FORNICACION, PROSTITUCION, LUJURIA.

DADO A MARIA VALTORTA.
2-123-264 (2-90-763).- Discurso en «Aguas Claras» (1): “No fornicarás” (Ex.5,18; 20,14).-(2).- Uniones del mismo sexo.
* Lujuria dentro del matrimonio.- ■ Jesús está en pie, sobre un montón de tablas que se han colocado como tribuna en el último galerón, y allí cerca de la puerta habla con voz potente para que le oigan los que están dentro del galerón como los que están debajo del cobertizo, e incluso los que están en la era, sobre los que la lluvia está cayendo. Parecen frailes bajo sus mantos oscuros y de lana, en la que el agua no penetra. En el galerón están los más débiles; bajo el cobertizo, las mujeres; en el patio, bajo la lluvia, los fuertes, la mayoría hombres. Pedro va y viene, descalzo y solo con el vestido corto, cubierto con un pedazo de tela que se ha echado sobre la cabeza; pero no pierde el buen humor, aunque tenga que ir chapoteando en el agua y se esté bañando sin desearlo. Le ayudan Juan, Andrés y Santiago. Llevan con mucho cuidado al otro galerón a unos enfermos, guían a unos ciegos o levantan a algunos tullidos. Jesús espera con paciencia a que todos se acomoden, y solo le duele que los cuatro discípulos estén empapados como esponjas. “¡Nada, nada! Somos leña dura. No te preocupes. Nos bautizamos otra vez y el que nos bautiza es Dios mismo” responde Pedro a las observaciones de Jesús. Finalmente todos están en su lugar y Pedro cree que es tiempo de ponerse ropa seca. Así lo hace, como también los otros tres.■ Pero cuando ha vuelto a empezar el Maestro, ve que se asoma en el rincón del cobertizo el gris manto de la mujer velada (Aglae), y se dirige a ella sin pensar que para hacerlo tiene que atravesar la era de lado a lado bajo un chaparrón, que va a más, y sin pensar en los charcos que salpican hasta la rodilla al chocar tan fuerte en ellos las gotas de agua. La toma del brazo sin quitarle el manto y la arrastra hacia arriba con fuerza, hasta la pared del galerón, resguardada del agua. Y luego se queda cerca de ella, como un centinela, sin moverse y sin pestañear. Jesús ha visto. Para ocultar la sonrisa que ha brillado en su rostro baja la cabeza. ■ Continúa luego, hablando: “No digáis, vosotros, los que habéis sido constantes en venir a Mí, que no hablo con orden, y que paso por alto alguno de los Diez Mandamientos. Vosotros oís, Yo veo; vosotros escucháis, Yo aplico mi palabra a los dolores y a las llagas que veo en vosotros. Soy médico. Un médico va primero a los más enfermos, a los que están más próximos a morir. Y luego va a los menos graves. También Yo. Hoy os digo: «No cometáis impurezas».No volváis la mirada a vuestro alrededor tratando de descubrir en el rostro de alguien la palabra «lujuria». Teneos mutua caridad. ¿Os gustaría que otro la leyese en vuestra cara? No. Pues entonces no tratéis de leerla en los ojos turbados del vecino; en su frente que se pone colorada y se inclina hacia el suelo. ■ Y además… ¡Oh, decidme, especialmente vosotros, hombres! ¿Quién de vosotros no ha hincado nunca el diente en ese pan de ceniza y de estiércol que es la satisfacción sexual? ¿Es tan solo lujuria la que os arrastra por una hora en los brazos de una prostituta? ¿No es, acaso, lujuria también el acto sexual con la esposa, manchado al eludir las consecuencias de éste, que queda reducido, por tanto, a una recíproca satisfacción del sentido, a un vicio legalizado? Matrimonio quiere decir procreación, y el acto sexual significa y debe ser fecundación. Sin ello es inmoralidad (3). Del tálamo no se debe hacer un lupanar; y en lupanar se convierte si se ensucia de libídine y no se consagra con maternidades. La tierra no rechaza la semilla, la acoge y de ella forma planta. La semilla no huye del lugar una vez que se la sembró, sino que enseguida echa