-Señor, mi marido me abandona por una prostituta. Tengo cinco hijos; el último tiene dos años. Mi dolor es grande. escritos de maria valtorta.

174- Sexto discurso de la Montaña: la elección entre el Bien y el Mal; el adulterio; el divorcio. La llegada importuna de María de Magdala.


Es una mañana espléndida.

El aire tiene una nitidez aún más viva de la habitual; debido a ello, parece que las distancias se acortan o que las cosas se ven a través de un ocular, que hace nítidos incluso sus más pequeños detalles. En este ambiente, la muchedumbre se prepara a escuchar a Jesús.

Cada día que pasa, la naturaleza se va haciendo más hermosa, cubriéndose con el vestido opulento de la plena primavera, que en Palestina me parece que es justamente entre Marzo y Abril, porque después adquiere aspecto estivo, con las mieses maduras y las hojas abundantes y completas.

Ahora está todo florido. Desde lo alto del monte, vestido de flores incluso en los puntos aparentemente menos aptos para florecer, se ve la llanura, con su cimbrear de cereales todavía flexibles movidos por el viento, que les imprime un vaivén de ola verde claro, apenas teñida de oro pálido en los ápices de las espigas, que granan bajo sus ásperas aristas. Por encima de este ondear de cereales al viento leve, se ven enhiestos, vestidos de pétalos (parecen numerosas, enormes borlas de tocador, o bolas de gasa blanca, o de color rosa tenuísimo, o rosa fuerte, o rojo vivo), los árboles frutales. Recogidos, como ascetas penitentes, los olivos oran, y su oración se transforma en una nieve de florecillas blancas que cae, por ahora todavía incierta.

El Hermón es, en su cima, alabastro rosa que el sol besa y del que descienden dos hilos de diamante (desde aquí parecen hilos). De ellos el astro arranca fulgores casi irreales. Luego se hunden por debajo de las galerías verdes de los bosques y dejan de verse hasta que llegan abajo, al valle, donde forman cursos de agua, que sin duda desembocan en el lago Merón (no visible desde aquí), del que, a su vez, salen en las bellas aguas del Jordán, para hundirse nuevamente, ésta vez en el zafiro claro del mar de Galilea, que es todo un rielar de lascas -piedras preciosas -a las que el sol hace de engaste y llama. Parece como si las barcas de vela que surcan este lago, sereno y espléndido con su marco de jardines y campos maravillosos, estuvieran guiadas por las nubecillas ligeras que navegan en el otro mar del cielo.
Verdaderamente la creación ríe en este día de primavera, a esta hora de la mañana.

La gente va afluyendo sin interrupción. Sube por todos los lados. Hay ancianos, personas sanas, enfermos, niños, recién casados que quisieran comenzar su vida con la bendición de la palabra de Dios, mendigos, gente bien situada (que llaman a los apóstoles para darles donativos para los necesitados; y tanto buscan un lugar escondido para ello, que parece que se estuvieran confesando).
Tomás ha cogido una de las alforjas de viaje y está echando en ella tranquilamente todo este tesoro de monedas, como si fuera comida para pollos; luego lo lleva todo junto a la piedra desde donde Jesús habla; y ríe alegre diciendo:

-¡Mira qué bien, Maestro! ¡Hoy tienes para todos!
Jesús sonríe y dice:

-Vamos a empezar para que inmediatamente se alegren los que están tristes. Tú y los otros compañeros escoged a los enfermos y a los pobres y traedlos aquí delante.
Esta operación se realiza en un tiempo relativamente breve, pues se deben escuchar los casos de unos u otros; de todas formas, duraría mucho más sin la ayuda de Tomás, que, con su potente vozarrón, encima de una piedra para que lo vean, grita:

-¡Todos los que tengan padecimientos en su cuerpo que vayan a mi derecha, allí, a aquella sombra.
A Tomás lo imita Judas Iscariote -que también tiene una voz no común en cuanto a potencia y belleza -y a su vez grita:

-¡Y todos los que crean tener derecho al óbolo que vengan aquí, alrededor de mí. Y atentos a no mentir porque el ojo del Maestro lee dentro de los corazones.
La muchedumbre comienza a fluir para separarse en tres partes: los enfermos, los pobres y los que sólo desean doctrina.

