JESUS HABLA A QUIEN QUIERE.

Dice Jesús: DADO A VALTORTA

«Que el don que te he dado nunca te induzca a la soberbia lle­vándote a creer sobre ti lo que no es.

Tú no eres más que un portavoz y un canal en el que fluye la onda de mi Voz, pero cómo te escojo a ti podría escoger a cualquier otra alma. El sólo hecho de escogerla la volvería capaz de ser canal y portavoz de la Voz de Cristo porque mi toque obra el milagro. Pero tú no eres nada. Nada más que una enamorada.

Mis portavoces se encuentran o entre los puros o entre los peca­dores realmente convertidos.

Mira el núcleo apostólico. ¿A quién di el Poder? A Pedro. El hom­bre que había venido a Mí en el culmen de la virilidad después de haber tenido los deslices y las pasiones de la juventud y de la edad madura, el hombre que era aún tan hombre, después de tres años de contacto conmigo, como para ser renegador y violento.

¿A quién di la revelación y la Revelación? A Juan, a la carne que no conoció mujer, y que era sacerdote incluso antes de serlo. Era puro y enamorado.

     ¿A quién permití tocarme los miembros purísimos y divinos antes y después de la resurrección? A María Magdalena y no a Marta.

     Pedro y María los convertidos. Juan el puro. Es siempre así.

     Pero a Pedro, en quien se anidaba la soberbia de sí mismo ­-“Maestro, aunque todos te traicionen, yo no te traicionaré”- no he dado cuanto he dado a Juan. Y Pedro, maduro y jefe del núcleo, tuvo que pedir a Juan -un muchacho respecto al él- que me pregunta­ra quién era el traidor. Y fue a Juan a quien revelé los últimos tiem­pos, no a Pedro, jefe de mi Iglesia.

Hablo donde quiero. Hablo a quien quiero. Hablo como quiero. Yo no conozco limitaciones.

La única limitación, que no me limita a Mí, sino que obstaculiza el llegar de mi Palabra, es la soberbia y el pecado. Por eso mi Pala­bra, que debería propagarse desde las profundidades de los Cielos sobre todo lo Creado e instruir los corazones de todos los señalados con mi signo, encuentra, en todas las categorías, tan pocos canales. El mundo, católico, cristiano, o de otra fe, está movido por dos moto­res: soberbia y pecado. ¿Cómo puede entrar mi Palabra en este me­canismo árido? Sería triturada y ofendida.

Sed como Juan o como María, y llegaréis a ser voz de la Voz. Extirpad el pecado y la soberbia. Cultivad caridad, humildad, pureza, fe, arrepentimiento. Son las plantas bajo las cuales el Maestro se sienta para instruir a sus ovejitas.

Ser mi portavoz quiere decir entrar en una austeridad como nin­guna regla monástica impone. Mi presencia impone, como ninguna otra cosa en el mundo, discreciones sobrenaturales, dominio de sí, desapego de las cosas, ardor de espíritu, aspereza de penitencia, ge­nerosidad de dolor y viveza de fe.

     Es un don. Pero que se quita si aquél a quien se le ha dado sale del espíritu y se acuerda de ser carne y sangre.

Es un sufrimiento. Pero si bien es sufrimiento que tritura la carne y la sangre, tiene en sí y consigo una vena de gran dulzura respecto a la cual el maná de los antiguos hebreos es ajenjo amargo.

       Es una gloria. Pero no es gloria de esta tierra».