conversion de maria magdalena.

de los escritos de maria valtorta.

No hay ninguna mujer. Todos hablan. El dueño de la casa,
de vez en cuando, con afectada condescendencia y evidente ostentación de
complacencia, se dirige a Jesús (se ve claramente que quiere demostrarle –y
demostrárselo a todos los presentes– que le ha hecho un gran honor invitándole
a su rica casa, a El, un pobre profeta a quien se le considera, incluso, un
poco exaltado)… Veo que Jesús responde con cortesía y sosiego.

A quien le pregunta, le sonríe con su leve sonrisa; pero,
si quien le habla es Juan –o aunque sólo le mire–, entonces su sonrisa es
luminosa.

2 Veo que alguien descorre la
rica cortina que cubre el vano de la puerta. Entra una mujer joven, guapísima,
ricamente vestida, peinada con esmero. Su abundantísima cabellera rubia forma
sobre su cabeza un verdadero ornamento de mechones artísticamente
entrecruzados; tan abundante es y tanto resplandece, que parece como si llevara
un yelmo de oro labrado todo en relieve. Su indumento, si lo comparo con el que
le he visto siempre a la Virgen María, diría que es muy excéntrico y
complicado.

Hebillas en los hombros, joyas para sujetar los frunces
de la parte superior del pecho, cadenitas de oro para delinear el pecho mismo,
cinturón hecho de bullones de oro y gemas. Es un vestido audaz, que hace
resaltar las líneas del bellísimo cuerpo de la mujer. En la cabeza lleva un
velo, tan fino que… no vela nada; es sólo un detalle añadido a sus gracias,
nada más. Calzan sus pies sandalias rojas muy ricas, de piel, con hebillas de
oro, sujetas con lazos a la altura del tobillo.

Todos, menos Jesús, se vuelven a mirarla. Juan la observa
un instante y luego se vuelve hacia Jesús. Los demás fijan su mirada en ella
con visible y maligno deseo. Pero la mujer no los mira en absoluto, ni se
preocupa del murmullo que ha levantado su presencia ni de las señas que hacen
todos, excepto Jesús y el discípulo. Jesús se comporta como si no se hubiera
dado cuenta de nada; sigue hablando hasta terminar la conversación que había
entablado con el dueño de la casa.

La mujer va hacia Jesús, se arrodilla junto a los pies
del Maestro. Deja en el suelo un pequeño recipiente de forma de ánfora de panza
muy marcada, se quita el velo de la cabeza sacando el alfiler precioso que lo
tenía prendido al pelo, se saca de los dedos los anillos, y deposita todo
encima del lecho–asiento, junto a los pies de Jesús; luego toma entre sus manos
los pies, primero el derecho, luego el izquierdo, desata las sandalias y los
posa de nuevo en el suelo; luego, prorrumpiendo en grandes sollozos, besa estos
pies, apoya en ellos su frente, se los acaricia para sí, y las lágrimas caen
como una lluvia, que brilla bajo la llama de la lámpara y que recorre, formando
hilos, la piel de estos pies adorables.

3 Jesús vuelve –casi nada–
lentamente la cabeza, y su mirada azul obscura se deposita un instante sobre la
cabeza vencida. Es una mirada absolutoria. Luego vuelve a la posición de mirar
hacia el centro, mientras deja a la mujer que se desahogue libremente.

Los demás, no; ellos se intercambian comentarios
mordaces, señas, sonrisas malignas. El fariseo se pone un momento en posición
de sentado, para ver mejor; su mirada es entre ávida, preocupada e irónica:
ávida de la mujer (este sentimiento es patente); preocupada por el hecho de que
la mujer haya entrado con tanta libertad, lo cual podría hacer pensar a los
otros que la recibe frecuentemente en su casa; irónica respecto a Jesús…

Pero la mujer no se percata de nada. Llora a mares,
aunque sin gritos; sólo lagrimones y alguno que otro suspiro. Luego se suelta
los cabellos, extrayendo las horquillas de oro que sostenían el complejo
peinado. Deposita también estas horquillas al lado de los anillos y del alfiler
de cabeza. Las madejas de oro se despliegan recorriendo la espalda de la mujer.
Coge sus cabellos con las dos manos, se los lleva al pecho y los pasa por los
pies mojados de Jesús, hasta que los ve secos. Luego mete sus dedos en la
pequeña vasija y saca una pomada levemente amarillenta y olorosísima.

Un perfume entre de azucena y nardo se propaga por toda
la sala. La mujer extrae sin escatimar; extiende, unta, besa, acaricia.

Jesús, de tanto en tanto, la mira lleno de amorosa
piedad. Juan, que se había vuelto sorprendido al oír el estallido de llanto, no
sabe separar la mirada del grupo de Jesús y la mujer y mira alternativamente a
uno y otro. La cara del fariseo tiene una expresión cada vez más desabrida.

4 Oigo aquí las ya conocidas
palabras del Evangelio, las oigo acompañadas de un tono y una mirada que le hacen agachar
la cabeza al viejo resentido.

Oigo las palabras de absolución a la mujer, que se ha
enrollado el velo alrededor de la cabeza, quedando más o menos recogida su
cabellera despeinada, y ahora se marcha dejando a los pies de Jesús sus joyas.
Jesús, al decirle:

«Ve en paz»,

le pone un instante la mano sobre su cabeza inclinada.
Pero lo hace con grandísima dulzura.

«Se perdona mucho a
quien ama mucho»

5 Jesús ahora me dice:

«Lo que le ha hecho bajar la cabeza al fariseo –y también
a sus compañeros–, y que no está escrito en el Evangelio, han sido las palabras
que mi espíritu, a través de mi mirada, ha lanzado y clavado en esa alma yerma
y ávida. He respondido mucho más de lo que está escrito, porque ningún
pensamiento de los hombres me estaba celado. Y él ha entendido mi mudo
lenguaje, más cargado aún de reproche que cuanto lo estaban mis palabras.