Entre estos últimos, dos -luego tres -parecen necesitar algo que no es ni salud ni dinero, pero que es más necesario que estas cosas: son una mujer y dos hombres. Miran, miran a los apóstoles sin atreverse a hablar.

Pasa Simón Zelote con su aspecto grave; pasa Pedro con su aspecto de persona atareada, exhortando a un grupo de unos diez rapacillos a que se porten bien hasta el final, prometiéndoles que si así lo hacen les dará unas aceitunas, pero que, si arman jaleo mientras habla el Maestro, les dará unos cachetes; pasa Bartolomé, anciano y serio; pasa Mateo con Felipe, llevando en brazos a un tullido, el cual, si no, hubiera tenido demasiada dificultad para abrirse paso entre la apiñada muchedumbre; pasan los primos del Señor, ofreciendo el brazo a un mendigo casi ciego, y a una pobre que quién sabe cuántos años podrá tener y que llora mientras le cuenta a Santiago todas sus desventuras; pasa Santiago de Zebedeo llevando en brazos a una pobre niña enferma que ha tomado de su madre -que lo sigue angustiada -para impedir que la muchedumbre le haga daño; por último, pasan Andrés y Juan, quienes yo diría que son indivisibles (si bien Juan, con su serena naturalidad de niño santo, va por igual con todos los compañeros, mientras que Andrés, debido a su carácter fuertemente reservado, prefiere ir con su antiguo compañero de pesca y de fe en Juan el Bautista). Ambos se habían quedado a la entrada de los dos senderos principales para dirigir a la muchedumbre hacia su puesto, pero, como ahora ya no se ven más peregrinos por las veredas pedregosas del monte, se han vuelto a reunir para ir donde el Maestro con las últimas limosnas recibidas.

Jesús está ya dedicándose a los enfermos, y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros.
La mujer, que parece llena de pena, por fin se decide a tirar de la túnica a Juan, que está hablando con Andrés y sonríe; Juan se inclina hacia ella y le pregunta:

-¿Qué quieres, mujer?

-Quisiera hablar con el Maestro…
-¿Tienes alguna dolencia? No eres pobre…

-Ni tengo dolencias ni soy pobre, pero lo necesito, porque hay enfermedades sin fiebre, como también miserias sin pobreza, y la mía… la mía… -y se echa a llorar.

-Andrés, mira, esta mujer lleva una pena en su corazón y querría manifestársela al Maestro; ¿cómo podemos resolverlo?

Andrés mira a la mujer y dice:

-Claro, se tratará de algo que te duele manifestar…
La mujer asiente con la cabeza. Andrés prosigue:

-No llores… Juan, preocúpate de que vaya a la parte de atrás de la tienda; yo llevaré allí al Maestro.

Juan, con su sonrisa, ruega a la gente que se abra para dejar paso. Andrés va, en dirección contraria, hacia Jesús.

Pero los dos hombres de aspecto afligido han observado este propósito y uno detiene a Juan y el otro a Andrés; poco después, tanto el uno como el otro están con Juan y la mujer detrás de la pared de ramajes que protege la tienda.

Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido, el cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos. Andrés susurra:

-Maestro, atrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas. Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente…

-Bien. Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan fe.

Andrés se marcha mientras Jesús se inclina hacia la niña, a la que su madre ha tomado de nuevo sobre su regazo.
-¿Cómo te llamas -le pregunta Jesús.

-María.
-¿Y Yo cómo me llamo?
-Jesús -responde la niña.
-¿Y quién soy?

-El Mesías del Señor, venido para curar los cuerpos y las almas.

-¿Quién te lo ha dicho?

