HORA SANTA. PALABRAS DE JESUS.

Hora Santa

Primer cuarto de hora.

“Si no te lavo, no tendrás parte en mi Reino”. (Jn 13,8) ¡Oh alma a quien amo, y todos ustedes a quienes amo, escuchen! Soy Yo que les hablo, pues, quiero pasar con ustedes esta hora. Yo, Jesús, no me alejo de mi altar aún cuando se acercan a él con el alma lastimada por llagas y enfermedades o enredadas en bejucos de pasiones, que les mortifican en su libertad espiritual, dejando encadenados bajo el poder de la carne y de su rey, Lucifer.

Yo soy siempre Jesús, El Rabí de Galilea, aquel a quien los leprosos, los paralíticos, los ciegos, los posesos, los epilépticos invocaban con grandes clamores diciendo: “¡Oh! Hijo de David, ten compasión de mí!…” Yo soy siempre Jesús, el Rabí que tiende la mano a quien se hunde y le dice: “Por qué dudas de Mí?” (Mt. 14,31). Yo soy siempre Jesús que dice a los muertos: “¡Ea! ¡Levántate y véte! ¡Y lo mando! ¡Despierta de tu sueño de muerte, de tu sepulcro y anda!” (Mc, 5,41; Lc 7,14; 8,54; Jn 11,43) y les devuelvo a los seres queridos.

¿Quién les ama, oh mis queridos? ¿Quién les ama con amor verdadero, no egoísta, no mudable? ¿Quién nos ama con un amor no interesado, no codicioso?

Su único deseo es dar lo que para ustedes ha acumulado y les dice: ¡Tóma! Todo es tuyo.. .Todo esto es lo hecho por ti, para que sea tuyo y lo puedas disfrutar con gozo! ¿Quién?

– ¡Dios eterno! A El les presento. A El que los ama. No los aparto de mi altar. Aquel altar, pues, es mi cátedra, es mi trono, es el consultorio médico, del Médico que puede curar todo mal.

Desde aquí les enseño a tener fe. Desde aquí, siendo Yo rey de la vida, les doy mi vida. Desde aquí Yo me inclino sobre sus enfermedades y las curo con el aliento de mi amor.

¡Oh! hijos míos, Yo hago algo más, bajo de este altar y los busco. Heme aquí en el umbral de estas mis casas en donde muy pocos entran y poquísimos con firme fe. Heme aquí, como símbolo de paz, me asomo a sus calles, por donde van agobiados, envenenados, ardidos por el dolor, la codicia y el odio.

He aquí, les tiendo mis manos porque los veo vacilar bajo la carga de muy pesadas peñas que les se han impuesto y que han reemplazado aquella cruz que Yo les había entregado para que fuera su sostén, su bordón de peregrino.

He aquí, Yo les digo: ¡Entra!; Descansa! ¡Toma” porque los veo agotados y sedientos. Mas ustedes no me ven; pasan junto a Mí, me empujan, a veces con mala intención, a veces por ofuscación de su vista espiritual, a veces me miran. Sin embargo saben que estan sucios y no tienen el atrevimiento de acérquense a mi candor de Hostia divina.

Mas este Candor sabe compadecerse. ¡Conózcanme! oh! hombres que desconfían de mí, porque no me conocen.

¡Escuchen! He querido dejar la libertad y la pureza que forman la atmósfera del Cielo y bajar a esta su cárcel, a este aire impuro, con el fin de ayudarlos, porque los amo. Más aún: me he privado de mi divina libertad y me he vuelto esclavo de la carne. El espíritu de Dios encerrado en la carne, el Infinito encerrado en un puñado de músculos y huesos sometido a experimentar las exigencias de esta carne agobiada por el frío y por el sol el hambre, la sed, el cansancio. !Hubiera podido no experimentar todo esto!.He querido conocer las torturas del hombre decaído de su trono de inocencia para amarlos aún más.

Eso no me ha bastado. He querido, – para compadecer, pues, a otro es preciso someterse a padecer lo que el otro padece – he querido experimentar el asalto de todos los padeceres, para sentir sus luchas, para entender cuán fácil es quedar hipnotizado por la Serpiente si uno pone un solo momento las vistas en su mirada seductora, olvidándose vivir en la luz.

La serpiente no se amaña con la luz. Se esconde en los rincones sombríos, que parecen amañadores y únicamente son insidiosos. Para ustedes pueden ser la mujer, la plata, el poder, el egoísmo, la sensualidad, la ambición. Todo esto eclipsa la luz de Dios. En medio de esto esta la Serpiente, a saber, Satanás, que se parece a una alhaja preciosa. ¡Es la soga que le sirve para estrangular!. He querido conocer todo esto porque los amo.

