¿Qué amor más grande que el de aquel que sabe amar a quien le tortura? Con todo, Yo os he amado así, y he sabido pedir por vosotros mientras que moría.

Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. ESCRITOS DE MARIA VALTORTA.

Desde la cuna hasta la cruz. Desde Belén hasta el monte de los Olivos, os he amado.

El frío y la miseria de mi primera noche en el mundo no me han impedido amaros con mi espíritu y, anonadadamente hasta no poder deciros, Yo–Verbo: “os amo”, os he dicho aquellas palabras con mi espíritu, inseparable del espíritu del Padre y con Él operante en una actividad inextinguible.

La agonía de mi última noche en la Tierra no me impidió amaros. Al contrario, ha tocado las más altas cumbres del amor, ha ardido en el incendio más vivo, ha consumado todo lo que no era amor hasta exprimir, junto con la repulsión por el pecado y el dolor por el abandono paterno, la sangre de mis venas.

¿Qué amor hay más grande que el de aquel que sabe amar sabiéndose odiado? Yo os he amado así.

El primer gesto de mis manos, una caricia; el último, una bendición. Y entre estos dos gestos, nacido el primero en la oscuridad de una noche de invierno, el último en el resplandor de una abrasadora mañana de verano, treinta y tres años de gestos de amor, que respondían a otros tantos movimientos de amor. Amor de milagros, amor de caricias a los niños y a los amigos, amor de maestro, amor de benefactor, amor de amigo, amor, amor, amor…

Y amor más que humano en la última Cena. Antes de que fueran atadas y traspasadas, estas manos mías han lavado los pies de los apóstoles incluso de aquel al que habría querido lavar el corazón, y han partido el pan. Y me rompía el Corazón con aquel pan. Ése os daba. porque sabía cercano mi regreso al Cielo y no quería dejaros solos. Porque sabía qué fácil os es olvidaros y quería que os vierais, hermanos sentados a una única mesa, alrededor de mi mesa, para deciros el uno al otro: “Somos de Jesús”.

¿Qué amor más grande que el de aquel que sabe amar a quien le tortura? Con todo, Yo os he amado así, y he sabido pedir por vosotros mientras que moría.

Amaos como Yo os he amado. El odio extingue la luz, e incluso el simple rencor ofusca la paz. Dios es paz, es luz, porque Dios es amor, pero si no amáis, y amáis como Yo os he amado, no podréis tener a Dios.

Como Yo os he amado. Por eso sin soberbias. De este sagrario, de esta cruz, de este Corazón sólo salen palabras de humildad.

Soy Dios y soy vuestro Siervo, y estoy aquí en espera de que me digáis: “Tengo hambre” para darme a vosotros hecho Pan. Soy Dios y me expongo a vuestros ojos sobre el madero, que era un patíbulo infame, desnudo y maldito. Soy Dios y os ruego que améis mi Corazón. Os lo ruego. Porque os amo, porque si me amáis os hacéis el bien a vosotros mismos. Yo soy Dios, con o sin vuestro amor sigo siendo Dios, pero vosotros no. Sin mi amor no sois nada: polvo.

Os quiero conmigo. Os quiero aquí. Quiero con vuestro polvo hacer una luz de bienaventuranza. Quiero que no muráis, sino que viváis, porque Yo soy la Vida y quiero que vosotros tengáis la Vida.

Amaos sin egoísmo. Sería un amor impuro, destinado a morir por enfermedad. Amaos queriendo para los demás mayor bien del que deseáis para vosotros mismos. Es muy difícil, lo sé, pero ¿veis este Pan eucarístico? Ha forjado mártires. Eran criaturas como vosotros: miedosas, débiles, hasta viciosas. Este Pan les ha convertido en héroes.

