JESUS NOS TIENE QUE LAVAR.

Hora santa de Jesús Eucaristía

(Dictada por Jesús Sacramentado a María Valtorta)

“Si no te lavare no tendrás parte en mi Reino”.

Alma que amo, y vosotros todos que amo, oídme. Soy Yo quien os habla, porque quiero pasar con vosotros esta hora.

Yo, Jesús, no os alejo de mi altar aunque a él vengáis con el alma maltrecha por plagas y enfermedades, o envuelta en lianas de pasiones que anonadan vuestra libertad espiritual, entregándoos atados en poder de la carne y de su rey: Lucifer.

Yo continúo siendo Jesús, el Rabí de Galilea, aquel a quien los leprosos, los paralíticos, los ciegos, los endemoniados, los epilépticos llamaban a gritos diciendo: “Hijo de David, ten piedad de mí”. Yo continúo siendo Jesús, el Rabí que tiende la mano a quien se ahoga y le dice: “¿Por qué dudas de Mí?”. Yo sigo siendo Jesús, el Rabí que dice a los muertos: “Álzate y vive. Lo quiero. Sal de tu sueño de muerte, de tu sepulcro, y camina” y os devuelvo a quien os ama.

¿Y quién os ama, oh dilectos míos? ¿Quién os ama con amor verdadero, no egoísta, no inconstante? ¿Quién os ama con un amor no interesado ni avaro, sino cuya única meta sea la de daros lo que ha acumulado para vosotros y deciros: “Toma. Todo es tuyo. Todo esto lo he hecho por ti, para que sea tuyo y lo disfrutes”? ¿Quién? El Dios eterno. Y Yo os devuelvo a Él. A Él que os ama.

No os alejo de mi altar. Porque este altar es mi cátedra, es mi trono, es la morada del Médico que cura todo mal. Desde aquí os enseño a tener fe. Desde aquí, Rey de Vida, os doy la Vida. Desde aquí me inclino sobre vuestras enfermedades y las sano con mi soplo de amor.

Y aún hago más, ¡oh hijos! Desciendo de este altar y os salgo al encuentro. Heme aquí que me asomo al umbral de estas casas mías, en las que demasiados pocos son los que entran y menos aún los que entran con fe segura. Heme aquí que, figura de paz, me asomo a vuestros caminos por los que pasáis abatidos, amargados, abrasados por el dolor, por los intereses, por el odio. Heme aquí, que os tiendo las manos, porque os veo vacilar cansados bajo el peso de enormes piedras que os habéis impuesto y que han usurpado el lugar de aquella cruz que había puesto en vuestras manos para que fuera vuestro apoyo, como lo es el cayado para el peregrino. Os digo: “Entra. Descansa. Bebe”, porque os veo exhaustos, sedientos.

Pero vosotros no me veis. Pasáis junto a Mí, me empujáis, a veces por mala voluntad, otras porque vuestra vista espiritual está ofuscada, a veces me miráis. Pero sabéis que estáis sucios y no osáis acercaros a mi candor de Hostia divina. Mas este Candor sabe compadeceros. Conocedme, hombres, que desconfiáis de Mí porque no me conocéis.

Oíd. He querido dejar la Libertad y la Pureza que son la atmósfera del Cielo y descender a vuestra cárcel, con este aire impuro, para ayudaros, porque os amo. Y aún he hecho más: me he privado de mi libertad de Dios y me he hecho esclavo de una carne. El Espíritu de Dios encerrado en una carne, la Infinidad aprisionada por un puñado de músculos y de huesos, sujeta a sentir las voces de esta carne que padece el frío y el sol, el hambre, la sed y el cansancio. Podía ignorarlo todo. He querido conocer las torturas del hombre caído de su trono de inocente para amaros todavía más.

Y aún no me he conformado con esto. He querido –porque para compadecer hay que padecer lo que padece aquel a quien se compadece– he querido sentir el asalto de todos los sentimientos para sentir vuestras luchas, para entender cuán astuta que es la tiranía que Satanás os pone en la sangre, para entender qué fácil es quedarse hipnotizados por la serpiente si tan sólo por un momento se bajan los ojos sobre su mirada fascinadora, olvidando que se vive en la luz. Porque la serpiente no vive en la luz. Va a los escondrijos sombríos que aparecen sosegados y en cambio son engañosos. Para vosotros estas sombras tienen nombre: mujer, dinero, poder, egoísmo, sentido, ambición. Os eclipsan la Luz que es Dios. En medio de ellas está la Serpiente: Satanás. Parece un collar. Es la cuerda para vuestra estrangulación. He querido conocer esto porque os amo.