raíces y se esfuerza por crecer y dar una espiga: la criatura vegetal nacida del connubio entre tierra y semilla. El hombre es la semilla, la mujer es la tierra, la espiga es el hijo. Rehusar a echar espigas y desaprovechar la fuerza para el vicio, es culpa. Es un acto de prostitución cometido en el lecho nupcial, pero en nada distinto del otro; es más, agravado por la desobediencia al mandato que dice: «Sed una sola carne y multipicaos en los hijos» (Gén.1,26-28;2,18-24;9,1). Por lo tanto, ved, mujeres voluntariamente estériles, esposas según la Ley y honestas (no ante los ojos de Dios sino ante el mundo), cómo, a pesar de ello, vosotras podéis ser prostitutas y cometer actos impuros, aunque seáis solo de vuestro marido, porque no es la maternidad, sino el placer, lo que frecuentemente buscáis. ¿Y no reflexionáis en que el placer es un veneno que, aspirado por una boca, contagia, produce quemazón, cual fuego que, creyendo consumirse, traspasa, devorador, cada vez más insaciable, los límites del hogar, dejando acre sabor de ceniza bajo la lengua, y asco, y náusea… y desprecio de sí mismo y del compañero de placer? Porque cuando la conciencia se despierta –y lo hace entre dos momentos febriles– no puede dejar de nacer este desprecio de sí mismo, rebajados como quedan uno y otro a un nivel incluso inferior al de los animales”.
* Uniones, dentro del mismo sexo y con animales, condenadas por el Levítico.- ■ Jesús: “Está escrito: «No forniquéis». Muchas de las acciones carnales del hombre son fornicación. ■ No hablo ni siquiera de las uniones inconcebibles cual pesadilla que el Levítico condena con estas palabras: «Hombre: no te acostarás con otro hombre como si fuese mujer» y también: «No te unirás con ninguna bestia para no contaminarte con ella. Y así hará la mujer, y no se unirá a ninguna bestia, porque es infamia»” (Lev.18,22-23).
* La fornicación por vicio o por dinero (Prostitución).- ■ Jesús: “Bien, después de haber hablado brevemente del deber de los esposos en el matrimonio –el cual deja de ser santo cuando, POR MALICIA, viene a ser infecundo– quiero hablaros de la fornicación en sentido propio entre hombre y mujer, por recíproco vicio o por obtener dinero o regalos. El cuerpo humano es un magnífico templo que contiene un altar. Sobre el altar debe estar Dios. Pero Dios no está en donde hay corrupción. Por esto el cuerpo del impuro, tiene el altar consagrado pero sin Dios. Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad, el hombre, en la bestialidad de la fornicación, se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.Y decidme –si entre vosotros hay alguien que se ha depravado a sí mismo hasta el punto de comerciar con su cuerpo como se comercia con trigo o animales– ¿qué bien os ha reportado? Tomad en la mano vuestro propio corazón, observadlo, interrogadle, escuchadlo, y luego decidme, respondedme: ¿tan dulce era ese fruto, que compensara este dolor de un corazón que nació puro, obligado por vosotros a vivir en un cuerpo impuro, a latir para dar vida y calor a la lujuria, e irse consumiendo en el vicio? Decidme: ¿sois tan depravadas que no lloráis en secreto, al oír una voz de niño que grita: «mamá», y pensando en vuestra madre –¡oh mujeres de placer, que habéis huido de casa, u os han echado de casa para que el fruto prohibido no destruyese con su vaho a los otros hermanos!