En el primer punto os he indicado mi Sangre para vuestra purificación. En el tercer punto os indico esta Mesa y este Pan para santificaros. La Sangre, de pecadores os ha hecho justos; el Pan, de justos os hace santos. Un baño limpia pero no nutre; refresca, repone, pero no se hace carne de la carne. La comida, en cambio, se hace sangre y carne, se hace parte de vosotros mismos. Mi Comida se hace parte de vosotros mismos.

¡Oh! ¡pensad! Mirad a un niño pequeño. Hoy come su pan y mañana de nuevo y también pasado mañana, y el otro, y el otro. Entonces se hace hombre: alto, robusto, hermoso. ¿Su madre lo hizo así? No, su madre lo ha concebido, llevado en su seno, dado a luz, criado y amado, amado, amado. Pero el pequeño hubiera perecido de inanición, si tras la leche no hubiera tenido más que baños, besos y amor. Este pequeño se hace hombre porque toma comida para adultos. Aquel hombre lo es porque toma su alimento cotidiano.

Lo mismo sucede con vuestro yo espiritual. Nutridlo con el Alimento verdadero que desciende del Cielo y que desde el Cielo os trae todas las energías para haceros viriles en la Gracia. La virilidad sana y fuerte siempre es buena. Mirad cómo es más fácil ver a un enfermizo ser áspero y sin compasión ni paciencia. Mi Alimento os hará sanos y fuertes en la virilidad del espíritu y sabréis amar a los demás más que a vosotros mismos, como Yo os he amado.

Porque, mirad, hijos, Yo os he amado no como uno se ama a sí mismo sino más que a Mí mismo. Tanto es así que me he dispuesto a la muerte para salvaros a vosotros de la muerte. Si amáis así conoceréis a Dios.

¿Sabéis qué quiere decir conocer a Dios? Quiere decir conocer el gusto de la verdadera Alegría, de la verdadera Paz, de la verdadera Amistad. ¡Oh! ¡la Amistad, la Paz, la Alegría de Dios! Es el premio prometido a los bienaventurados, pero ya se le da a quien, en la Tierra, ama con todo su ser.

El amor, para ser verdadero, no lo es de palabras, es de hechos, activo, como su fuente que es Dios. Nunca se cansa de obrar ni siquiera por las decepciones que dan los hermanos. Pobre de aquel amor que cae como un pájaro de débiles alas cuando un obstáculo le hiere.

El verdadero amor, aún herido, sube. Si no puede volar, trepa con las uñas y con el pico para no yacer en la sombra y en el hielo, para estar en el sol, medicina de todo mal. Y en cuanto está restablecido vuelve a volar. Y va de Dios a los hermanos y de éstos a Dios, mariposa angélica que lleva el polen de los jardines celestiales para fecundar las flores terrestres, y lleva a Dios los perfumes raptados de las flores más humildes, para que los acoja y los bendiga.

Pero ¡ay de ella si se aleja del sol! El Sol es mi Eucaristía, porque en Ella está bendiciendo el Padre y amante el Espíritu, mientras que Yo, el Verbo, obro.

Venid y tomad. Éste es mi Alimento que ardientemente pido que sea consumado por vosotros.

IV.

“Si permanecéis en Mí y mi doctrina permanece en vosotros, se os dará cuanto pidáis”.

Desciendo en vosotros y me hago vuestro alimento. Pero, como Centro que soy, hacia Mí os aspiro. Vosotros os nutrís de Mí, pero con mayor razón Yo me nutro de vosotros. Ambas hambres son insaciables y continuas. La vid nutre a sus sarmientos, pero son los sarmientos los que hacen la vid. El agua nutre los mares pero son los mares los que nutren el agua, volviendo a subir en evaporaciones para descender de nuevo. Por eso tenéis que permanecer en Mí como Yo en vosotros. Separados, no Yo sino vosotros moriríais.

Yo soy alimento para el espíritu y alimento para el pensamiento. El espíritu se nutre de la Carne de un Dios. Esencia efundida por Dios, sólo puede recibir su alimento de lo que es su matriz. El pensamiento se nutre con mi Palabra que es el Pensamiento de un Dios.

