NO JURAR.

DADO A VALTORTA.

Quien siente necesidad de jurar denota que se siente inseguro de sí mismo y del concepto que el prójimo pueda tener de él; de la misma forma que quien hace jurar testifica su desconfianza acerca de la sinceridad y honestidad de quien jura”.- Jesús dice: “Uno de los errores que comete fácilmente el hombre es la falta de honestidad, incluso consigo mismo. Dado que el hombre difícil­mente es sincero y honesto, por propia iniciativa se creó un freno para verse obligado a ir por el camino elegido. Pero he aquí que él mismo, cual indómito caballo, pronto descoloca el freno, para hacer lo que más cómodo le resultare, sin pensar en la reprensión que pudiera recibir de Dios, de los hombres o de su propia concien­cia. Este freno es el juramento. Pero entre los hombres honestos no es necesario el juramento, y Dios, de por sí, no os lo ha enseñado; an­tes al contrario, ha encargado deciros, sin más: «No pronuncies falso testimonio» (2). El hombre debería ser franco. No debería tener necesi­dad de ninguna otra cosa aparte de la fidelidad a su palabra. ■ El Deuteronomio, a propósito de los votos —incluso de los votos que provienen de un corazón que se supone fundido con Dios por sentimiento de necesidad o gratitud—, dice: «Debes mantener la pa­labra salida una vez de tus labios, cumpliendo lo que has prometido al Señor tu Dios, todo lo que de propia voluntad y con tu propia boca has dicho» (3). Siempre se habla de palabra dada, sólo de palabra dada, sólo la palabra. ■ Pues bien, quien siente necesidad de jurar denota que se siente inseguro de sí mismo y del concepto que el prójimo pueda tener de él; de la misma forma que quien hace jurar testifica su desconfianza acerca de la sinceridad y honestidad de quien jura. Así, como podéis ver, esta costumbre del juramento es una consecuencia de la deshonestidad moral del hombre; es, además, una vergüenza para el hom­bre, doble vergüenza porque el hombre no es ni siquiera fiel al jura­mento —que ya de por sí es cosa vergonzosa—, y, burlándose de Dios con la misma ligereza con que se burla del prójimo, acaba per­jurando con pasmosa ligereza y tranquilidad. ■ ¿Podrá haber criatura más abyecta que el perjuro? Se aprovecha a menudo de una fórmula sagrada, y pone a Dios como su cómplice y garante, o bien invoca a los seres más amados (el padre, la ma­dre, la esposa, los hijos, los propios difuntos, la propia vida con sus más preciosos órganos…) en apoyo de su decir mentiroso, para inducir a su prójimo a creerle, con lo cual le engaña. Un hombre así es sacríle­go, ladrón, traidor, homicida. ¿De quién? Pues de Dios, porque mez­cla la Verdad con la infamia de su mentira, y, malignamente, se bur­la de Dios y le desafía diciendo: «Caiga tu mano sobre mí, desmiénte­me, si puedes; Tú estás allí, yo aquí, y me río». ¡Ah!, ¡bien! ¡Reíos, reíos, embusteros, vosotros que os burláis!… que día llegará en que no reiréis, cuando Aquel en cuyas manos todo poder ha sido depositado aparezca ante vosotros con terrible majes­tad y sólo con su aspecto os haga temblar; bastarán sus miradas pa­ra fulminaros, antes de que su voz os precipite en vuestro destino eterno marcándoos con su maldición. ■ Un hombre así es un ladrón, porque se apropia de una estima in­merecida. El prójimo, impresionado por su juramento, le otorga esta estima; y la serpiente se engalana con ella fingiéndose lo que no es. Es además un traidor, porque con el juramento está prometiendo al­go que no tiene intención de mantener.  Es un homicida, porque ma­ta, o el honor de un semejante, arrebatándole con el juramento falso la estima del prójimo, o la propia alma, pues el perjuro es un abyecto pecador ante los ojos de Dios, que ven la verdad aunque ningún otro la viera. A Dios no se le engaña ni con falsas palabras ni con hipócri­tas acciones. Él ve, no pierde de vista, ni por un instante, a cada uno de los seres humanos, y no existe fortaleza amurallada o profunda bodega donde no pueda penetrar su mirada. Incluso en vuestro inte­rior —esa propia fortaleza dentro de la que todo hombre tiene su co­razón—  entra Dios, y os juzga no por lo que juráis sino por lo que hacéis”.
