PADRE NUESTRO. (DADO A M. VALTORTA)

Oremos así:
.   Padre nuestro que estás en los Cielos, sea santificado tu Nombre por todo el género humano. Conocer tu Nombre es encaminarse hacia la santidad. Haz, Padre santo, que los gentiles y paganos conozcan tu existencia, y que vengan a Dios, a Ti, Padre, guiados por la Estrella de Jacob, por la Estrella de la Mañana, por el Rey y Redentor de la estirpe de David, por tu Ungido, ya ofrecido y consagrado para ser Víctima por los pecados del mundo; que vengan como los tres sabios de entonces, de un tiempo ya lejano pero no inoperante, porque nada de lo que tiene algo que ver con la venida de la Redención al mundo es inoperante.
.   Venga tu Reino a todos los lugares de la tierra: donde se te conoce y ama, y donde aún no se te conoce; y, sobre todo, a los que son tres veces pecadores, los cuales, aun conociéndote, no te aman en tus obras y manifestaciones de luz, y tratan de rechazar y apagar la Luz que ha venido al mundo, porque son almas de tinieblas, que prefie­ren las obras de tinieblas, y no saben que querer apagar la Luz del mundo es ofenderte a Ti mismo, porque Tú eres Luz santísima y Pa­dre de todas las luces, comenzando por la que se ha hecho Carne y Palabra para traer tu luz a todos los corazones de buena voluntad.
.   Padre santísimo, que todos los corazones de este mundo hagan tu voluntad, es decir, que se salven todos los corazones y no quede para ninguno sin fruto el sacrificio de la Gran Víctima; porque ésta es tu voluntad: que el hombre se salve y goce de Ti, Padre santo, después del perdón que está para ser otorgado.
.   Danos tu ayuda, Señor: todas tus ayudas. Ayuda a todos los que esperan, a los que no saben esperar, a los pecadores con el arrepenti­miento que salva, a los paganos con la herida de tu llamada que es­tremece; ayuda a los infelices, a los reclusos, a los desterrados, a los enfermos en el cuerpo o en el espíritu, a todos, Tú que eres el Todo; porque el tiempo de la Misericordia ha llegado.
.   Perdona, Padre bueno, los pecados de tus hijos. Los de tu pueblo, que son los más graves, los de los culpables de querer estar en el error, mientras que tu amor de predilección ha dado la Luz precisa­mente a este pueblo. Perdona a los que embrutece un paganismo corrompido que enseña el vicio, y se hunden en una idolatría hedionda, mientras que entre ellos hay al­mas también puras a quienes Tú amas porque las has creado. Nosotros perdo­namos, Yo el primero, para que Tú puedas perdonar.
.   E invocamos tu protección sobre la debilidad de las criaturas para que libres, del Principio del Mal, —del cual vienen todos los delitos, idolatrías, cul­pas, tentaciones y errores—, a tus criaturas. Líbralas, Señor, del Prín­cipe horrendo, para que puedan acercarse a la Luz eterna”. ■ La gente ha seguido atentamente esta solemne oración. Se han acercado rabíes famosos, entre los cuales, y tomándose el men­tón, está Gamaliel. Un grupo de mujeres, envueltas en sus mantos con una especie de capucho que cubre sus caras, se ha acercado también. Los rabíes se separan con desdén. (Escrito el 1 de enero de 1946).

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