PURGATORIO E INFIERNO. DADO A MARIA VALTORTA.

Capítulo II: María Valtorta, mística italiana

Presentación:

Supongamos por un instante que el mundo vive tranquilo, en medio de los placeres y abandonado sin temor a todas las pasiones. Un día viene un filosofo y les dice, hay un infierno, un lugar de tormentos donde van los que no quieren cambiar y siguen obrando mal, un infierno de fuego en donde arderéis perpetuamente, si no cambias de vida. Desde luego nadie le hubiera creído, que venís a predicarnos, le hubieren dicho a ese inventor del infierno, de donde habéis sabido esto que pruebas nos das, no sois más que un profeta de desgracias. Lo repito, no se le hubiera dado crédito alguno.
No se le hubiera creído por que en el hombre corrompido, todo se revela instintivamente contra la idea del infierno. Del mismo modo como todo criminal rechaza tanto como puede, la idea de un castigo como también el hombre culpable rechaza la perspectiva, de aquel fuego vengador, eterno, que ha de castigar tan inexorablemente todas sus faltas.
Sobre todo en una sociedad en que nadie nunca ha escuchado hablar del infierno. No solo no se le hubiera dado crédito al burlado inventor, sino que hubiera sido víctima de la cólera. Si por un imposible se hubieran dado crédito, si por una imposibilidad más evidente todos los pueblos hubiesen creído por la sola palabra del filósofo, se hubiera consignado en la historia, el siglo, el país donde él ha nacido.

A Continuación encontrarás el relato de la mística italiana que se llamaba María Valtorta, a quien nuestro señor Jesucristo le hablo del infierno.

María Valtorta nace en Caserta (Italia) el 14 de Marzo de 1897. Fue enfermera y tras sufrir la agresión de un manifestante quedó paralítica de cintura para abajo lo que le obligó a estar postrada durante los 27 últimos años de su vida. Tuvo revelaciones de Dios quien le contó toda su vida que ella consignó bajo el título de “El Evangelio como me ha sido revelado”.
Muere en Viareggio, a los 64 años, el 12 de Octubre de 1961.

Estoy convencida que este mensaje producirá mucho bien; así he podido experimentarlo personalmente cuando, lo escuche por primera vez, al Sacerdote Carlos Cancelado. Él lo leyó de una forma tal, que me parecía estar en ese mismo lugar. Querido lector, lea lenta y pausada, le recomiendo que no se desvié su atención, porque el enemigo la antigua serpiente, no quiere q se hable de su reino.

1) Pidamos a Nuestro Señor Jesucristo, la gracia del arrepentimiento y de la perseverancia.
2) Veamos con los ojos de la imaginación, un lugar ardiendo, donde el olor es sofocante. Ya nada se puede hacer, una vez que se entro a ese lugar no se sale jamás.

Valoremos la gran misericordia que tuvo Jesús, que nos habla el mismo acerca de este lugar, porque él quiere que el pecador se salve.

Dictado de Jesús a María Valtorta sobre el infierno

15 de enero de 1944.
Dice Jesús:
“Una vez te hice ver al Monstruo de los abismos. Hoy te hablaré de su reino. No puedo tenerte siempre en el paraíso. Recuerda que tú tienes la misión de evocar en los hermanos las verdades que han olvidado demasiado. Pues en este olvido que, en realidad, es desprecio por las verdades eternas, se originan tantos males para los hombres.
Por lo tanto, escribe esta página dolorosa. Luego tendrás consuelo. Es viernes por la noche. Mientras escribes, mira a tu Jesús, que murió en la cruz, entre tormentos tales que pueden compararse a los del infierno, y que quiso esa muerte para salvar a los hombres de la Muerte.
Los hombres de nuestro tiempo ya no creen en la existencia del Infierno. Se han construido un más allá según el propio deseo, de tal modo que sea menos aterrador para su conciencia, merecedora de grandes castigos. Como son discípulos relativamente fieles del Espíritu del Mal, saben que su conciencia retrocedería ante ciertas fechorías, si de verdad creyera en el Infierno tal como lo enseña la Fe; saben que, si cometieran esa fechoría, su conciencia volvería en sí misma y, por el remordimiento, llegaría a arrepentirse, por el miedo llegaría a arrepentirse y, arrepintiéndose, encontraría el camino para volver a Mí.
Su maldad, que les enseña Satanás -del que son siervos o esclavos, según su adhesión a los deseos e instigaciones del Maligno-, no admite estos retrocesos y estos regresos. Por eso, anula la creencia en el Infierno tal como es y construye otro -si es que se decide a hacerlo- que no es más que una pausa para tomar impulso hacia nuevas elevaciones futuras.
E insiste en esta opinión hasta creer sacrílegamente que el mayor pecador de la humanidad puede redimirse y llegar a Mí a través de fases sucesivas. Hablo de Judas, el hijo predilecto de Satanás; el ladrón, tal como está escrito en el Evangelio; el que era concupiscente y ansioso de gloria humana, como Yo le defino; el Iscariote que, por la sed insaciable de la triple concupiscencia, se convirtió en mercante del Hijo de Dios y que me entregó a los verdugos por treinta monedas y la señal de un beso: un valor monetario irrisorio y un valor afectivo infinito.
No; si él fue el sacrílego por excelencia, Yo no lo soy. Si él fue el injusto por excelencia, Yo no lo soy. Si él fue quien con desprecio derramó mi Sangre, Yo no lo soy. Perdonar a Judas sería un sacrilegio hacia mi Divinidad, que traicionó; sería una injusticia hacia todos los demás hombres que, en todo caso, son menos culpables que él y que, aún así, son castigados por sus pecados; sería despreciar mi Sangre y sería, en fin, faltar a mis leyes.
Yo, Dios Uno y Trino, he dicho que lo que está destinado al Infierno, quedará en életernamente, porque de esa muerte no se surge a una nueva resurrección. He dicho que ese fuego es eterno y que acogerá a todos los que cometieron escándalos e iniquidades. Y no creáis que esto dure hasta el momento del fin del mundo. No; al contrario, tras la tremenda reseña, esa morada de llanto y de tormento se hará más despiadada, porque el infernal solaz que aún se concede a sus huéspedes -poder dañar a los vivos y ver precipitar en el abismo a nuevos condenados- ya no será posible y la puerta del abominable reino de Satanás será remachada y clausurada por mis ángeles para siempre, para siempre; será ése un siempre cuyo número de años no tiene número; un siempre tan ilimitado que, si los granillos de arena de todos los océanos de la tierra se convirtieran en años, formarían menos de un día del mismo, de esta inconmensurable eternidad mía, hecha de luz y gloria en las alturas para los benditos; de tinieblas y horror en el abismo para los malditos.
Te he dicho que el Purgatorio es fuego de amor. Y que el Infierno es fuego de rigor.
El Purgatorio es un lugar en el cual expiáis la carencia de amor hacia el Señor Dios vuestro mientras pensáis en Dios, cuya Esencia brilló ante vosotros en el instante del juicio particular y despertó en vosotros un incolmable deseo de poseerla. A través del amor conquistáis el Amor y, por niveles de caridad cada vez más viva, laváis vuestras vestiduras hasta hacerlas cándidas y brillantes para entrar en el reino de la Luz, cuyos fulgores te hice ver días atrás.
El Infierno es un lugar en el cual el pensamiento de Dios, el recuerdo del Dios entrevisto en el juicio particular no es, como para los que están en el Purgatorio, deseo santo, nostalgia dolorida más plena de esperanza, esperanza colma de serena espera, de segura paz, que será perfecta cuando llegue a convertirse en conquista de Dios, pero que ya va dando al espíritu que purga sus faltas una jubilosa actividad purgativa porque cada pena, cada instante de pena, le acerca a Dios, su único amor. En cambio, en el Infierno, el recuerdo de Dios es remordimiento, es resquemor, es tormento, es odio; odio hacia Satanás, odio hacia los hombres, odio hacia sí mismos.
Tras haber adorado en la vida a Satanás en vez que a Mí, ahora que le poseen y ven su verdadero aspecto, que ya no se oculta bajo la hechicera sonrisa de la carne, bajo el brillante refulgir del oro, bajo el poderoso signo de la supremacía, ahora le odian porque es la causa de su tormento.
Tras haber adorado a los hombres -olvidando su dignidad de hijos de Dios- hasta llegar a ser asesinos, ladrones, estafadores, mercantes de inmundicias por ellos, ahora que se encuentran con esos patrones por los que mataron, robaron, estafaron, vendieron el propio honor y el honor de tantas criaturas infelices, débiles, indefensas -que convirtieron en instrumento de la lujuria, un vicio que las bestias no conocen, pues es atributo del hombre envenenado por Satanás-, ahora, les odian porque son la causa de su tormento.
Tras haber adorado a sí mismos otorgando todas las satisfacciones a la carne, a la sangre, a los siete apetitos de su carne y de su sangre y haber pisoteado la Ley de Dios y la ley de la moralidad, ahora se odian porque ven que son la causa de su tormento.
La palabra “Odio” tapiza ese reino inconmensurable; ruge en esas llamas; brama en las risotadas de los demonios; solloza y aúlla en los lamentos de los condenados; suena, suena y suena como una eterna campana que toca a rebato; retumba como un eterno cuerno pregonero de muerte; colma todos los recovecos de esa cárcel; es, por sí misma, tormento porque cada sonido suyo renueva el recuerdo del Amor perdido para siempre, el remordimiento de haber querido perderlo, la desazón de no poder volver a verlo jamás.
Entre esas llamas, el alma muerta, a igual que los cuerpos arrojados a la hoguera o en un horno crematorio, se retuerce y grita como si la animara de nuevo una energía vital y se despierta para comprender su error, y muere y renace a cada instante en medio de atroces sufrimientos, porque el remordimiento la mata con una maldición y la muerte la vuelve a la vida para padecer un nuevo tormento. El delito de haber traicionado a Dios en el tiempo terrenal está integralmente frente al alma en la eternidad; el error de haber rechazado a Dios en el tiempo terrenal está presente integralmente para atormentarla, en la eternidad.
En el fuego, las llamas simulan los espectros de lo que adoraron en la vida terrena, por medio de candentes pinceladas las pasiones se presentan con las más apetitosas apariencias y vociferan, vociferan su memento: “Quisiste el fuego de las pasiones. Experimenta ahora el fuego encendido por Dios, cuyo santo Fuego escarneciste”.
A fuego corresponde fuego. En el Paraíso es fuego de amor perfecto. En el Purgatorio es fuego de amor purificador. En el Infierno es fuego de amor ultrajado. Dado que los electos amaron a la perfección, el Amor se da a ellos en su Perfección. dado que los que están en el Purgatorio amaron débilmente, el Amor se hace llama para llevarles a la Perfección. Dado que los malditos ardieron en todos los fuegos menos que en el Fuego de Dios, el Fuego de la ira de Dios les abrasa por la eternidad. Y en ese fuego hay hielo.
¡Oh, no podéis imaginar lo que es el Infierno! Tomad fuego, llamas, hielo, aguas desbordantes, hambre, sueño, sed, heridas, enfermedades, plagas, muerte, es decir, todo lo que atormenta al hombre en la tierra, haced una única suma y multiplicadla millones de veces.Tendréis sólo una sombra de esa tremenda verdad.
Al calor abrasador se mezcla el hielo sideral. Los condenados ardieron en todos los fuegos humanos y tuvieron únicamente hielo espiritual para con el Señor su Dios. Y el hielo les espera para congelarles una vez que el fuego les haya sazonado como a los pescados puestos a asar en la brasa. Este pasar del ardor que derrite al hielo que condensa es un tormento en el tormento.
¡Oh, no es un lenguaje metafórico, pues Dios puede hacer que las almas, ya bajo el peso de las culpas cometidas, tengan una sensibilidad igual a la de la carne, aún antes de que vuelvan a vestir dicha carne! Vosotros no sabéis y no creéis. Mas en verdad os digo que os convendría más soportar todos los tormentos de mis mártires que una hora de esas torturas infernales.
El tercer tormento será la oscuridad, la oscuridad material y la oscuridad espiritual. ¡Será permanecer para siempre en las tinieblas tras haber visto la luz del paraíso y ser abrazado por la Tiniebla tras haber visto la Luz que es Dios! ¡Será debatirse en ese horror tenebroso en el que solamente se ilumina, por el reflejo del espíritu abrasado, el nombre del pecado que les ha clavado en dicho horror! Será encontrar apoyo, en medio de ese revuelo de espíritus que se odian y se dañan recíprocamente, sólo en la desesperación que les enloquece y cada vez más les hace malditos. Será nutrirse de esa desesperación, apoyarse en ella, matarse con ella. Está dicho: La muerte nutrirá a la muerte. La desesperación es muerte y nutrirá a estos muertos eternamente.
Y os digo que, a pesar de que Yo creé ese lugar, cuando descendí a él para sacar del Limbo a los que esperaban mi venida, sentí horror de ese horror. Lo sentí Yo mismo, Dios; y si no hubiera sido porque lo que ha hecho Dios es inmutable por ser perfecto, habría intentado hacerlo menos atroz, porque Yo soy el Amor y ese lugar horroroso produjo dolor en Mí.
¡Y vosotros queréis ir allí!
¡Oh hijos, reflexionad sobre esto que os digo! A los enfermos se les da una amarga medicina; a los cancerosos se les cauteriza y cercena el mal. Ésta es para vosotros, enfermos y cancerosos, medicina y cauterio de cirujano. No la rechacéis. Usadla para sanaros. La vida no dura estos pocos días terrenos. La vida comienza cuando os parece que termina, y ya no acaba más.
Haced que para vosotros la vida se deslice donde la luz y el júbilo de Dios embellecen la eternidad y no donde Satanás es el eterno Torturador”.

