PASION DE JESUS.

DADO A MARGARITA ALMAS PEQUEÑAS.

8 de abril 1966. (A. 64). Viernes Santo.

J- Las palabras no bastan. Dame tu corazón. Míralo, palpitante entre mis manos. Su morada ya no está en ti, sino en mí. Hija mía, no quiero solamente tu santificación, sino la de todas las almas. Por todos he dado mi vida. Por todos he derramado mi sangre.

Hoy tengo necesidad de más amor. Si, así es, tengo necesidad de los hombres, pues los amo con amor apasionado.

Mi hijita.

Dentro de algunas, el suplicio de la cruz, con una ternura infinita. Ellos me van a crucificar. ¡Me van a crucificar!

Y, sin embargo, dentro de mi Corazón, ya los he absuelto.

Hijos míos queridos, os concederé vuestras peticiones en la medida en que sean conformes a mi voluntad.

… … …

J- Ellos me odiaron porque vine para descubrir su hipocresía.

También habían sentido en mí, la superioridad misma de Dios. Pero la negaron y no quisieron reconocerla.

¡Si supierais los sufrimientos que Yo he padecido por vosotros, hijitos míos!

¡Oh! ¡Esta corona de espinas que oprimía enteramente mi cabeza, estas puntas de fuego que penetraban en mi carne! Y la sangre que me cegaba, y mi Cuerpo desnudo ante la multitud que se mofaba y vociferaba.

El odio me abofeteaba. Los azotes caían brutalmente sobre mí, y, a cada golpe, me arrancaban pedazos de carne.

He soportado mi suplicio sin una queja. En mí, un solo pensamiento: estaba salvando a mis pequeños. No había venido más que para eso. ¿No había esperado este momento con impaciencia? Redimiros a todos, mis pequeñuelos. ¡Con qué delicias he dado Mi Vida por vosotros!

Sin embargo, sabía que mi sacrificio sería en vano para muchos de vosotros.

Echaron un manto áspero y grosero sobre mis hombros magullados por los golpes. Soporté sus burlas, sus insultos; recibí sus esputos.

Estaba impasible, aunque sufriendo horriblemente.

Les veía a ustedes, mis redimidos.

Este madero pesaba muchísimo sobre mi hombro magullado.

¡Oh esta llaga de mi hombro!

Agotado en mi Corazón y en mi Carne.

¡Hijos míos, qué caro me costáis!

Los soldados, los gritos de la muchedumbre, mis caídas, el encuentro con mi dulce Madre.

¡Qué aflicción! ¡Qué aflicción!

El verme en este estado fue para Ella una crucifixión anticipada.

En aquel momento estuvimos unidos en el más terrible sufrimiento que pueda haber.

Llegué exhausto al lugar de mi suplicio.

Me arrancaron el vestido que me cubría y que estaba pegado a mi cuerpo por la sangre coagulada que había chorreado de mis llagas.

¿Quién podrá jamás saber lo que fue la crucifixión? Mi carne palpitante entregada a un populacho fuera de sí.

Hasta estas horribles moscas posándose sobre mi cuerpo desnudo y torturado alimentándose con mi sangre.

Horrible espectáculo: me había convertido en un objeto de repulsa.

Y, sin embargo, hija mía muy querida, no fue nada en comparación con lo que sufrí en mi alma. Había cargado con todos vuestros pecados, y su peso reducía mi alma a la agonía.

Abandonado por todos, traicionado, odiado, ridiculizado, burlado, solo.

Mi Padre mismo parecía abandonarme.

¡Y, dentro de mi Corazón desgarrado, había tanta ternura, tanta compasión para mis verdugos! Y no podía guardarles rencor. Era para todos vosotros mis amados.

¡Venid a mí! Que mi Sacrificio no haya sido vano. No Me abandonéis ya más.

Es hora de recogeros.

¿No os dais cuenta de la necesidad que tenéis de mí?

No podéis vivir sin mi”.

