alma sucia y llévala a Él. Cierto que poner en tus manos mi lujuria es un crimen, pero solo en tus manos estará protegida del mundo –que la quiere para sí–, y hará penitencia. Dime qué debo hacer. Dime qué medios debo emplear para no ser más Aglae. ¿Qué cosa debo mutilar en mí? ¿Qué debo arrancar de mí para no ser más pecado, ni seducción, para no tener miedo ni de mí misma, ni del hombre? ¿Me debo arrancar los ojos? ¿Me debo quemar los labios? ¿Me debo cortar la lengua? Ojos, labios, lengua me han ayudado al mal. Aborrezco el mal y estoy dispuesta a castigarme y a sacrificarlos. ¿O quieres que me arranquen estas caderas que me empujaron a perversos amores? ¿Estas entrañas insaciables que temo se despierten? Dime, dime ¿cómo se hace para olvidarse de que una es hembra, y para hacérselo olvidar a los demás?”. ■ María está conturbada. Llora, sufre. De su dolor no hay más señal que las lágrimas que caen sobre la arrepentida. Ésta dice: “Quiero morir perdonada. Quiero morir, no recordando a otro que al Salvador. Quiero morir con su sabiduría como amiga mía… ¡Y no puedo acercarme a Él, porque el mundo nos acecha a mí y a Él, para acusarnos…!”. Aglae llora echada en tierra, como un andrajo.
* “Aglae, yo te recojo y te llevaré a Jesús. Él te indicará el camino”.- ■ María se pone de pié y, casi jadeando, susurra: “¡Qué difícil es ser redentores!”. Aglae, que oye aquel murmullo e intuye, dice: “¿Lo ves? ¿Ves que también tú sientes asco? Me voy. ¡Todo se ha acabado!”. Virgen: “No, hija, no se ha acabado. Ahora empieza. Escucha, pobre alma. No lloro por ti, sino por el mundo cruel. No te dejo ir sino te recojo, pobre golondrina a la que la tempestad ha arrojado contra mis paredes. Te llevaré a Jesús y Él te dirá qué camino debes seguir para tu redención…”. Aglae: “No tengo más esperanzas… El mundo tiene razón. No puedo ser perdonada”. Virgen: “El mundo no te puede perdonar, pero Dios, sí. Déjame que te hable en nombre del Amor Supremo que me ha dado un Hijo para que yo le dé al mundo; que me ha nacido de la feliz ignorancia de mi virginidad consagrada, para que el mundo tuviese el Perdón, y me ha sacado sangre, no en el parto sino del corazón, al revelarme que mi Hijo es la Gran Víctima. Mírame, hija. En este corazón hay una gran herida. Hace más de treinta años que gime y cada vez más crece y me consume. ¿Sabes cómo se llama?”. Aglae: “Dolor”. Virgen: “No. Amor. El amor es lo que abre mis venas para hacer que no esté sólo el Hijo para salvar; es el amor lo que me da fuego para que purifique a los que no se atreven a ir a donde está mi Hijo; el amor me hace brotar lágrimas con que lavar a los pecadores. Tú querías mis caricias. Te doy mis lágrimas que te hacen más blanca para que puedas mirar a mi Señor. No llores así. No eres la única pecadora que viene al Señor y regresa redimida. Hubo también otras y habrá más. ■ ¿Dudas que pueda perdonarte? Pero ¿no ves en cada cosa de las que te ha sucedido un misterioso querer de su bondad divina? ¿Quién te llevó a Judea? ¿Quién a la casa de Juan? ¿Quién te puso a la ventana aquel día? ¿Quién encendió una luz para iluminarte sus palabras? ¿Quién te dio la capacidad de comprender que la caridad, unida a la plegaria de quien recibe el beneficio, obtiene ayuda divina? ¿Quién te dio fuerzas para huir de la casa de Sciammai? ¿Quién de perseverar los primeros días hasta su llegada? ¿Quién te trajo a su camino? ¿Quién te hizo capaz de vivir como penitente para limpiar cada vez más tu alma? ¿Quién te dio alma de mártir, alma de creyente, alma de perseverante, alma de pura?…”.