JESUS NOS HABLA DEL PURGATORIO.

17 de octubre

Dice Jesús:
«Quiero explicarte lo que es y en qué consiste el Purgatorio. Y te lo explico Yo de manera que chocará a muchos que se creen depositarios del conocimiento del más allá y no lo son. Las almas sumergidas en aquellas llamas sólo sufren por el amor.
Ellas no son indignas de poseer la Luz, pero tampoco son dignas de entrar inmediatamente en el Reino de la Luz; son investidas por la Luz, al presentarse ante Dios. Es una breve, anticipada beatitud, que les asegura su salvación y les hace conocedoras de lo que será su eternidad y expertas de cuanto cometieron contra su alma, defraudándola de años de bienaventurada posesión de Dios.
Después, sumergidas en el lugar de purgación, son investidas por las llamas expiadoras. En esto aciertan quienes hablan del purgatorio. Pero donde se equivocan es al querer aplicar distintos nombres a esas llamas.
Éstas son incendio de amor. Purifican encendiendo de amor las almas. Dan el Amor porque, cuando el alma ha alcanzado ese amor que no alcanzó en la tierra, es liberada y se une al Amor en el Cielo. Te parece una doctrina distinta de la conocida, ¿verdad? Pero piensa.
¿Qué es lo que Dios Uno y Trino quiere para las almas que ha creado? El Bien.
Quien quiere el Bien para una criatura, ¿qué sentimientos tiene hacia la criatura? Sentimientos de amor.
¿Cuál es el mandamiento primero y segundo, los dos más importantes, de los que he dicho que no los hay mayores y en ellos está la llave para alcanzar la vida eterna? Es el mandamiento del amor: “Ama a Dios con todas tus fuerzas, ama al prójimo como a ti mismo”.
¿Que os he dicho infinidad de veces por mi boca, la de los profetas y los santos? Que la mayor absolución es la Caridad. La Caridad consuma las culpas y las debilidades del hombre, porque quien ama vive en Dios y viviendo en Dios peca poco, y si peca se arrepiente inmediatamente, y el perdón del Altísimo es para quien se arrepiente.
¿A qué faltaron las almas? Al Amor. Si hubieran amado mucho, habrían cometido pocos y leves pecados, unidos a vuestra debilidad e imperfección pero nunca habrían alcanzado la persistencia consciente en la culpa, ni siquiera venial. Habrían visto la forma de no afligir a su Amor y el Amor viendo su buena voluntad, les habría absuelto incluso de los pecado veniales cometidos.
¿Cómo se repara, también en la tierra una culpa? Expiándola y, cuando es posible, a través del medio con el que se ha cometido. Quien ha dañado, restituyendo cuanto quitó con prepotencia.
Quien ha calumniado, retractándose de la calumnia, y así todo.
Ahora, si esto lo requiere la pobre justicia humana, ¿no lo querrá la Justicia santa de Dios? ¿Y qué medio utilizará Dios para obtener reparación? A Sí mismo, o sea al Amor, exigiendo amor.
Este Dios al que habéis ofendido, y que os ama paternalmente, y que quiere unirse con sus criaturas, os lleva a alcanzar esta unión a través de Sí mismo.
Todo gira entorno al Amor, María, excepto para los verdaderos “muertos”: los condenados. Para estos “muertos” también ha muerto el Amor. Pero para los tres reinos – el que tiene el peso de la gravedad: la Tierra; aquél en el que está abolido el peso de la materia pero no el del alma cargada por el pecado: el Purgatorio; y, en fin, aquél cuyos habitantes comparten con el Padre su naturaleza espiritual que les libera de todo peso – el motor es el Amor. Amando sobre la Tierra es como trabajáis para el Cielo. Amando en el Purgatorio es como conquistáis el Cielo que en la vida no habéis sabido merecer. Amando en el Paraíso es como gozáis el Cielo.
Lo único que hace un alma cuando está en el Purgatorio es amar, pensar, arrepentirse a la luz del Amor que esas llamas han encendido para ellas, que ya son Dios, pero que, para su castigo, le esconden a Dios.
Esto es el tormento. El alma recuerda la visión de Dios que tuvo en el juicio particular. Se lleva consigo ese recuerdo y, dado que el haber tan sólo entrevisto a Dios es un gozo que supera todo lo creado, el alma está ansiosa de volver a gustar ese gozo. Ese recuerdo de Dios y ese rayo de luz quele revistió cuando compareció ante Él, hacen que el alma “vea” la importancia que realmente tienen las faltas cometidas contra su Bien, y este “ver”, junto a la idea de que por esas faltas se ha impedido voluntariamente, durante años o siglos, la posesión del Cielo y la unión con Dios, constituye su pena purgante.
El tormento de los purgantes es el amor y la certeza de haber ofendido al Amor. Un alma, cuanto más ha faltado en la vida, tanto más está como cegada por cataratas espirituales que le hacen más difícil conocer y alcanzar ese perfecto arrepentimiento de amor que es el primer coeficiente para su purgación y entrada en el Reino de Dios. Cuanto más un alma lo ha oprimido con la culpa, tanto más pesado y tardío se hace vivir el amor. A medida que se limpia por poder del Amor, se acelera su resurrección al amor y, de consecuencia, su conquista del Amor que se completa en el momento en que, terminada la expiación y alcanzada la perfección del amor, es admitida en la Ciudad de
Dios.
Hay que orar mucho para que estas almas, que sufren para alcanzar la Alegría, sean rápidas en alcanzar el amor perfecto que les absuelve y les une conmigo. Vuestras oraciones, vuestros sufragios, son nuevos aumentos de fuego de amor. Aumentan el ardor. Pero – ¡oh! ¡bienaventurado tormento! – también aumentan la capacidad de amar. Aceleran el proceso de purgación. Alzan las almas sumergidas en ese fuego a grados cada vez más altos. Las llevan a los umbrales de la Luz.
Abren las puertas de la Luz, en fin, e introducen el alma en el Cielo.
A cada una de estas operaciones, provocadas por vuestra caridad hacia quien os precedió en la segunda vida, corresponde la sorpresa de la caridad hacia vosotros. Caridad de Dios que os agradece el que proveáis por sus hijos penantes, caridad de los penantes que os agradecen el que os afanéis por introducirles en el gozo de Dios.
Vuestros seres queridos nunca os amaron tanto como después de la muerte de la tierra, porque su amor ya está impregnado de la Luz de Dios y a esta Luz comprenden cómo les amáis y cómo deberían haberos amado.
Ya no pueden deciros palabras que invoquen perdón y den amor. Pero me las dicen a Mí para vosotros, Yo os traigo estas palabras de vuestros Difuntos que ahora os saben ver y amar como se debe. Os las traigo junto con su petición de amor y su bendición, que ya es válida desde el
Purgatorio porque ya está animada por la inflamada Caridad que les quema y purifica.
Perfectamente válida, además, desde el momento en que, liberados, salgan a vuestro encuentro a los umbrales de la Vida o se reunan con vosotros en ella, si les hubierais precedido en el Reino de Amor.
Fíate de Mí, María. Yo trabajo por ti y por tus seres queridos. Conforta tu espíritu. Vengo para darte la alegría. Confía en Mí».

Dice Jesús: «El secreto del alma que no quiere perder a su Amor, Dios, debe ser ya te hablé de ellos permanecer siempre unida a Dios con las potencias del alma.
Hagáis lo que hagáis, tened el espíritu firme en Mí. De este modo santificaréis todas vuestras
acciones haciéndolas agradables a Dios y sobrenaturalmente útiles para vosotros. Para quien sabe permanecer en Dios todo es oración, porque la unión no es otra cosa que amor, y porque el amor transforma en adoraciones gratas al Señor hasta las acciones más humildes de la vida humana.
En verdad te digo que, entre quien está muchas horas en la iglesia repitiendo palabras con el alma ausente, y quién está en su casa, en su oficina, en su negocio, en su ocupación, amándome a Mí y al prójimo por Mí, permaneciendo unido a Mí, quien reza es el segundo y es a él a quien bendigo, mientras que el primero sólo está cumpliendo un precepto hipócrita que Yo condeno y desecho.
Cuando el alma ha sabido alcanzar esta amorosa ciencia de saber permanecer con sus potencias
firmes en Mí, produce actos continuos de amor. Hasta en el sueño material me ama, porque la carne se adormece y se despierta con mi Nombre y pensando en Mí, y mientras que el cuerpo descansa el alma continúa amando.

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  1. Carta del más allá
    Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo que la llevó al Infierno
    Imprimatur del original alemán: Brief aus dem Jenseits – Treves, 9-11-1953.N.4/53

    Introducción al texto original

    Dios se comunica con los hombres de muchas maneras. Las Sagradas Escrituras se refieren a muchas comunicaciones divinas hechas a través de visiones y aún de sueños. Los sueños, no siempre son sólo sueños.
    La “carta del más allá” que se transcribe seguidamente se refiere a la condenación eterna de una joven. A primera vista parece una historia novelada. Pero considerando las circunstancias se llega a la conclusión de que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su sentido moral y su alcance trascendental.
    El original de esta carta fue encontrado entre los papeles de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada. Allí cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su compañera como si fueran hechos conocidos y verificados, así como su condenación eterna comunicada en un sueño. La Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su publicación como lectura sumamente instructiva.
    La “carta del más allá” apareció por primera vez en un libro de revelaciones y profecías, junto con otras narraciones. Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina católica.
    Entre los manuscritos dejados en su convento por una religiosa, que en el mundo se llamó Clara, se encontró el siguiente testimonio:

    El relato de Clara
    Tuve una amiga, Anita. Es decir, éramos muy próximas por ser vecinas y compañeras de trabajo en la misma oficina M. Más tarde, Ani se casó y no volví a verla. Desde que nos conocimos, había entre nosotras, en el fondo, más amabilidad que propiamente amistad. Por eso, sentí muy poco su ausencia cuando, después de su casamiento, ella fue a vivir al barrio elegante de las villas, lejos del mío.
    Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en septiembre de 1937, recibí una carta de mi madre en la que me decía: “Anita N murió en un accidente automovilístico. La sepultaron ayer en Wald Friendhof”. Me impresioné mucho con la noticia. Sabía que mi amiga no había sido propiamente religiosa. ¿Estaría preparada para presentarse ante Dios? ¿En qué estado la habría encontrado su muerte súbita? Al día siguiente escuché misa, comulgué por la intención de Anita, en la casa del pensionado de las hermanas, donde estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno descanso, y por esta misma intención ofrecí la Santa Comunión.
    Durante todo el día percibí un cierto malestar, que fue aumentando por la tarde. Dormí inquieta. Me desperté de improviso, escuchando algo así como una sacudida en la puerta del cuarto. Encendí la luz. El reloj indicaba las doce y diez minutos. Nada. Tampoco ruidos. Tan solo las olas del Lago de Garda golpeando monótonas contra el muro del jardín del pensionado. No había viento. Yo conservaba la impresión de que al despertar encontraría, además de los golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al que producía mi jefe de la oficina, cuando de mal humor tiraba sobre mi escritorio una carta que lo molestaba. Reflexioné un instante si debía levantarme. ¡No! Todo no es más que sugestión, me dije. Mi fantasía está sobresaltada por la noticia de la muerte. Me di vuelta en la cama, recé algunos Padrenuestros por las ánimas y me dormí de nuevo.
    Soñé entonces que me levantaba de mañana, a las 6, yendo a la capilla. Al abrir la puerta del cuarto, me encontré con una cantidad de hojas de carta. Levantarlas, reconocer la letra de Anita y dar un grito, fue cosa de un segundo. Temblando, las sostuve en mis manos. Confieso que quedé tan aterrorizada que no pude rezar. Apenas respiraba. Nada mejor que huir de allí, salir al aire libre. Me arreglé rápidamente, puse la carta dentro de mi cartera y salí en seguida. Subí por el tortuoso camino, entre olivos, laureles y quintas de la villa, más allá del conocido camino gardesano.
    La mañana aparecía radiante. En los días anteriores, yo me detenía cada cien pasos, maravillada por la vista que ofrecían el lago y la Isla de Garda. El suavísimo azul del agua me refrescaba; como una niña que mira admirada a su abuelo, así contemplaba, extasiada, al ceniciento monte Baldo, que se levanta en la orilla opuesta del lago, hasta los 2.200 metros de altura. Ese día no tenía ojos para todo eso. Después de caminar un cuarto de hora, me dejé caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos cipreses, donde la víspera había leído con placer “La doncella Teresa”. Por primera vez veía en los cipreses el símbolo de la muerte, algo en lo que antes no había pensado.
    Tomé la carta. No tenía firma. Sin la menor duda, estaba escrita por Ani. No faltaba la gran “s”, ni la “t” francesa, a la que se había acostumbrado en la oficina, para irritar al Sr. G. No era su estilo. Por lo menos, no era así como hablaba de costumbre. Lo habitual en ella era la conversación amable, la risa, subrayada por los ojos azules y su graciosa nariz…Sólo cuando discutíamos asuntos religiosos se volvía mordaz y caía en el tono rudo de la carta. Yo misma me siento envuelta por su excitada cadencia. Hela aquí, la Carta del Más Allá de Anita N., palabra por palabra, tal como la leí en el sueño.

