EN VEZ DE PENSAR EN LOS PLACERES Y EN LOS LUCROS…

MENSAJE DEL DÍA 3 DE JUNIO DE 1989, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

EL SEÑOR:

Hija mía, aquí estoy para consolarte. No quiero que nada ni nadie te entristezca. Yo te he enseñado, hija mía, a decir la verdad. Yo soy la Verdad, y la verdad siempre es la verdad, y lo falso es falso. Di mi mensaje, hija mía, con gran claridad. Por eso, algunas de las almas han sido dañadas en su orgullo, hija mía.

Tú no te ocupes nada más que, hija mía, de enseñar a los hombres mi amor. Tú sigue siendo esa nada que te he enseñado.

El hombre no busca nada más que discordia, hija mía, y la discordia divide, y el amor une. ¡Que nada te entristezca! Quiero ver tu sonrisa en tus labios. Tú enseña a los hombres a amarme, hija mía; es tu misión. Pero no quiero que nada te turbe.

Para ser un buen apóstol, hija mía, de los últimos tiempos, el hombre tiene que vivir el espíritu de mi agonía física, moral y espiritual. Tiene que ser como san Pedro, que renunció a sí mismo y no le importó ni los ultrajes ni las calumnias, y se retiraba de los halagos del mundo, hija mía.

Para vivir como buen apóstol hay que vivir la agonía de Getsemaní; hay que vivir, hija mía, el Gólgota; hay que dejarse coronar de espinas, y no hay que buscar estandartes del mundo, sino el estandarte de mi Cruz. El apóstol de los últimos tiempos tiene que vivir en la pobreza, en la humildad, en la obediencia.

Los hombres se han adelantado a hacer juicios, hija mía, contra mi Obra, y todo el que daña a mi Obra lo pagará. Yo te he dicho, hija mía, como Hijo de Dios vivo, que te ayudaré a esta gran Obra, y pondré personas buenas en tu camino para que todo salga adelante, hija mía.

No quiero que te entristezcan ni la calumnia ni los ultrajes. Ama mucho nuestros Corazones, hija mía; es la misión que te encomiendo. Pero lo que sí aflige el Corazón de mi Madre es que aquellas almas que ha derramado tantas gracias sobre ellas, que se dejen arrastrar por el enemigo y por el engaño, hasta tal punto de destruir mi Obra.

Los hombres no podrán destruir lo que yo he construido, hija mía. Los hombres se precipitan a dar juicios y, por su orgullo y su vanidad, se creen que sus juicios son infalibles. Su orgullo les hace ver que son poderosos y fuertes y que todo lo pueden. Y se saltan la obediencia de la Jerarquía, hija mía. Su soberbia les deja ciegos. Es lo que más aflige mi Corazón. Por eso te pido, hija mía: retírate de los halagos del mundo; los halagos pierden a las almas, los convierten en dioses y se ven poderosos y fuertes, y creen que son los únicos para dar el mensaje divino, hija mía. Y no hablan de lo divino, sino de lo humano. Su “yo”, hija mía, no les deja ver y cada día más caminan hasta las tinieblas, hija mía.

Un buen apóstol tiene que ser imitador de Cristo en su pobreza, en su humildad, en su obediencia. Cristo se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso, hija mía, retírate y no escuches a aquéllos que no obedecen a la Iglesia, porque están fuera del rebaño de Cristo. La Iglesia es santa; y no se puede atacar a las cosas santas, hija mía.

Tú, obedece a la Iglesia, como te he dicho, con todas sus consecuencias. Ámala, respétala. Y sobre todo, hija mía, la oración y el sacrificio es la que te conducirá a la obediencia y a la humildad. No dejes de orar y pedir por los pobres pecadores. ¡Cuántas almas, hija mía, se introducen en el Infierno por falta de humildad! Quieren estar los primeros y ser halagados y glorificados como dioses en la Tierra. Retírate de los halagos y de las vanas glorias que existen en la Tierra, hija mía.