Eso no me ha bastado aún. A Mí personalmente me hubiera bastado, mas la Justicia del Padre podía decir a su Hijo, hecho carne: ” Tú has triunfado sobre la asechanza, pero el hombre come como Tú – ahora no sabe triunfar y por ende tiene que ser castigado . ¡ Yo no puedo perdonar a quien desea quedarse sucio !” He cargado sobre mi todas sus suciedades pasadas, presentes y futuras. ¡Todas! …Más que Job (Job 2,8) sumergido en un hervidero de podrida basura, para tapar sus llagas, cuando Yo estaba sumergido bajo los pecados de todo el mundo, no me atrevía a levantar los ojos, buscando el Cielo; gemía, sintiendo que pesaba sobre mi la indignación del Padre, acumulada desde siglos y consciente de las culpas futuras. Un diluvio de pecados sobre la tierra, desde su alborada hasta su anochecer. Un diluvio de maldiciones sobre el Culpable (Jesús), sobre la Hostia del pecado.

¡ Ay hombres ! Yo era más inocente que un niño que después de haber recibido el Bautismo su madre besa. El Altísimo tuvo horror de Mí, porque era el pecado; había cargado sobre Mí todo el pecado del mundo. Por asco yo sudé. Sangre sudé por el asco de esta lepra pegada sobre Mí, que era el Inocente. La sangre reventó las venas por la náusea de este hediondo estanque en el cual estaba Yo sumergido. Y, para colmo de esta tortura, a exprimir de mi corazón la sangre, se juntó la amargura de verme maldito, pues en aquella hora no era el Verbo de Dios: era el Hombre. ¡El Hombre! ¡El Culpable!.

Yo que he experimentado ¿puedo no comprender su envilecimiento? ¿Puedo dejar de amarlos, estando ustedes desanimados? ¡Por eso Yo les amo!.

Me basta recordar aquella hora para amarlos y llamarlos “¡hermanos!”. Mas no basta llamarlos hermanos para que el Padre pueda llamarlos “¡hijos!” Yo quiero que El los llame así!. Yo no podría ser su hermano si no quisiera estar con ustedes en la casa del Padre.

He aquí. Yo les digo: “¡Vengan a Mí, para que los limpie”!. Mi baño limpia toda mugre. Nadie es tan puro que no necesite mi purificación. ¡Vengan! Esta no es agua. Hay manantiales milagrosos que curan las llagas y las enfermedades corporales; ésta sin embargo, es más poderosa; esta fuente brota de mi pecho. !He aquí el Corazón herido del cual brota el agua que purifica. Mi Sangre es el detergente más fino que existe en la creación; en él se destruyen enfermedades e imperfecciones, y blanca y límpida devuelve su alma y se hace digna del Reino eterno. ¡Venid! Dejen que les diga: “Yo te absuelvo”. Ábranme su corazón, en él están las raíces de sus males.

Dejen! que entre Yo! Dejen que suelte sus vendas. ¿Les dan asco sus llagas? Mirándolas bajo mi luz a parecen lo que son: “¡Un ovillo de asquerosos gusanos!” No las miren. Más bien miren mi llagas y dejen que Yo entre en acción. Tengo manos suaves; experimentaran algo así como una caricia… y todo quedará sano y nuevo. Sentiran un beso y una lágrima y todo quedará sano y limpio.

Oh! ¡qué hermosos se pondran entonces, alrededor de mi altar! Seran como ángeles, entre los ángeles de mi Sagrario. se gozará mucho mi Corazón, pues, Yo soy el Salvador y no desprecio a nadie. soy también el Cordero que se apacienta, entre lirios, y estoy feliz cuando me veo rodeado de andor. Para eso, para hacerlos cándidos me hice hombre y entregué mi vida. ¡Oh! ¡qué hermoso es ver sonreír a mi Padre y ver cómo los viste de sus fulgores el Amor porque no tienen ya manchas de pecados.

¡Vengan a la fuente del salvador! Que Mí sangre rocié el alma arrepentida y una voz, en la cual la mía también diga: “¡Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!”.

Segundo cuarto de hora.

“Uno de ustedes me va a traicionar” (Ma. 26,21; Mc 14,18; Lc 22,21-22; Jn 13,21).

¡Uno de ustedes! ¡Sí! en la proporción de uno a doce, uno de ustedes me está traicionando.

Cada traición es más penosa que una lanzada. Miren la humanidad de su Redentor. De pies a cabeza es todo una llaga. La flagelación hace horrorizar a quien la medita y hace agonizar a quien la experimenta; sin embargo fue un martirio de una sola hora. Ustedes que me traicionan, me azotan en el Corazón. ¡y esto se viene haciendo desde siglos!.

Yo los he amado, los amo, me compadezco de ustedes, los perdono, los lavo, quitándome la sangre para preparar su baño purificador, ¡pero ustedes me traicionan!

Soy el Verbo de Dios, estoy glorioso en el Cielo; mas, en este Cielo, estoy no sólo como espíritu, sino también como Carne. La carne tiene sentimientos y afectos. ¿Por qué quieren renovar en Mí, continuamente, aquel fuego consumidor que es la cercanía de un traidor? ¿Acaso el Cielo está lejos? ¡No! oh! hijos que me traicionan. Estoy cerca de ustedes, estoy en medio de ustedes. Y ustedes me queman ¡con la llamarada de su traición!.

Yo miro, buscando consuelo entre varias clases de personas. En todas hallo miradas y más miradas de traidores.