    La Carta
    CLARA, NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este aviso – es más, voy a hablarte largamente sobre esto – no creas que lo hago por amistad. Quienes estamos aquí ya no amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la obra “de esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el bien”. En realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre. No te extrañes de mis intenciones. Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran “mal”. Aún cuando pueda hacer algo “bien” (como yo lo hago ahora, abriéndote los ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.
    ¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M. Tenías 23 años y ya trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingresé. Varias veces me sacaste de apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí, principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es “bueno”? Yo ponderaba, en aquel entonces, tu “caridad”. Ridículo… Tus ayudas eran pura ostentación, algo que desde entonces sospechaba.
    Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie. Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas lagunas. De acuerdo con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido. Por un descuido se produjo la desgracia de mi concepción. Mis hermanas tenían 14 y 16 años cuando vine al mundo. ¡Ojalá no hubiera nacido! Ojalá pudiera ahora aniquilarme, huir de estos tormentos! No hay placer comparable al de acabar mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios. Pero es necesario que exista. Es preciso que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.
    Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia. Era mejor así. Mantenían relaciones con personas desvinculadas de la religión. Se conocieron en un baile, y se vieron “obligados” a casarse seis meses después. En la ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a mamá a la misa dominical unas pocas veces al año. Ella nunca me enseñó verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala. Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas. Todo es tormento. Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte en una llama incandescente.
    Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos una gracia. Cómo me atormenta esto! No comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies. Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes, atormentados y llenos de odio. ¿Entiendes? Aquí bebemos el odio como si fuera agua. Nos odiamos unos a otros. Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero que lo comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza. Esto los hace indescriptiblemente felices. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos enfurece. Los hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creación y por la Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a hacerlo.
    El creyente – te lo digo furiosa – que contempla, meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz, terminará por amarlo. Pero el alma a la que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino odiarlo, como nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad. Lo odia eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.
    ¿Comprendes ahora por qué el infierno dura eternamente? Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina. Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, aún con nosotros.

    Digo “contra mi voluntad” porque, aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo que querría. Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos. Debo también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar. Dios fue misericordioso con nosotros porque no permitió que derramáramos sobre la tierra el mal que hubiéramos querido hacer. Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.

    Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a El más de lo que estamos, en este remoto lugar infernal. Eso disminuye el tormento. Cada paso más cerca de Dios me causaría una aflicción mayor que la que te produciría un paso más rumbo a una hoguera.
    Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre pocos días antes de mi comunión: “Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es más que una burla”. Casi me avergüenzo de tu desagrado. Ahora me río. Lo único razonable de toda aquella comedia era que se permitiera comulgar a los niños a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces, bastante poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a un lado las cosas religiosas. No tomé en serio la comunión. La nueva costumbre de permitir a los niños que reciban su primera comunión a los 7 años nos produce furor. Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión. Es necesario que los niños hayan cometido algunos pecados mortales. La blanca Hostia será menos perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor, frutos del bautismo – escupo sobre todo esto – todavía están vivos en el corazón del niño.
    ¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la tierra? Vuelvo a mi padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas veces te lo dije, porque me avergonzaba. Qué cosa ridícula la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo. Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo hacía en el cuarto contiguo, donde podía volver a cualquier hora de la noche. Bebía mucho y se gastó nuestra fortuna. Mis hermanas estaban empleadas, decían que necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar. Durante el último año de su vida, papá la golpeó muchas veces, cuando ella no quería darle dinero. Conmigo, él siempre fue amable. Un día te conté un capricho del que quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de mí? Cuando devolví dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no era bastante moderna.

    En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable. Hoy, sin embargo, debes saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu que me atormenta se acercó a mí. Yo dormía en el cuarto de mamá. Su respiración regular revelaba un sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar mi nombre. Una voz desconocida murmuró: “¿Qué ocurrirá si muere tu padre?”
    Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre. En realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de gracia. No era ése mi caso. “Ciertamente, él no morirá”, le respondí al misterioso interlocutor. Tras una breve pausa, escuché la misma pregunta. “El no va a morir!”, repliqué con brusquedad.

    Por tercera vez, me preguntaron: “Qué ocurrirá si muere tu padre?”. Me representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia: “Bien, es lo que se merece. ¡Que muera!”. Después, todo quedó en silencio.
    A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el cuarto de papá, encontró la puerta cerrada. Al mediodía, la abrieron por la fuerza. Papá, semidesnudo, estaba muerto sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano, debió sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo que estaba enfermo. (¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtención de más tiempo y ocasión de convertirse?).
    Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de jóvenes. Nunca te oculté que consideraba demasiado “parroquiales” las instrucciones de las dos directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante divertidos. Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante. Eso era lo que me gustaba. También me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar algunas veces a confesar y comulgar. Para decir la verdad, no tenía nada para confesar. Los pensamientos y las palabras no significaban nada para mí. Y para acciones más groseras todavía no estaba madura.

    Un día me llamaste la atención: “Ana, si no rezas más, te perderás”. Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad. Sin duda tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron, o rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso decisivo. Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado infaliblemente en sus manos.
    Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto más de tanta rabia. Rezar es lo más fácil que se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación. Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello. Durante los últimos años de mi vida ya no rezaba más, privándome así de las gracias, sin las que nadie se puede salvar.

    Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la recibiéramos, la rechazaríamos con escarnio. Todas las vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta otra vida. En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al pecado. Muchas veces caí por debilidad; pocas, por maldad. Con la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e inalterable. A medida que se avanza en edad, los cambios se hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada, antes del tránsito final, con los últimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta según las costumbres de toda su vida.

    El hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza. Es ésta la que lo arrastra en el momento supremo. Así ocurrió conmigo. Viví años enteros apartada de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme más. Muchas veces me invitaste para que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer aumentar mis dudas interiores? Finalmente, tengo que dejar constancia de lo siguiente: al llegar a este punto crítico, poco antes de salir de la “Asociación de Jóvenes”, me habría sido muy difícil cambiar de rumbo. Me sentía insegura y desdichada. Pero frente a la conversión se levantaba una muralla.

    No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la solución era tan simple, que un día me dijiste: “Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo volverá a ser normal”. Me daba cuenta que sería así. Pero el mundo, el demonio y la carne, me retenían demasiado firme entre sus garras. Nunca creí en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa poderosamente sobre las personas que están en las condiciones en que yo me encontraba entonces. Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco a poco.

    Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están poseídos internamente por el demonio. El demonio no puede arrebatar el libre albedrío de los que se abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su casi total apostasía, Dios permite que el “maligno” se anide en ellos. Yo también odio al demonio. Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el principio de los tiempos. Son millones, vagando por la tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no los perciben. A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.
    Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan aún más sus tormentos. Pero, ¡de qué no es capaz el odio! Aunque andaba por caminos tortuosos, Dios me buscaba.

    Yo preparaba el camino para la gracia, con actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una inclinación de mi temperamento. A veces, Dios me atraía a una Iglesia. Allí, sentía una cierta nostalgia. Cuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad, los atractivos de Dios actuaban poderosamente. Una vez fue en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía. Quedé tan impresionada, que estuve sólo a un paso de mi conversión. Lloraba. Pero, en seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un torrente sobre la gracia. Las espinas ahogaron el trigo. Con la explicación de que la religión es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también esta gracia, como todas las otras.

    En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza. Pensaste que eso lo hacía por pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de creer en la presencia de Cristo en el Sacramento.
    Ahora creo, aunque sólo materialmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas señales y efectos se perciben. En este interín, me había fabricado mi propia religión. Me gustó la opinión generalizada en la oficina, de que después de la muerte el alma volvería a este mundo en otro ser, reencarnándose sucesivamente, sin llegar nunca al fin.
    Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del más allá. Imaginé haberlo hecho inofensivo. ¿Por qué no me recordaste la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, en la que el narrador, Cristo, envió después de la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo? Pero, ¿qué habrías conseguido? No mucho más de lo que conseguiste con todos tus otros discursos beatos. Poco a poco me fui fabricando un dios: con atributos suficientes para ser llamado así. Bastante lejos de mí, como para que no me obligara a tener relaciones con él. Suficientemente confuso, como para poder transformarlo a mi antojo. De este modo, sin cambiar de religión, yo podía imaginarlo como el dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como un dios solitario.
    Este “dios” no tenía Cielo para premiarme, ni infierno para asustarme. Yo lo dejaba en paz. En esto consistía mi culto de adoración. Es fácil creer en lo que agrada. Con el transcurso de los años, estaba bastante persuadida de mi religión. Se vivía bien así, sin molestias. Sólo una cosa podría haber roto mi suficiencia: un dolor profundo y prolongado. Pero este sufrimiento no llegó. ¿Comprendes ahora el significado de “Dios castiga a aquellos que ama”? Durante un domingo de julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un paseo de A. Me gustaban las excursiones, pero no los discursos insípidos y demás beaterías. Otra imagen, muy diferente de la de Nuestra Señora de las Gracias de A., estaba desde hacía poco en el altar de mi corazón. Era el distinguido Max, del almacén de al lado. Ya habíamos conversado entretenidos, varias veces. Justamente ese domingo me invitó a pasear. La otra, con la que acostumbraba a salir, estaba enferma en el hospital.
    El había comprendido que lo miraba mucho. Pero yo no pensaba en casarme todavía. Su posición económica era muy buena, pero también demasiado amable con todas las otras jovencitas. En aquel entonces yo quería un hombre que me perteneciera exclusivamente, como única mujer. Siempre conservé una cierta educación natural. (Eso es verdad. A pesar de su indiferencia religiosa, Ani tenía algo noble en su persona. Me desconcierta que también las personas “honestas” puedan caer en el infierno, si son deshonestas al huir del encuentro con Dios).
    En ese paseo, Max me colmó de amabilidades. Nuestras conversaciones, es claro, no eran sobre la vida de los santos, como las de ustedes. Al día siguiente, en la oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la Asociación. Cuando te conté mi diversión del domingo, tu primera pregunta fue: “¿Escuchaste Misa?”. Tonta! ¿Cómo podríamos ir a Misa si salimos a las 6 de la mañana? Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: “El buen Dios no es tan mezquino como lo son los curas”. Ahora debo confesar que Dios, a pesar de su infinita bondad, considera todo con más seriedad que todos los sacerdotes juntos. Después de este primer paseo con Max, fui solamente una vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad. Algunas cosas me atraían. Pero en mi interior, ya me había separado de todas ustedes.
    Los bailes, el cine, los paseos, continuaban. A veces peleábamos con Max, pero yo sabía cómo retenerlo. Odié mucho a mi rival que, al salir del hospital, se puso furiosa. En realidad, eso me favoreció. La calma distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en Max, que se inclinó definitivamente por mí. Conseguí encontrar la forma de denigrarla.
    Me expresaba con calma: por fuera, realidades objetivas, por dentro, vomitando hiel. Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al infierno. Son diabólicos, en el sentido estricto del término. ¿Por qué te cuento todo esto? Para explicarte que así me aparté definitivamente de Dios. En realidad, Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la familiaridad. Me daba cuenta que me rebajaría a sus ojos si le concedía toda la libertad antes de tiempo. Por eso, supe controlarme. Realmente, yo estaba siempre dispuesta para todo lo que consideraba útil. Tenía que conquistar a Max. Para eso, ningún precio era demasiado alto.

    Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos teníamos valiosas cualidades que podíamos apreciar mutuamente. Yo era habilidosa, eficiente, de trato agradable. Retuve a Max con firmeza y conseguí, al menos durante los últimos meses antes del casamiento, ser la única que lo poseía. En eso consistió mi apostasía, en hacer mi dios con una criatura. En ninguna otra cosa puede realizarse más plenamente la apostasía como en el amor a una persona del otro sexo, cuando ese amor se ahoga en la materia. Esto es su encanto, su aguijón y su veneno. La “adoración” que tenía por Max se convirtió en mi religión. En ese tiempo, en la oficina, yo arremetía virulentamente contra los curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y demás estupideces.

