INSTRUCCIONES AL OBISPO SOBRE COMO COMPORTARSE UN OBISPO.

Las Profecías y Revelaciones de Santa Brígida de Suecia – Libro 3

Advertencias e instrucciones al Obispo sobre cómo comer, vestir y orar, y sobre cómo él debe comportarse antes de las comidas, durante las comidas, y después de las comidas, e igualmente sobre su descanso y cómo debe cumplir el oficio de obispo siempre y en todo lugar.

Capítulo 1 ESCRITOS DE SANTA BRIGIDA.

“Jesucristo, Dios y hombre, quien vino a la tierra para asumir una naturaleza humana y salvar almas a través de su sangre, quien reveló el verdadero camino al cielo y abrió las puertas del mismo, Él mismo me ha enviado a todos vosotros. Escucha, hija, tú a quien se le dado el escuchar verdades espirituales. Si este obispo propone caminar por el estrecho sendero tomado por pocos y ser uno de aquellos pocos, déjale antes que haga a un lado la carga que le acosa y le lastra – quiero decir sus deseos terrenales – usando el mundo sólo para las necesidades consistentes con el modesto sustento de un obispo. Esto es lo que aquel buen hombre Mateo hizo cuando fue llamado por Dios.

Al abandonar las pesadas cargas del mundo, encontró una carga liviana. En segundo lugar, el obispo debería ser ceñido para el viaje, para usar las palabras de las escrituras. Tobías estaba listo para su viaje cuando se encontró al ángel de pie allí ceñido. ¿Qué significa decir que el ángel estaba ceñido? Significa que cada obispo debe estar ceñido con el cinturón de la justicia y la divina caridad, listo para trillar el mismo camino que Aquel que dijo: ‘Yo soy el buen pastor y doy la vida por mis ovejas’. Él debe estar listo para decir la verdad con sus palabras, listo para ejecutar justicia en sus acciones, tanto las referidas a sí mismo como a las referidas a los otros, sin descuidar la justicia a causa de amenazas y provocaciones o a falsas amistades o temores vacíos. A cada obispo así ceñido, vendrá Tobías, es decir, los rectos, y ellos seguirán su sendero. En tercer lugar, debe comer pan y agua antes de que emprenda su viaje, como leemos acerca de Elías, quien levantándose del sueño, encontró pan y agua en su cabecera. ¿Qué es este pan dado al profeta sino los bienes materiales y espirituales a él concedidos? Porque el pan material le fue dado en el desierto como una lección. Aunque Dios podía haber mantenido al profeta sin alimento material, quiso que el pan material fuese preparado para él para que el pueblo pudiese entender que era el deseo de Dios que ellos hicieran uso de los buenos dones de Dios con moderación para el consuelo del cuerpo. Además, una infusión del Espíritu inspiró al profeta cuando se mantuvo cuarenta días con la fuerza de aquel alimento. Pues, si no hubiera inspirado una unción interior de Gracia a su mente, Él ciertamente hubiera desistido durante el arduo trabajo de aquellos cuarenta días, porque en sí mismo él era débil pero en Dios él tuvo la fuerza para completar tal viaje. Por tanto, así como el hombre vive con cada palabra de Dios, instamos al obispo a tomar el bocado de pan, es decir, amar a Dios sobre todas las cosas. Él encontrará este bocado en su cabeza, en el sentido de que su propia razón le dice que Dios ha de ser amado sobre todas las cosas y antes de todas las cosas, a causa de la creación y la redención y también a causa de su paciencia y bondad duraderas. Le ofrecemos asimismo que beba un poco de agua, es decir, para pensar en su fuero interno sobre la amargura de la pasión de Cristo. ¿Quién es suficientemente digno de ser capaz de meditar sobre la agonía de la naturaleza humana de Cristo, la agonía Él estaba sufriendo en el momento en que pidió que el cáliz de la Pasión fuera apartado de él y cuando gotas de su sangre fueron derramándose hacia el suelo? El obispo debe beber esta agua junto con el pan de caridad y será fortalecido para el viaje a lo largo del camino de Jesucristo. Una vez el obispo ha emprendido el camino de la salvación, si quiere hacer mayor progreso, le es útil dar gracias a Dios con todo su corazón desde la primera hora del día, considerando sus propias acciones cuidadosamente y pidiéndole a Dios ayuda para llevar a cabo Su voluntad.

