MENSAJE A LOS SACERDOTES.

DADO A MARIA VALTORTA.

Dice Jesús:

“Es ésta una página que produce dolor dictarla, escribirla y leerla. Mas, por ser verdad, la digo. Escribe. Es para los sacerdotes.

Mucho es lo que se les reprocha a los fieles

Mucho es lo que se les reprocha a los fieles el ser poco fieles y muy tibios. Mucho lo que se les echa en cara a los hombres su falta de caridad, de pureza, de desapego de las riquezas y de espíritu de fe. Mas acontece como con los hijos, salvo raras excepciones, que son como los forman sus padres, no tanto con reprensiones cuanto con el ejemplo. Otro tanto sucede con los fieles, salvo siempre las naturales excepciones, que son como los forman los sacerdotes, no tanto con las palabras cuanto con el ejemplo.

Las iglesias desparramadas por entre las casas de los hombres

deberían ser a modo de faros y de purificatorios

Las iglesias desparramadas por entre las casas de los hombres deberían ser a modo de faros y de purificatorios. De ellas debería desprenderse una luz suave, potente, penetrante y atractiva que, al igual de la luz del día, penetrase, venciendo todas las cerraduras, en el fondo de los corazones.

Contemplad un hermoso día de verano. Una luz maravillosa se desprende del sol abarcando la tierra, luz tan avasalladora y potente que ni en la estancia mejor cerrada llega a ser completa la oscuridad. Será un rayo tenue como el cabello de un niño, será un punto trémulo sobre la pared, será un polvillo dorado danzando en la atmósfera; pero allí, en aquella estancia, hay un indicio minúsculo de luz atestiguando que afuera está el fulgurante sol de Dios.

Igual acontece en los corazones más cerrados

Igual acontece en los corazones más cerrados. Si de las iglesias desparramadas por entre las casas se desprendiese una “luz” cual la que Yo os indiqué como señal vuestra, ¡oh sacerdotes!, a los que llamo “luz del mundo” (Mt 5, 14-16) –así os llamé al crearos– si penetrase un hilo, un punto, un polvillo de Luz, ese mínimo indispensable que haga recordar que en el mundo hay “una Luz”, ese mínimo indispensable capaz de despertar el hambre de luz, de “esa Luz” en los corazones…!

Mas ¿cuántas son las iglesias de las que emane luz tan viva, capaz de forzar las puertas cerradas de los corazones y penetrar en ellos para llevarlos a Dios, a Dios que es Luz? Y ¿cuántas las almas de tales iglesias, vosotros todos a quienes Yo llamé a que me llevarais a los corazones, que se hallen de tal manera encendidas de Caridad que lleguen a deshacer el hielo de las almas y llevar a los corazones de los hombres el amor de Dios y el amor a Dios, al Dios que es Caridad?

los hombres, en sus dolores, deberían poder mirar a su iglesia

como a una madre sobre cuyo regazo se va a llorar

y a oír palabras de consuelo

después de haber contado los propios afanes,

con la seguridad de ser escuchados y comprendidos

Los hombres, en sus dolores, y sólo Yo sé cuántos sean éstos, en sus dolores, distintos de los vuestros –o, al menos, los vuestros debieran ser distintos de los de ellos, porque los vuestros deberían ser únicamente penas ocasionadas por el celo de vuestro Señor Dios no amado lo suficiente, por los fieles que se pierden y por los pecadores que no se convierten. Estos y no otros deberían ser vuestros dolores porque, cuando Yo os llamé, no os puse por delante un palacio, una mesa, una bolsa, una familia sino una cruz, mi Cruz sobre la que morí desnudo, sobre la que expiré solo, a la que subí tras haber sido apartado, despojado de todo, hasta de mi pobreza que era riqueza comparándola con mi miseria de ajusticiado al que no le queda sino el patíbulo compuesto de unos leños, de tres clavos y de un manojo de espinas tejidas en forma de corona, y esto para decir a todos, a vosotros en particular, que las almas se salvan con el sacrificio y con la generosidad en el sacrificio que va hasta el despojo total, absoluto de los afectos, de las comodidades, de lo necesario y hasta de la vida– los hombres, en sus dolores, deberían poder mirar a su iglesia como a una madre sobre cuyo regazo se va a llorar y a oír palabras de consuelo después de haber contado los propios afanes, con la seguridad de ser escuchados y comprendidos. Los hombres, en sus obnubilaciones, producto de tantas causas, no siempre dependientes de su voluntad sino impuestas por la voluntad de otros o por un complejo de circunstancias que les inducen a creer en el error o a dudar de Dios, deberían encontrar en vosotros a portadores de luz, de mi Luz, a hombres compasivos como el samaritano (Lc 10, 29-37), a maestros como vuestro Maestro y a padres como vuestro Padre.

