MARIA NO TUVO TUMBA.

Dice Jesús: DADO A MARIA VALTORTA.

“Lo que has visto es el feliz tránsito de mi Madre.

Te encuentras tan extenuada y atormentada que mi amor siente necesidad de derramar sobre ti la dulzura de las visiones. Y, para ti que debes morir, ¿qué visión más confortadora que ésta?.

La muerte de las víctimas no siempre es plácida

como el ocaso de María

La muerte de las víctimas no siempre es plácida como el ocaso de María. Hay de entre vosotras quienes permanecen sobre la cruz hasta el último suspiro. Mas, aunque no fuese sino por la duración de éste, os acompaña el éxtasis, más allá del dolor, hasta la paz del Cielo.

Acaba el dolor al llegar vuestro ocaso y de los Cielos fluye sobre vosotras la paz que no os espera allí sino que corre a vuestro encuentro para recubriros con su bálsamo tras de tanto martirio.

tal bienaventuranza se os da ya antes de la muerte

mediante un conocimiento de Dios al que vuestros ojos ven

antes de cerrarse al horror de la Tierra

No temáis vosotras que os ofrecéis. Tan sólo Yo, que expié por todo el mundo, no gusté consuelo alguno al morir. Y como tengo experiencia de semejante amargura, me compadezco y les abro las puertas del Cielo a mis pequeños cristos para investirlos de luz y de gozo en sus últimos momentos. No morís, no, vosotras que escogisteis la cruz. Dejáis el dolor para entrar en la bienaventuranza y, puesto que la bienaventuranza de todo aquel que es hijo de Dios consiste en la posesión de Dios, tal bienaventuranza se os da ya antes de la muerte mediante un conocimiento de Dios al que vuestros ojos ven antes de cerrarse al horror de la Tierra.

La muerte de mis discípulos

la envidian los propios ángeles.

Tened fe en Mí. La muerte de mis discípulos la envidian los propios ángeles.

Te dijo ya mi Madre cómo al concluir de sus días terrenos iba aumentando en Ella el amor cual río que se desborda o fuego que va alcanzando el ápice de su ardor.

El vivir de María no fue otro siempre que vivir en el Señor. Las vicisitudes y ocupaciones de la vida no representaron para Ella obstáculo alguno en su unión con Dios. Su vivir era orar y su orar, contemplar. Sus horas de oración eran abismos de adoración y de caridad, perlas de inestimable belleza en el gran tesoro de sus días. Lo que para los demás viene a ser un apagarse en el ardor, para Ella era un acrecentamiento de vida y su reposo no era dormir sino recogerse en Dios con el silencio de la noche y amarle más y más con su espíritu arrebatado mientras el cuerpo, abandonado por el alma, yacía a la espera del retorno del espíritu letificado y vigorizado con el abrazo de su Dios. El rocío es alimento para las flores y para María lo era el rocío del amor. Por eso se alimentaba de él como de un divino maná (A partir de aquí aparecerá copiado este dictado por María Valtorta casi con absoluta fidelidad y con algún añadido entre las “Consideraciones y explicaciones sobre la asunción y tránsito de María Santísima”, del ciclo de la “Glorificación” correspondiente a la magna obra sobre el Evangelio.)

Llegada su última noche, cual lirio tronzado que se dobla a la luz de las estrellas cerrando su blanco cáliz, María se recostó sobre su lecho y cerró los ojos al mundo para recogerse en una última contemplación terrena de su Dios.

el ángel de María aguardaba anhelante a que

la fuerza del éxtasis separara para siempre

aquel espíritu de la tierra mientras descendía de los Cielos

la dulce orden de Dios: “Ven, toda hermosa”

Curvado sobre su reposo, el ángel de María aguardaba anhelante a que la fuerza del éxtasis separara para siempre aquel espíritu de la tierra mientras descendía de los Cielos la dulce orden de Dios: “Ven, toda hermosa”, y aquella luz angélica resplandecía con más fuerza dentro de su júbilo santo llamando del Cielo a otras cohortes de luces para hosannar a la Vencedora que ascendía a su triunfo.

Curvado sobre su reposo, el ángel-Juan velaba él también a la Madre que le dejaba solo. Y cuando la vio extinta, continuó velándola para que aquella que jamás fuera violada por miradas profanas, siguiera, tras la muerte, siendo la Inviolada de Dios que dormía así de placentera y hermosa. Juan, al que su virginidad habíales proporcionado el don de percibir los deseos de María al igual que el de comprenderme a Mí cual ningún otro nunca, no permitió que fuera tocada la Benditísima cuya muerte fue como el cambiar del color blanco de una flor a otro más nítidamente puro como es el del lirio que se abre en un alba de abril a su alba del Cielo.

Cuenta vuestra leyenda que en la tumba de María,

que fue abierta por Tomás,

aparecieron únicamente flores.

El sepulcro de María no recibió sus despojos.

No hubo despojos de María. No murió María.

Cuenta vuestra leyenda que en la tumba de María, que fue abierta por Tomás, aparecieron únicamente flores. El sepulcro de María no recibió sus despojos. No hubo despojos de María. No murió María. Ella fue unida de nuevo con su cuerpo al espíritu que habíale precedido. En una inversión de las leyes naturales por las que termina el éxtasis cuando el espíritu torna al cuerpo, fue el cuerpo de María el que retornó a su espíritu tras una espera sobre su lecho funerario.

Para Dios todo es posible. Yo salí del sepulcro sin más concurso que mi poder. María vino a Mí sin conocer el sepulcro con el horror de su putrefacción. Es uno de los más espléndidos milagros de Dios.

No tenéis reliquias del cuerpo ni de la tumba de María

porque María no tuvo tumba

No tenéis reliquias del cuerpo ni de la tumba de María porque María no tuvo tumba. Su cuerpo fue asunto al Cielo en el que os aguarda rogando a su Hijo por vosotros”.

Ya le he contado cómo vi ayer noche la dormición de la Virgen: Ella, toda blanca, compuesta y serena. Las manos juntas sobre el pecho, la pierna derecha ligeramente doblada por la rodilla. La ví recostarse sobre aquella especie de lecho y cerrar los ojos como quien se adormece en una inmensa paz.

Es imposible expresar la grandeza de ese acto y de su vista. Es algo que conmueve y llena de paz.

17-19

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