* “La orden dada a los antiguos: «No perjures; antes al contrario, mantén tus juramentos», la substituyo por otra y os digo: «No juréis nunca»”.- Jesús: “Por ello,  substituyo la orden dada a los antiguos: «No perjures; antes al contrario, mantén tus juramentos» (cuando el juramento re­cibió plena vigencia para poner freno a la mentira y a la facilidad de faltar a la palabra dada). La substituyo por otra y os digo: «No juréis nunca». No juréis por el Cielo, que es trono de Dios, ni por la Tierra, que es escabel para sus pies, ni por Jerusalén y su Templo, que son la Ciudad del gran Rey y la Casa del Señor nuestro Dios. ■ No juréis ni por las tumbas de los difuntos ni por sus espíritus: las tumbas están llenas de restos de lo que en el hombre es inferior y común con los animales; en cuanto a los espíritus, dejadlos en su mo­rada. Si son espíritus de justos, que ya viven en estado de precogni­ción de Dios (vislumbran a Dios), no hagáis que sufran y se horroricen. Aunque sea pre­cognición, o sea, conocimiento parcial (porque hasta el momento de la Redención no poseerán a Dios en su plenitud de esplendor), no pueden no sufrir al veros pecadores. Si no son justos, no aumentéis su tormento al recordar su pecado por el vuestro. Dejadlos, dejad a los muertos: a los santos, en la paz; a los no santos, en sus penas. No arrebatéis nada a los primeros, no añadáis nada a los segundos. ¿Por qué apelar a los difuntos? No pueden hablar: los santos, porque su caridad lo impide —deberían desmentiros demasiadas veces—; los réprobos, porque el Infierno no abre sus puertas, y ellos no abren sus bocas sino para maldecir, y toda voz suya queda sofocada por el odio de Satanás y de los demonios, pues los réprobos son demonios. ■ No juréis ni por la cabeza propio padre, ni de vuestra madre o esposa, ni por la cabeza de vuestros inocentes hijos; no tenéis dere­cho a hacerlo. ¿Son, acaso, moneda o mercancía; una firma sobre un papel o una carta? Pues son más y menos que esto. Son sangre y carne de tu sangre, ¡oh, hombre!; pero también son criaturas libres, y no puedes usarlas como esclavas para que avalen un testimonio falso tuyo. Al mismo tiempo, son menos que una firma tuya, porque tú eres inteligente, li­bre y adulto, no una persona impedida o un niño que no sabe lo que hace y que debe ser representado por sus padres. Tú eres tú: un hombre dotado de razón, por tanto responsable de tus acciones, y de­bes actuar autónomamente, poniendo como aval de tus acciones y palabras tu honradez y sinceridad, la estima que has sabido suscitar en el prójimo; no la honestidad y sinceridad de los padres o la es­tima que ellos han sabido suscitar. ¿Los padres son responsables de los hijos? Sí, pero sólo mientras son menores de edad; después, cada uno es responsable de sí mismo. No siempre nacen justos de justos, o siempre un hombre santo está casado con una mujer santa. ¿Y entonces, por qué usar como base de garantía la justicia del cónyu­ge? Del mismo modo, de un pecador pueden nacer hijos santos. Mientras son inocentes, son todos santos. ¿Y entonces, por qué invocar a una persona pura para un acto vuestro impuro, cual es el juramento que ya con antelación se piensa violar? ■ Ni siquiera por vuestra cabeza juréis, ni por vuestros ojos, o la lengua o las manos. No tenéis derecho a hacerlo. Todo cuanto tenéis es de Dios; vosotros no sois sino los custodios temporales de ello, administradores de los tesoros morales o materiales que Dios os ha concedido. ¿Por qué hacer uso, entonces, de lo que no os pertenece? ¿Podéis, acaso, añadir un cabello a, vuestra cabeza, o cambiar su co­lor? ¿Por qué, si no podéis hacerlo, usáis la vista, la palabra, la liber­tad de los miembros, para respaldar un juramento? No desafiéis a Dios; podría cogeros la palabra y secar vuestros ojos como puede se­car también vuestras huertas, o arrancaros los hijos como puede arrebataros la casa, para recordaros que Él es el Señor y vosotros los súbditos, y que incurre en maldición aquel que se idolatra hasta el punto de considerarse a sí mismo más que Dios al desafiarle min­tiendo. ■ Sea vuestro hablar: «sí», «sí»; «no», «no». Nada más. Si hay más, es que os lo ha sugerido el Maligno; y además para reírse de vosotros, pues no podréis retener todo y caeréis, por tanto, en renuncio, y seréis objeto de las burlas de los demás y conocidos por embusteros”. (Escrito el 26 de Mayo de 1945).
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