La tierra, corrompida por tantas cosas, fermenta

como cuerpo en descomposición

y contamina las almas con su hediondez de pecado

La tierra, corrompida por tantas cosas, fermenta como cuerpo en descomposición y contamina las almas con su hediondez de pecado. Mas si las iglesias desparramadas por entre las casas fuesen incensario en el que el sacerdote viviera ardiendo, y se arde cuando se ama, el hedor del mundo estaría contrarrestado con el perfume de Dios transpirando de los corazones de los sacerdotes que viven en total “fusión” con Dios, anulados en Dios hasta el punto de no ser ya sino semejantes a Mí que estoy constantemente en el Sacramento a disposición del hombre –Yo, Dios, estoy ahí sin cansancio, sin soberbia, sin resistencia– y los corazones llegarían a purificarse.

Los sacerdotes de este modo perfectos son como el sol

Los sacerdotes de este modo perfectos son como el sol. Aspiran las almas al Cielo cual si fuesen gotas de agua, las purifican en la atmósfera del Cielo y después, hechas nubes, se desintegran ligeras en rocío benéfico durante la noche, en la más completa reserva, para refrigerar las heridas y quemaduras de los corazones, pobres flores lastimadas por tantas cosas.

Aspiran: Para aspirar hacia sí es preciso disponer de una gran fuerza. Sólo el amor vivísimo por el Señor y por los hermanos os la puede proporcionar. Fijos en Dios, en lo alto, muy en lo alto, remontando la tierra, podéis vosotros, si lo queréis, atrae hacia vosotros, es decir, hacia Dios en el que vivís, las almas. Es operación que requiere generosidad y constancia. Hasta el simple pestañeo debe servir a este fin. Todas vuestras acciones deben encaminarse a esta meta. Hay miradas que pueden convertir un corazón cuando en ellas se trasluce Dios.

Desintegrarse: Sacrificarse, de todas las formas, en el anonimato, llevando a las almas abrasadas el refrigerio celeste que se desprende tan suave que las almas, sin saber cuándo ni cómo se derramó, se encuentran rociadas por él. Lo mismo que hace el rocío que, silenciosa y púdicamente, desciende mientras todo reposa: hombres, animales y flores, purificando la atmósfera de las impurezas diurnas, apagando la sed y emperlando tallos y frondas.

¡Sacerdotes: sacrificio, sacrificio, sacrificio! ¡Pastores: oración, oración, oración!

Os he llamado “pastores”

Os he llamado “pastores” (Jn 10, 1-21) no “solitarios” ni “capitones”. El solitario vive para sí. El capitán marcha a la cabeza de los suyos. Mas el “pastor” está en medio de su rebaño para guardarlo. No se separa, ya que su grey se dispersaría. No marcha a la cabeza porque los distraídos del rebaño se irían quedando desperdigados por el camino resultando presa fácil de los lobos y ladrones.