¿Por qué me traicionan? Yo estoy en medio de ustedes para hacer el bien. ¿Por qué me arrojan culebras ponzoñosas? ¿Qué mal les he hecho? ¿Conocen, acaso, un hombre más paciente o más bueno que Yo?.

Miren, cuando son felices, nadie los abandona; pero, si lloran, si la riqueza se acaba, si tienen enfermedad contagiosa, he aquí, todos se van, no obstante. Yo me quedo. Más aún, les acojo exactamente en ese trance, porque sólo entonces vienen. No tienen ya a nadie con quien llorar y hablar, y entonces se acuerdan de Mí. Yo no les digo: “¡Vete! ¡No te conozco!” Bien lo pudiera decir porque nunca han venido a decirme, cuando estaban ricos, sanos y felices: “Estoy rico, sano y feliz! ¡te lo agradezco!” Pero, No pretendo esto siquiera, de quien no ha llegado a ser gigante en el amor. Les bastaría con decir: “¡ Estoy feliz!”. Pero, si, decírmelo. No considerarme como un extraño entre ustedes. Recuerden que entre ustedes estoy Yo también. Un pensamiento para este Jesús…

¡Te doy gracias!” lo diría Yo al Padre por ustedes, a Dios. Padre mío y Padre de ustedes. De lo contrario, nunca vienen. Bien pudiera Yo decir: “¡No les conozco” En cambio, Yo abro mis brazos y digo: “Ven, lloremos juntos los dos!”.

Miren, estoy en la cárcel, en pequeñas y agobiadoras celdas, sentado sobre la misma tarima del preso y le hablo de una libertad más auténtica de la que se goza fuera de aquellas cuatro paredes de una libertad que no teme ser afectada por faltas dignas de sanción. Sin embargo aquel preso es uno de aquellos que me han traicionado, ofendiendo mi ley de amor. Tal vez ha matado, ha robado; mas ahora me llama. Heme aquí con él. La sociedad lo desprecia, Yo, empero, lo amo. He llamado “amigo” a quien me mataba y me quitaba la vida; bien puedo llamar “amigo” a este infeliz que vuelve a Mí.

Yo soy llama de amor junto a los enfermos. Sus fiebres conocen mis caricias, su sudor mi pañuelo, su debilidad mi brazo que los sostiene, sus congojas conocen mis palabras. Y no obstante muchos están enfermos por haberme traicionado a Mí en la guarda de mis leyes, han servido a la carne. Y la carne, como fiera enloquecida, se ha acabado y los hecha a perder, ahora también en la presente vida. Sin embargo, heme aquí, pues, Yo soy el único que no me canso de sus males y velo junto a ellos, con ellos sufro, sonrío también a sus esperanzas, y, si el Padre lo quiere, las cambio en feliz realidad. Mas, si me percato que hay un decreto de muerte, he aquí, agarro a este hermano mío, que tiembla frente al misterio de la muerte y me llama y le digo: ¡No temas! Lo que te parece obscuridad; es luz, lo que te parece dolor ;es alegría! Dame tu mano; Yo conozco la muerte; la conocí antes de que tú la conocieras. Yo sé que dura un instante, un santiamén y que Dios, con su ayuda sobrenatural acude para entorpecer los órganos y los sentidos y no permite que el alma quede abatida en su postrer lucha. ¡Confía!; Mírame ¡mírame solamente a Mí …He aqui! ¿No te das cuenta?… has pasado ya los umbrales. Ven conmigo hacia el Padre. ¡No temas ni siquiera ahora! ¡Contigo estoy! A quien Yo amo, El Padre lo ama también”.

Estoy en las casas solitarias. .

Antes había voces bullangueras. He pasado aquí la muerte o la miseria, el único sobreviviente está solo. Los amigos se fueron. Los seres queridos están lejos o por motivo de trabajo o porque se murieron. En el cielo brilla El sol… más en el corazón del sobreviviente solitario hay tinieblas. En el aire de la noche hay paz… mas para el que sobrevive no hay descanso. Sin embargo, muchas veces en aquella misma casa me han traicionado, adorando como dioses a otras creaturas han amado como ídolos las creaturas, traicionando mi ley. Mas Yo entro y vengo para poner un rayo de luz en la tiniebla, a infundir paz en donde hay tempestad. Aquel sobreviviente me ha llamado… tal vez muy apesadumbrado… quizás falto de voluntad siquiera de tenerme consigo, sin embargo, Yo allá voy sin tardar.

¡Oh! sólo pido estar con ustedes. Cada recuerdo de error pasado se olvida cuando me invocan: “Oh Jesús!”.

Mas ¡ no me azoten en el Corazón! ¡Abierto y desgarrado ya está! ¡No intoxiquen su herida!…

A quienes han comprendido mi dolor de persona traicionada digo; “¡Uno de ustedes me va a traicionar! ¡Dedme, como bálsamo, su fiel amor! ” Lo digo a todos: a los santos y a los predilectos míos, como Dios; a los pecadores, mis predilectos, como Jesús; porque también los pecadores, para quienes me hice Jesús, pueden curarme esta herida.