    Trataste de defender con una cierta inteligencia todo lo que yo atacada, aunque quizás sin sospechar que en realidad el problema no estaba en esas cosas. Lo que yo buscaba era un punto de apoyo. Todavía lo necesitaba para justificar racionalmente mi apostasía. Estaba sublevada contra Dios. No te dabas cuenta. Creías que todavía era católica. Por otra parte, yo quería ser llamada así; inclusive pagaba la contribución para el culto. Porque un cierto “reaseguro” nunca viene mal. Es posible que tus respuestas a veces dieran en el blanco. Pero no me alcanzaban, porque no te concedía razón. A raíz de estas relaciones sobre bases falsas, fue pequeño el dolor de nuestra separación, con motivo de mi casamiento.
    Antes de casarme, me confesé y comulgué una vez más. Era una formalidad. Mi marido pensaba igual. Si era una formalidad, ¿por qué no cumplirla? Ustedes dicen que una comunión así es “indigna”. Bien, después de esa comunión “indigna”, logré un cierto sosiego en mi conciencia. Esa comunión fue la última. Nuestra vida conyugal transcurría, en general, en armonía. En casi todos los puntos teníamos la misma opinión. También en esto: no queríamos cargar con hijos. En realidad, mi marido quería tener uno, uno solo, naturalmente. Finalmente conseguí que él renunciara a ese deseo. Lo que más me gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las reuniones mundanas, los paseos en automóvil y otras distracciones. Fue un año de placer el que medió entre mi casamiento y mi muerte repentina.
    Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos a los parientes de mi marido. Me avergonzaba de mi madre. Esos parientes se destacaban en la vida social, igual que nosotros. Pero en mi interior, sin embargo, nunca fui feliz. Había algo indeterminado que me corroía. Mi deseo era que, al llegar la muerte – la que sin duda demoraría mucho todavía – todo acabara.
    Ocurría tal como yo lo había escuchado de niña, durante una plática: Dios recompensa en este mundo toda obra buena que se haga. Si no puede premiarla en la otra vida, lo hace en la tierra. Inesperadamente, recibí una herencia de la tía Lote. Mi marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente aumentados. Así pude instalar, confortablemente, una casa nueva.

    Mi religión estaba muriendo, como un resplandor crepuscular en un firmamento lejano. Los bares de la ciudad, los hoteles y los restaurantes por los que pasábamos en nuestros viajes, no nos acercaban a Dios. Todos los que los frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro, no de dentro hacia afuera. Si durante los viajes de vacaciones visitábamos una célebre catedral, tratábamos de divertirnos con el valor artístico de sus obras primas. Los sentimientos religiosos que irradiaban – especialmente las iglesias medievales – yo los neutralizaba criticando circunstancias accesorias de un hermano lego que nos guiaba, criticaba su negligencia en el aseo, criticaba el comercio de los piadosos monjes que fabricaban y vendían licor, criticaba el eterno repique de campanas llamando a los sagrados oficios, diciendo que el único fin era ganar dinero…

    Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que me llamaba. Especialmente descargaba mi mal humor frente a algunas pinturas de la Edad Media representando al Infierno en libros, cementerios y otros lugares. Allí el demonio asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo, mientras sus compañeros, con largas colas, le traen más víctimas. Clara, el infierno puede ser dibujado, pero nunca exagerado! Siempre me burlaba del fuego del infierno. Acuérdate de una conversación durante la cual te puse un fósforo encendido bajo la nariz, preguntándote: “¿Así huele?”

    Apagaste en seguida la llama. Aquí nadie consigue hacerlo. Te digo más: el fuego del que habla la Biblia no es el tormento de la consciencia. Fuego es fuego! Debe ser interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo: “Apartáos de mí, malditos, id al fuego eterno”. Al pie de la letra! ¿Y cómo puede ser tocado un espíritu por el fuego material? Preguntarás. ¿Y cómo puede sufrir tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama? Tampoco tu alma se quema, mientras tanto el dolor lo sufre todo el individuo. Del mismo modo, nosotros estamos aquí espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de nuestras facultades. Nuestra alma carece de la agilidad que le sería natural; no podemos pensar ni querer lo que querríamos.

    No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir. Nuestro mayor tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios. ¿Cómo puede atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el filo, pero no lo sientes. Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor. Ahora, sentimos la pérdida de Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.
    No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la criatura de que abusó. Los católicos que se condenan sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores gracias. Los que tuvieron mayores conocimientos sufren más duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por maldad sufre más que el que cayó por debilidad. Pero ninguno sufre más de lo que mereció. Oh, si esto no fuera verdad, tendría un motivo para odiar!

    Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habría sido revelado a una santa. Yo me reía, mientras me atrincheraba en esta reflexión: “siendo así, siempre tendré tiempos suficiente para volver atrás”. Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es verdad, no conocía al infierno tal como es. Ningún ser humano lo conoce. Pero estaba perfectamente enterada de algo: “Si mueres, me decía, entrarás en la eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habrá que aguantar las consecuencias”. Como te dije, no volví atrás. Perseveré en la misma dirección, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres actúan cuanto más envejecen.

    Mi muerte ocurrió así: Hace una semana – digo según las cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis dolores, podría estar ardiendo en el infierno desde hace diez años – mi marido y yo salimos en otra excursión dominguera, que fue la última para mí. El día estaba radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces. Sin embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro. Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido contrario, a gran velocidad. Max perdió el control del vehículo. Jesús! Se escapó de mis labios, no como oración sino como grito. Sentí un dolor aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el sentido.

    ¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación, había surgido en mi mente este pensamiento. “Por una vez, podrías ir a Misa”. Era como una súplica. Un “¡no!” claro y decidido cortó el curso de la idea. “Con esas cosas tengo que terminar definitivamente”. Es decir, asumí todas las consecuencias. Ahora las soporto.
    Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos todos los que estamos aquí. Del resto de lo que ocurre en el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives. Desperté de improviso en el momento de mi muerte. Me encontré inundada por una luz ofuscante. Era el mismo sitio donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro, cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena trágicamente iluminada. La escena de mi vida. Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma. Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud hasta el último “no” frente a Dios.

    Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal para ver a la víctima exánime. ¿Arrepentirme? ¡Nunca! ¿Avergonzarme? ¡Jamás!
    Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de Dios, a quien rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga. Así como Caín huyó del cadáver de Abel, así mi alma se proyectó lejos de esta visión de horror.
    Este era el Juicio particular.
    Habló el invisible juez: “APÁRTATE DE MI”. De inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se despeñó al lugar del eterno tormento.

    Epílogo de Clara:

    Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las últimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras. Cuando terminé de leer la última línea, la carta se convirtió en cenizas. ¿Qué es lo que escucho? En medio de los duros términos de las palabras que imaginaba haber leído, resonó el dulce tañido de una campana. Me desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto. La luz matinal entraba por la ventana. Las campanadas de las Avemarías llegaban de la iglesia parroquial. ¿Todo había sido un sueño?
    Nunca había sentido antes en el Angelus tanto consuelo como después de ese sueño. Lentamente, fui rezando las oraciones. Entonces comprendí: la bendita Madre del Señor quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no quieres tener el destino que te contó – aunque fuera en sueños – un alma que jamás verá a Dios. Temblando todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí con prisa y huí a la capilla de la casa. Mi corazón palpitaba con violencia. Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación. Quizás pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.

    Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada, pequeña como una niña, miope, aún fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetración espiritual, me dijo por la tarde en el jardín: “Señorita, Nuestro Señor no quiere ser servido con excitación”. Pero ella advertía que otra cosa me había excitado y aún me preocupaba. Agregó, bondadosamente: “Nada te turbe – conoces el aviso de Santa Teresa – nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”. Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma.

    “Sólo Dios basta”. Sí, El ha de bastarme, en éste o en el otro mundo. Quiero poseerlo allí un día, por más sacrificios que tenga que hacer aquí para vencer. No quiero caer en el infierno.

    Algunas consideraciones finales

    Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta: ¿Cómo puede haber recordado Clara con tal precisión todas las palabras de la carta de la condenada? Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien comienza una obra, puede también concluirla. Si la manifestación de ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido también una asistencia preternatural para escribir con exactitud todas las palabras leídas durante la visión.

    La eternidad de las penas del infierno es un dogma. Seguramente, el más terrible de todos. Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras. Ver San Mateo XXV, 41 y 46; II a los Tesalonicenses, 1, 9; Judith XIII; Apocalipsis XIV, 11 y XX, 10; todos estos textos son irrefutables, en los que la expresión “eterno” no puede interpretarse como “largo o prolongado”. De la conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Allí se encuentra una descripción del infierno y del peligro de caer en él. No es otra la intención de este trabajo. Expresa también nuestra finalidad el siguiente consejo: “Vayamos al infierno mientras estemos vivos, para no caer allí después de la muerte”.

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  2. Oración por los difuntos (dictada por Jesùs a María Valtorta):

    Ruega así por ellos:

    ¡Oh Jesús!, que con tu gloriosa Resurrección nos has mostrado cómo serán eternamente los ‘hijos de Dios’, concede la santa resurrección a nuestros seres …queridos, fallecidos en tu Gracia, y a nosotros, en nuestra hora. Por el sacrificio de tu Sangre, por las lágrimas de María, por los méritos de todos los Santos, abre tu Reino a sus espíritus.

    ¡Oh Madre!, cuya aflicción finalizó con la alborada pascual ante el Resucitado y cuya espera de reunirte con tu Hijo cesó en el gozo de tu gloriosa Asunción, consuela nuestro dolor librando de las penas a quienes amamos hasta más allá de la muerte, y ruega por nosotros que esperamos la hora de volver a encontrar el abrazo de quienes perdimos.

    Mártires y Santos que estáis jubilosos en el Cielo, dirigid una mirada suplicante a Dios, y una fraterna a los difuntos que expían, para rogar al Eterno por ellos y para decirles a ellos: ‘He aquí que la paz se abre para vosotros’.

    Amados, tan queridos, NO PERDIDOS SINO SEPARADOS, que vuestras oraciones sean para nosotros el beso que añoramos, y cuando por nuestros sufragios estaréis libres en el beato Paraíso con los Santos, protegednos amándonos en la Perfección, unidos a nosotros por la invisible, activa, amorosa Comunión de los Santos, anticipo de la perfecta reunión de los ‘benditos’ que nos concederá, además de gozarnos con la visión de Dios, el encontraros como os tuvimos, pero sublimados por la gloria del Cielo”.
    Amen.

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  3. MENSAJE DEL DÍA 4 DE NOVIEMBRE DE 1995, PRIMER SÁBADO DE MES,

    EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

    LA VIRGEN:

    Hija mía, hoy voy a derramar muchas gracias sobre todos los que acudan a este lugar. Los ángeles serán encargados de sellar todas las frentes.

    Quiero, hijos míos, que me saquéis en procesión. Los hombres han olvidado que este lugar también es sagrado. Sacadme en procesión para que los hombres eleven sus plegarias a Dios su Creador. A Dios le gusta que los hombres oren de buena voluntad y que sus oraciones salgan de lo más profundo de sus corazones; le gusta que le pidan, ya lo dice el Evangelio: “pedid y recibiréis”, pedid la lluvia, hijos míos, pues el hombre, por mucho que quiera meterse en los misterios de Dios, nunca podrá alcanzarlos, porque Dios manda la lluvia a la Tierra cuándo quiere y hace crecer las plantas con el sol y el agua. ¿Quién puede llegar al Sol, ni mandar el agua a la Tierra?; por eso os pido que quiero que vuestras oraciones salgan de lo más profundo de vuestro corazón. Los hombres oran, pero muy pobremente; su oración es muy pobre y, a veces, piden, piden pero no dan. Dad un poquito de amor a Dios vuestro Creador.

    EL SEÑOR:

    ¡Cómo huís de Mí, hijos míos, y Yo voy tras de vosotros para enseñaros mi doctrina y vosotros os escondéis y os hacéis los sordos, hijos míos! No os escondáis, hijos míos, si Yo vengo a enseñaros la verdad y a recordaros que la verdad está escrita en el Evangelio y, repito, que los hombres lo mutilan. ¡Ay pastores que mutiláis el Evangelio, y no enseñáis a los hombres las verdades que hay en Él, todas las verdades, hijos míos! No ocultéis al hombre lo que está escrito. ¡Cómo os inventáis un evangelio a vuestro gusto, hijos míos! Os da miedo, muchas veces, de decir las verdades porque os podéis quedar solos en el templo de Dios. ¡Ay, hijos míos, si tenéis muchos que acuden al templo pero no les explicáis las verdades y la doctrina tal como está escrita, malos pastores sois, hijos míos!; muchos sois funcionarios, no sois pastores del rebaño de Cristo; funcionáis en el mundo. ¡Ay almas tan queridas por nuestros Corazones!, ¿cómo no escogéis los buenos frutos de donde salen los frutos, que os da lo mismo que se contagien los buenos y los malos, con tal de que vuestro templo se llene aunque no amen a Dios vuestro Creador? ¡Ay pastores cuando os presentéis ante la divina majestad de Dios! Dios os ha dado muchas gracias y os va a pedir mucha responsabilidad a aquellos que no cumplís la palabra de Dios y no sois valientes para enfrentar.

    AMPARO:

    ¡Ay, Dios mío, estamos igual! ¡Ay, éste tampoco nos quiere! . . . ¡Ay… Ay, Dios mío!…

    EL SEÑOR:

    ¡Qué cobardía, hijos míos! Los que no van contra Mí, están conmigo. ¿Cómo vosotros vais contra ellos? Sólo os gusta coger a aquellos fariseos que gritan mucho pero obran poco. ¡Ay, hijos míos, enseñad la doctrina como Cristo os la enseñó y os la dejó escrita!