¡Vuestro pensamiento! la inteligencia es la que os hace semejantes a Dios, porque en la inteligencia está la memoria, el intelecto y la voluntad como en el espíritu está la semejanza por ser espíritu, libre, inmortal.

Vuestro pensamiento, para ser capaz de recordar, entender, querer lo que es el bien, tiene que estar nutrido por mi Doctrina. Ésta os recuerda los beneficios y las obras de Dios, quién es Dios, qué se le debe a Dios. Ésta os hace comprender el bien y discernirlo del mal, os hace desear el bien. Sin mi Doctrina os hacéis esclavos de otras que tienen el nombre de “doctrina” pero que son errores. Y como naves sin brújula ni timón vais a la deriva. Salís de las rutas. ¿Y entonces cómo podéis decir: “Dios me ha abandonado” cuando sois vosotros los que le habéis abandonado a Él?

Permaneced en Mí. Si no permanecéis en Mí es signo de que me odiáis. Y mi Padre odia a quien me odia, porque quien me odia, odia al Padre, siendo Yo uno con el Padre. Permaneced en Mí. Haced que el Padre no pueda distinguir al sarmiento de la vid, en tal modo el sarmiento es uno con ella. Haced que el Padre no pueda ver donde termino Yo y comenzáis vosotros, tan plena es la semejanza. Quien ama acaba tomando inflexiones, dichos y gestos del amado.

Yo quiero que vosotros seáis otros Jesús. Y esto porque quiero que obtengáis cuanto pedís –fundidos conmigo sólo podéis pedir cosas buenas– y no tengáis que conocer denegaciones. Y esto porque Yo quiero que tengáis aún más de cuanto pedís, porque el Padre efunde sus tesoros sobre su Hijo en un continuo flujo de amor, y quien está en el Hijo disfruta de esta efusión infinita que es el amor de Dios que se deleita en su Verbo y que circula en Él. Ahora bien, Yo soy el Cuerpo y vosotros los miembros, y por esto la Alegría que me inunda y viene del Padre, el Poder, la Paz y toda perfección que circula en Mí se os comunica, mis fieles, a vosotros que sois parte inseparable de Mí aquí y allende.

Venid y pedid. No tengáis miedo de pedir. Lo podéis pedir todo porque Dios lo puede dar todo. Pedid por los presentes y por los ausentes, pedid por los pasados, los presentes, los futuros, pedid por vuestra jornada, y por vuestra eternidad, y por ésta y aquella de quienes amáis.

Pedid, pedid, pedid. Por todos. Por los buenos para que Dios les bendiga, por los malvados para que Dios les convierta. Decid conmigo: “Padre, perdónales”. Pedid: la salud, la paz en la familia, la paz en el mundo, la paz para la eternidad. Pedid la santidad. Sí, también ésta. Dios es el Santo y es el Padre, pedidle, junto con la vida que os mantiene, la santidad a través de la Fuerza que proviene de Él.

No tengáis miedo de pedir. El pan de cada día y la bendición cotidiana. No sois sólo cuerpo, aún no sois todo espíritu. Pedid por éste y por aquél y se os dará.

No temáis ser demasiado osados. Yo por vosotros he pedido mi misma gloria, más aún, incluso os la he dado para que seáis semejantes a Nosotros que os amamos, y el mundo conozca que sois hijos de Dios.

Venid. En mi Corazón está vuestro Padre. Entrad, para que Él os pueda reconocer y decir: “Que se haga una gran fiesta en el Cielo porque he recobrado a un hijo que amaba”.

“Te he complacido” dice Jesús. “He hablado Yo todo el tiempo. He querido que hablara mi Voz eucarística. Tenedla como mi regalo. Te bendigo y a todos los que la escucharán”.

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