¿Son samaritanos? Ya me lo sé. Mas mi parábola cuenta la historia de un samaritano bueno que cura las heridas que no supieron curar los hijos de la Ley, que pasaron adelante, sumidos en la prisa de estar sirviendo a Dios (Lc lo, 29-37). No saben que se sirve a Dios más amando, que con largos rezos. Yo soy el Herido que está muriendo en su calle. Los atracadores me han asaltado y despojado. Los salteadores… quienes indignamente disfrutan de mi sacrificio, de un Dios que se hace carne. Me despojan.., negando, con sus herejías múltiples, mis atributos. Despojan la Verdad, pues, codician aquella vestidura que es esplendorosa; pero no saben que ella resplandece porque se viste con ella quien es el Sol, y, en sus manos, ensuciándola con la baba de su mente orgullosa, se vuelve trapo común… La Verdad de Dios es Verdad que de su luz ilumina cada cosa, cuando se la ve unida a Dios, Apartada de Dios se vuelve idioma de Babel. La Verdad de Dios es ciencia y sabiduría; lejos de Dios Se vuelve un caos…

¡Cúrenme ustedes, aunque sean samaritanos! Denme su aceite y su vino. El aceite del amor, el vino de la contrición de su yo. ¡Cúrenme! No los desprecio. La mujer pecadora que refresca mis pies cansados les diga y les explique cómo Yo no desprecio al pecador (Lc 7, 36-50) No vuelvan a traicionarme jamás… ¡Todo les perdono, si me aman totalmente!.

Denme un beso sincero; mi mejilla está abrasada por el beso de los traidores.

¡Cúrenla con el beso de la fidelidad!…

Tercer cuarto de hora

“Amense los unos a los otros, como Yo los he amado”. (Jn13, 34).

De la cuna hasta la cruz, desde Belén al monte de los Olivos, los he amado.

El frío y la miseria de la primera noche en el mundo, no me han impedido amarlos. Con mi espíritu y, anonadando a Mí mismo, hasta no poder decir Yo el Verbo: “Los amo”, les he dicho aquellas palabras con mi espíritu, inseparable de aquel del Padre y con ello operante en una actividad inexausta.

La agonía de mi última noche en la tierra, no me ha impedido de amarlos; antes bien ha tocado las cimas más encumbradas del amor más aún, ha ardido en el incendio más vivo. Y, como broche de oro, ha consumido todo lo que no era amor hasta escurrir, junto con el asco por el pecado y el dolor por el paterno abandono, la sangre de mis venas.

¿Puede haber amor más grande de quien sabe amar, aunque sepa que lo están odiando? Así Yo les he amado.

El primer gesto de mis manos fue una caricia y el último una bendición. Y en medio de estos dos gestos, nacido el primero en la oscuridad de una noche de invierno, el último en el esplendor de una ardiente mañana de verano; treinta y tres años de gestos de amor, que corresponden a otros tantos impulsos de amor. Amor en los milagros, amor cuando acariciaba a los niños y a los amigos, amor de maestro, amor de bienhechor, amor de amigo, ¡amor, amor, amor!.

Y amor más que humano en la última Cena. Antes que estas mis manos fueran atadas y traspasadas por los clavos, han lavado los pies a los apóstoles y también los pies de aquel a quien hubiera tenido que lavar el corazón, y han partido el pan.

Partiendo aquel pan, Yo partía mi Corazón, les dispensaba mi Corazón. Yo, empero, sabía que pronto regresaría al cielo y no quería dejarlos solos. Sabía cuán fácilmente se olvidan, y quería que los vieran, sentados en un mismo comedor, estando a mi mesa, para decir el uno al otro: ” ¡somos de Jesús!”.

¿Cuál amor más grande puede haber de quien sabe amar a su propio verdugo? Sin embargo Yo los he amado así, y para ustedes he sabido rogar mientras estaba muriéndome.

¡ Amense como Yo los he amado!

El odio apaga la luz. El simple enojo ofusca también la paz. Dios es paz, es luz, porque Dios es amor. Mas, si no aman, y si no aman como Yo los he amado, no podran estar con Dios. Como Yo los he amado; por ende sin orgullo. De este Sagrario, de esta cruz, de este Corazón no salen sino palabras de humildad. Soy Dios y soy su Siervo y estoy aquí aguardando que me digan: “¡Tengo hambre!” para darme a ustedes bajo forma de Pan.

Soy Dios y me expongo a sus miradas sobre un madero que era patíbulo infame, desnudo y maldito. Soy Dios y les ruego que amen mi Corazón. jSe los ruego! Por su amor si, pues, me aman, les aprovecha a ustedes mismos. Yo soy Dios. Con ó sin su amor, Yo soy siempre Dios. No así ustedes. Sin mi amor, nada son: ¡Son polvo.. no más!.

¡Quiero que esten conmigo! Aquí los quiero.

Quiero hacer con su polvo una luz bienaventurada; quiero que no mueran, sino que vivan, pues, Yo soy la Vida… quiero que tengan la vida.