–, pensando en vuestra madre, que tal vez murió de dolor porque se dijo: «Di a luz a un oprobio»? ¿Pero es que no sentís que se os cae la cara de vergüenza, cuando veis a un anciano respetable en sus canas, al pensar que sobre las de vuestro padre habéis arrojado el deshonor, como fango tomado a manos llenas, y junto con el deshonor la irrisión de su tierra natal? ¿Pero es que no sentís que las entrañas se os revuelven de doliente añoranza al ver la felicidad de una esposa o la inocencia de una virgen, teniendo que decir: «Yo a todo esto he renunciado y jamás lo podré tener»? ¿Pero es que no sentís como si la vergüenza os arrancara la piel de la cara, al ver la mirada, ávida o llena de desprecio, de los hombres? ¿Pero es que no sentís vuestra miseria cuando tenéis sed de un beso de niño y ya no os atrevéis a decir: «Dámelo», porque habéis matado vidas en su comienzo, vidas que habéis rechazado como peso fastidioso e inútil estorbo, vidas arrancadas del mismo árbol que las había concebido, arrojadas para estiércol, vidas que ahora os gritan: «¡Asesinas!»? ¿Pero es que no tenéis miedo, sobre todo, al Juez que os ha creado y os espera para preguntaros: «¿Qué hiciste de ti misma? ¿Para esto, acaso, te di la vida? Pululante nido de gusanos, ¿cómo te atreves a estar en mi presencia? Tuviste todo de lo que para ti era Dios: el placer. Vete al lugar de maldición que no tiene fin». ■ ¿Quién llora? ¿Nadie? ¿Decís: «nadie»? Y sin embargo mi alma sale al encuentro de otra alma que llora. ¿Por qué sale a su encuentro? ¿Para lanzarle el anatema por ser prostituta? ¡No! Porque me da compasión su alma. Su cuerpo sucio, sudando en lujuriosa fatiga me repugna. ¡Pero su alma…!¡Oh! ¡Padre! ¡Padre! ¡También por esta alma tomé carne y dejé el Cielo! para ser su Redentor y de tantas almas hermanas suyas! ¿Por qué no debo de recoger esa oveja extraviada, y traerla al redil, limpiarla, juntarla con las demás, darle de comer, y amarla con un amor sin igual, tan diferente de los que tuvieron hasta ahora para ella nombre de amor y no eran sino odio; amor mío tan compasivo, completo y cariñoso, que ella ya no llore por el tiempo pasado, o lo haga solo para decir: «Muchos días he perdido lejos de Ti, Belleza eterna. ¿Quién me devolverá el tiempo perdido? ¿Cómo gustar, en el poco tiempo que me queda, cuanto habría gustado si hubiese sido siempre pura?». A pesar de ello, no llores alma a quien toda la libídene del mundo pisoteó. Escucha: eres un trapo sucio, pero puedes volver a ser una flor. Eres una paja suelta por el suelo, pero puedes convertirte en un jardincito. Eres un animal inmundo pero puedes hacerte ángel. Un día lo fuiste. Danzabas en los prados floridos, rosa entre las rosas, fresca cual ellas, respirando virginidad. Cantabas, serena, tus canciones de niña, y luego corrías hacia donde estaba tu madre, tu padre y les decías: «Sois mis amores»; y el custodio invisible, que cada hombre tiene a su lado, sonreía con tu alma blanca. Y luego, ¿por qué?… ¿Por qué te has arrancado tus alas de pequeña inocente? ¿Por qué has pisoteado un corazón de padre y un corazón de madre para ir tras de corazones inciertos? ¿Por qué ha doblado tu voz pura a mentirosas frases de pasión? ¿Por qué has quebrantado el tallo de la rosa y te violaste a ti misma? ■ Arrepiéntete, hija de Dios. El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima. No te puede perdonar el hombre. Ni siquiera tu padre. Pero Dios puede. Porque la bondad de Dios no tiene parangón con la bondad humana y su misericordia es infinitamente más grande que la miseria humana. Hónrate a ti misma haciendo que tu alma, con una vida honesta se haga digna de honra. Justifícate ante Dios no volviendo a pecar más contra tu alma. Toma un nombre nuevo ante Dios. Es el que vale. ¿Eres vicio? Conviértete en honestidad, en sacrificio, en mártir por tu arrepentimiento. Bien supiste martirizar tu corazón para hacer gozar a la carne, aprende ahora martirizar la carne para dar a tu corazón una paz eterna. Puedes irte, podéis iros todos. Cada uno con su peso y con su pensamiento y meditad. Dios espera a todos y no rechaza a nadie de los que se arrepienten. Os dé el Señor su luz para conocer vuestra alma. Idos”.(Escrito el 4 de Marzo de 1945).
