TENER PROPIEDADES AJENAS.

Dice el Señor, a santa Brígida, cuánto aborrece su Majestad a los que retienen injustamente los bienes ajenos. Refiérese el castigo de un alma que estuvo cuarenta años en el purgatorio por su negligencia en esta parte.

LIBRO 6 – CAPÍTULO 56

Apareciósele a santa Brígida uno que había estado cuarenta años en el purgatorio, y le dijo: Por mis pecados y por esos bienes temporales que tú sabes, he padecido largo tiempo en el purgatorio; pues frecuentemente oí decir en mi vida, que mis padres habían adquirido injustamente aquellos bienes, mas yo ni hacía caso de eso ni los restituía. Después de mi muerte unos parientes míos que tenían conciencia, restituyeron esos bienes por inspiración de Dios a sus dueños, y entonces me libré del purgatorio, así por esto como por las oraciones de la Iglesia.

Después dijo Jesucristo a la Santa: ¿Qué creen los hombres poseedores de mala fe, y que retienen a sabiendas lo mal adquirido? ¿Creen quizá que han de entrar en mi reino? Lo mismo que Lucifer. Y ni aun les aprovecharán las limosnas de los bienes mal adquiridos, sino que se convertirán en alivio de los verdaderos dueños de esos bienes. Mas no serán castigados los que sin saberlo poseen bienes mal adquiridos, ni tampoco pierden el cielo los que tienen perfectísma voluntad de restituir y se esfuerzan cuanto pueden, porque Dios suplirá por esa buena voluntad, ya sea en el siglo presente, ya en el futuro.

LIBRO 6 – CAPÍTULO 57

En cierto monasterio celebraba su primera misa un sacerdote el día de Pentescotés; y al alzar el Cuerpo de Jesucristo, vió santa Brígida fuego que bajaba del cielo sobre todo el altar, y en manos del sacerdote vió pan, y en el pan un cordero vivo, y en éste el rostro inflamado y como de un hombre, y entonces oyó una voz que le decía: Como ahora ves que el fuego baja al altar, igualmente mi Espíritu Santo bajó a mis Apóstoles tal día como hoy, e inflamó sus corazones. Por medio de las palabras de la consagración el pan se convierte en un cordero vivo, que es mi cuerpo, y el rostro está en el cordero, y el cordero en el rostro, porque el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre, y el Espiritu Santo en ambos.

Y por segunda vez en la misma elevación de la Sagrada Eucaristía vió la Santa en manos del sacerdote un joven de extraordinaria hermosura, el cual dijo: Os bendigo a vosotros creyentes, y seré juez de los que no crean.

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