El pastor, de no ser un insensato, vive en medio de su grey a la que llama y agrupa e, incansable, va arriba y abajo de la misma, la precede en las cosas difíciles, advierte él antes que nadie las dificultades, las allana cuanto puede, asegura los pasos peligrosos con su propia fatiga y después se queda en el punto dificultoso para vigilar el paso de sus ovejas: y si ve que alguna se encuentra medrosa y débil, se la carga sobre sus hombros y la lleva hasta pasar el punto peligroso; y si viene el lobo, no huye antes se abalanza contra él delante de sus ovejas a las que defiende aun a costa de morir en su empeño de salvarlas. Se inmola por ellas entregándose al lobo para saciar el hambre de la fiera y así ésta no sienta ya necesidad de devorar. ¡Cuántas no son las fieras que tienen en contra las almas! El pastor no se entretiene en pláticas inútiles con los viandantes ni pierde el tiempo en cosas que no son de su incumbencia. Se ocupa de su rebaño y basta.

capítulo 8.º de Ezequiel

Mirad ahora. ¿No os parece que leamos el capítulo 8.º de Ezequiel?

Primer ídolo: los Celos.

¿No es cierto que debierais ser caridad? Caridad para inducir a ella a los demás. Y ¿qué sois? Envidiosos los unos de los otros. Os sentís ofendidos si un laico os critica. Mas, con harta frecuencia, ¿no os criticáis injustamente los unos a los otros? El superior critica a los subordinados y el subordinado a los superiores. Sentís celos de que alguno de vosotros llegue a distinguirse, mejore de condición o aumente sus riquezas. Esto, que debiera causaros temor, es lo que más ambicionáis. Ahora bien, ¿Yo, Sacerdote eterno, fui acaso rico? Sed perfectos y así seréis señalados y alabados, si bien debiera importaros únicamente la alabanza de vuestro Dios. Sed perfectos y tendréis éxito en lo único que es digno de vuestra condición: llevar almas a Dios.

Segundo ídolo o, más bien, numerosos ídolos: las varias herejías que ocupan en vosotros el puesto del culto que deberíais tener.

También vosotros, al igual de los setenta ancianos indicados por Ezequiel (Ez 8, 11.), estáis incensando cada uno al ídolo de vuestras preferencias. Y lo hacéis en la oscuridad con la esperanza de que el ojo del hombre no os vea. Mas os ve y le escandalizáis, porque los fieles y los hombres, en general, son como los niños, que parece que no se den cuenta pero son siempre todo ojos y oídos.

¿Y no sabéis que, aunque los hombres no os vean, os ve Dios? ¿Por qué, pues, esparcís vuestro incienso ante el poder del oro o del hombre? ¿No observo acaso Yo, desde lo alto de mi trono, a demasiados de mis sacerdotes ocupados en dedicar su tiempo –ese tiempo que les concedo para que lo empleen en su misión sacerdotal– en negocios humanos propios para acrecentar su bienestar? Sí lo veo.

¡Oh, lo sacerdotes politiqueros! Son los sinedritas de esta hora. Recuerden éstos, no obstante, cual fue el final del Sanedrín a manos precisamente de aquellos a cuyos pies pusieron su conciencia infringiendo mi Ley. Y nada más digo. Esto, de parte de los hombres; pues lo demás vendrá de parte del Juez eterno y justo.

Tercer ídolo: el sentido

Sí, también esto tenéis. Y no digo más por consideración a mi “portavoz”. Mas que cada uno se examine a sí mismo y vea si en el lugar donde únicamente pueden estas dos criaturas femeninas a las que deba lícitamente recordar con amor el sacerdote –mi Madre y la suya– no se encuentre una diosa pagana. Pensad que me tenéis a Mí; y basta. No pongáis en contacto al Purísimo con una carne mancillada de lujuria.

Cuarto ídolo: la adoración del oriente.

Las sectas. Sí, esto también. Y ¿cómo no habré de trataros a muchos de vosotros con desdén y dirigiros los apóstrofes que lancé a los fariseos y doctores de mi tiempo? (Mt 23, 1-32; Lc 11, 37-54.). ¿Cómo no suscitar “luces” entre los laicos que me aman como muchos de vosotros no me amáis, y esto por compasión de las almas a las que vosotros dejáis en el hielo, en el vacío y en la impureza; por las almas de lasque no sois camino que conduce a Dios sino sendero que lleva al profundo? Y ¿cómo osáis repetir mi Palabra y predicar mi Ley cuando esta Palabra y esta Ley son condenación para vosotros? Quien esté limpio, que se limpie más; y que se limpie el que no lo esté.