    Hijos míos, ¡qué apodo os han puesto más hermoso, el apodo de “los virginianos”! ¡Qué hermosura hijos míos, Virginianos por María, por la Virgen, Madre de todos los hombres!

    ¡Ay aquellos sacerdotes, que no escogéis del árbol bueno los frutos buenos! Si Yo sólo vengo a recordaros que prediquéis el Evangelio como es, ¿por qué tenéis miedo a predicarla tal como es? No engañéis a los hombres, hijos míos, enseñadles a amarse, pero enseñadles a orar y enseñadles el sacrificio y la penitencia; o ¿a qué vine Yo al mundo?; ¿no vine a sacrificarme por los hombres? ¿Cómo ocultáis el sacrificio? Hijos míos, os repito, sólo os quedáis con el Dios-Amor; pero a los hombres no enseñáis el Juez Supremo de vivos y muertos. Hijos míos, y aquéllos que sois fieles a mi doctrina no os acobardéis por nada ni os avergoncéis de vuestra vestidura; sed fuertes, hijos míos, y dad ejemplo a los que no lo hacen.

    Yo pido a los hombres que amen un poco a nuestros Corazones, y vengo a enseñarles las verdades, a enseñarles a amar. Hijos míos, no seáis árboles estériles, sed árboles fértiles; allí donde estéis dad buen fruto, hijos míos. Yo vengo a enseñar el amor, la misericordia hacia los necesitados, pero los hombres viven entre los hombres sin conocerse y sin amarse, sin preocuparse del desvalido ni del que sufre. Hijos míos, tened misericordia de aquéllos que os extienden la mano.

    Mira mi Corazón, hija mía.

    AMPARO:

    Qué amor sale de ese Corazón!; ¡Oh, Dios mío, qué llamaradas de amor!

    EL SEÑOR:

    Hija mía, con un poquito de este amor que Yo doy a los hombres, si los hombres fuesen capaces de darme un poquito de amor y consolarme… pero ¿qué recibo, hija mía?, ingratitudes, desprecios, persecución; pero sería capaz de abrasar a la Humanidad con un poquito de este amor que sale de mi Corazón, hija mía. Yo, hija mía, doy este amor a los hombres, pero los hombres no abren su corazón para que penetre la gracia dentro de él. Hijos míos, ¡qué amor tan inmenso tengo a los hombres y qué poco amor recibo de ellos!

    AMPARO:

    ¡Ay, Señor!, ¡ay, qué Corazón!, ¡ay, de Fuego!… Eres el fuego que abrasa a la Humanidad… Si la Humanidad se dejase abrasar por ese fuego… ¡Ay qué grandeza, Dios mío!… ¡qué Corazón, Dios mío!… ¡Ay… que quema y abrasa! ¡Ay¡

    EL SEÑOR:

    Así es el amor de Dios, hija mía, que abrasa a los hombres, pero los hombres, la mayoría, son bloques de hielo que no dejan derretir el hielo que llevan en su corazón con este volcán de fuego que tengo Yo dentro del mío. Hijos míos, cuántas gracias habéis recibido en este lugar y cuántos las habéis rechazado, hijos míos.

    Mira, hija mía, vas a ver una escena muy dolorosa… (Luz Amparo suspira, profundamente.) … ¿ves estas cinco jóvenes, hija mía?

    AMPARO:

    ¡Ay, sí!, estuve hablando con ellas.

    EL SEÑOR

    Cuatro de ellas perecieron en un accidente, hija mía; rechazaban tus palabras, decían que no existía el infierno. Ellas mismas te van a hablar, hija mía.

    ALMA CONDENADA

    Estamos aquí no por nuestra voluntad, sino por la voluntad de Dios. Si no, nosotros por nuestra voluntad no haríamos nada más que maldecir, pero Dios es el que quiere que venga a deciros que estamos condenadas. ¡Yo que decía que nadie había venido a decir que había infierno, que nadie me lo había dicho, que no lo creía y me reía junto con mis compañeras!; no creía en la existencia del infierno y me reí de todo, de la Iglesia, de los componentes de la Iglesia, de las palabras que tú me decías; acuérdate que te dije: “yo todavía no he visto ese infierno, tendrían que venir y verlo yo con mis propios ojos para creer en él”; pues aquí estoy gritando:

    ¡Estoy en el infierno! Me dejé llevar por los placeres, por mis gustos…

    AMPARO:

    ¡Ay, Dios mío!

    ALMA CONDENADA:

    Y aquí estoy sufriendo. Si no fuera porque Dios ha querido mandarme a decir la existencia de él… hay una barrera entre la Tierra y los Infiernos. Yo rechacé

    a Dios, renuncié a Dios, igual que mis compañeras. Una de ellas no está aquí, pero nosotros estamos aquí para toda la eternidad, maldiciéndonos y maldiciendo. Yo oí a muchos pastores que el infierno no existía, pero ni creía en la misericordia de Dios ni en la existencia del infierno. Yo viví mi vida junto con mis compañeras. Viví los placeres. Viví rodeada de comodidades. Todo lo quería alcanzar. Tenía ansias de vivir, del placer. ¡Maldita hora que no creí en el Evangelio ni en las palabras de Dios! Digo estas palabras porque Dios me hace decirlas, si no, os digo que sólo desearía arrastraros conmi…noso.

    AMPARO:

    …¡Ay, ay, cómo los arrastran, unos a otros!

    ALMA CONDENADA:

    Éste es el deseo de los condenados: arrastrar almas. El demonio lo muestra todo bello como nos lo mostró a nosotros, y caímos en su trampa; y nuestra soberbia, nuestra lujuria…

    AMPARO:

    …¡Ay, ay!, ¡Dios mío, ay Dios mío, tan jóvenes!

    EL SEÑOR:

    Ni juventud, ni vejez, hija mía. El hombre no respeta a Dios.

    AMPARO:

    ¡Ay qué tristeza, todo el que llegue a ese lugar, Dios mío! ¡Ay!, os lo decía, que creyerais en Dios; ¡ay, y os reíais de mis palabras!

    ALMA CONDENADA:

    ¡Pero no tengas compasión de nosotros, porque seguiremos maldiciéndoos y cuántas más palabras hayamos oído de vosotros, más os maldeciremos y nos maldeciremos unos a otros! Que sepáis que no estoy aquí por mi voluntad, que estoy aquí por la voluntad de Dios para gritaros: “¡Estoy en el infierno, estamos en el infierno!” No oréis por nosotros, no queremos oraciones ni plegarias, sólo nuestros labios pronunciarán maldición.

    AMPARO:

    ¡Ay qué tristeza, Dios mío, ay, Dios mío, ay, Dios mío! No permitas Dios mío, que se condenen las almas, Señor… Señor…

    EL SEÑOR:

    Ellas, hija mía, con su libertad se condenan. Yo no las condeno, hija mía. Mira esta otra, también estaba entre ellas. Quedó con una hora de vida, y en esa hora de vida acudió a Dios y recordó el infierno y recordó la misericordia de Dios y pidió perdón a Dios de sus pecados y pedía las gracias que Dios dejó a los hombres para la salvación en la tierra; y mira, hija mía, está en un lugar donde pronto, con vuestras oraciones y sacrificios, saldrá de él. Mira dónde está, hija mía.

    AMPARO:

    ¡Ay, ahí también está sufriendo!

    ALMA PURGANTE:

    Sí, estoy sufriendo, pero ¡gracias, gracias que me acordé de las últimas palabras!… Y aquí estoy esperando que Dios purifique todos mis pecados, pero yo quise recibir esa gracia y pedir perdón a Dios de todos ellos. Yo que había vivido tan mal, pensando en los placeres del mundo, olvidándome de Dios, en la última hora, Dios se apiadó de mi alma, porque yo sentí esa luz divina y me acordé del infierno y pedí perdón a Dios de todos mis pecados, y Dios me los perdonó; pero tengo que purificarlos; pero he visto el rostro de María. ¡Gracias! Orad por mí y orad por todos los que estamos aquí. Sólo os pido oraciones. Yo tengo que pagar mis culpas, Dios es justo y misericordioso. Os suplico oraciones, oraciones… Y, ¡gracias!

    EL SEÑOR:

    ¿Ves, hija mía, como las almas… la que abre sus labios para invocar mi Nombre recibe la gracia y la salvación eterna? Yo vine a derramar mi sangre por toda la Humanidad para la salvación de los hombres, pero muchos de los hombres la pisotean y me rechazan y me desprecian; pero aquéllos que abren sus labios y siento un poquito de amor en su corazón, mi Corazón se derrite por ellos para salvarlos. Por eso, soy misericordioso y soy juez. Y quiero que se hable de mi misericordia y de mi justicia.

    Sacerdotes míos, santos, los que seguís mi Evangelio, y los que sois perseguidos por los que confunden mi doctrina: sed valientes, tenéis una misión muy importante en la tierra; pastores de almas, enseñad como pastor que el pasto está en la Iglesia y que los hombres se salvan si quieren acudir a Ella. El que come mi Cuerpo y bebe mi Sangre tendrá vida eterna, pero hay muchos de vosotros que coméis mi Cuerpo y bebéis mi Sangre sacrílegamente; recibiréis condenación eterna.

    LA VIRGEN:

    Amad a nuestros Corazones y nuestros Corazones os inflamarán, pero dejaos, hijos míos, inflamar por nuestro amor, Yo soy Madre de los pecadores y quiero salvaros a todos. Acudid a este lugar que recibiréis muchas gracias, hijos míos, y amaos unos a otros como Cristo os amó, que dio su vida por vosotros, hijos míos. Mi Corazón Inmaculado reinará en toda La Humanidad. Acudid a Mí, que Yo os llevaré a mi Hijo, hijos míos. Amad mucho a la Iglesia. Amad al Santo Padre. Amad y pedid por los que la componen y por aquellos que se han desviado y más que pastores son asalariados, para que vuelvan al rebaño y no dejen a las ovejas. Las ovejas siempre tienen que tener un pastor para guiarlas a comer donde haya buenos pastos. Hijos míos, dedicaos a vuestro ministerio y no confundáis a las almas. Si no seguís el camino del Evangelio, no confundáis a las almas y salíos de ese camino para no dañar el rebaño. El pastor tiene que dedicarse a su rebaño.

    Pedid, hijos míos, para que los hombres cambien, pues en el mundo no hay paz porque Dios no está en él. ¡Ay, almas que tanto aman nuestros corazones!, no seáis ingratos y volved al camino de Cristo para predicar el Evangelio entero, sin mutilar; así ayudaréis más a las almas. No creáis, hijos míos, que porque tengáis los templos llenos es mejor para vosotros, sino hay que ver el fruto de los que van al templo.

    Pecadores, a todos os pido que por muy graves que sean vuestros pecados, Dios siempre está dispuesto a perdonarles, hijos míos. Acudid a Él. Frecuentad el Sacramento y haced visitas al Santísimo. ¡Qué triste está Cristo en el Sagrario viendo que los hombres lo desprecian y lo rechazan! Yo voy detrás de vosotros, hijos míos, y sois vosotros los que tenéis que venir detrás de Mí; pero como también tengo una gran misericordia, quiero agotarla para salvaros. Sed humildes, hijos míos, y orad y desprendeos de las cosas materiales antes de que vuestro corazón deje de latir; estad muertos antes a las cosas que os apeguen y que sean obstáculo para llegar a Mí. Yo derramaré muchas gracias sobre todos vosotros, hijos míos. Oración, oración, hijos míos, y obras de amor y misericordia pido. Entregaos todos a mis obras.

    Levantad todos los objetos, todos serán bendecidos con bendiciones especiales. También serán bendecidos todos estos lugares y todos estos objetos.

    Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

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  4. EL PURGATORIO

    De acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia, el Purgatorio (Lat., “purgare”, limpiar, purificar) es un lugar o condición de castigo temporal para aquellos que, dejando esta vida en gracia de Dios, no están completamente libres de faltas veniales, o no han pagado completamente a satisfacción sus trasgresiones.

    La creencia de la Iglesia en relación al purgatorio está claramente expresada en el Decreto de Unión, producto del Concilio de Florencia (Mansi, t. XXXI, col. 1031), y en el decreto del Concilio de Trento (Sexx. XXV) que define: ” Donde la IglesiaCatólica, instruida por el Espíritu Santo, ha enseñado en concilios y recientemente en este sínodo ecuménico, (Ses. VI, cap. XXX; Sess. XXII, cap II, III) de las Sagradas Escrituras y la antigua tradición de los Padres, que existe un purgatorio, y que las almas que están allí son ayudadas por los votos de los creyentes, pero principalmente por el aceptable Sacrificio del Altar;

    El santo sínodo impone a los obispos que con diligente esfuerzo tengan en mente la doctrina de los Padres en los concilios en relación al purgatorio enseñado en todas partes y predicado, sostenido y creído por los creyentes” (Denzinger, “Enchiridon”, 83).