“Mensaje del Amor Misericordioso a las Almas Pequeñas” – TOMO I Pág. 95 – 98

2 comentarios sobre “PASION DE JESUS.

  1. Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús
    Jesús es ultrajado y condenado a muerte
    Visiones de la recientemente declarada
    Beata Ana Catalina Emmerick
    En proceso de canonización

    XV
    Flagelación de Jesús

    “Pilatos, juez cobarde y sin resolución, había pronunciado muchas veces estas palabras, llenas de bajeza: “No hallo crimen en Él; por eso voy a mandarle azotar y a darle libertad”. Los judíos continuaban gritando: “¡Crucificadlo! ¡crucificadlo!”. Sin embargo, Pilatos quiso que su voluntad prevaleciera y mandó azotar a Jesús a la manera de los romanos.

    Al norte del palacio de Pilatos, a poca distancia del cuerpo de guardia, había una columna que servía para azotar. Los verdugos vinieron con látigos, varas y cuerdas, y las pusieron al pie de la columna. Eran seis hombres morenos, malhechores de la frontera de Egipto, condenados por sus crímenes a trabajar en los canales y en los edificios públicos, y los más perversos de entre ellos hacían el oficio de verdugos en el Pretorio. Esos hombres crueles habían ya atado a esa misma columna y azotado hasta la muerte a algunos pobres condenados. Dieron de puñetazos al Señor, le arrastraron con las cuerdas, a pesar de que se dejaba conducir sin resistencia, y lo ataron brutalmente a la columna. Esta columna estaba sola y no servía de apoyo a ningún edificio. No era muy elevada; pues un hombre alto, extendiendo el brazo, hubiera podido alcanzar la parte superior. A media altura había anillas y ganchos.

    No se puede expresar con qué barbarie esos perros furiosos arrastraron a Jesús: le arrancaron la capa de irrisión de Herodes y le echaron casi al suelo. Jesús abrazó la columna; los verdugos le ataron las manos, levantadas por alto a un anillo de hierro, y extendieron tanto sus brazos en alto, que sus pies, atados fuertemente a lo bajo de la columna, tocaban apenas al suelo. El Señor fue así extendido con violencia sobre la columna de los malhechores; y dos de esos furiosos comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado desde la cabeza hasta los pies. Sus látigos o sus varas parecían de madera blanca flexible; puede ser también que fueran nervios de buey o correas de cuero duro y blanco.

    El Hijo de Dios temblaba y se retorcía como un gusano. Sus gemidos dulces y claros se oían como una oración en medio del ruido de los golpes. De cuando en cuando los gritos del pueblo y de los fariseos, cual tempestad ruidosa, cubrían sus quejidos dolorosos y llenos de bendiciones, diciendo: “¡Hacedlo morir! ¡crucificadlo!”. Pilatos estaba todavía hablando con el pueblo, y cada vez que quería decir algunas palabras en medio del tumulto popular, una trompeta tocaba para pedir silencio. Entonces se oía de nuevo el ruido de los azotes, los quejidos de Jesús, las imprecaciones de los verdugos y el balido de los corderos pascuales. Ese balido presentaba un espectáculo tierno: eran las sotavoces que se unían a los gemidos de Jesús.

    El pueblo judío estaba a cierta distancia de la columna, los soldados romanos ocupando diferentes puntos, iban y venían, muchos profiriendo insultos, mientras que otros se sentían conmovidos y parecía que un rayo de Jesús les tocaba. Algunos alguaciles de los príncipes de los sacerdotes daban dinero a los verdugos, y les trajeron un cántaro de una bebida espesa y colorada, para que se embriagasen. Pasado un cuarto de hora, los verdugos que azotaban a Jesús fueron reemplazados por otros dos. La Sangre del Salvador corría por el suelo. Por todas partes se oían las injurias y las burlas.

