CRISTO ES MUY AMARGO PARA LOS MALVADOS.

Palabras de la Madre a la esposa; dulce diálogo de la Madre y el Hijo y sobre cómo Cristo es amargo, muy amargo, amarguísimo para los malvados, pero dulce, muy dulce, dulcísimo para los buenos.

Capítulo 58 DE LAS REVELACIONES DADAS A SANTA BRIGIDA DE SUECIA.

La Madre dijo a la esposa: “Considera, esposa nueva, la pasión de mi Hijo. Su pasión sobrepasó en amargura a la pasión de todos los santos. Igual que una madre quedaría amargamente destrozada si tuviera que presenciar cómo cortan en pedazos a su propio hijo vivo, así fui yo destrozada en la pasión de mi Hijo, cuando vi la crueldad de todo aquello”. Entonces, le dijo a su Hijo: “Bendito seas, Hijo mío, pues eres santo, como dice la canción: ‘Santo, santo, santo es el Señor, Dios del Universo’. ¡Bendito seas, pues eres dulce, muy dulce y el más dulce! Eras santo antes de la encarnación, santo en mi vientre y santo después de la encarnación. Fuiste dulce antes de la creación del mundo, más dulce que los ángeles y el más dulce para mí en tu encarnación”.

El Hijo respondió: “¡Bendita seas, Madre, sobre todos los ángeles! Igual que Yo fui el más dulce para ti, como decías ahora, también soy amargo, muy amargo, el más amargo para los malvados. Soy amargo para aquellos que dicen que Yo creé muchas cosas sin razón, que blasfeman y dicen que creé a las personas para morir y no para vivir. ¡Qué idea tan miserable y sin sentido! ¿Acaso Yo, que soy el más justo y virtuoso, creé a los ángeles sin una razón? ¿Habría Yo dotado a la naturaleza humana de tantas bondades si la hubiera creado para condenarse? ¡De ninguna manera! Yo lo hice todo bien y, por amor, a la humanidad le di todo lo bueno. Sin embargo, la humanidad convierte todo lo bueno en malo para sí.

No es que Yo haya hecho nada malo sino que son ellos quienes lo hacen, dirigiendo su voluntad a todo menos a lo que deberían de acuerdo a la ley divina. Eso es lo que es malo. Yo soy más amargo para aquellos que dicen que les di libre albedrío para pecar y no para hacer el bien, que dicen que soy injusto porque condeno a algunas personas mientras que a otras las justifico, que me culpan de su propia maldad porque aparto de ellos mi gracia. Yo soy muy amargo para aquellos que dicen que mi ley y mis mandamientos son demasiado difíciles y que nadie los puede cumplir, que dicen que mi pasión es indigna para ellos y que es por eso que no la tienen en cuenta.

Por tanto, juro sobre mi vida, como juré una vez por los profetas, que defenderé mi causa ante los ángeles y todos mis santos. Aquellos para quienes Yo soy amargo comprobarán por sí mismos que Yo creé todo racionalmente y bien, para utilidad e instrucción de la humanidad, y que ni el más pequeño de los gusanos existe sin razón. Aquellos que me encuentran más amargo comprobarán por sí mismos que Yo, sabiamente, le di al ser humano libre albedrío con respecto a lo bueno. Descubrirán también que Yo soy justo, dando el reino eterno a las buenas personas y castigando a los malvados.

No sería correcto que el demonio, a quien creé bueno pero quien cayó por su propia maldad, estuviera en compañía de los buenos. Los malvados también comprobarán que no es culpa mía que ellos sean perversos, sino suya. De hecho, si fuera posible, con gusto me sometería, por todos y cada uno de los seres humanos, al mismo castigo que acepté una vez en la cruz por todos, para restituirles su herencia prometida. Pero la humanidad está siempre oponiendo su voluntad a la mía. Les di libertad para que me sirvieran, si quisieran, y mereciesen así el premio eterno. Pero si ellos no quisieran, tendrían que compartir el castigo del demonio, por cuya maldad y sus consecuencias fue justamente creado el infierno.

Como estoy lleno de caridad, no quise que la humanidad me sirviera por miedo ni que fuese obligada a hacerlo como los animales irracionales, sino por amor a Dios, porque nadie que me sirva contra su voluntad o por temor de mi castigo podrá ver mi rostro. Aquellos para quienes soy muy amargo se darán cuenta en su conciencia de que mi ley era leve y mi yugo suave. Estarán inconsolablemente tristes de haber menospreciado mi Ley y de haber amado al mundo en su lugar, cuyo yugo es más pesado y mucho más difícil que el mío”.

Entonces, su Madre agregó: “¡Bendito seas, Hijo mío, mi Dios y Señor! Porque tú eras mi dulce delicia, ruego que los demás puedan hacerse partícipes de esta dulzura”. El hijo respondió: “¡Bendita eres tú, mi queridísima Madre! Tus palabras son dulces y llenas de amor. Por ello, buenamente acudiré a quien reciba tu dulzura en su boca y la conserve perfectamente. Pero quien la reciba y la rechace será castigado de la forma más amarga”.

La Virgen respondió: “¡Bendito seas, Hijo mío, por todo tu amor!”.

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