Oh amantísimo Dios y Señor de toda dulzura; a todos causa admiración lo que habéis hecho conmigo; pues cuando así lo quiere vuestra voluntad, aletargáis mi cuerpo, pero no con letargo corporal, sino con sosiego espiritual, y entonces despiertas a mi alma como de un sueño, para que vea, oiga y sienta espiritualmente.

Alabanzas y acción de gracias que santa Brígida dirige a Dios por los beneficios con que la ha enriquecido; y el Señor le dice que ha depositado en ella estas revelaciones para bien de muchos.

Capítulo 58 ESCRITOS DE SANTA BRIGIDA.

Sea dada toda honra al Omnipotente Dios por todas las cosas que creó, y sea alabado por sus infinitas virtudes. Todos le sirvan y reverencien por el mucho amor que nos tuvo. Yo, indigna criatura, que desde mi juventud cometí muchos pecados contra vos, Dios mío, os doy gracias, dulcísimo Señor, principalmente porque nadie hay tan malvado, que le neguéis vuestra misericordia, si os la pidiere amandoos y con verdadera humildad y propósito de la enmienda. Oh amantísimo Dios y Señor de toda dulzura; a todos causa admiración lo que habéis hecho conmigo; pues cuando así lo quiere vuestra voluntad, aletargáis mi cuerpo, pero no con letargo corporal, sino con sosiego espiritual, y entonces despiertas a mi alma como de un sueño, para que vea, oiga y sienta espiritualmente.

Oh mi Dios y mi Señor, ¡cuán dulces me son las palabras de vuestros labios! Siempre que oigo las palabras de vuestro Espíritu Santo, paréceme que mi alma las recibe con un sentimiento de inefable dulzura, como suavísimo manjar que cayera en mi corazón con gran gozo é inefable consuelo.

También es de admirar, que cuando oigo vuestras palabras, quedo saciada y hambrienta: saciada, porque entonces nada me gusta sino ellas; y hambrienta, porque siempre se aumenta mi deseo de oirlas. Bendito, pues, seáis vos, mi Dios y Señor Jesucristo; dadme, Señor, vuestro auxilio, para que pueda emplear en agradaros todos los días de mi vida. Yo soy, respondió Jesucristo, sin principio y sin fin, y todas las cosas fueron creadas por mi poder y ordenadas por mi sabiduría, y todas también se rigen por mi providencia, no siéndome nada imposible, y todas mis obras están dispuestas con amor. Por tanto, demasiado duro tiene el corazón el que no quiere amarme ni temerme, siendo yo a la par el conservador y el juez de todos los hombres.

Pero estos hacen la voluntad del demonio, que es el verdugo y traidor de los mismos hombres, el cual ha derramado por el mundo una ponzoña tan pestilencial, que no puede vivir el alma que la gusta con placer, sino que cae muerta en el infierno, para vivir eternamente en las miserias. Esta ponzoña es el pecado, que aunque a muchos les sabe dulcemente, al final sin embargo, les amarga de un modo horrible. A todas horas beben con placer los hombres de manos del diablo este veneno. Mas ¡quién oyó jamás semejante locura! Convido a los hombres con la vida, y eligen la muerte y la aceptan con gusto.

Yo, que soy poderoso sobre todas las cosas, me compadezco de su miseria y gran angustia, y he hecho como un rico y caritativo rey que envía a sus vasallos un vino generoso y les dice: Repartid entre muchos ese vino, que es muy saludable, pues a los enfermos les da salud, a los tristes consuelo, y a los sanos un corazón varonil. El vino se envía también con el vaso. Así he hecho yo en este reino. Envié con mis amigos mis palabras, las cuales se comparan con un excelente vino, y estos las han de propagar a otros, porque son saludables. Por el vaso te entiendo a ti, que oyes mis palabras, pues has hecho ambas cosas, porque oiste mis palabras y las has hecho manifiestas, y llenaré tu corazón cuando quisiere, y de él sacaré cuando me parezca.

Así, pues, mi Espíritu Santo te mostrará adónde debas ir, y lo que has de hablar, y a nadie temas sino a mí; pero adondequiera que yo te mande, has de ir con alegría, y decir con resolución lo que yo te ordene, porque no hay resistencia posible contra mí, y quiero permanecer contigo. Dios y Señor mío, respondió santa Brígida anegada en lágrimas, yo, que soy el más pequeño mosquito ante vuestro poder, os ruego me deis licencia para responderos.

Yo sé tu respuesta, contestó el Señor, antes que la digas, pero te doy licencia para que hables. ¿Por qué, Señor, dijo la Santa, vos que sois el Rey de toda la gloria, el dador de toda sabiduría y el que inspira todas las virtudes, y la virtud misma, me queréis enviar con tal mensaje a mí, que he envilecido mi cuerpo con tanta maldad, que tengo el mismo saber de un jumento y ninguna virtud? No os enojéis conmigo, dulcísimo Jesús y Dios mío, porque os he preguntado de esta manera; pues nada debo desconfiar de vos, porque podéis hacer lo que queráis; pero me admiro de mí enteramente, porque he sido gran pecadora y me he enmendado poco.

Voy a responderte con una comparación, le dice el Señor. Si a un rico y poderoso rey le presentaran muchas monedas, que después las mandara fundir y hacer con ellas lo que fuera de su gusto, como coronas y anillos con las monedas de oro, vajillas y vasos con las de plata, y otros utensilios con las de cobre, ¿no es verdad que podría usar como quisisera de todas estas cosas para su comodidad y servicio, y no extrañarías tú de que así lo hiciese? Tampoco debes maravillarte de que yo reciba los corazones que mis siervos me presentan y haga de ellos según mi voluntad.

Y aunque unos tengan más entendimiento y otros menos, sin embargo, en presentándome sus corazones, me valgo de unos para una cosa y de otros para otra, y de todos para mi honra y gloria; porque el corazón del justo es moneda que en extremo me agrada, y lo que es mío, puedo acomodarlo según quiera. Y pues tú eres mía, no debes maravillarte de lo que yo quisiere hacer contigo; pero ten constancia para sufrir, y está presta para hacer lo que yo te mandare; pues en todas partes soy omnipotente para proveerte de lo necesario.

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