Ámense sin egoísmos. De otro modo sería un amor impuro, destinado a morir por enfermedad. Ámense deseando al otro un bien superior al bien que desean para ustedes mismos. ¡cosa muy difícil, ya me lo sé!.

Miren ese Pan eucarístico. ¡Ese ha engendrado a los mártires !.

Ellos eran creaturas como ustedes: miedosas, débiles, hasta viciosas. ¡Este pan ha engendrado héroes! En el primer punto de esta Hora Santa les he señalado mi Sangre para su purificación. En el tercero, para hacer de ustedes unos santos les indico esta Mesa y este Pan, la Sangre los transforma de pecadores en almas justas; el Pan hace santas a las almas justas. El baño limpia pero no alimenta. Refresca, y vigoriza, pero no se hace carne en la carne. La comida al contrario se vuelve sangre y carne, llega a ser parte integrante de ustedes mismos. Mí comida llega a ser ustedes mismos.

¡Oh! ¡reflexionen! Miren un párvulo. Hoy come su pan y mañana también, y mañana y mañana lo mismo. He aquí, llega a ser un hombre alto, robusto, hermoso. ¿Acaso su madre lo engendró así? ¡No: su madre lo concibió, lo gestó, lo dio a luz, lo alimentó y lo amó, lo amó muchísimo. Pero, si el pequeñín después de la leche, no hubiese tenido sino bonitos, besitos y cariño, hubiera perecido por inanición. Aquel pequeñín se hace hombre por la comida de adulto que se le sirve. Aquel hombre es tal porque diariamente se alimenta.

Lo mismo pasa con su yo espiritual. Alimentado con la comida verdadera que baja del Cielo y que desde el Cielo nos trae todas las energías necesarias para hacerlos crecer en la Gracia. La sana y fuerte virilidad es siempre buena. Miren cuán difícil es ver a alguien de salud enfermosa, por lo mismo se vuelve áspero, sin paciencia ni compasión. Mi Comida los vuelve sanos y fuertes en la virilidad del espíritu y llegaran a los demás por encima de ustedes mismos, así como Yo los he amado.

Miren, hijos queridos, Yo no los he amado como uno ama a si mismo; he llegado al extremo de morir para salvar a ustedes de la muerte. Si aman así, conoceran a Dios.

¿Qué es conocer a Dios? Quiere decir, experimentar el gusto de la verdadera Alegría, de la verdadera Paz, de la verdadera Amistad.

¡Oh, la amistad, la Paz, la Alegría de Dios! Es el premio que dios ha prometido a los bienaventurados. Y eso ya empezó, se da sobre la tierra a quien ama de todo corazón.

El amor para ser legítimo no debe ser de simples palabras; es amor que se demuestra con los hechos, es activo, como Dios que es su fuente; nunca se cansa de actuar ni siquiera cuando recibe decepciones de parte de sus hermanos.

¡Ay de aquel amor que, como avecilla de alas débiles, se cae al suelo herida por haber topado con un obstáculo!

El verdadero amor, aunque sea herido, vuelve a alzar su vuelo. Con las uñas y con el pico se encarama, si no es capaz de volar, para no quedar en la sombra, en el velo, para ponerse al sol que es remedio de todos los males. Y apenas cobra fuerzas, otra vez a volar… Y va desde Dios hacia los hermanos, de éstos a Dios como angelical mariposa, trae el polen de los jardines celestiales para fecundar las flores de la tierra, y trae perfumes arrebatados a las flores más humildes hacia Dios para que los reciba y los bendiga.

Mas j ay de aquel que se aparta del sol!. El Sol es mí Eucaristía; en ella, pues, el Padre bendice, el Espíritu Santo ama; ¡ Yo, el Verbo de Dios, actúo !

Venid y comed. Deseo ardientemente que se alimenten de esta Comida.

Ultimo cuarto de hora

“Si permanecen en Mí, y, si mi doctrina permanece en ustedes, se les dará lo que piden.” (Jn 15,7) Yo bajo a ustedes y me doy en comida; mas, siendo Yo como un Centro, los aspiro. Ustedes se alimentan de Mí, y, con mayor razón, Yo me alimento de ustedes. Las dos hambres son insaciables y seguidas. La vid alimenta sus sarmientos, pero los sarmientos forman la vid. El agua alimenta los mares, y son los mares que alimentan el agua, subiendo en evaporaciones para luego volver a caer. Por eso ustedes tienen que quedar en Mí, como Yo me quedo en ustedes. Apartados de Mí, ustedes moriran, pero Yo no puedo morir.

Yo soy comida para el espíritu y comida para el pensamiento. El espíritu se alimenta de la carne de un Dios.

Esencia derramada por Dios es el alma, la cual no puede tener otro alimento sitio de Aquel que fue su principio. El pensamiento se alimenta de mi Palabra, que es el Pensamiento de Dios.

¡Ay! ¡Sus pensamientos! La inteligencia los hace semejantes a Dios, pues en ella hay memoria, inteligencia y voluntad, lo mismo,. como en el espíritu está la semejanza con Dios, siendo el espíritu, libre e inmortal.

