María, nombre dulce, alma eminentísima, Tú sabes que Mi Corazón late por Ti; sabes también que en Mi mente eres la primera; sabes igualmente que, en el seno de Mi Divinidad, te he hecho tan bella que las estrellas, el cielo y el sol, son criaturas oscurísimas al lado Tuyo.

Del libro «LA GRAN CRUZADA DE LA MISERICORDIA»
(Jesús se presenta como quiere que se le conozca y lo que espera de nosotros)

EL SEÑOR A SU MADRE
CM-35 4-Abr-97 Jesús

(Terminaba mi Rosario, quería decirle algo especial a la Virgencita contemplando la imagen de María Auxiliadora y sólo podía decir: “Ruega por nosotros, no nos abandones.” “¡Señor, por favor, habla a Tu Madre por mí!”…)

«EL SEÑOR A SU MADRE»

Madre nuestra, Te He constituido Reina de todos y de todo, dándote el imperio sobre el mundo visible e invisible, es decir, sobre la tierra, en el Purgatorio, sobre el infierno, en el Paraíso.

Esto y más es digno de Ti, Madre Mía, porque este imperio no es algo tan grande en comparación con Tu Maternidad, por la cual Yo mismo, Creador de los mundos visibles e invisibles, Me He hecho dependiente de Ti, Me He encarnado en Tu seno.

Tú, Madre generosa, has dado luz al Creador de la Luz; Me has engendrado a Mí con el Espíritu Santo; a Mí que hice la belleza del universo; a Mí que constituí la Justicia en el orden y la Misericordia en el sacrificio.

¿Qué es, entonces, ser Reina del universo material y espiritual en comparación con Tu divina Maternidad?

Tú eres bella porque Has engendrado a la belleza increada; Tú eres fuerte porque has custodiado a la Fortaleza increada. Eres Santa, oh Madre, porque has dado a los hombres a la Santidad personificada.

Esta hija tuya Me ha pedido que Yo pronuncie Tus alabanzas, porque no encontraba ella palabras propias ni idóneas para hacerlo… De buena gana He acogido Yo su plegaria y tengo que decirle que no se preocupe, que efectivamente ningún hombre sabe y puede alabarte sino Yo, porque en Mi alabanza está comprendido y superado todo deseo que al respecto puedan manifestarme las criaturas santas o pecadoras que viven en la tierra.

María, nombre dulce, alma eminentísima, Tú sabes que Mi Corazón late por Ti; sabes también que en Mi mente eres la primera; sabes igualmente que, en el seno de Mi Divinidad, te he hecho tan bella que las estrellas, el cielo y el sol, son criaturas oscurísimas al lado Tuyo.

María, nombre dulce, quiero hacer saber a Tus hijos que el haberte hecho tan grande, ha requerido que Yo usase de Mi infinita potencia para hacerte digna de Mí… Contigo y por Ti, Yo He agotado los límites de la Omnipotencia para hacerte, ya que sólo el Infinito puede dar a una Criatura el poder sobre sí mismo: justamente como Yo lo He hecho Contigo.

María, nombre dulce, en la tierra encuentras poca comprensión, estima limitada; pero aquí en el Cielo, Tú ves que Yo He dividido Contigo la corona eterna que Me Ha dado Mi Padre. ¡Oh, Madre altísima! Si no se hubiesen creado los espíritus celestiales para Mí, lo haría ahora para Ti; si no hubiese creado las rosas, los lirios, las violetas y todas las demás flores, las crearía ahora para Ti.

Eres tan suave, que mirándote al Corazón se Me llena de delicia: por eso Tú tienes poder sobre Mí, que Soy Omnipotente. Como Hijo Tuyo, Me das sumo contento y Yo, como Tu Creador, Te infundo eterna alegría.

Tú Me das como a Hombre, lo que recibes de Mí como Tu artífice. Eres una criatura, sin embargo has engendrado al Creador; eres Santa y no obstante has engendrado al Santo de los Santos; de manera que Yo Me parezco a Ti en el cuerpo, físicamente, pero Tú te asemejas a Mí en el espíritu. Por eso, lo que es Mío es Tuyo y lo que es Tuyo es Mío.

Por eso Yo te He entregado a esta pequeña criatura tan amada por Mí y Tú Me has entregado a uno de Tus más queridos hijos predilectos; para que ambos, aquí, en esta tierra de promesas, sean lámpara y luz alumbrando el camino que deberán seguir Nuestros elegidos con Nuestra ayuda.

Eres suave, María, eres excelsa, ¡eres refulgente, grande, justa, Santa, buena, pura, ardiente, dulce, preciada, graciosa, amable, amante y amada!

María, dulcísima Madre Mía, a Ti Mi beso más ardiente, a Ti el abrazo más fuerte; a Ti, María, la excelencia más sublime después de la Mía.

Y ahora que He dicho lo que esta hija Tuya quería decirte, le doy a ella y a todos Tus hijos, la bendición más santa alzando esta mano atravesada por un clavo…

Los bendigo, Mis amados hijos y les prometo que dentro de poco conocerán nuevamente cómo responde nuestra Madre a Mi ternura…
__________
Imprimatur:
Mons. René Fernández Apaza
Arzobispo De Cochabamba, Bolivia
2 de abril de 1998

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