Le he dicho: “No. No hagas insinuaciones malvadas para
justificarte ante ti mismo. Yo no tengo tu lujuria. Esta mujer no viene a mí
por atracción sensual. Yo no soy tú, ni soy como tus semejantes. Viene a mi
porque mi mirada y mi palabra, oída por pura coincidencia, le han iluminado el
alma en que la lujuria había creado tinieblas. Y viene porque quiere vencer
sobre la carne y ha comprendido, ¡pobre criatura!, que por sí sola no lo
lograría nunca. Ella ama en mí el espíritu, nada más que el espíritu, que
siente sobrenaturalmente bueno. Después de tanto mal como ha recibido de todos
vosotros, que os habéis aprovechado de su debilidad para vuestros vicios,
correspondiéndole luego con los latigazos de vuestro desprecio, viene a mí
porque percibe que ha encontrado el Bien, la Alegría, la Paz, que inútilmente
ha buscado entre las pompas del mundo. Procúrate la curación de esta lepra tuya
de alma, ¡Oh, fariseo hipócrita!, y recta visión en las cosas; depón la
soberbia de la mente y la lujuria de la carne. Estas son lepras mucho más
fétidas que las de vuestro cuerpo. De estas últimas mi toque os puede curar
porque por ellas me invocáis, pero de la lepra del espíritu no, porque no
queréis liberaros de ella porque os gusta.

Esta mujer, sin embargo, sí quiere. Por eso Yo la limpio,
por eso la libero de las cadenas de su esclavitud. La pecadora ha muerto, ha
quedado allí, en los adornos que ella se avergüenza de ofrecerme para que los
santifique usándolos para atender mis necesidades y las de mis discípulos, para
los pobres a quienes socorro con lo que a otros les es superfluo; porque se da
el caso de que Yo, Dueño del universo, ahora que soy el Salvador del hombre, no
poseo nada. Ella está allí, en el perfume con que ha ungido mis pies,
disminuido –como sus cabellos– en esa parte del cuerpo que tú no te has dignado
refrescar con el agua de tu pozo, después de que he recorrido tanto camino para
venir a traerte también a ti luz. La pecadora ha muerto, y ha renacido María,
que ahora, por su vivo dolor y recto amor, tiene nuevamente la hermosura de una
púdica muchacha. Ella se ha lavado en su llanto. En verdad te digo, fariseo,
que entre éste, que me ama con su juventud pura, y ésta, que me ama con la
sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia, no establezco
diferencia, y que al Puro y a la Arrepentida les confío una misión,
respectivamente: comprender mi pensamiento como nadie y dar a mi Cuerpo los
últimos honores y el primer saludo (no cuento el saludo especial de mi Madre)
cuando resucite”.

Esto es cuanto quería decir con mi mirada al fariseo. 6
Pero a ti te manifiesto otra cosa, para alegría tuya y de muchos.

En Betania[1]16,
María repitió este gesto que signó el alba de su redención. Hay gestos
personales que se repiten, y que denuncian el estilo propio de una persona. Son
gestos inconfundibles. En Betania, de todas formas –y ello era justo– el gesto
fue menos humillante y más confidencial, dentro de su actitud de reverente
adoración. Mucho había caminado María desde aquel amanecer de su redención.
Mucho. El amor, como viento veloz, la había impulsado consigo hacia arriba y
hacia delante; el amor, como una hoguera, la había devorado y había destruido
en ella la carne impura, y había proclamado señor en ella a un espíritu
purificado. María, distinta por su renacida dignidad de mujer, distinta en su
vestido, sencillo como el de mi Madre, y en su peinado; de mirada sencilla, de
actitud sencilla, de palabra sencilla y nueva, ahora me honraba con
el mismo gesto, pero de forma nueva: cogió el último de sus vasos de perfume,
que había reservado para mí; me lo esparció sobre los pies, sin llanto, con
mirada dichosa, por el amor y la seguridad de haber sido perdonada, y también
sobre mi cabeza. Ahora María podía, sí, ungirme y tocarme la cabeza. El
arrepentimiento y el amor la habían purificado con el fuego de los serafines, y
ella misma era un serafín.

7 Dítelo a tí misma, María, mi pequeña “voz”, díselo a las almas. Ve, díselo a las almas que
no se atreven a venir a mi porque se sienten culpables. Mucho, mucho, mucho se
le perdona a quien mucho ama, a quien mucho me ama. ¡No sabéis, pobres almas,
cómo os ama el Salvador! No tengáis miedo de mí. Venid. Con confianza. Con
coraje. Que Yo os abro el Corazón y los brazos.

Recordad siempre esto: “No establezco diferencia entre aquel que me ama con su pureza íntegra
y aquel que me ama en la sincera contrición de un corazón renacido a la
Gracia”. Soy el Salvador. No lo olvidéis nunca.

Ve en paz. Te bendigo».

——————————————————————————–

[1] 16 en el capítulo 586.

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2 comentarios

  1. María José Arias

     /  26 julio, 2012

    Que hermosa conversión de María Magdalena,definitivamente eres el Rey de Reyes Señor de Señores,te amo Jesús.

    Responder
  2. gloria de Dios

     /  12 agosto, 2012

    Mi Rey, mi Dios amado, mi Dulce Jesus, Bendito seas por tu gran Misericordia y Amor hacia nosotras tus criaturas. Estas vivo y sigues perdonando almas igual que a la Santa Maria Magdalena. Te Amo con tu mismo amor en tu Divina Voluntad.

    Responder

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