    Los segundos verdugos se echaron con una nueva rabia sobre Jesús; tenían otra especie de varas: eran de espino con nudos y puntas. Los golpes rasgaron todo el cuerpo de Jesús; su sangre saltó a cierta distancia, y ellos tenían los brazos manchados. Jesús gemía, oraba y se estremecía. Muchos extranjeros pasaron por la plaza, montados sobre camellos y se llenaron de horror y de pena cuando el pueblo les explicó lo que pasaba. Eran viajeros que habían recibido el bautismo de Juan, o que habían oído los sermones de Jesús sobre la montaña. El tumulto y los griegos no cesaban alrededor de la casa de Pilatos.

    Otros nuevos verdugos pegaron a Jesús con correas, que tenían en las puntas unos garfios de hierro, con los cuales le arrancaban la carne a cada golpe. ¡Ah! ¡quién podría expresar este terrible y doloroso espectáculo! La horrible flagelación había durado tres cuartos de hora, cuando un extranjero de clase inferior, pariente del ciego Ctesifón, curado por Jesús, se precipitó sobre la columna con una navaja, que tenía la figura de una cuchilla, gritando en tono de indignación: “¡Parad! No peguéis a ese inocente hasta hacerle morir”. Los verdugos, hartos, se pararon sorprendidos; cortó rápidamente las cuerdas, atadas detrás de la columna, y se escondió en la multitud. Jesús cayó, casi sin conocimiento, al pie de la columna sobre el suelo, bañado en sangre. Los verdugos le dejaron, y se fueron a beber, llamando antes a los criados, que estaban en el cuerpo de guardia tejiendo la corona de espinas.

    Vi a la Virgen Santísima en un éxtasis continuo durante la flagelación de nuestro divino Redentor. Ella vio y sufrió con un amor y un dolor indecibles todo lo que sufría su Hijo. Muchas veces salían de su boca leves quejidos y sus ojos estaban bañados en lágrimas. Las santas mujeres, temblando de dolor y de inquietud, rodeaban a la Virgen y lloraban como si hubiesen esperado su sentencia de muerte. María tenía un vestido largo azul, y por encima una capa de lana blanca, y un velo de un blanco casi amarillo. Magdalena, pálida y abatida de dolor, tenía los cabellos en desorden debajo de su velo.

    La cara de la Virgen estaba pálida y desencajada, sus ojos colorados de las lágrimas. No puedo expresar su sencillez y dignidad. Desde ayer no ha cesado de andar errante, en medio de angustias, por el valle de Josafat y las calles de Jerusalén, y, sin embargo, no hay ni desorden ni descompostura en su vestido, no hay un solo pliegue que no respire santidad; todo en ella es digno, lleno de pureza y de inocencia. María mira majestuosamente a su alrededor, y los pliegues de su velo, cuando vuelve la cabeza, tienen una vista singular. Sus movimientos son sin violencia, y en medio del dolor más amargo, su aspecto es sereno. Su vestido está húmedo del rocío de la noche y de las abundantes lágrimas que ha derramado. Es bella, de una belleza indecible y sobrenatural; esta belleza es pureza inefable, sencillez, majestad y santidad.

    Magdalena tiene un aspecto diferente. Es más alta y más fuerte, su persona y sus movimientos son más pronunciados. Pero las pasiones, el arrepentimiento, su dolor enérgico han destruido su belleza. Da miedo al verla tan desfigurada por la violencia de su desesperación; sus largos cabellos cuelgan desatados debajo de su velo despedazado. Está toda trastornada, no piensa más que en su dolor, y parece casi una loca. Hay mucha gente de Magdalum y de sus alrededores que la han visto llevar una vida escandalosa. Como ha vivido mucho tiempo escondida, hoy la señalan con el dedo y la llenan de injurias, y aún los hombres del populacho de Magdalum le tiran lodo. Pero ella no advierte nada, tan grande y fuerte es su dolor.