* “Entre mi pureza, un don, y tu heroica ascensión, piensa que tu pureza es más grande”.- ■ Virgen: “No muevas la cabeza. ¿Crees que tan sólo sea puro el que no ha conocido el placer sensual? ¿Crees tú que el alma no pueda hacerse más virgen y bella? ¡Oh, hija! Entre mi pureza que es una gracia del Señor y tu heroica ascensión, rehaciendo el camino, hacia la cima de tu pureza perdida, puedes pensar que es más grande la tuya. Tú la rehaces contra el apetito de los sentidos, la necesidad y la costumbre; para mí es una dote natural como el respirar. Tú debes cercenar tu pensamiento, los afectos, la carne, para no acordarte, para no desear, para no secundar; yo… Oh, ¿puede una niña recién nacida apetecer la carne? ¿Tiene mérito en no hacerlo? Pues así yo. No sé lo que significa esta trágica hambre que ha hecho de los hombres una víctima. No conozco otra cosa más que la santísima hambre de Dios; tú, sin embargo, ésta no la conocías y por ti misma has conseguido apresarla, y has domado la otra, trágica y horrenda, por amor a Dios, que ahora es tu único amor. ¡Sonríe, hija de la misericordia divina! Mi Hijo obra por ti lo que te dijo en Hebrón. Ya lo ha hecho. Estás salvada porque has tenido buena voluntad para salvarte, porque has preferido la pureza, el dolor, el Bien. Tu alma ha renacido. Sí. Es necesario que Él te diga en nombre de Dios: «Estás perdonada». Eso yo no lo puedo decir, pero ya desde ahora te doy mi beso como promesa, como principio de perdón… ■ ¡Oh, Espíritu Eterno! Siempre hay un poco de Ti en tu María. Deja que Ella te infunda, Espíritu Santificador, sobre la criatura que llora y que espera. Por nuestro Hijo, oh Dios de amor, salva a ésta que de Dios espera la salvación. La Gracia, de la que el Ángel dijo que estaba yo llena, descanse por un milagro sobre ésta y la levante hasta Jesús, el Salvador bendito, el supremo Sacerdote, que la absolverá en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu…■Es noche, hija. Estás cansada y herida. Ven, descansa. Mañana partirás. Te mandaré a una familia de personas buenas, porque aquí ya vienen demasiados. Te daré un vestido semejante al mío. Parecerás una hebrea. Veré a mi Hijo a solas en Judea, pues la Pascua se aproxima y para la nueva luna de Abril estaremos en Betania. Le hablaré de ti. Ve a la casa de Simón Zelote. Allí me encontrarás y te llevaré a Él”. Aglae todavía llora pero ahora con paz. Se ha sentado en el suelo. También María ha vuelto a sentarse. Aglae reclina su cabeza sobre sus rodillas y besa la mano de María… ■ Luego gime: “Me reconocerán…”. Virgen: “¡Oh, no! No tengas miedo. Tu vestido era muy atractivo. Yo te prepararé para este viaje tuyo hacia el Perdón y serás como la virgen preparada para su boda: distinta y desconocida para la gente que no sabe de este rito de bodas. Ven. Tengo una habitación pequeña que está junto a la mía. Se han alojado allí santos y peregrinos deseosos de ir a Dios. También tú estarás allí”. ■ Aglae hace ademán de querer recoger el manto y el velo. La Virgen le dice: “Déjalos. Son los vestidos de la pobre Aglae extraviada, que ya no existe… y ni siquiera debe quedar de ella el vestido: ha experimentado demasiado odio, y tanto daño hace el odio cuanto el pecado”. Salen al huerto oscuro, entran a la habitacioncilla de José. María toma la lamparita que está sobre una mesa, acaricia nuevamente a la arrepentida, cierra la puerta y, con su lamparita de tres mecheros, se hace luz para ver a dónde puede llevar el manto desgarrado de Aglae, para que ningún visitante lo vea al siguiente día. (Escrito el 20 de Mayo de 1945).

10 comentarios sobre “AGLAE. PROSTITUTA.

  1. Madre bondadosa quiero ir de tu mano siempre, para no desviarme del camino hacia Jesucristo
    virgensita tu eres el puente para llegar a Dios no me dejes Madre mia.

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  2. Verdaderamente eres Madre de Misericordia que nos conduces a la Fuente de la Misericordia, Jesús, Salvador, Sumo y Eterno Sacerdote del Padre Eterno.
    Madre, ayúdano a ser como Tú y conducir las almas agobiadas por el peso de sus propios pecados y el pecado del mundo sobre ellas al encuentro con J esú

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  3. OH , DULCE MADRE PURA E INMACULADA UNQUE ESTAMOS LLENOS DE PECADO TU CON TÚ MIRADA PURA Y TU CORAZÓN MISERICORDIOSO NOS LIMPIAS Y NOS LLEVA A TU AMADO HIJO NUESTRO SALVADOR…GRACIAS MADRE SABES QUE SIEMPRE RECONOSCO QUE FUISTE VOS QUIÉN SIEMPRE ESTUVISTE A MI LADO TE QUIERO MUCHO MAMITA DULCE GRACIAS POR TU AMOR !!!!!!

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