No me ha bastado aún. A Mí me hubiera bastado. Pero la Justicia del Padre podía decir a su Carne: “Tú has triunfado contra la insidia. Sin embargo, el hombre–carne como Tú no sabe triunfar, que sea castigado por ello porque Yo no puedo perdonar a quien está inmundo”. He tomado sobre Mí vuestros oprobios. Los pasados, los de este momento y los futuros. Todos. Aún más que Job para encubrir sus llagas, estuve sumergido en un estercolero cuando, hundido por el pecado de todo un mundo, no osaba ni tan siquiera alzar los ojos para buscar el Cielo, y gemía sintiendo pesar sobre Mí la cólera del Padre acumulada durante siglos, consciente de las culpas que preveía. Un diluvio de culpas sobre la Tierra, desde su amanecer hasta su noche. Un diluvio de maldiciones sobre el Culpable. Sobre la Hostia del Pecado.

¡Oh hombres! Yo era más inocente que el niño que la madre besa cuando vuelve del bautismo. Y de Mí se horrorizó el Altísimo porque era el Pecado, porque había tomado sobre Mí todo el pecado del mundo. He sudado de repugnancia. He sudado sangre por la repugnancia ante esta lepra en Mí, Yo que era el Inocente. La sangre me ha roto las venas por el asco ante el fétido charco en el que estaba sumergido. Y para completar esta tortura, a este exprimirse la sangre de mi corazón, se ha unido la amargura de estar maldecido, porque en aquel momento no era el Verbo de Dios: era el Hombre. El Hombre. El Culpable.

¿Acaso puedo, Yo que lo he padecido, no comprender vuestro abatimiento y no amaros porque estáis abatidos? Por eso os amo. No tengo más que recordar aquel momento para amaros y llamaros: “¡Hermanos!”. Pero el llamaros así no es suficiente para que el Padre pueda llamaros: “Hijos”. Y Yo quiero que os llame así. ¿Qué hermano sería si no os quisiera conmigo en la Casa paterna?

Entonces, pues, os digo: “Venid, que Yo os lave”. Nadie está tan sumamente sucio que no le limpie mi baño. Nadie es tan puro que no lo necesite. Venid. Esto no es agua. Hay fuentes milagrosas que sanan las llagas y las enfermedades de la carne, pero ésta es más que ésas. Esta fuente mana de mi pecho.

He aquí el Corazón desgarrado del que brota el agua que lava. Mi Sangre es el agua más cristalina que exista en lo creado. En ella se anulan enfermedades e imperfecciones. Y vuelve vuestra alma blanca e íntegra, digna del Reino.

Venid. Dejad que Yo os diga: “¡Yo te absuelvo!”. Abridme vuestro corazón. En él se encuentran las raíces de vuestros males. Dejad que Yo entre. Dejad que Yo desate vuestras vendas. ¿Os repugnan vuestras llagas? Vistas bajo mi luz os aparecen lo que son: hormigueros de gusanos inmundos. No las miréis. Mirad las mías. Dejadme hacer. Tengo la mano ligera. No sentiréis más que una caricia… y todo quedará curado. No sentiréis más que un beso y una lágrima. Y todo quedará limpio.

¡Oh, qué hermosos estaréis entonces alrededor de mi altar! Ángeles entre los ángeles del sagrario. Y mi Corazón tendrá una alegría inmensa. Porque soy el Salvador y no desprecio a nadie. Pero también soy el Cordero que pace entre los lirios, y me complazco cuando estoy circundado de candor porque he tomado la vida y la he dado para haceros cándidos.

¡Oh cómo veo a mi Padre sonreiros y al Amor fulguraros con sus fulgores, porque ya no estáis manchados de pecado!

Venid a la fuente del Salvador. Que mi Sangre descienda sobre el ánimo contrito y una voz, en la que está la mía, diga: “Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

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