Y vosotros, almas que estáis en el rebaño, renunciad a vuestros bienes, a vuestros apegos materiales y buscad lo espiritual.

Yo cortaré, hija mía, la leña seca que no sirva, y la echaré a la lumbre para que arda.

Un buen apóstol tiene que imitar al Maestro.

Os sigo encomendando: amaos los unos a los otros como Cristo os ama. Paz y amor quiero entre vosotros, hijos míos. Y quiero que este número crezca cada día más.

Mira, hija mía, para todos los que cumplan mis leyes y para todos los que trabajen en mi Obra, mira la gloria, hija mía, que les espera. Pero, ¡ay de aquéllos que trabajan a son de trompeta! ¡Ay de aquéllos que quieren ser remunerados en la Tierra!: no recibirán el sueldo que les tengo preparado eternamente.

El que quiera seguir el camino de esta Obra, hija mía, tiene que practicar la obediencia, la caridad, la humildad, la castidad.

Hay muchas almas que cometen adulterio, hija mía, porque no se aman. El amor es el primer mandamiento que fue instituido para los hombres, hija mía. Amaos los unos a los otros como Cristo os amó; y si no os amáis, vivid en castidad, obediencia, humildad y pobreza.

Id de pueblo en pueblo hablando del Evangelio, hija mía. Y sigue hablando a los hombres mi mensaje divino.

Que nada te turbe y nada te angustie. Te repito, hija mía: no quiero que derrames lágrimas por calumnias ni por incomprensiones de los hombres. Quiero ver la sonrisa en tus labios. Haz que los hombres me amen, hija mía, y tú ámame con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con todo tu entendimiento.

Si los hombres, en vez de pensar en los placeres y en los lucros del mundo, pensasen, hija mía, en el amor, formarían un paraíso en la Tierra; pero, ¡ay de las almas que se dejan arrastrar por el enemigo y se quieren convertir en centros para que los halaguen y los glorifiquen en la Tierra! Sólo un Señor tiene que ser alabado, bendecido y glorificado, y es Señor de señores; tiene que ser alabado, bendecido y glorificado por el Cielo, la Tierra y los Infiernos. Esta es la misión de los hombres, hija mía; pero los hombres se rebelan contra Dios y se ocupan de ellos mismos y no quieren renunciar al mundo, ni al dinero, ni a la carne, hija mía.

¡Ay de aquéllos que habéis recibido tantas y tantas gracias y no las sabéis aprovechar, hijos míos! No tendré oídos ni habrá lamentos el día de vuestro juicio, hijos míos. Humildad os pido y oración y sacrificio. El mundo está en esta situación por falta de oración, hija mía.

Besa el suelo, en reparación de tantos y tantos pecados como se cometen en el mundo…

Y no quiero, hija mía, que sufras por cosas vanas de la Tierra; quiero que tu sufrimiento, hija mía, sirva para la redención del mundo. Refúgiate en nuestros Corazones. Y ¡ay de aquéllos que intentan dañar mi Obra!

Piensa, hija mía, que el orgullo destruye y el amor construye. Sigue construyendo, hija mía. Ámanos con todo tu corazón.

LA VIRGEN:

Hoy voy a dar una bendición especial para todas las almas que acudan a este lugar, y seguiré derramando gracias para todos, gracias muy especiales, hijos míos. Los tiempos son graves y los hombres no hacen nada más que sembrar discordias y guerras para destruir el mundo.

Os pido oración y sacrificio. No perdáis el tiempo, hijos míos, en cosas vanas de la Tierra.

Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para el día de las tinieblas, hijos míos…

EL SEÑOR:

Guardad estos objetos bien escondidos. Ese día alumbrarán como si fuese de día, hija mía. Yo soy la Luz que alumbra la tiniebla; y yo alumbraré esa noche a la tiniebla, para que todos los que habéis recibido esta gracia estéis en luz, hijos míos.

Adiós, hijos míos. Adiós.

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