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1 Nota : Cfr. Personajes y lugares de la Obra magna: «Aguas Claras».
2 Nota: La última parte del discurso está dedicada a la prostituta Aglae, presente en el lugar. Cfr. Personajes de la Obra magna: Aglae.
3 Nota : Aquí se habla de “Matrimonio… inmoralidad…”. Estas frases entendidas como se debe, esto es, en su contexto, son exactas. Se afirma únicamente que el matrimonio pecaminoso es el infecundo por mala voluntad, esto es, por malicia. Por esto, en el contexto aparecen palabras como las siguientes: “lupanar, libídine, rechaza, huye, rehúsa, desperdiciar, acto de prostitución, voluntariamente estériles, ser compradas, envilecidos hasta el nivel de las bestias, uniones inconcebibles”. Y con toda exactitud se llega a la conclusión “el matrimonio… deja de ser santo cuando por malicia se hace infecundo…”.
Anexo a esta nota:
Para mayor comprensión, se remite a lo expuesto en el tema “Familia” sobre el matrimonio:
1º En el episodio 10-635-326, la escritora afirma los dos elementos del matrimonio: el amor mutuo entre los esposos y la procreación, es dceir, cohabitación y procreación.
2º En la notas del dictado 44-279: a) En la nota 2 se adjunta un comentario de la Bilbia latinoamericana respecto al texto de Tobías (6,16): el ángel enseña a Tobías cómo lograr las bendiciones de Dios sobre los comienzos de su matrimonio.
. b) En la nota 3 se expone la doctrina del Catecismo de la Iglesia Católica sobre el matrimonio
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2-128-295 (2-95-796).- Discurso «A. Claras»: “No desearás la mujer de tu prójimo” (Ex.20,17; Dt.5,18). El Joven lujurioso.
* “Necesito tu humillación: confesión del pecado, jurar no pecar más para tener piedad”.- ■ Jesús se abre paso entre tanta gente que parece un pueblo pequeño que le llama desde todas partes. Uno le muestra sus heridas, otro le enumera sus desgracias, un tercero se limita a decir: “Ten piedad de mí”. Hay también quien le presenta su pequeñuelo para que le bendiga. El día sereno y sin viento ha atraído mucha, mucha gente. Jesús ha llegado casi a su puesto, cuando, del sendero, que lleva al río, llega un lamento: “Hijo de David piedad para este infeliz”. Jesús se vuelve en esa dirección, como también la gente y los discípulos; pero unos tupidos matorrales de bojes esconde al que ha hecho la súplica. Jesús: “¿Quién eres? Sal afuera”. El hombre grita: “No puedo. Estoy contaminado. Debo ir donde el sacerdote para que sea yo borrado del mundo. He pecado y la lepra me ha brotado en el cuerpo. ¡Espero en Ti!”. La multitud se solivianta: “¡Un leproso! ¡Un leproso! ¡Anatema! ¡Lapidémoslo!”. Jesús hace un gesto que impone silencio y hace que nadie se mueva. “Es uno que no está más contaminado que quien está en pecado. A los ojos de Dios es mucho más inmundo el pecador impenitente que el leproso arrepentido. Quien es capaz de creer venga conmigo”. Además de los discípulos, algunos curiosos siguen a Jesús. Los demás, alargan sus cuellos, pero se quedan donde están. Jesús va hasta más allá de la casa y del sendero, hacia los matorrales de bojes. Luego se detiene y ordena: “¡Déjate ver!”. Sale fuera un muchacho todavía casi adolescente, de cara hermosa en la que despuntan bigote y barba tenues, con una mirada aún llena de vida. Tiene los ojos enrojecidos por el llanto. Un gran grito de entre un grupo de mujeres enteramente tapadas –ya lloraban en el patio de la casa al pasar Jesús, y su llanto había aumentado cuando la multitud las había amenazado–, le saluda: “Hijo mío”… Y la mujer cae sin fuerzas en los brazos de otra, que no sé si es pariente o amiga. Jesús, solo, sigue avanzando hacia el infeliz: “Eres muy joven. ¿Cómo es que estás leproso?”