DEJAD QUE MARIA SANTISIMA GOBIERNE VUESTRA VIDA.

Mes de María

 

DÍA DECIMONOVENO

La vida de adoración en unión con María.

 

I.—Si bien se consideran las razones que pudieron determinar a Nuestro Señor  a dejarnos su Madre, separándose de Ella, me parece que lo haya hecho porque desconfiara de nuestra debilidad e inconstancia. Temía Jesús que los hombres, no sabiendo cómo hallarle y adorarle en su Sacramento, se cansaran de Él y le olvidaran. Sabido es que el niño no busca por mucho tiempo; si no encuentra pronto lo que busca, cambia de deseo y recurre a otra cosa. Esto es precisamente lo que Nuestro Señor temía de nosotros. Por eso nos deja su Madre, que se encargara de tomarnos por la mano y conducirnos así al Tabernáculo. La Santísima Virgen viene a ser, pues, nuestra Madre por la Eucaristía: Ella es la encargada de hacernos hallar el Pan de vida, de hacérnoslo apreciar y desear; tiene la misión de formarnos a la adoración. María reúne desde luego en Jerusalén una piadosa agrupación de mujeres, y permanece en medio de ellas distribuyendo a cada una su tesoro y su gracia de amor. Su acción se extendía a los discípulos, a los primeros fieles; María educaba a sus hijos como una verdadera madre, los formaba a la virtud y a los deberes del respectivo estado. Lo que María hizo entonces, lo seguirá haciendo respecto de nosotros; Ella nos instruirá haciéndonos conocer a Nuestro Señor en la Eucaristía, haciéndonos participar de sus sentimientos de piedad hacia Él, y de su fidelidad en el divino servicio; todo cuanto posee una madre es de sus hijos, ella no es más que tesorera suya. María es Madre, Ella nos educará, pues. Cuando el niño se desvía o se distrae en su trabajo, la madre está ahí pronta a llamarle de nuevo al deber; si se enferma, lo cura, y no lo deja un momento; es preciso que cumpla toda su misión.

María será, pues, quien os inspirar la manera de adorar; Ella formará vuestra adoración en vosotros, porque sólo Ella es capaz de inspirar la verdadera, la perfecta adoración; porque sólo su corazón de Madre puede hacer comprender estas cosas a sus hijos. Es preciso que la Virgen Santísima os diga: «¡Venid, adorad conmigo!»

Jesús ha puesto a María en nuestro camino para que sea Ella el lazo de unión entre Él y nosotros. María es quien inicia el primer atractivo hacia Jesús. El niño instintivamente se dirige a la madre, y ésta le conduce luego al padre; hacia el padre no corre por sí solo, sino que sigue por algún tiempo a la madre.

Nuestro Señor nos ha dado, pues, a María por Madre, a fin de que sea para nosotros un primer centro de fácil atracción: antes de conocer la Eucaristía conocíamos ya el nombre de nuestra Madre, y ya la amábamos. María nos ha atraído, pues, así nos ha formado a las virtudes necesarias a la vida eucarística; así tiene que ser necesariamente, y yo tengo por cierto que no pueden hallarse buenas vocaciones del Santísimo, ni verdadera devoción hacia la Eucaristía, fuera de aquellas que haya formado e inspirado María. No, no; el niño no se educa sino entre los brazos y en el regazo de la madre. Todas las vocaciones han de pasar por manos de María, para que puedan ser gratas al Corazón de Nuestro Señor.

 

II.—Examinad el pasado de vuestra vida. ¿No es verdad que teníais una gran devoción a la Santísima Virgen antes de dedicaros a la Eucaristía? ¿No es verdad que su pureza y su amor os cautivaba, y que antes de conocer la vida eucarística de María ya decíais: ¡Oh, si yo tuviese las virtudes de María para servir a Jesús!» Era aquello un primer atractivo. Hacíais entonces como hace el tímido niño que, no pudiendo alcanzar a asirse de la mano de su madre, se coge de su vestido y no lo suelta; si se separa de ella un minuto, se cree perdido. La madre es un centro de atracción; se siente la necesidad de vivir con ella, de estar cerca de ella. La Santísima Virgen no es como los santos, que nos obtienen ciertas y determinadas gracias: Ella nos las obtiene todas; siempre se necesita de Ella. Es asimismo la madre quien sugiere al niño las palabras que más agradan al padre; es la madre quien compone los augurios que han de

formularse y prepara el banquete conforme al gusto del padre. ¿Comprendéis ya adónde quiero arribar? Pues a deciros: «Adorad a Nuestro Señor en unión con la Virgen Santísima; no os digo que adoréis por medio de María, no; Jesús está ahí delante de vosotros para que os dirijáis a Él directamente; pero hacedlo con María, vivid con Ella, vivid cerca de Ella. Puesto que Nuestro Señor os la ha dado como directora y maestra, no adoréis nunca sin Ella. Decidle: «Acompañadme, buena Madre mía, acompañadme, porque la madre acompaña siempre a su hijo; sin Ti no sabría hacer nada».

Imaginaos ver a María de rodillas en el Cenáculo; ved cómo adora a su divino Hijo oculto en la Eucaristía. ¡Oh! ¡Cuán grato era a Jesús todo cuanto le decía María! ¡Qué bien sabía conmover el Corazón de su divino Hijo! Arrodillaos, pues, junto a María; no intentéis andar solo, no os adelantéis; caminad a la par de vuestra Madre; haced con Ella una sola adoración, presentad un mismo homenaje con Ella. Oh, Jesús, le diréis, yo no sé adorarte, pero te ofrezco las palabras, los transportes del Corazón de tu amantísima Madre, que también lo es mía; no sé adorar, mas te repetiré   su adoración por los pecadores, por la conversión del mundo y las necesidades todas de la Iglesia.

De esta manera alegraréis el Corazón de María, y Ella, señalándoos con su dedo, dirá así a Jesús: «Mira, Hijo mío, cómo vivo en aquella alma, cómo todavía sigo adorándote en ella y por medio de ella».

¡Oh si hay alguien que debe honrar y servir con particular fervor a María, es ciertamente aquel que hace profesión de vivir para la Eucaristía, porque ese tal necesita de María para adorar; ha de hacerse una misma cosa con Ella en su adoración.

Dejad, pues, que la Santísima Virgen gobierne vuestra vida; dejad que Ella os conduzca a Jesús! Una sóla cosa quiere María: ¡la gloria de su divino Hijo y vuestra fe-licidad!

 

San Pedro Julián Eymard

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