Entonces, cuando se está vistiendo, debe rezar de esta manera: ‘Las cenizas a las cenizas, el polvo al polvo. Pues aunque soy obispo por la providencia de Dios, estoy poniendo estas ropas hechas del polvo de la tierra sobre ti, mi cuerpo, no por el bien de la belleza u ostentación sino como cubierta, de modo que tu desnudez no se vea. Ni me preocupa si tus ropas son mejores o peores, sino sólo que el hábito del obispo sea admitido como reverencia a Dios, y que a través de su hábito la autoridad del obispo pueda ser reconocida para la corrección e instrucción de otros. Y por eso, amable Dios, te suplico que me des firmeza de mente para que no me enorgullezca de mis cenizas y polvo preciosos ni neciamente me glorifique en los colores del mero polvo. Concédeme fortaleza para que, así como la vestimenta del obispo es más distinguida y respetada que otras a causa de su divina autoridad, la vestimenta de mi alma pueda ser aceptable ante Dios, no sea que yo sea empujado al más profundo abismo por haber sostenido autoridad de una mediocre e indigna manera o no sea que yo sea ignominiosamente despojado por haber vestido neciamente mi venerable vestimenta para mi propia condenación.’

Después de eso él debe leer o cantar las horas. Cuanto más alto es el rango que una persona alcanza, más gloria debe él o ella rendir a Dios. Sin embargo, un corazón puro agrada a Dios tanto estando en silencio como cantando, siempre que una persona esté ocupada con otras tareas rectas y útiles. Después de celebrar la Misa, el obispo debe cumplir sus obligaciones episcopales, teniendo diligente cuidado de no darle más atención a las cosas materiales que a las espirituales. Cuando se acerque a la mesa de sus alimentos, éste debe ser su pensamiento: ‘Oh, Señor Jesucristo, tú mandas que el cuerpo corruptible sea sostenido con alimento material, ayúdame a darle a mi cuerpo lo que necesita de manera que la carne no se vuelva vergonzosamente insolente contra el alma a causa de comida superflua ni de indolencia en tu servicio por imprudente abstinencia.

Inspira en mí una adecuada moderación de manera que cuando este hombre de la tierra se alimente a sí mismo con cosas de la tierra, el Señor de la tierra no sea llevado a la ira por su criatura de la tierra.’ Mientras esté a la mesa, al obispo se le permite tomar la clase de refrigerio moderado y conversación en que se evita la necia vanidad y ninguna palabra se pronuncia ni se oye que pueda ofrecer a los oyentes ocasión de pecado. Antes bien, que sean todas apropiadas y saludables.

Si el pan y el vino faltan en la mesa material, todo pierde su sabor; de la misma forma, si la buena doctrina y la exhortación faltan en la mesa episcopal y espiritual, todo lo colocado sobre ella parece insípido para el alma. Y por eso, para evitar cualquier ocasión de frivolidad, algo que pueda ser de provecho para aquellos sentados allí, debe leerse o recitarse a la mesa. Cuando se finaliza la comida y la bendición de acción de gracias ha sido rezada a Dios, el obispo debe planear lo que tiene que hacer o leer libros que puedan conducirle hacia la perfección espiritual. Después de la cena, sin embargo, puede entretenerse con los compañeros de su casa. No obstante, así como una madre que amamanta a su bebé unta sus pezones con cenizas u otra sustancia amarga hasta que desteta al bebé de la leche y lo acostumbra a comidas sólidas, así también el obispo debe atraer a sus compañeros más cerca de Dios mediante el tipo de conversación por la cual ellos deben de llegar a temer y amar a Dios, convirtiéndose de este modo no sólo en su padre mediante la divina autoridad puesta en él, sino también en su madre mediante la formación espiritual que les da. Si está consciente de que cualquiera en su casa está en estado de pecado mortal y no se ha arrepentido a pesar de admoniciones, entonces debe separarse de él. Si lo retiene por conveniencia o por consolación temporal, no tendrá inmunidad contra el pecado del otro. Cuando vaya a la cama, debe examinar cuidadosamente sus actos e impresiones del día que ha transcurrido, teniendo los siguientes pensamientos: ‘Oh, Dios, Creador de mi cuerpo y de mi alma, contémplame en tu misericordia.

Concédeme tu gracia, para que no me haga tibio en tu servicio por dormir de más ni me debilite en tu servicio a causa de sueño disturbado, sino concédeme para tu gloria esa medida de sueño que nos has prescrito para dar descanso al cuerpo. Dame fortaleza para que mi enemigo, el demonio, no pueda perturbarme ni arrastrarme lejos de tu bondad.’ Cuando se levanta de la cama, debe lavar en confesión cualesquiera lapsos que la carne pueda haber sufrido, para que el sueño de la noche siguiente no comience con los pecados de la noche anterior.”

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