. El joven baja los ojos, enrojece, balbucea y no se atreve a más. Jesús repite la pregunta. El joven dice algo más claro, pero no logro captar sus palabras: “… mi padre… fui… y pecamos… no-solo yo…”. ■ Jesús: “Allí está tu madre que está esperando con lágrimas. En el Cielo está Dios, que sabe lo sucedido, aquí estoy Yo, que también lo sé, pero necesito tu humillación para tener piedad. Habla”. La madre suplica: “Habla, hijo. Ten piedad de las entrañas que te llevaron”, y gime arrastrándose hasta Jesús, y de rodillas, inconscientemente ha cogido la orla del vestido de Jesús con una mano y extiende la otra hacia su hijo y al hacerlo enseña una pobre cara bañada de lágrimas. Jesús le pone la mano sobre la cabeza y vuelve a decir: “Habla”. Joven: “Soy el primogénito y ayudo a mi padre en los negocios. Él me mandaba a Jericó muchas veces para hablar con sus clientes y… y uno… uno tenía una esposa bella y joven… Me… me gustó. Fui más allá de donde debía… Le gusté… Nos deseamos y pecamos en ausencia del marido… No sé cómo sucedió, porque ella estaba sana. Sí. No solo yo estaba sano y la quise… también ella estaba sana y me quiso. No sé si…si además de a mí amó antes a otros y se había contagiado. Sí sé que muy pronto ella se marchitó y ahora está en los sepulcros muriendo en vida… Y yo… y yo… ¡Mamá!, tú lo has visto, es poca cosa, pero dicen que es lepra… y… moriré de lepra. ¿Cuándo? ¡Se acabó la vida, la casa… y tú, mamá!… ¡Oh, mamá, te veo y no puedo besarte!… Hoy vienen a descoserme los vestidos y a arrojarme de mi casa… del pueblo… Es peor que si hubiera muerto; ni siquiera tendré el llanto de mi madre sobre mi cadáver…”. El joven llora. La madre está tan estremecida por los llantos que parece una planta zarandeada por el vendabal. La gente hace diversos comentarios. Jesús está triste. Habla: “¿Y cuando pecabas no pensabas en tu madre? ¿Eras tan necio que no te acordabas que tenías una madre en la tierra y un Dios en el Cielo? ¿Y si no hubiese aparecido la lepra, habrías caído en la cuenta de que ofendías a Dios y al prójimo? ¿Qué hiciste de tu alma? ¿Qué de tu juventud?”. ■ Joven: “Fui tentado…”. Jesús: “¿Eres acaso un niño, para no saber que aquel fruto era maldito? ¡Merecerías morir sin piedad!”. Joven: “¡Oh! Piedad. Tú solo puedes…”. Jesús: “No Yo, Dios, y si juras aquí no pecar más”. Joven: “Lo juro. Lo juro. Sálvame, Señor. Me quedan pocas horas para oír la sentencia. ¡Mamá… mamá… ayúdame con tus lágrimas!…. ¡Oh, madre mía!”. La mujer no tiene ya ni voz. Se abraza fuertemente a las piernas de Jesús, levanta su cara con los ojos agrandados por el dolor, una cara en que está pintada la tragedia de alguien que se ahoga y que sabe que es el último sostén que le mantiene y puede salvarlo. ■ Jesús la mira. Compasivo le sonríe: “Levántate, madre. Tu hijo está curado. Pero por ti. No por él”. La mujer todavía no cree; le parece que, así, a distancia, no puede haber sido curado, y hace señales, entre sus continuos sollozos, de que no. Jesús: “Hombre. Quítate la túnica del pecho. Ahí tenías la mancha. Para que tu madre se consuele”. El joven se quita el vestido, y queda desnudo a los ojos de todos. No tiene más que una piel perfecta y lisa de un joven robusto. Jesús: “Mira, madre” y se inclina a levantarla del suelo. Este movimiento sirve también para contenerla cuando su amor de madre y el hecho de ver el milagro la hubiese lanzado contra su hijo sin esperar a que estuviese purificado. Sintiéndose imposibilitada para ir a donde su amor materno la impulsa, se abandona sobre el pecho de Jesús a quien besa en un verdadero delirio de alegría. Llora, ríe, besa, bendice… y Jesús compasivo la acaricia. Luego dice al joven: “Ve al sacerdote, y acuérdate que Dios te ha sanado por causa de tu madre y para que seas justo en el porvenir. Vete”. El joven se va después de haber alabado al Señor. A distancia, le siguen su madre y las mujeres que la habían acompañado. La multitud prorrumpe en gritos de hosanna.
