OFENSAS DEL PROJIMO.

19 enero 1944

jESÚS CONFORTA A mARÍA vALTORTA

QUE SUFRE


Si todos sufrieran, si todos acertasen a venir a Mí cuando el prójimo les ofende, les muerde, les daña:

    cuando despectivamente se juzga mal a un siervo mío y se le molesta hasta el punto de hacerle físicamente incapaz de transcribir mi palabra, entonces se comete una doble ofensa contra mi Persona

   Mas, a veces, de un manzano dulcísimo vienen frutos agrios que resultan tales porque no reciben con fe la palabra de Dios.


Dice Jesús:

“Pobre hija mía, que tan a disgusto te encuentras por lo que acaece a tu derredor, tanto en tu casa como en tu patria, escúchame. Ayer tarde estuve a tu lado proporcionándote el consuelo que nunca falta al que sufre sin apartarse de Mí.

Si todos sufrieran, si todos acertasen a venir a Mí

cuando el prójimo les ofende, les muerde, les daña:

Si todos sufrieran –en vez de maldecir por todas las molestias, penas y desventuras de la vida– si todos acertasen a venir a Mí cuando el prójimo les ofende, les muerde, les daña: cuando les calumnia, les engaña, les desprecia y les hiere, como con una espada, por medio de su indiferencia, su anticaridad y su incomprensión, ¡cuánto mejor sería! Sufrirían menos y conseguirían bendiciones divinas. Por el contrario, siempre tienen a flor de sus labios humanos –que si siempre los tienen cansados para rezar nunca lo están para injuriar– la imprecación contra todo y contra todos, incluso contra Mí.

Y ¿cómo voy a poder Yo ir a estar con quien tiene en sí odio que fermenta? Y la imprecación ¿no es acaso odio que fermenta contra Mí, contra el prójimo, contra la voluntad de Dios y contra vosotros mismos? Y sabed que, por más que sea contra vosotros mismos, Yo la repruebo porque aborrezco los corazones y las bocas que odian, ya me odien a Mí, a Dios o a los hermanos, que son criaturas de Dios, o bien a sí mismos, que son igualmente obra de Dios.

Así pues, quien odia a un desgraciado –para Mí odiar equivale a no amar, y para no amar no es preciso matar sino que basta con faltar a ese sentido de paciente compasión que hasta los animales domésticos tienen con su amor que sufre– quien odia a un desgraciado haciéndole sentir desabridamente su condición de tal y avivando las heridas que Yo he medicinado con mi amor para que sufra menos, me ofende a Mí que dije: “¡Bienaventurados los misericordiosos! Hasta de un vaso de agua se os dará recompensa” (Mt 10, 42). Y una palabra de bondad tiene recompensa mucho mayor que la que pueda tener un vaso de agua.

cuando despectivamente se juzga mal a un siervo mío

y se le molesta hasta el punto de hacerle físicamente incapaz

 de transcribir mi palabra,

entonces se comete una doble ofensa contra mi Persona

En fin, cuando despectivamente se juzga mal a un siervo mío y se le molesta hasta el punto de hacerle físicamente incapaz de transcribir mi palabra, entonces se comete una doble ofensa contra mi Persona. Porque sólo Yo puedo retirar a un siervo mío la facultad de recepción en el caso de que éste no sea fiel al género de vida que Yo exijo de El; y quien, por el contrario, sirviéndose de recursos humanos, me lo hiere hasta dejarlo hecho un pobre lisiado privado de movimiento sobre el cual Yo deba inclinarme, cual Samaritano divino (Lc 10, 29-37), a curar sus heridas y a restaurar sus fuerzas con mi amor compasivo, se arroga un derecho que no tiene y defrauda a Dios de un derecho y de un instrumento suyo.

Mas, a veces, de un manzano dulcísimo vienen frutos agrios

 que resultan tales porque

no reciben con fe la palabra de Dios.

En verdad te digo que, conociendo como conozco aquel corazón, he dictado para él unas palabras importantes a fin de espolearlo y apremiarle al bien. Por ti lo he hecho, pero también por ella, para que el recuerdo de su madre, una verdadera cristiana, le sirva de aguijón en la imitación de sus virtudes. Mas, a veces, de un manzano dulcísimo vienen frutos agrios que resultan tales porque no reciben con fe la palabra de Dios. Yo soy el que injerto en vosotros el Bien. Mas, quien no me recibe, continúa agreste y selvático como fruto de árbol montuno.

En verdad, no es así como se practica “la caridad del prójimo”. ¡Cuánto mejor era la antigua Marta! Se afanaba con demasiadas cosas (Lc 10, 38-42), mas no se burlaba del amor de su hermana, antes se complacía viéndola prendida por tal amor y así no la incomodaba hasta el punto de interponer entre ella y Yo el velo amargo de una incomprensión fraterna que siempre molesta.

Dije Yo a la mujer de Samaria: “El que bebe de esta agua seguirá teniendo sed; mas quien bebe del agua que Yo doy, ya no tendrá más sed sino que el agua que Yo doy vendrá a ser en él fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 13-16).

Ahora bien, si ése a quien Yo vengo trayendo, bajo las especies eucarísticas, la fuente divina que contiene en sí todas las virtudes y todas las gracias capaces de hacer de un hombre un santo, permanece siendo un mármol que no se empapa y con su falta de fe verdadera y de verdadera caridad no sólo continúa siendo recipiente de mármol impenetrable sino recipiente más bien perforado por esta su falta de fe sencilla y de caridad, ¿cómo voy a poder Yo ser en el fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna? En verdad que Yo huiré de él tras haber venido, puesto que no me agradan los incrédulos y faltos de caridad y en cada una de las veces le dejaré vacío y árido como en un principio estaba.

Esto es lo que le sucederá a quien pretende que haga Dios todo el milagro sin poner esfuerzo alguno de su parte para mejorarse a sí mismo.

¡Cómo trabaja Satanás en torno a estos corazones! Si se vieran, temblarían. Cual pajarillos distraídos, no atienden al reclamo paterno que les advierte del peligro y les llama; no ven, no quieren ver cómo el malvado cazador de pájaros está ya con la red dispuesta en su mano para capturarlos y hacerlos desgraciados, terminando por ser su presa y motivo de aflicción para mis amados.

El mundo se encuentra lleno de estos distraídos. Ellos son los más difíciles de convertir porque la soberbia los tiene ya sujetos y no hay en ellos caridad que pueda mejorarles. Me dan pena. Compadécete tú también y ruega por ellos. Si tu plegaria, lo mismo que mi gracia, nada consiguen, aquella tornará a ti, al igual que la gracia torna a Mí, y tú tendrás por ello idéntico mérito que si hubieses conseguido con ella la conversión de aquel corazón.

Sobreponte, María, al disgusto humano. Tienes goces que te compensan al céntuplo del mismo”.

84-86

A. M. D. G. DE VALTORTA.

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