    La Iglesia no va más allá en sus definiciones, sino que deben ser consultadas la tradición de los Padres y la escolástica para explicar las enseñanzas de los concilios, y para dejar clara la creencia y las prácticas de los creyentes

    Castigo Temporal

    Ese castigo temporal se debe al pecado, incluso después que el pecado mismo haya sido perdonado por Dios, lo que es claramente la enseñanza de las Escrituras. Sin dudas, Dios sacó al hombre de su primera desobediencia y le dio el poder de gobernar sobre todas las cosas (Sab. 10,2), aunque aún lo condenó a “comer el pan con el sudor de su frente” hasta que vuelva al polvo. Dios perdonó la incredulidad de Moisés y deAarón, pero en castigo los mantuvo lejos de “la tierra prometida” (Num. 20,12). El Señor alejó el pecado de Davidpero la vida del niño fue confiscada porque David hizo que los enemigos de Dios blasfemaran Su Santo Nombre (2 Reyes 12,13-14). Tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, el acto de dar limosna y el ayuno y en general los actos penitentes son los frutos reañes del arrepentimiento (Mt. 3,8; Lc. 17,3; 3,3). Todo el sistema penitencial de la Iglesia da testimonio de la presunción voluntaria de hacer obras penitentes como siempre parte del verdadero arrepentimiento y el Concilio de Trento (Ses. XVI, can XI) nos recuerda la creencia que Dios no siempre remite todo el castigo debido al pecado junto con la culpa. Dios requiere satisfacción y castigará el pecado, y esta doctrina involucra como consecuencia necesaria la creencia que el pecador al fallar en hacer penitencia en esta vida, puede ser castigado en la próxima y así no ser alejado eternamente de Dios.
    Pecados Veniales

    Todos los pecados veniales no son iguales ante Dios, ni tampoco se atreva alguien a afirmar que las faltas diarias de la flaqueza humana serán castigadas con la misma severidad que se otorga a las serias violaciones a la ley de Dios. Por otro lado, quien sea que comparezca ante la presencia de Dios debe estar perfectamente puro porque en el sentido más estricto Sus “ojos son demasiado puros para contemplar el mal” (Hab. 1,13). La Iglesia siempre ha enseñado la doctrina del purgatorio para el pago a través de castigo temporal por los pecados veniales debidos y no arrepentidos al momento de la muerte. Tan profunda era la creencia enraizada en nuestra humanidad común que fue aceptada por los judíos y, al menos en forma solapada por los paganos mucho tiempo antes del advenimiento del cristianismo. (“Aeneid,” VI, 735 sq.; Sófocles, “Antigona,” 450 sq.).

    PRUEBAS

    La doctrina católica del purgatorio supone que algunos mueren con pequeñas faltas de las cuales no hubo verdadero arrepentimiento, y también del hecho que la pena temporal debida al pecado no está completamente pagada en esta vida. Las pruebas de la posición católica, ambas, en las Escrituras y en la Tradición, están atadas también con la práctica de orar por los muertos. Pero ¿ por qué orar por los muertos si no hubiera la creencia en el poder de la oración para proporcionar consuelo a aquellos quienes aún están excluidos de ver aDios?. Esta posición es tan cierta que las oraciones por los muertos y la existencia de un lugar de purgación son mencionadas conjuntamente en los más antiguos pasajes de los Padres, los cuales alegan razones para auxiliar a las almas que ya partieron. Aquellos que se han opuesto a la doctrina del purgatorio han confesado que las oraciones por los muertospodrían ser el argumento sin respuesta si la doctrina moderna del “juicio particular” hubiese sido asumida en los primeros tiempos. Pero, basta con leer los testimonios alegados de más adelante para sentirse seguro que los Padres hablan, con el mismo aliento, de ofrendas a los muertos y de un lugar de purga;

    Y basta con consultar la evidencia encontrada en lascatacumbas para sentirse igualmente seguro que la allí expresada fe cristiana, abraza claramente la creencia en el juicio inmediatamente después de la muerte. Wilpert (“Roma Sotteranea,” I, 441) entonces concluye en el capítulo XXI, “Che tale esaudimento”, etc.,

    “Se ha intercedido por el alma de los amados que han partido y Dios ya escuchado las oraciones, y el alma ha pasado a un lugar de luz y frescura” “Seguramente”, Wilpert agrega, “tal intercesión no tendría lugar si el asunto fuera sobre el juicio final y no sobre el particular”.
    Bastante se ha tratado el tema de la objeción que los antiguos cristianos no tenían un concepto claro del purgatorio y que pensaban que las almas que partían se mantenían en incertidumbre de salvación hasta el último día; y, consecuentemente oraban por aquellos que se habían ido antes, y que pudieran, en el juicio final, escapar incluso los eternos castigos del infierno. Las tradiciones cristianas más antiguas son bien claras en cuanto al juicio particular y, más claramente en relación a la aguda distinción entre purgatorio e infierno. Los pasajes mencionados como referentes al auxilio del infierno no pueden desalinear la evidencia entregada más abajo. (Bellarmino, “De Purgatorio,” lib. II, cap. v).. En relación al famoso caso de Trajano, el cual fue debatido por losDoctores de la Edad Media, ver Belarmino, loc. Cit., cap. Viii.

    Antiguo Testamento

    La tradición de los judíos está clara y precisamente establecida en la II Macabeos. Judas, comandante de las fuerzas de Israel”reuniéndolos…envió doce mil dracmas de plata a Jerusalénpara ofrecer en sacrificio por los pecados de los muertos, pensando bien y religiosamente en relación a la resurrección(porque si él no esperara que aquellos que fueron esclavos pudieran levantarse nuevamente, habría parecido superfluo y vano orar por los muertos). Y, porque consideró que aquellos que se han dormido en Dios tienen gran gracia en ellos. “Es por lo tanto, un pensamiento sagrado y saludable orar por los muertos, que ellos pueden ser librados de los pecados” (2 Mac. 12,43-46). En los tiempos de los Macabeos los líderes del pueblo de Dios no tenían dudas en afirmar la eficiencia de las oraciones ofrecidas por los muertos para que aquellos que habían partido de ésta vida encuentren el perdón por sus pecados y esperanza de resurrección eterna.
    Nuevo Testamento

    Hay varios pasajes en el Nuevo Testamento que apuntan a un proceso de purificación después de la muerte. Es por esto queJesucristo declara (Mt. 12,32) “Y quien hable una palabra contra el Hijo del Hombre, será perdonado: pero aquel que hable una palabra contra el Espíritu Santo, no será perdonado ni en este mundo ni en el que vendrá”. De acuerdo a San Isidoro de Sevilla (Deord. creatur., c. XIV, n. 6) estas palabras prueban que en la próxima vida “algunos pecados serán perdonados y purgados por cierto fuego purificador”. San Agustín también argumenta “algunos pecadores no son perdonados ni en este mundo o en el próximo “que a algunos pecadores no se les perdonarán sus faltas ya sea en este mundo o en el próximo no se podría decir con verdad a no ser que hubieran otros (pecadores) quienes, aunque no se les perdone en esta vida, son perdonados en el mundo por venir.” (De Civ. Dei, XXI, XXIV).. Gregorio el Grande (Dial., IV, XXXIX) hace la misma interpretación; San Beda (comentario sobre este texto); San Bernardo (Sermo LXVI en Cantic., n.11) y otros eminentes teólogos escritores.

    Un nuevo argumento es dado por San Pablo en 1 Cor. 3,11-15: ” Pues nadie puede cambiar la base; ya está puesta, y es Cristo Jesús Sobre este cimiento se puede construir con oro, plata, piedras preciosas, madera, caña o paja. [13] Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. [14] Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. [15] Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego.”

    Dado que este pasaje presenta considerables dificultades, es visto por muchos de los Padres y teólogos como evidencia de la existencia de un estado intermedio en el cual la basura de trasgresiones livianas serán quemadas y de este modo, el alma purificada será salvada.

    Duración y Naturaleza

    Duración
    Las mismas razones que fundamentan la existencia del purgatorio, dan testimonio de su carácter pasajero. Oramos y ofrecemos sacrificios por las almas de allí que “Dios en su misericordia puede perdonar las faltas y recibirlas en el seno de Abraham.” (Const. Apost., P. G., I col. 1144); y Agustín (De Civ. Dei, lib. XXI, cap.XIII y XVI) declara que el castigo del purgatorio es temporal y cesará al menos en el Juicio Final. “Aunque los castigos temporales serán sufridos por algunos solo en esta vida, por otros luego de la muerte y por otros en ambos; pero todos antes del mas estricto y final juicio”.

    Naturaleza del Castigo
    Queda claro en las Escrituras y por los Padres citados más arriba, que las almas de aquellos por cuya paz se ofrece sacrificio, quedan hasta el momento impedidas de la visión de Dios. “No eran tan buenas como para merecer la felicidad eterna”. Aún así, para ellas “la muerte es el término no de la naturaleza, sino del pecado” (Ambrosio, “De obitu Theodos.”); y esta inhabilidad para pecar les asegura su felicidad final. Esta es la posición católica proclamada por León X en la Bula “Exurge Domine” la cual condena los errores de Martín Lutero.

    ¿Están las almas detenidas en el purgatorio conxcientes que su felicidad es aplazada por un tiempo o puede aún estar en duda en relación a su salvación final?. Las antiguas liturgias y las inscripciones en las catacumbas hablan de un “sueño de paz” lo cual sería imposible si hubiera dudas de la salvación final. Algunos de los Doctores de la Edad Mediaplanteaban que la incertidumbre de la salvación es uno de los castigos severos del purgatorio (Bellarmino, “De Purgat.” lib. II, cap. iv); aunque esta opinión no encuentra crédito general entre los teólogos del período medieval, tampoco es posible bajo la luz de la fe un juicio particular. San Buenaventura no da como la razón de la eliminación de este temor y de incertidumbre, la convicción íntima que ya no pueden pecar más (lib. IV, dist. XX, p.1, a.1 q. IV): “Est evacuatio timoris propter confirniationem liberi arbitrii, qua deinceps scit se peccare non posse” (El miedo es echado fuera por lafortaleza de la voluntad por la cual el alma sabe que no puede volver a pecar) y Santo Tomás (dist. XXI, q.I, a.1) que dice: “nisi scirent se esse liberandas suffragia non peterent” (a no ser que hubieran sabido que serían liberados, no pedirían oraciones).

    Mérito
    En la Bula “Exurge Domine” León X condena la proposición (n. 38) “Nec probatum est ullis aut rationibus aut scripturis ipsas esse extra statum merendi aut augendae caritatis” (No hay prueba racional o por las Escrituras que ellas (las almas del purgatorio) no puedan merecer o aumentar en caridad). Para ellas, “la noche ha llegado donde ningún hombre puede trabajar” y la tradición cristiana siempre ha considerado que sólo en esta vida puede trabajar para beneficio de su propia alma. Los Doctores de la Edad Media mientras acordaban que ésta vida es el momento para elmérito y aumento de la gracia, aún algunos con Santo Tomás parecen cuestionar si acaso pudiera haber algún premio no esencial que las almas del purgatorio pudieran merecer (IV, dist. XXI, q. I, a. 3). Belarmino cree que en esta materia, Santo Tomás cambió su opinión y se refiere a una declaración del mismo Santo Tomás (“De Malo”, q. VII, a. 11). Sea cual sea la mente del Doctor Angélico, los teólogos acuerdan que no es posible ningún mérito en el purgatorio y si hay objeciones que las almas logran méritos por las oraciones, Belarmino dice que tales oraciones valen ante Dios por mérito ya adquirido “(Solum impetrant ex meritis praeteritis quomodo nunc sancti orando) pro nobis impetrant licet non merendo” (Valen sólo en virtud de méritos pasados así como aquellos que hoy son santos interceden por nosotros no por mérito sino por oración.) (loc. cit. II, cap. III).

    Fuego del Purgatorio
    Besario, en el Concilio de Florencia argumentó en contra de la existencia de un real fuego del purgatorio, y los griegos estaban seguros que la Iglesia Romana nunca había emitido ningún decreto dogmático sobre tal tema. En Occidente, la creencia en la existencia del fuego real es común. Agustín en Ps.37 n.3, habla del dolor que el fuego del purgatorio produce, como más severo que ninguna cosa puede sufrir un hombre en esta vida, “gravior erit ignis quam quidquid potest homo pati in hac vita” (P. L., col. 397). Gregorio el Grande habla de aquellos que, después de esta vida “expiarán sus faltas con flamas del purgatorio” y agrega “que el dolor será más intolerable que ninguno en esta vida” (Ps.3 Poenit, n. 1). Siguiendo los pasos de Gregorio, Santo Tomás enseña (IV, dist. XXI, q I(, a1) que aparte de la separación del alma de la vista de Dios, hay otro castigo del fuego. “Una poena damni, in quantum scilicet retardantur a divina visione; alia sensus secundum quod ab igne punientur”, y San Buenaventura no solo concuerda con Santo Tomás, sino que agrega (IV, dist. XX, p.1, a.1, q. II) que este castigo con fuego es más severo que ningún castigo que le llegue al hombre en esta vida”;”Gravior est oinni temporali poena. quam modo sustinet anima carni conjuncta”. Los Doctores no saben cómo este fuego afecta a las almas de los que partieron y, en tales materias es bueno reparar las advertencias del Concilio de Trento al ordenar a los obispos “excluir de sus sermones cuestiones difíciles y perspicaces que no tienden a la edificación y de cuya discusión no aumenta ni la piedad ni la devoción” (Sess. XXV, “De Purgatorio”).