La humanidad se encuentra en una encrucijada impresionante. De ella parten dos vías: la una, en sentido ascendente, lleva a Dios; la otras, en sentido descendente, conduce a Satanás. En la encrucijada hay un bloque indicador que sois vosotros. Si pues hacéis de vosotros baluarte e impulso hacia la primera, no irrumpirá Satanás y las almas se verán impelidas hacia Dios. Mas si sois vosotros los primeros en rodar por la pendiente de Satanás, arrastraréis anticipadamente a la humanidad hacia los horrores del Anticristo.

Y si éste ha de venir, ¡ay de quienes anticipan su venida y la prolongan!, porque entonces ya no será en el momento fijado desde la eternidad sino que el tiempo de su permanencia será más dilatado y el número de almas que se pierdan más numeroso. Ninguna de ellas, recordadlo, dejará de ser vengada. Pues qué, si vuestro Dios ve al pájaro que muere, ¿cómo no ha de poder ver a un alma que muere? A los asesinos de ésta, cualesquiera que sean, les pediré cuenta y dictaré condena contra ellos”.

107-113

A. M. D. G.

3 comentarios sobre “MENSAJE A LOS SACERDOTES.

  1. Cuarto Misterio, Habla Nuestro Señor Jesucristo.
    Sobre: ¡Ay! de Mi Iglesia, cómo la habéis pisoteado muchos de vosotros, que fuisteis escogidos para ser ministros de Ella.
    ¡Ay!, hijos Míos, ministros de Mi Iglesia, Soy Jesús, vuestro Salvador, vuestro Maestro, vuestro Guía.

    Mi Iglesia, ¡Ay! de Mi Iglesia, cómo la habéis pisoteado muchos de vosotros, que fuisteis escogidos para ser ministros de Ella. Fuisteis llamados a la vida, y se os dio una Gracia especial de ser sacerdotes, de ser ministros, de ser ejemplo ante vuestros hermanos. El ser sacerdotes os confiere una Gracia especial, un don especial, que debéis compartir con vuestros hermanos.

    Vuestra posición sobre la Tierra es altísima, ser sacerdote de Mi Iglesia, es una bendición muy grande para un alma. Pero cuántos de vosotros, almas escogidas, habéis desperdiciado todas las Gracias y Bendiciones que pudieron haber caído sobre vosotros, para que las repartierais a vuestros hermanos. Cuántos de vosotros habéis pisoteado Mis Enseñanzas, Enseñanzas de Vida. Cuántos de vosotros, en lugar de haber sido faro de salvación, faro que debiera dar luz en las tinieblas que rodean al mundo, fuisteis todo lo contrario y en lugar de ser luz, fuisteis también tinieblas y llevasteis al error a muchos hermanos vuestros.

    ¡Ay!, de aquellos ministros de Mi Iglesia que en vez de salvar almas, con su mal ejemplo, con sus palabras malintencionadas, con enseñanzas muy diferentes a las que tenéis en las Sagradas Escrituras, llevasteis a muchas almas al error y, con ello, hasta a la condenación eterna. Pagaréis fuertemente por todas las almas a las cuales condenasteis por vuestro mal ejemplo, por vuestras malas enseñanzas, por vuestro desamor hacia Mí, vuestro Dios.

    ¡Ay! de vosotros, malos ministros, que en lugar de ser ésa luz de salvación entre vuestros hermanos, los llevasteis a una obscuridad más profunda, que aquella en la que ya vivían.

    ¡Ay!, de vosotros que por vuestro mal ejemplo hicisteis que se apartaran de Mi Iglesia y buscaran otros tipos de espiritualidades muy diferentes a lo que Yo quiero para las almas.

    ¡Ay! de aquellos, que en lugar de vivir para un crecimiento espiritual propio y para el de vuestros hermanos, os dedicasteis a atesorar bienes de la Tierra y, de ésta forma, le quitasteis al pobre lo que le correspondía, porque no compartisteis de los bienes que Mi Iglesia tenía.