    Cuando Jesús, después de la flagelación, cayó al pie de la columna, vi a Claudia Procla, mujer de Pilatos, enviar a la Madre de Dios grandes piezas de tela. No sé si creía que Jesús sería libertado, y que su Madre necesitaría esa tela para curar sus llagas o si esa pagana compasiva sabía a qué uso la Virgen Santísima destinaría su regalo.

    María viendo a su Hijo despedazado, conducido por los soldados, extendió las manos hacia Él y siguió con los ojos las huellas ensangrentadas de sus pies. Habiéndose apartado el pueblo, María y Magdalena se acercaron al sitio en donde Jesús había sido azotado; escondidas por las otras santas mujeres, se bajaron al suelo cerca de la columna, y limpiaron por todas partes la Sangre sagrada de Jesús con el lienzo que Claudia Procla había mandado. Eran las nueve de la mañana cuando acabó la flagelación.

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  2. LOS 15 SUFRIMIENTOS Y DOLORES DESCONOCIDOS DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

    Triste está Mi alma hasta la muerte…

    Atended y ved si hay dolor semejante a mi dolor…

    Yo a favor tuyo, azoté a Egipto, y tú me entregaste para ser azotado.

    Tened piedad de Mí, al menos vosotros Mis amigos….

    JESÚS, atendiendo los ruegos de la piadosa amantísima Hermana María Magdalena de la Orden de Santa Clara, que vivía santamente en Roma, que deseaba conocer sus sufrimientos secretos, se le apareció y le receló y comunicó verbalmente los sufrimientos desconocidos, que había soportado la noche anterior a Su muerte.

    1º- Ataron Mis pies con una cuerda y me arrastraron debajo de una escalera de un sótano pestilente e inmundo;

    2º- Me quitaron la ropa y agujerearon mi Cuerpo con puntas de hierro;

    3º- Ataron mi Cuerpo con una cuerda y me arrastraron por dentro del sótano;

    4º- Me colgaron de una viga, donde me dejaron hasta que me deslicé y caí a tierra, este sufrimiento hizo salir de Mis ojos lágrimas de sangre;

    5º- Me amarraron a un poste y me martirizaron con toda clase de armas perforando mi Cuerpo; me tiraron piedras y me quemaron acercándome a las brasas de la hoguera con teas encendidas;

    6º- Me agujerearon con punzones y desgarraron Mi piel, Mi carne y Mis venas;

    7º- Me amarraron a un pilar, Mis pies yaciendo sobre hierro incandescente;

    8º- Me pusieron una corona de hierro y me vendaron los ojos con trapos malolientes;

    9º- Me sentaron sobre una silla guarnecida con clavos puntiagudos que clavaron en Mí cuerpo profundísimos huecos;

    10º- Rociaron mis Llagas con brea y plomo hirviente y me hicieron caer de la silla;

    11º- Para mi tormento y Mí vergüenza, me hundieron agujas y hierros puntiagudos en los huecos de Mí barba arrancada;

    12º- Me echaron encima de una cruz, sobre la cual me amarraron tan fuerte y duramente que estuve a punto de quedar sofocado;

    13º- Hollaron Mi cabeza cuando yacía por tierra; uno de ellos, al poner su pie en Mí pecho, hundió una punta de Mí corona a través de Mí lengua;

    14º- Me llenaron la boca con las más asquerosas suciedades;

    15º- Profirieron raudales de injurias infames, me amarraron las manos a la espalda, me condujeron a golpes fuera de la cárcel, y me azotaron.

    Y Jesús continuó:

    “¡Hija mía, querida! Te pido que hagas conocer a muchas almas Mis quince sufrimientos y dolores secretos, con el fin de que sean contemplados y honrados. El día del Último Juicio, concederé la Eterna Felicidad a aquéllos a quienes con amor y recogimiento, me ofrecieron cada día uno de Mis sufrimientos agregando piadosamente la siguiente oración:

    “Esperé que alguien se compadeciera de Mí y no hubo nadie; alguien que me consolara y no lo hallé”

    Salmo 69-21

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