* “No desearás la mujer de tu prójimo, no cometerás adulterio”.- ■ Jesús regresa a su lugar y dice: “También él había olvidado que existe Dios que quiere honestidad en las costumbres. Había olvidado que está prohibido hacerse dioses que no son Dios. Había olvidado santificar el sábado como he enseñado. Había olvidado el respeto amoroso hacia su madre. Había olvidado que no se debe fornicar, ni robar, ni ser falso, ni desear la esposa del prójimo, ni matarse uno a sí mismo y a la propia alma, ni cometer adulterio. Todo había olvidado. Ved cómo fue castigado. «No desearás la esposa del prójimo» se une con «No cometerás adulterio», porque el deseo precede siempre a la acción. El hombre es demasiado débil como para poder desear sin llegar después a consumar su deseo. Y lo que es del todo triste es que el hombre no sepa hacer lo mismo respecto a los deseos justos. Se desea el mal y luego se cumple; se desea el bien, para luego detenerse, aunque no se retroceda. Lo que dije a él, os lo digo a todos vosotros, porque el pecado de deseo está tan difundido como las malas hierbas, que por sí solas se propagan: ¿Sois niños para no saber que esa tentación es venenosa y que hay que huir de ella? ■ «Fui tentado». La vieja excusa (Gén. 3,9-13). Pues bien, así como es un viejo ejemplo, también debería el hombre acordarse de sus consecuencias, y debería saber decir: «No». Nuestra historia no carece de ejemplos de castos que permanecieron tales, no obstante las seducciones del sexo opuesto y las amenazas de hombres crueles. ¿Es la tentación un mal? No lo es. Es la obra del maligno. Y se cambia en gloria para quien la vence. ■ El marido que va a otros amores es un asesino de su mujer, de sus hijos, de sí mismo. El que entra a la casa de otro para cometer adulterio es un ladrón y de los más viles. Se parece al cuco, se aprovecha del nido de los demás sin aportar nada. El que traiciona la buena fe del amigo es un falsario, porque muestra una amistad que realmente no tiene. El que obre así, se deshonra a sí mismo y a sus padres. ¿Podrá tener de este modo a Dios consigo? ■ Hice un milagro por esa pobre madre. Pero me da tanto asco la lujuria, que me siento nauseado. Vosotros gritasteis por miedo y asco de la lepra; Yo, con mi alma, he gritado a causa del asco por la lujuria. Todas las miserias me rodean y para todas soy el Salvador. Pero prefiero tocar un muerto, a un justo que esté ya descompuesto en su carne que fue honesta, mas en paz ya su espíritu, antes que acercarme al que huele a lujuria. Soy el Salvador, pero soy inocente. Que lo recuerden todos los que vienen a Mí o hablan de Mí, proyectando en mi personalidad lo que en ellos fermenta. Comprendo que vosotros querríais de Mí algo distinto, pero no puedo. La ruina de una juventud, apenas formada y destruida por la libídine, me ha turbado más que si hubiese tocado la Muerte. Vayamos a los enfermos; no pudiendo, por la náusea que me ahoga, ser la Palabra, seré la salud de quien en Mí espera. La paz sea con vosotros”. ■ De hecho, Jesús está pálido, y su rostro denota dolor. No vuelve a sonreír sino cuando se inclina sobre los niños enfermos y sobre los enfermos en camillas. Entonces vuelve a ser Él. Sobre todo cuando, al introducir su dedo en la boca de un mudo de unos diez años de edad, le hace decir: “Jesús” y luego: “Mamá”. La gente se marcha muy lentamente. (Escrito el 12 de Marzo de 1945).
