SANTA GEMA GALGANI.

VIVENCIA DE LA PASION DE JESÚS
Vino la Semana Santa por mí tan deseada… Llegó el miércoles santo. Nada extraordinario se había manifestado entonces en mí, fuera que al comulgar, Jesús se me hacía sentir de una manera vivísima. El ángel de la guarda, desde el día en que me levanté, comenzó a hacer conmigo las veces de maestro y guía. Me reprendía siempre que hacía alguna cosa mal, me enseñaba a hablar poco y solamente si era preguntada… Me enseñaba a andar con los ojos bajos y hasta en la iglesia me reñía diciendo: “¿Es así como se está en la presencia de Dios?”. Otras veces me reñía de esta manera: “Si no eres buena, no me dejaré ver de ti”…
El confesor creyó por fin oportuno dejarme hacer una confesión general, según era mi deseo desde hacía mucho tiempo. Escogí precisamente la tarde del miércoles (santo). Jesús, en su infinita misericordia, me dio un dolor grandísimo de mis pecados. El Jueves Santo por la tarde comencé a hacer la Hora santa (había prometido a Jesús que, si curaba, todos los jueves indefectiblemente haría la Hora santa). Era la primera vez que la hacía levantada… Pasé la hora entera rezando y llorando; hasta que, cansada como estaba, me senté. Poco después me sentí recogida. Noté que empezaban a faltarme las fuerzas y a duras penas pude levantarme para cerrar con llave la puerta de la habitación. ¿Dónde me encontré? Me encontré delante de Jesús crucificado en ese mismo momento. Derramaba sangre por todas partes. Bajé enseguida los ojos… “Hija, me dijo, estas llagas las habías abierto tú con tus pecados, pero ahora alégrate, porque todas las has cerrado con tu dolor. No me ofendas más. Ámame como yo siempre te he amado. Ámame”, me repitió muchas veces.
Aquel sueño (éxtasis) se alejó y volví en mí. Desde entonces, comencé a tener horror grandísimo al pecado (la gracia más grande que me ha hecho Jesús). Las llagas de Jesús quedaron profundamente grabadas en mi mente de modo que jamás se han vuelto a borrar39.
El Viernes Santo no le permitieron ir a la iglesia y ella se encerró en su habitación para meditar en la Pasión del Señor y Jesús vino a darle personalmente la comunión (algo que en aquel tiempo no se podía recibir el Viernes Santo). El padre Germán, en sus notas manuscritas, asegura que tuvo conocimiento de que esto sucedió por lo menos en tres ocasiones.
Ello lo cuenta así: Habiéndome encerrado en mi habitación, no estuve sola. Vino el ángel de la guarda y oramos juntos. Asistimos a Jesús en todos sus
39 Autobiografía, pp. 251-253.
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trabajos, compadecimos a la Virgen nuestra Madre en todos sus dolores. No dejó, sin embargo, mi ángel de hacerme un dulce reproche, diciéndome que no llorase cuando tuviera que hacer algún sacrificio por Jesús, sino que diera gracias a los que me ofrecían ocasión de hacerlo. Fue esta la primera vez y el primer viernes que Jesús se hizo sentir a mi alma de modo tan fuerte. Y aun cuando no recibí, porque era imposible, de manos del sacerdote a Jesús verdadero, sin embargo, Jesús vino por sí mismo y se dio en comunión a mi alma. Y fue tan íntima esa nuestra unión que yo estaba como estupefacta.
Jesús me habló de modo muy sensible… “Estoy loco, me repetía Jesús, por unirme a ti; corre, ven todas las mañanas. Pero mira bien, porque soy un padre y un esposo celoso. ¿Me serás tú hija y esposa fiel?40.
Jesús seguía consolándome y me mandaba al ángel de la guarda para que fuera mi guía en todo. De todo esto debía yo dar cuenta a mi confesor. Me fui a confesar, pero no me atreví y salí sin decirle nada. Regresé a casa y, al entrar en mi habitación, vi que mi ángel lloraba. Me dijo: “¿De modo que tú no me quieres ver? Eres mala: callas las cosas al confesor. Recuerda bien lo que te digo, te lo repito por última vez. Si vuelves a callar lo más mínimo al confesor, yo no me dejaré ver más de ti. Nunca, nunca”.
Me puse de rodillas y mandó que hiciese el acto de contrición, haciéndome prometer que en adelante se lo diría todo al confesor; y luego me perdonó en nombre de Jesús…
Una mañana, después de la comunión, Jesús me dio a conocer una cosa que le había disgustado. La había hecho la tarde anterior. Acostumbraban a venir a casa dos chicas amigas de una hermana mía, y se hablaba, no de cosas malas, pero sí mundanas. Yo tomé parte y dije lo mío como las demás, pero por la mañana Jesús me riñó tan ásperamente que se apoderó de mí un terror tal que habría deseado no hablar ni ver a nadie.
Y Jesús (no obstante) seguía haciéndose sentir diariamente a mi alma y llenándome de consuelo… En mi corazón nació un deseo grande de padecer por Jesús. Comencé a proveerme de una cuerda gruesa que, a escondidas, quité de un pozo. Hice en ella varios nudos y me la puse a la cintura. Pero, apenas si pude tenerla un cuarto de hora, porque el ángel de la guarda, riñéndome, me la hizo quitar, pues no tenía permiso del confesor. Se lo pedí después y lo obtuve41.
40 Autobiografía, pp. 253-254.
41 Autobiografía, pp. 254-256.
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Un día, al tiempo de hacer mis oraciones de la tarde, me sentí toda recogida interiormente y vi por segunda vez a Jesús crucificado que me decía estas palabras: “Mira, hija, y aprende cómo se ama”. Y me mostró sus cinco llagas abiertas. Mira esta cruz, estas espinas, estos clavos, esta lividez, estos desgarrones, estas llagas y esta sangre: todo es obra de amor y de amor infinito. ¿Ves hasta qué extremo te he amado? ¿Quieres amar de verdad? Aprende a sufrir. El sufrir enseña a amar”42.
Aquella vista produjo en mí nuevo dolor y, pensando en el amor infinito de Jesús para con nosotros y los padecimientos que había tolerado por nuestra salvación, me desmayé, caí en tierra y volví en mi después de varias horas.
Todos los jueves seguía haciendo la Hora santa… Nos acercábamos al momento de los santos ejercicios y entré en el convento (de las salesas) el 1 de mayo de 1899. Me pareció entrar en el paraíso. ¡Qué consuelo! Prohibí a los de casa que vinieran a verme durante ese tiempo, pues esos días eran todos días de Jesús43.
Las salesas estaban dispuestas a recibirla en el convento como religiosa. Incluso, decidieron recibirla en ese mismo mes de mayo al verla tan espiritual y con buena salud después de su curación. Pero de nuevo Dios le exigió un nuevo sacrificio. El arzobispo de Luca, Monseñor Ghilardi, que había oído hablar de ella, se opuso resueltamente a su ingreso por razones de salud y tuvo que salir antes de lo previsto.
Ella lo dice así: ¡Dios mío! He aquí un nuevo dolor. Al día siguiente, tenía que salir del convento para ir a casa. Hubiera querido que ese momento no llegase nunca, pero por desgracia llegó. Eran las cinco de la tarde del 21 de mayo, cuando salí. Pedí llorando la bendición a la Madre Superiora y saludé a las monjas y abandoné el convento. ¡Dios mío! ¡Qué dolor

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