    ¡Ay! de vosotros, que vivís en el pecado de la carne, que buscáis lo que no debéis buscar, porque, con ello, dais un mal ejemplo y vuestra alma se llena de pecado y, sobre todo, porque desperdiciáis Mi Bien del sacerdocio que Yo os he conferido.

    ¡Arrepentíos!, en estos últimos momentos que os quedan antes del gran momento de la Purificación, porque cuando estéis ante Mí, vuestro Dios y Señor, querréis que los montes os aplasten para que no veáis Mi Ira y Mi castigo caer sobre vosotros. Ya no sois faros de salvación, ya no sois faros que dan luz en las tinieblas, ya no sois Vida para las almas, os dejasteis vencer por satanás, no cuidasteis el Tesoro tan grande que Yo os pedí cuidarais y que os comprometisteis a hacerlo.

    Permití que cuidarais el Tesoro más grande que existe sobre la Tierra, que es Mi Iglesia y sus Sacramentos y vosotros los habéis pisoteado, habéis jugado con ellos, habéis desobedecido lo que os he pedido. Pero sobre todo, vuestro mal ejemplo hizo que muchas almas se apartaran de Mí y eso lo pagaréis fuertemente, de Mí no escaparéis, Mi Ira caerá sobre vosotros, porque vuestro puesto en el sacerdocio, en el ser ministros era para salvación y no para perdición de las almas.

    Mucha maldad habéis propagado, vuestra burla ha sido grande contra Mí y os repito, Mi Ira caerá sobre vosotros y no sabréis dónde esconderos para no verme a los Ojos. Me habéis causado mucho dolor, habéis causado mucho dolor a vuestros hermanos, no habéis sido ejemplo digno de ser Mis servidores y servidores de vuestros hermanos al ser ministros de Mi Iglesia. Os dolerá mucho haberMe ofendido a tal grado. Llorad pues vuestros pecados, antes de que Mi Ira caiga sobre vosotros.
    Gracias, Mis pequeños.
    DADO A JV. MEXICO.

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  2. Dice Jesús: DADO A MARIA VALTORTA.

    «Ora, ofrenda y sufre mucho por mis sacerdotes. Mucha sal se ha vuelto insípida ylas almas sufren por ello perdiendo el sabor de Mí y de mi Doctrina.Hace algún tiempo que te digo esto, pero tú no quieres escucharlo. Y no quieresescribirlo. Te retraes. Entiendo el por qué. Pero antes que tú otros han hablado de ello,por mi inspiración, y eran santos. Es inútil querer cerrar los ojos y los oídos para no very para no oír. La verdad grita incluso con el silencio. Grita con los hechos que son lapalabra más fuerte.¿Por qué ya no repites la oración de M. Magdalena de Pazzi? Antes la decíassiempre. ¿Por qué no ofreces parte de tus sufrimientos cotidianos por todo elSacerdocio? Oras y sufres por mi Vicario. Está bien. Oras y sufres por algúnconsagrado o consagrada que se encomiendan a ti o hacia los cuales tienes especialdeber de gratitud. Está bien. Pero no es suficiente. Y por los otros ¿qué haces? Haspuesto una intención de sufrimiento por el clero el miércoles.No basta. Es necesario que todos los días ores por mis sacerdotes y que ofrezcasparte de tus sufrimientos por esto. No te canses nunca de orar por ellos que son losmayores responsables de la vida espiritual de los católicos.Si basta que un laico haga por diez para no escandalizar, mis sacerdotes debenhacer por cien, por mil. Deberían ser semejantes a su Maestro en pureza, caridad,desapego de las cosas del mundo, humildad, generosidad. En cambio el mismorelajamiento de vida cristiana que hay en los laicos está en mis sacerdotes y en general
    en todas las personas consagradas por votos especiales. Pero de éstas hablarédespués