    Socorro a los Muertos

    Las Escrituras y los Padres, ordenan oraciones y oblaciones por los que han partido y el Concilio de Trento (Sess. XXV, “De Purgatorio”) en virtud de esta tradición no sólo afirma la existencia del purgatorio sino que agrega “que las almas que están allí detenidas, son ayudadas por los votos de los creyentes y principalmente por el aceptable sacrificio del altar”. La enseñanza cristiana más antigua es que aquellos en la Tierra aún están en comunión con las almas del purgatorio, y que los vivos ayudan a los muertos con sus oraciones y queda claro de la tradición descrita más arriba. Que el Santo Sacrificio era ofrecido por los que han partido fue recibido por la Tradición Católica incluso en los tiempos de Tertuliano y Cipriano, y que las almas de los muertos son ayudadas particularmente “mientras la sagrada víctima yace en el altar” es una expresión de SanCirilo de Jerusalén citada anteriormente. Agustín (Serm. Clxii, n.2) dice que “las oraciones y limosnas del creyente, el Santo Sacrificio del Altar ayuda al creyente que partió y mueve al Señor a manejarlos con misericordia y bondad y, agrega, “Esta es la práctica de la Iglesia universal facilitada por los Padres”. Ya sea que nuestras obras de satisfacción realizados en pro de los muertos los beneficia puramente por la benevolencia y piedad de Dios o ya sea que Dios se obliga en justicia aceptar nuestra expiación sustitutiva, no es una cuestión ya determinada. Suárez piensa que la aceptación es una aceptación de justicia, y afirma la práctica común de la Iglesia que une juntos a los vivos con los muertos sin ningún tipo de discriminación (De poenit., disp. XLVIII, 6, n. 4).

    Indulgencias

    El Concilio de Trento (Sess. XXV) define que las indulgencias son “muy saludables para los cristianos” y que su “uso es para ser mantenida en la Iglesia”. La enseñanza más común de los teólogos católicos es que las indulgencias pueden ser aplicadas a las almas detenidas en el purgatorio; y que las indulgencias están disponibles para ellos “por medio del voto” (per modum suffragii).(1) Agustín (De Civ. Dei, XX, IX) declara que las almas de los creyentes que han partido no están separadas de la Iglesia, la cual es el Reino de Cristo, y por esta razón las oraciones y votos de los vivos son de ayuda para los muertos. “Entonces, si” – argumenta Belarmino (De indulgentiis, XIV) “podemos ofrecer nuestras oraciones y satisfacciones en pro de aquellos detenidos en el purgatorio, porque somos miembros del gran cuerpo de Cristo ¿porqué la Vicaría de Cristo no aplica a las mismas almas la superabundante satisfacción de Cristo y sus santos- de los cuales El es su dispensador?” Esta es la doctrina de Santo Tomás (IV, Sent., dist. Xls, q. II, a.3 q.2) quien afirma que las indulgencias benefician principalmente a la persona que realiza la obra por la cual es dada la indulgencia, y secundariamente puede servir igual para los muertos, si la forma en la cual la indulgencia es otorgada es enunciada como capaz de tal interpretación, y agrega “tampoco hay razón alguna por la que la Iglesia no disponga de sus tesoros de méritos en favor de los muertos, como seguramente dispone en relación a los vivos”. (2) San Buenaventura (IV, Sent., dist. Xx, p.2, q.v) concuerda con Santo Tomás pero agrega que tal “relajación no puede darse bajo la forma de absolución como en el caso de los vivos, sino sólo en la forma de voto (Haec non tenet modum judicii, sed potius suffragii). Esta opinión de San Buenaventura, que la Iglesia a través de su Pastor Supremo no absuelve jurídicamente las almas en el purgatorio del castigo debido a sus pecados, es la enseñanza de los Doctores. Ellos señalan (Gratian, 24 q. II, 2, can.1) que en el caso de aquellos que han partido de esta vida el juicio está reservado a Dios; ellos afirman la autoridad de Gelasio (Ep. ad Fausturn; Ep. ad. Episcopos Dardaniae) en apoyo de su argumento (Graciano ibid), y también insisten que los Pontífices Romanos cuando otorgan indulgencias que son aplicables a los muertos, agregan la restricción “per MODEM suffragii et deprecationis”. Esta frase se encuentra en la Bula de Sixto IV “Romani Pontificis próvida diligentia”, 27 de Nov., 1447. La frase “per modum suffragi et deprecationis” ha sido interpretada de varias maneras (Belarmino, “De Indulgentiis” p. 137). Belarmino mismo dice: “La opinión verdadera es que las indulgenciasvalen como votos, porque ellas valen no para modelar una absolución jurídica ‘quia non prosunt per modum juridicae absolutionis’.” Pero, de acuerdo al mismo autor, el voto de los creyentes vale por momentos “per modum meriti congrui” (por vía del mérito), y en otros momentos, “per modum impetrationis” (por medio de súplica) a veces “per modum satisfactionis” (por medio de satisfacción); pero cuando se trata de aplicar una indulgencia a alguien en el purgatorio sólo es “per modum suffragii satisfactorii” y por esta razón “el Papa no absuelve el alma en purgatorio del castigo debido al pecado, sino que ofrece a Dios lo que sea necesario de sus tesoros para la cancelación de este castigo”. Si la cuestión continuara si tal satisfacción es aceptada por Dios por piedad y benevolencia, o “ex justitia”, los teólogos no están de acuerdo – algunos sostienen una opinión, otros otra. Belarmino luego de examinar ambos lados (pp. 137, 138) no osa establecer “ninguna opinión sino que se inclina a pensar que los primeros son más razonables mientras que se pronuncia que los últimos están mas en armonía con la misericordia (“admodum pia”).

    Condición
    Para que una indulgencia pueda beneficiar a aquellos en el purgatorio, se requieren varias condiciones:

    La indulgencia debe ser otorgada por el Papa.
    Debe haber suficiente razón para otorgarla, la indulgencia y su razón deben incumbir a la gloria de Dios y utilidad de la Iglesia, no solamente para ser más útiles para las almas del purgatorio.
    La obra pía ordenada debe ser como en el caso de las indulgencias para los vivos.
    Si el estado de gracia no es una condición requerida, con toda probabilidad la persona que desempeña la obra puede ganar la indulgencia para los muertos, incluso si el mismo no esté en amistad con Dios (Belarmino, loc. Cit., p.139). Suárez (De Poenit., disp. HI, s.4, n.5 y 6) establece esto categóricamente cuando dice: “Status gratiae solum requiritur ad tollendum obicem indulgentiae” (el estado de gracia es solo requerido para remover algún estorbo a la indulgencia), y en el caso de las almas sagradas, no puede haber impedimento. Esta enseñanza deslinda con la doctrina de laComunión de los Santos y los monumentos de las catacumbas representan los santos y mártires como intercesores con Dios por los muertos. También las oraciones de las antiguas liturgias hablan de María y los santos intercediendo por aquellos que se han ido de esta vida. Agustín cree que el entierro en una basílica dedicada a un sagrado mártir es de valor para un muerto, porque aquellos que recuerdan su memoria que ha sufrido recomendará a las oraciones del mártir el alma de aquel que ha dejado esta vida (Belarmino, lib. II, xv) En el mismo lugar, Belarmino acusa a Domingo A. Soto de imprudencia porque niega esta doctrina.

    +++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
    EN EL CORAZON DE MAMITA MARIA LA BENDICION DE DIOS TODOPODEROSO PADRE+ HIJO+ Y ESPIRITU SANTO+ DESCIENDAN SOBRE USTED Y LOS SUYOS HOY Y SIEMPRE HASTA LA ETERNIDAD. AMEN. AMEN. AMEN.

    http://revelacionesdediosymaria.lacoctelera.net/post/2012/06/04/el-purgatorio

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  5. Si asi es cuando en realidad!!! Se comienza y se desea Amar A Nuestro Señor Jesucristo y mas cuando se le Invoca en El Santísimo Nombre. De { YO SOY AMOR }CON ESTE NOMBRE ME INVOCARAS Y. { YO. } TE RESPONDERE EN LA ANGUSTIA CONTIGO ESTARE TE LIBRARE TE PROTEGERE SACIARTE HE!! DE LARGA VIDA Y MOSTRARTE HABRE TODO MI BIEN!! MI AMOR SI cumple su promesa! Nada mas basta que quieras estar unido en Amor con El y El con Amor perfecto te muestra el camino que deberás seguir porque El Dice { YO SOY EL CAMINO LA VERDAD Y LA VIDA!!! ___

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  6. Lucifer, este ángel caído, era en el Cielo el más bello de los ángeles
    Posted on 14 julio, 2011 by pajares95
    María: Las almas en el infierno conocen tormentos tan horrorosos que ningún ser
    humano puede imaginárselos. Los dolores que Satanás les hace sufrir son tan crueles, tan impensables que sobrepasan muchísimo lo que el hombre puede imaginarse como torturas. ¿Pueden ustedes imaginarse el odio que Satanás tiene contra
    sus almas? Él que fue lanzado fuera del Reino de Dios no tiene mas acceso al Cielo
    y, ustedes que tienen el pecado original en su interior desde su nacimiento, tienen
    derecho al Cielo porque la Sangre Preciosa de mi Hijo los ha purificado. Su rabia
    contra esta purificación es tan fuerte que fulmina contra ustedes. Lucifer, este ángel
    caído, era en el Cielo el más bello de los ángeles; él habría podido inclinarse para
    adorar al Hijo de Dios hecho hombre, pero cuando supo que el Hijo de Dios debía
    nacer de una humana, su rebeldía fue inequívoca; y ustedes, ¡ustedes son humanos!
    Desde ese momento, él fue precipitado al infierno, desde entonces él no puede ir
    hacia Dios Padre, el Esplendor de sus días. Sí, él vio el Esplendor ante sí mismo,
    ¿creen que lo puede olvidar? A causa del Hijo del hombre, él no puede nunca más
    contemplar la Majestad de Dios Padre que le daba tanta felicidad, el Altísimo, que
    había hecho de él uno de los ángeles más bellos. Dios Hijo vino a la tierra tomando
    cuerpo humano para salvarles de sus garras; pero si su alma va al infierno, ¿creen
    que él la va a dejar que muera tranquilamente hasta que este muerta eternamente?
    ¡Ah mis hijos, si ustedes vieran todas las torturas que Satanás ha inventado para
    hacerla sufrir, ustedes con su voluntad humana, morirían de solo escucharlas.
    Mis hijitos, si ustedes han descuidado sus gracias, corríjanse rápido, es su Mamá de
    amor que se los pide con mucha insistencia. Yo se los suplico, escúchenme, ¡es
    urgente! Les recuerdo de cuidar su casa que está bajo su propia responsabilidad.
    ¡Los amo tanto! No sean descuidados. Hijos míos, recen para tener la fuerza de
    cerrar la puerta al intruso, ¡él es tan astuto! ¡Tengan cuidado, él los hechiza! Mamá
    María les pide hacer oración, de ir a confesarse y a la misa; hagan penitencia
    haciendo actos de humildad y hagan sacrificios privándose de cosas inútiles que les
    perjudican, ustedes verán que su casa estará cerrada para este ladrón de gracias. Yo
    los amo. Alaben a mi Hijo y se encontrarán en sus gracias.

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  7. Dios quiera que escarmentemos con esto y vivir mas espiritualmente, no solo hacer oracion, sino haciendo caridad y evangelizando tambien! Padre,Hhijo, Espiritu Santo y Mamita Maria Stma, nunca se separen de nosotros y mis seres queridos, amen, Jesus, Amen!

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  8. Una Visita del Purgatorio -Convento de las Terciarias Franciscanas, Foligno, Italia Purgatorio

    El día 4 de noviembre de 1859 murió de apoplejía fulminante, en el convento de Terciarias Franciscanas de Foligno, una buena hermana llamada Teresa Margarita Gesta, que era hace muchos años maestra de las novicias y a la vez encargada de la pobre ropería del monasterio. Había nacido en Córcega, en Bastia, en 1797 y había entrado en el monasterio en febrero de 1826.

    Doce días después de la muerte de sor Teresa, el 17 de noviembre, la hermana Ana Felicia, que la había ayudado en su empleo y que la reemplazó después de su muerte, iba a entrar en la ropería, cuando oye gemidos que parecían salir del interior del aposento. Algo azorada, se apresuró a abrir la puerta: no había nadie. Mas dejándose oír nuevos gemidos acentuados, ella, a pesar de su ordinario valor, sintió miedo.

    “¡Jesús, María!; -exclamó – ¿qué es esto?”.

    Aún no había concluido, cuando oyó una voz lastimera, acompañada de este doloroso suspiro:

    “¡Oh, Dios mío! ¡cuánto sufro! Oh Dios! que peno tanto!”.

    La hermana, estupefacta, reconoció pronto la voz de la pobre sor Teresa. Se repone como puede, y le pregunta:

    “¿Y por qué?”

    “A causa de la pobreza”, responde sor Teresa.

    “¡Cómo!… – replica la hermana – ¡vos que erais tan pobre!”

    “No es por mí misma, sino por las hermanas, a quienes he dejado demasiada libertad en este punto. Y tú ten cuidado de ti misma”.