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2-131-315 (2-98-817).- Pecado de Herodes (adulterio) y pecado de prostitución.- Más arrepentimiento más perdón porque el arrepentimiento es una forma de amor, de amor activo.
* “Lo que solo tiene valor es la vida que se vivió según la Ley”.-Adulterio y prostitución.- (Jesús está hablando a la gente congregada en «Aguas Claras»). ■ Dice Jesús: “¿Hay criatura más alegre que el pajarito? ¿Y qué es su inteligencia con respecto a la humana?: como un trozo de sílice comparado con un monte. Y, a pesar de ello, os enseña. En verdad os digo que posee la alegría del pajarito, quien vive sin deseo impuro. Éste pone su confianza en Dios y le siente como a Padre; sonríe cuando nace el día y cuando cae la noche; porque sabe que el sol, es su amigo y la noche su protectora; sin rencor mira a los hombres y no teme sus venganzas porque no les hace mal de ningún modo; no teme ni por su salud ni por su sueño, porque sabe que una vida honrada mantiene lejos las enfermedades y proporciona un dulce descanso; en fin, no teme a la muerte porque sabe que, al haber obrado bien, no puede recibir otra cosa que la sonrisa de Dios. También los reyes mueren. Lo mismo el rico que el pobre. No es el cetro lo que aleja la muerte, ni es el dinero el que compra la inmortalidad. Delante del Rey de reyes y Señor de señores son cosas irrisorias las coronas y el dinero. Lo que solamente tiene valor es la vida que se vivió según la Ley”. ■ Jesús oye un murmullo y dice: “¿Qué cosas están diciendo aquellos hombres allá en el fondo? No tengáis miedo de hablar”. Ellos: “Decíamos: Herodes Antipas ¿de qué pecado es culpable, de hurto o de adulterio?”. Jesús: “Yo quisiera que no miraseis a los demás, sino a vuestros corazones. Pero os respondo que Antipas es culpable de idolatría porque adora a la carne más que a Dios; es culpable de adulterio, de hurto, de deseos ilícitos, y, pronto, de homicidio”. Ellos: “¿Le salvarás, Tú, que eres Salvador?”. Jesús: “Yo salvaré a los que se arrepientan y vuelvan a Dios. Los impenitentes no tendrán redención”. Ellos: “Dijiste que es ladrón… pero… ¿qué cosa ha robado?”. Jesús: “La mujer de su hermano. El robo no solo es de dinero. Robo es, también, quitar la honra a un hombre, la virginidad a una joven, la mujer a su marido, como igualmente lo es el quitarle un buey o frutos de árboles al vecino. Y el hurto, empeorado por la libídine o por falso testimonio, se agrava con el adulterio o con la fornicación o con la mentira”. ■ Ellos preguntan: “¿Y qué pecado comete una mujer que se prostituye?”. Jesús responde: “Si está casada, de adulterio y de robo respecto al marido. Si es núbil, de impureza y de robo respecto a sí misma”. Ellos: “¿Robo a sí misma? ¡Pero si ella da algo que es suyo!”. Jesús: “No. Nuestro cuerpo lo ha creado Dios para que sea templo del alma, que es templo de Dios. Por esto, debe ser conservado honesto; de otro modo, al alma se le quita la amistad con Dios y la vida eterna”. Ellos: “¿Entonces una prostituta ya no puede pertenecer sino a Satanás?”. Jesús: “Todo pecado es prostitución con Satanás. El pecador, como la prostituta, se entrega a Satanás por amores ilícitos, esperando sucias ganancias de ello. Grande, grandísimo es el pecado de prostitución, pues hace a quien lo comete semejante a un animal inmundo. Pero, creedme

2 comentarios sobre “FORNICACION, PROSTITUCION, LUJURIA.

  1. yo soy casada hace 21 años con un excelente esposo, pero nuestras relaciones intimas no son tan puras y al leer este mensaje me puse a llorar porque mi cuerpo es un templo sin Dios. Jesus mio dame fuerzas y sabiduria para rechazar la lujuria. Gracias señor.

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