    .Ahora hablo de los sacerdotes, de quienes tienen el honor sublime de perpetuardesde el altar mi Sacrificio, de tocarme, de repetir mi Evangelio.Deberían se llamas. En cambio son humo. Hacen fatigosamente lo que deben hacer.No se aman entre ellos y no os aman a vosotros como pastores que deben de estarpreparados para darse completamente, incluso con el sacrificio de la vida, por susovejitas. Vienen a mi altar con el corazón lleno de preocupaciones de la tierra. Me con-sagran con su mente en otra cosa y ni siquiera mi Comunión enciende en su espírituesa caridad que debe estar viva en todos pero que debe ser vivísima en missacerdotes.Cuando pienso en los diáconos, en los sacerdotes de la Iglesia de las catacumbas, yles comparo con los de ahora, siento una infinita piedad por vosotros, multitudes que osquedáis sin, o con demasiado poco alimento de mi Palabra.Aquellos diáconos, aquellos sacerdotes tenían en contra a toda una sociedadmalévola, tenían en contra al poder constituido. Aquellos diáconos, aquellos sacerdotesdebían desempeñar su ministerio entre mil dificultades; el más incauto movimiento lespodía hacer caer en manos de los tiranos y conducirles a morir escarnecidos. Sinembargo, ¡cuánta fidelidad, cuánto amor, cuánta castidad, cuánto heroísmo había enellos! Han cimentado con su sangre y con su amor la Iglesia naciente y de cada uno desus corazones han hecho un altar.Ahora resplandecen en la Jerusalén celestial como tantos altares eternos sobrelos cuales Yo, el Cordero, descanso complaciéndome en ellos, mis intrépidosconfesores, los puros que han sabido lavar las suciedades del paganismo que les habíasaturado de sí durante años y años antes de su conversión a la Fe, y que salpicaba sufango sobre ellos incluso después de su conversión, como un océano di barro contrarocas inquebrantables.Se habían lavado en mi Sangre y habían venido a Mí con blancas estolas que teníanpor adorno su sangre generosa y su caridad vehemente. No tenían vestidos externos, nisignos materiales de su milicia sacerdotal. Pero eran Sacerdotes en el ánimo.Ahora existe el vestido externo, pero el corazón ya no es mío.Tengo piedad de vosotros, greyes sin pastores. Por esto todavía detengo mis rayos:porque tengo piedad. Sé que mucho de lo que sois proviene de que no estáissostenidos.¡Son demasiado pocos los sacerdotes verdaderos que se parten a sí mismos paraprodigarse a sus hijos! Nunca como ahora es necesario rogar al Dueño de la mies, quemande verdaderos obreros a su mies que cae mustia porque no es suficiente el númerode verdaderos incansables obreros, sobre los cuales se posa mi ojo con bendiciones yamor infinitos y agradecidos.Si hubiera podido decir a todos mis Sacerdotes: “¡Venid, siervos buenos y fieles,entrad en el gozo de vuestro Señor!”.Reza por el clero secular y por el conventual.El día en que en el mundo no hubiera más sacerdotes realmente sacerdotales, elmundo terminaría en un horror que la palabra no puede describir. Habría llegado elmomento de la “abominación de la desolación”. Pero llegado con una violencia tan
    espantosa, de ser un infierno traído sobre la tierra.Reza y di que se rece porque toda la sal no se haga insípida en todos menos enUno, en el último Mártir que estará para la última Misa, porque hasta el último díaexistirá mi Iglesia militante y el Sacrificio será cumplido.Cuantos más verdaderos sacerdotes existan en el mundo cuando se hayan cumplidolos tiempos, menos largo y cruel será el tiempo del Anticristo y las últimas convulsionesde la raza humana. Porque “los justos” de los que hablo cuando predigo el fin delmundo, son los verdaderos sacerdotes, los verdaderos consagrados en los conventosesparcidos sobre la tierra, las almas víctimas, hilera desconocida de mártires que sólo mi ojo conoce mientras que el mundo no les ve, y quienes actúan con verdadera purezade fe. Pero estos últimos son, aun sin que ellos lo sepan, consagrados y víctimas».

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