    Y al mismo instante la sala se llenó de un espeso humo, y la sombra de sor Teresa apareció dirigiéndose hacia la puerta, deslizándose a lo largo de la pared. Llegando cerca de la puerta, exclamó con fuerza:

    “He aquí un testimonio de la misericordia de Dios”.

    Y diciendo esto tocó el tablero superior de la puerta, dejando perfectamente estampada en la madera calcinada su mano derecha, y desapareciendo en seguida.

    La pobre sor Ana Felicia se había quedado casi muerta de miedo. Se puso a gritar y pedir auxilio. Llega una de sus compañeras, luego otra y después toda la Comunidad; la rodean y se admiran todas de percibir un olor a madera quemada. Buscan, miran y observan en la puerta la terrible marca, reconociendo pronto la forma de la mano de sor Teresa, que era notablemente pequeña. Espantadas, huyen, corren al coro, se ponen en oración, y olvidando las necesidades de su cuerpo, se pasan toda la noche orando, sollozando y haciendo penitencia por la pobre difunta, y comulgando todas por ella al día siguiente.

    Huella de la mano de la hna.Teresa M. Gesta, en su visita desde el purgatorio. Foligno, Italia. Imagen cortesía de los Frailes Franciscanos Recoletos de la Cruz, con permiso

    Espárcese por fuera la noticia; los Religiosos Menores, los buenos sacerdotes amigos del monasterio y todas las comunidades de la población unen sus oraciones y súplicas a las de las Franciscanas. Este rasgo de caridad tenía algo de sobrenatural y de todo punto insólito.

    Sin embargo, la hermana Ana Felicia, aun no repuesta de tantas emociones, recibió la orden formal de ir a descansar. Obedece, decidida a hacer desaparecer a toda costa en la mañana siguiente la marca carbonizada que había causado el espanto de todo Foligno. Mas, he aquí que sor Teresa Margarita se le aparece de nuevo.

    “Sé lo que quieres hacer; -le dice con severidad -; quieres borrar la señal que he dejado impresa. Sabe que no está en tu mano hacerlo, siendo ordenado por Dios este prodigio para enseñanza y enmienda de todos. Por su justo y tremendo juicio he sido condenada a sufrir durante cuarenta años las espantosas llamas del purgatorio, a causa de las debilidades que he tenido a menudo con algunas de nuestras hermanas. Te agradezco a ti y a tus compañeras tantas oraciones, que en su bondad el Señor se ha dignado aplicar exclusivamente a mi pobre alma; y en particular los siete salmos penitenciales, que me han sido de un gran alivio”.

    Después, con apacible rostro, añadió:

    “¡Oh, dichosa pobreza, que proporciona tan gran alegría a todos los que verdaderamente la observan!”.

    Y desapareció.

    Por fin, al siguiente día, 19, sor Ana Felicia, habiéndose acostado y dormido, a la hora acostumbrada, oye que la llaman de nuevo por su nombre, despiértase sobresaltada, y queda clavada en su postura sin poder articular una palabra. Esta vez reconoció también la voz de sor Teresa, y al mismo instante se le apareció un globo de luz muy resplandeciente al pie de su cama, iluminando la celda como en pleno día, y oyó que sor Teresa con voz alegre y de triunfo, decía estas palabras:

    “Fallecí un viernes, día de la Pasión y otro viernes me voy a la Gloria… ¡Llevad con, fortaleza la cruz!… ¡Sufrid con valor!”.

    Y añadió con dulzura: “¡Adiós! ¡adiós! ¡adiós!…

    Se transfigura en una nube ligera, blanca, deslumbrante, y volando al cielo desaparece.

    Abrióse en seguida una información canónica por el obispo de Foligno y los magistrados de la población. El 23 de noviembre, en presencia de un gran número de testigos, se abrió la tumba de sor Teresa Margarita, y la marca calcinada de la pared se halló exactamente conforme a la mano de la difunta.

    El resultado de la información fue un juicio oficial que consignaba la certeza y la autenticidad de lo que acabamos de referir. En el convento se conserva con veneración la puerta con la señal calcinada. La Madre abadesa, testigo del hecho, se ha dignado enseñármela (dice Mons. de Ségur), y mis compañeros de peregrinación y yo hemos visto y tocado la madera que atestigua de modo tan temible que las almas que, ya sea temporal, ya sea eternamente, sufren en la otra vida la pena del fuego, están compenetradas y quemadas por el fuego.

    Cuando, por motivos que sólo Dios conoce, les es dado aparecer en este mundo, lo que ellas tocan lleva la señal del fuego que les atormenta; parece que el fuego y ellas no forman más que uno; es como el carbón cuando está encendido.

    *** *** ***

    En medio de la crisis que hunde al mundo moderno en un rebrotar inmenso del paganismo, con todas sus secuelas de brutalidad y salvajismo, la fe, debilitada y languideciente, en las Verdades reveladas, nos presenta el espectáculo de personas tan preocupadas, hasta el traumatismo psicológico, por la “suerte” de

    las especies animales y aún las vegetales, que despliegan esfuerzos y queman energías en campañas medioambientales, mientras abandonan, sin la más mínima consideración, a sus seres queridos, (padres, hermanos, esposos o amigos) a sufrimientos atroces sin hacer nada por ellos, pudiendo haberles ayudado inmensamente si aún tuvieran algo de fe. Santo Tomás enseña que el dolor más grande en la tierra es menor que el más pequeño en el Purgatorio.

    Pero lo peor de esta situación, y lo más doloroso, es constatar que este olvido de las almas de nuestros seres queridos ha sido causado, en gran medida, por la negligencia o la traición de hombres de Iglesia que no creen, o parecen no creer más el la realidad del Purgatorio, volcando sus esfuerzos “pastorales”, casi exclusivamente, en los pleitos políticos contingentes, y curiosamente con el mismo fuerte cariz ideológico que alimenta dichas campañas medioambientales.

    Por nuestra parte encomendemos a dichas almas abandonadas a su suerte que constituyen la parte de la Iglesia purgante cuyas oraciones, a su vez, a favor nuestro no dejan de favorecernos, hagamos celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, aprovechemos para ganar las indulgencias del jubileo para aplicarlas a nuestros seres queridos o a quienes quizás por culpa nuestra sufren en el Purgatorio. Cumplamos este deber ya sea en justicia o caridad; Un día, con seguridad, seremos nosotros los necesitados del auxilio que nos puedan prestar las almas fieles pertenecientes, en ese entonces, a la Iglesia militante.

    Muchos al leer estas cosas las desprecian como puros cuentos. No quieren reconocer que la realidad del purgatorio que es enseñanza del magisterio y ha sido confirmada por numerosos testimonios. Pero el Señor no deja de advertirnos por el bien de los pocos que abren su corazón a la conversión.

    “Concédeles Señor el descanso eterno: y brille para ellas la luz perpetua!” Ver también: ¿Pueden visitarnos las almas del purgatorio?

    Regreso a la página principal http://www.corazones.org

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  9. 30 de Mayo del 2007
    Mensaje Público

    San Miguel dice: “Alabado sea Jesús.”

    “Hoy he venido para continuar la información sobre el Purgatorio que se está enviando al mundo a través tuyo. Es importante que la gente comprenda que el Purgatorio es una gracia, un lugar de la Misericordia y el Amor de Dios. Es una fuente de purificación porque las almas manchadas por el pecado no pueden entrar al Cielo. Las santas almas se dan cuenta de esto, y a través de cada purificación, su más grande sufrimiento es el no estar en la Presencia de Dios. Sin embargo, las santas almas aman tanto la Divina Voluntad de Dios, que ellas quieren ser purificadas para ser dignas de la Visión Beatífica.”

    “Las almas en el Purgatorio sufren de acuerdo a la falta de Amor Santo de la que fueron culpables en el mundo. Recuerda, el pecado es siempre una falla en el Amor Santo. Le corresponde al alma conocerse bien a sí misma mientras está en peregrinación en el mundo a fin de que pueda vencer las fallas en el Amor Santo y arrepentirse de ellas antes de la muerte.”

    “Con esta iluminación, Mi Escudo de la Verdad debe ser usado para descubrir la falsa virtud y hasta las fallas más pequeñas.”

    AMORSANTO.COM

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  10. Las Almas del Purgatorio

    (Mensaje al Padre Ottavio Michelini)

    9 de Junio de 1978

    EL DOGMA DE LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS NO BASTA CONOCERLO, SE NECESITA VIVIRLO

    Somos las almas del Purgatorio, escribe, hermano.

    Somos nosotras almas Purgantes y esperábamos este encuentro que indudablemente traerá bien a ti y a nosotras, el amor que une a los hijos de Dios, estén en el tiempo o fuera del tiempo como estamos nosotras, es siempre útil y fecundo de bien.

    El Dogma de la Comunión de los Santos, para quien cree en él y se esfuerza en vivirlo, lleva siempre frutos santos para ambas partes, ciertamente hermano Don Octavio, para nosotras ningún esfuerzo, ninguna fatiga sea para creer ni para vivir la sublime y estupenda realidad del Dogma que tratamos, en cambio para vosotros que estáis peregrinando en la tierra, se requiere el ejercicio de la vida divina de la Gracia, se requiere el ejercicio de las facultades de vuestra alma, ante todo, el ejercicio de vuestra inteligencia, que debe buscar conocer la existencia del Dogma, conocer el origen, esto es, de dónde y cómo ha nacido, conocer los efectos que produce en quien lo conoce, y en quien lo vive, se requiere además el ejercicio de vuestra voluntad, quererlo aceptar y quererlo vivir es acto de la voluntad, se necesita aún el ejercicio de la memoria, la que siempre debe tenerlo presente a la inteligencia y a la voluntad para que ellas puedan recordarlo y quererlo.

    Hermano Don Octavio, no es todo, el Dogma de la Comunión de los Santos, como por otra parte se debe decir de tantas otras realidades sobrenaturales, exige, sí, el ejercicio natural del alma, pero sobre todo el ejercicio de la Vida divina de la Gracia introducida en el alma y, por lo tanto: ejercicio de la Fe, para que el Dogma se haga operante se necesita creer firme y fuertemente, sin velos ni sobrentendidas limitaciones, requiere además el ejercicio de la Caridad, del amor, amor verdadero, no ficticio, no ilusorio, amor real acompañado de obras, y tú, vosotros, sabéis qué obras exige la naturaleza de este Dogma, requiere el ejercicio de la Esperanza, la que como luz transparente os haga vislumbrar y desear los benéficos efectos que el Dogma visto, querido y amado lleva a vosotros y a nosotras.

    Cuántos tesoros aún por descubrir y valorar

    Hermano Don Octavio, hemos hablado de realidades maravillosas, o mejor estupendas, si tuviéramos otros vocablos más eficaces los usaríamos para haceros comprender cuántos tesoros hay aún por descubrir y valorar por parte de muchísimos cristianos que ignoran, que no ven y por lo tanto no obran, para su perjuicio y en este caso también en daño nuestro; Don Octavio, no basta el don de la vida, aun la física, intelectual, espiritual se necesita vivirla, ¿para qué serviría una vida no vivida? Cuánto bien no hecho, cuánto bien descuidado por la superficialidad de fe, de esperanza y de caridad, dones maravillosos, pero muchas veces casi desperdiciados en una tibieza y negligencia incomprensibles

    Vosotros deberíais saber muy bien que vuestras posibilidades de bien con relación a nosotras constituyen una reserva potencial casi inagotable, cualquier cosa que hagáis bastaría transportarla del plano natural al plano sobrenatural de la gracia añadiéndole la intención: “por las almas Santas del Purgatorio”, y si son ya cosas de orden sobrenatural, como la Santa Misa celebrada o escuchada, basta sólo con añadir la intención dicha; si salís para un paseo, para una compra o cualquier otra cosa que hagáis o penséis, hacedlo por amor al Señor y en sufragio de nuestras almas.

    A vosotros, hombres toca dar el “ya”

    Tú sabes, hermano, que por parte nuestra la respuesta sería, es inmediata, para nosotras no podemos hacer “nada”, pero para vosotros podemos hacer “mucho”, pero sois vos otros, quienes vivís en la fe y en la prueba, quienes debéis, por así decirlo, dar el “ya” para volver operante este Dogma de la Comunión de los Santos.

    Don Octavio, es cierto que las necesidades materiales y sobre todo espirituales son para vosotros muchas, pero ¿por qué no tener en cuenta que también nosotras, Almas Purgantes, podemos ayudaros mucho para resolver todos vuestros problemas personales y sociales? ¡Si supieras lo que quiere decir Purgatorio!!! ¡Si lo supieran los cristianos, que tan rápidamente se olvidan de nosotras, que tan fácilmente se olvidan de sus promesas, que tan mal viven su fe, que más que en nosotras, piensan en la podredumbre y cenizas de nuestros cuerpos!!!

    Hermano nuestro Don Octavio, cuánto se podría y se debería hacer por Caridad y por Justicia con respecto a nosotras… intensifiquemos en mucho nuestra comunión y los benéficos efectos y las bendiciones de Dios serán abundantes.

    A la espera…

    Las Almas del Purgatorio

    Visite: http://www.santisimavirgen.com.ar

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