Su pensamiento, siendo capaz de recordar, de entender, de querer lo bueno, tiene que ser alimentado con mi doctrina. Ella les recuerda los beneficios y las obras de Dios, quién es Dios, qué le debemos a Dios. Ella les hace comprender el bien, les hace distinguir el bien del mal. Ella les hace querer el bien.

Sin mi doctrina, se vuelven esclavos de otras que se autodenominan “doctrinas” pero son errores. Como naves sin brújula y sin timón, destinadas a naufragar.

¡Dejen sus rutas! ¿Cómo pueden culpar a Dios, diciendo: “Dios me ha abandonado” siendo que ustedes han abandonado a Dios?

¡Permanezcan en Mí! Si no quieren permanecer en Mí, será que me odian. Y mi Padre odia a quien me odia; el que odia a Mí, está odiando a mi Padre, pues Yo y el Padre somos una sola cosa.

¡Permanezcan en Mil ¡Hagan que el Padre no alcance a distinguir el sarmiento de la vid, formando, éste, un solo conjunto con la vid. Hagan que el Padre no alcance a entender dónde termino Yo y dónde empiezan ustedes, tan perfecta tiene que ser la semejanza, la persona amante acaba por imitar el tono de voz, los modismos y los gestos. Yo quiero que sean como otro Jesús. Y quiero esto, para que puedan recibir lo que piden; fundidos conmigo, no pueden pedir sino cosas buenas – y no tengan repulsas. Y esto lo quiero para que tengan aún más de lo que estan pidiendo; el Padre, pues, derrama, como un continuo flujo de amor, sus tesoros sobre su Hijo. Quien en el Hijo está disfruta de esta infinita efusión que es el amor de Dios que se alegra con su Verbo divino y que circula en El.

Ahora Yo soy el Cuerpo y ustedes los miembros, y por eso la Alegría que me inunda y viene del Padre, el Poder y la Paz y toda otra perfección que circula en Mí, «bosa en ustedes, mis queridos, que son parte de mi Ser, inseparable en ésta y en la otra vida. ¡Vengan! ¡Pidan! No tengan reparos en pedir. Todo lo pueden pedir a Dios, pues, El todo lo puede dar. Pedir por ustedes y por todos. Yo lo he enseñado. Pidan por los presentes y ausentes. Pidan por esta jornada terrena y por su eternidad y por ésta y por la otra de quienes aman.

!Pidan, pidan, pidan! !Por todos!

Por los buenos, para que Dios los bendiga.

Por los malos para que Dios los convierta. Digan conmigo: “¡Padre, perdónalos!” (Lc 23, 34). Pidan: la salud, la paz en el hogar, la paz en el mundo, la paz, para la eternidad. Pidan la santidad. ¡Si! ésta también. Dios es el Santo, es el Padre. Pídanle, junto con la vida que les sigue dando, la santidad por la Fuerza que procede el.

No tengan pena de pedir: el pan de cada día y la bendición diaria. No son simplemente cuerpo, tampoco son puro espíritu. Pidan por éste y por aquél y recibiran. ¡No teman pedir demasiado!

Yo he pedido por ustedes para que tengan mi misma gloria; más aún se las he dado, para que sean semejantes a Nosotros que los amamos y para que el mundo conozca que son hijos de Dios.

¡Vengan! ¡En este Corazón está su Padre!.

¡Entren! para que El los pueda reconocer y decir: ” ¡Que se haga una gran fiesta en los Cielos, porque he hallado a un hijo que amaba!” (Lc 15, 11-32)”.

Oración dictada por Jesús para el Octavario de la fiesta de su REALEZA

Jesús, Rey de Amor, ten piedad de nosotros.

Te queremos amar ayúdanos para que te amemos.

Te reconocemos como Rey verdadero: ayúdanos para que le conozcamos mejor.

Creemos que Tú lo puedes todo: confirma nuestra fe con tu misericordia.

Tú, oh! Rey Universal, ten piedad de este pobre mundo, y también de nosotros que en él vivimos.

Tú, oh! Rey de la paz, al mundo y a nosotros danos tu paz. Tú, oh! Rey del cielo, concédenos llegar a ser tus súbditos.

Tú sabes que lloramos: consuélanos.

Tú sabes que sufrimos: Alívianos,

Tú sabes que carecemos de todo: ayúdanos. Estamos sufriendo por culpa nuestra: pero en Ti confiamos.

Sabemos también que sufrimos menos de lo que hemos merecido sufrir: mas confiamos en Ti.

Sabemos lo que hemos hecho contra Ti; y sabemos también lo que Tú has hecho en nuestro favor.

Sabemos que eres el Salvador: ¡Oh Jesús, sálvanos! Rey nuestro, coronado de espinas, por este tu martirio de amor, seas para nosotros el Amor que socorre.

Abrenos con tus manos llagadas los tesoros de tu Gracia y de las gracias.

Ven a nosotros con tus pies heridos. Santifica la tierra y a nosotros con la Sangre que va goteando de tus llagas, que son las joyas de tu realeza de Redentor.

Con las llamas de tu Corazón abierto por nosotros, abre para el amor nuestros corazones.

Si te amamos, seremos salvados aquí en vida, en la hora de la muerte y del Juicio final. Venga tu Reino, Señor, en la tierra, en el Cielo y en nuestros corazones.

Hora Santa dictada por Jesús a María Valtorta. Rezarla frente al Sagrario y en vuestros hogares.

Comentario del mismo Jesús sobre la Hora Santa.

” Te he dado gusto ” – dice Jesús, “he hablado siempre Yo. He deseado que hablara mi Eucarística Voz. Tengan esta Hora Santa como un regalo mío. Bendiga a t( y a cuantos la escucharán”.

Vuelvo a leer hoy, día 15 de junio de 1944, la Hora Santa. dictada ayer y Jesús me dice: “para quienes se atreven a criticar mis palabras digo que, si no las entienden, que estudien teología. Ellas corresponden a lo que la teología enseña.

Y, con relación a la frase, que seguramente los va a incomodar: ” El espíritu es una esencia derramada por Dios” reflexionen que el alma es “un soplo infundido por Dios” (Gn 2,7). Sin el alma ustedes son ¡simplemente cadáveres!.

Consultar el Génesis que dice: ¡El Señor Dios modeló al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida”. (Gn. 2,7) No me digan: “para darle vida”. ¡No! Para dar vida a los animales domésticos o salvajes, cuadrúpedos, reptiles, peces o aves, no hubo necesidad de “inspirar en sus rostros un aliento de vida”. – Dios los creó y… punto!.

Soplo de Dios es el alma, su alma. Es el soplo del Espíritu de Dios que Se vuelve espíritu de vida en el hombre.

Abran también los Evangelios.

¿En qué modo devolvía Yo la vida a los muertos? ¿Con la mano? ¿Con la voz? ¡No! Infundiendo en ellos mi aliento, que, por ser aliento de Dios, era vital, o sea espiritual, era alma. Me inclinaba sobre los muertos, los tomaba de la mano y les mandaba ” ¡Levántate”! ¡Si! esta era la forma externa y visible. Pero, mientras Yo me inclinaba, soplaba en ellos el espíritu, la efusión de mi espíritu y volvían a la vida.

Y, si en la resurrección de Lázaro, ellos a saber, los que hacen reparos a mis palabras me dicen: “Tú no te arrimaste a Lázaro”, Yo pude contestar: “Por esto mismo, en ese milagro, he invocado la ayuda del Padre y aprendan, oh! hombres, para tenerla con toda seguridad, lo agradecí antes de cumplir el milagro, puesto que El me había escuchado: “Padre, te agradezco por haberme escuchado Yo sé que siempre me escuchas; mas lo manifiesto por el pueblo que me rodea, para que crea que Tú me has enviado”. (Jn 1 1, 1-44) Fe segura, presurosa acción de gracias, agradecimiento anticipado, más aún, prueba de una fe firme. Para Lázaro sepultado, distanciado por el espacio, las vendas y la podredumbre, se necesita la efusión vital de Dios. Así Lázaro vuelve a la vida.

Que abran el Libro Santo: (1R17, 17-24): ¿Cómo el profeta Elías devuelve la vida al hijo de la viuda de Sarepta?.

Tres veces Se echa sobre el cadáver del niño y clama a Dios. El también inspira al muerto el espíritu vital, que Dios devuelve al niño por la oración de Elías, profeta, a saber, siervo de Dios. Elías no era ni Dios, ni Hijo de Dios, tiene que repetir tres veces la oración y la infusión, que es siempre aliento vital, lo que él inspira: aliento espiritual. Y ¿No dice, acaso la Biblia: “No sean semejantes a los animales, cuya vida está en la nariz?” (Encl. 3,21). Para decir que la vida no está en la respiración, sino en lo profundo, en un punto secreto, del cual, empero se difunde en todo el cuerpo y del cual puede derramarse en latidos que suben al Cielo: amor hacia Dios; irradiarse sobre la tierra: caridad hacia el prójimo. Por eso: esencia derramada e infundida por Dios, día se alimenta de la comida de Dios.

En cuanto a la otra frase: “Para ustedes Yo he pedido la misma gloria mía, más aún, se las he dado ya…”, frase que seguramente los incomodará. Que tomen el Evangelio de Juan. Lo abran allá en donde está mi postrera oración antes de padecer la Pasión. (Jn 17). Este pensamiento sería saludable si, cada día, con él, alimentaran su espíritu y lo dieran, como pan partido, a la grey de los “párvulos” que he confiado a ellos. ¡Menos libros y libracos, oh escribas del siglo XXI Pero ésta, ésta oración expliquen, de la cual, cada palabra abre horizontes, manantiales, tesoros de salvación, pues, enseña amor, fe, esperanza, fortaleza, justicia, prudencia y templanza. Y, si no alcanzan a descubrir en dónde quedan estas virtudes en ella, difícilmente aceptarán mi lección que se las enseña.

Es amor la nota fundamental de toda mi oración.

Es fe cuando pido dones celestiales para los hombres.

Es esperanza cuando hablo de aquellos que ni siquiera han nacido, más que van a santificarse porque el Padre los santificará también, después que Yo deje de ser evangelizador entre los hombres.

Es fortaleza porqué Yo, con grandes clamores, presento esta oración mía, que parece un himno triunfal, en aquella misma hora en la cual – ya me lo sé – se programan torturas para mi carne y aparente fracaso de toda Esperanza, fe y amor de parte de Dios y de parte de los hombres y en Dios y en los hombres.

Es justicia cuando Yo pido “que sean ellos una sola cosa con el Padre y conmigo, aquellos que no son hijos de perdición porque no quisieron seguir a Satanás. . ¡ Ay no! El que no quiere perecer, no perece. jNo, no perece! Y para quien no quiere perecer, está reservada la amistad y la unión con Dios, puesto que el Padre y Yo somos justos y juzgamos con justicia, teniendo en cuenta la debilidad de hombre y las circunstancias que aumentan la debilidad.

Y, he aquí, Yo pongo la prudencia en mi oración. No digo: “Ellos quedan santificados por Mí, no se necesita más. Me fío de ellos”. No, antes bien digo: “Santifícalos en la verdad”. Ruego para que esta santificación sea inagotable, para compensar la inagotable y destructora acción de la naturaleza alborotada por Satanás.

Por último es templanza cuando no me atrevo a decir: “Me sacrifico totalmente y quiero la salvación de todos los hombres, sin excepción”. Yo quisiera que fuera así; mas esto será contra la justicia; pues, muchos no merecen la salvación porque viven en alianza con Satanás; entonces Yo pido, con templanza, para quienes se van a santificar por haber creído y vivido según la Palabra que el Padre me ha dado para que Yo se la diese a ellos. A éstos Yo doy la gloria que el Padre me ha dado. “Y la gloria que Tú me diste se la he dado a ellos, para que sean una sola cosa con Nosotros” (Jn 27,22).

He aquí la frase que les parecerá una herejía de mi pequeño Juan; ¡no! Yo lo defiendo, lo estrecho a mi Corazón, lo cerco con mis brazos, a “este pequeño” que me sabe escuchar y comprender porque Me ama. Aquí está su fortaleza. Me ama y por eso los aventaja a ustedes, que son sabios a nivel humano: su ciencia tiene un ala, no más; carecen totalmente de la otra que es la caridad perfecta y ardiente: son sabios, pero no son amorosos, Esta mi pequeña “voz”, como aquella de una avecilla que tiende sus alas, para seguir el vuelo del águila, quisiera seguirla para escuchar su canto y repetirlo a sus compañeritos, tiene mérito, el águila real, empero, no oprime a los pajaritos, antes bien los quiere, como sus amiguitos aún cuando ella esté en esclavitud merece que la vehemente corriente del vuelo real, arrastre su pequeñez, incapaz de alcanzar alturas, las alturas del Paraíso, y que, bajo la protección de sus poderosas alas, el águila la defienda de los villanos y de los pequeños halcones y le permita alimentarse, sobre la roca solitaria, con los mendrugos que ella desmenuza, puesto que el águila ama.

¡Tanto ama esto mi pequeña Voz! Y por eso la he apellidado “Juan” porque, después del Águila divina, ella sea defendida por el águila apostólica y de nosotros aprenda a cantar, y tenga paz a la sombra de nuestro alcázar, calor por el Sol, al cual la arrastramos, comida por lo que le brindamos. ¡Yo la defiendo! ¡Yo con Juan! Y cuando el avecilla no tendrá mas voz y se callará después de la postrera profesión de amor, cuando sus pequeñas alas se recogerán sobre el corazón que tanto habrá latido de amor y sus ojos se cerrarán, no por cansancio de mirar el Sol, su Sol, sino porque el ardor solar la habrá consumido, nosotros la tomaremos y la llevaremos y la posaremos en el regazo de María, a los pies del trono de Dios, para que, volviendo a abrir alas, boca y ojos, j vuele, canta y vea! ¡Vuele al Sol-Dios! ¡Cante al Sol Dios! ¡Vea el Sol-Dios! Esto va para los que “la odian sin razón”, lo mismo como me odiaron a Mí. Para quienes, empero, que me aman y que la aman, digo que regalo a ellos la “HORA SANTA”. La he dictado para muchos, mas la voy a dedicar a quienes la deseaban y a Padre Magliorini. No lo dedico a “mi pequeña voz”. Ella adora seguidamente a su Maestro, que, hora tras hora, le sugiere las adoraciones, estrechándola a su Corazón.

La dedico a Padre Magliorini que es el pedacito de esta pequeña voz, cuyo Padre es Dios.

A Paola: puesto quiero que ahora y siempre ella piense y sienta que tiene un Padre y una Madre en el Cielo y Se quede serena porque la fe en un verdadero amor – y ningún amor es más verdadero que el nuestro – brinda serenidad.

A Marta, porque ella también necesita pensar que no está sola. Tendrá que pensarlo también cuando “la pequeña voz” esté lejos de ella, más activa para ella en mi regazo, Más que ahora.

Les bendigo a todos.”

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