-Mi mamá y mi papá, que tienen puesta en ti la esperanza de mi vida.
-Vive y sé buena.

La niña -yo creo que estaba enferma de la columna, pues a pesar de tener ya unos siete años, o más, sólo movía las manos y estaba toda envuelta en gruesas y duras fajas desde las axilas hasta la caderas, que se ven porque su madre ha abierto el vestidito de la niña para mostrarlas -permanece así como estaba, durante unos minutos; luego, bruscamente, desciende del regazo materno al suelo: se echa a correr hasta Jesús, que ahora está curando a la mujer cuyo caso no alcanzo a entender.

Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra.

Jesús se dirige hacia el cobertizo.

Judas de Keriot grita:
-¡Maestro!, ¿y éstos?

Jesús se vuelve y dice:

-Que esperen ahí; también serán consolados -y continúa su camino, con paso veloz, hacia la parte de atrás del entramado de ramajes, donde están, con Andrés y Juan, los tres afligidos.

-Primero la mujer. Ven conmigo. Entre esos matorrales. Habla sin temor.

-Señor, mi marido me abandona por una prostituta. Tengo cinco hijos; el último tiene dos años. Mi dolor es grande.

Pienso en mis hijos… no sé si los querrá él ó si me los dejará a mí. Querrá los varones, al menos el primero… ¿Y yo, que le he dado a luz, habré de privarme en el futuro de la alegría de verlo? ¿Qué pensarán ellos de padre y de mí? De uno de los dos tienen que pensar mal. No quisiera que juzgaran a su padre…

-No llores. Soy el Dueño de la Vida y de la Muerte. Tu marido no se casará con esa mujer. Ve en paz y sigue siendo buena.

-Pero, ¿No lo irás a matar, no? ¿Yo lo amo, Señor!
Jesús sonríe:

-No mataré a ninguno; eso sí, habrá alguien que actuará en lo que es su oficio. Debes saber que el demonio no está por encima de Dios. Regresando a tu ciudad vendrás a tener noticia de que alguien mató a la criatura maléfica, y de un modo tal que tu marido comprenderá lo que estaba haciendo, y su amor por ti renacerá.

La mujer besa la mano que Jesús le había puesto sobre la cabeza y se marcha.

Viene uno de los hombres.

-Tengo una hija, Señor. Desgraciadamente, fue a Tiberíades con unas amigas. Fue como si hubiera respirado un gas tóxico. Volvió a mí como ebria. Quiere irse con un griego… y luego… Pero, ¿por qué tuvo que nacer? Su madre está enferma a causa de este dolor, hasta el punto de que quizás morirá. Sólo las palabras que te oí pronunciar el invierno pasado me disuaden de matarla. Pero -te lo confieso -mi corazón la ha maldecido ya.

-No. Dios, que es Padre, no maldice sino tras el pecado cumplido y obstinado. ¿Qué quieres de mí?

-Que la conviertas.

-No la conozco, y está claro que ella no va a venir a mí.

-¡Tú puedes cambiar su corazón a distancia! ¿Sabes quién me ha enviado a ti? Juana de Cusa. Llegué a su palacio en el momento en que estaba saliendo para Jerusalén, para preguntarle si conocía a ese griego infame. Pensaba que Juana no lo conocería, porque, aunque viva en Tiberíades, es buena; pero, dado que Cusa trata con los gentiles…

Efectivamente no lo conocía, pero me dijo: “Ve donde Jesús, que me llamó el espíritu desde muy lejos y, al llamarme, me curó de mi enfermedad: curará también el corazón de tu hija. Yo haré oración, tú ten fe”. Tengo fe, ya lo ves; ¡ten piedad, Maestro!

-Tu hija, antes de que acabe el día, llorará sobre las rodillas de su madre; tú, por tu parte, sé bueno como la madre: perdona. El pasado ha muerto.

-Sí, Maestro. Será como Tú quieres. Bendito seas.

Se vuelve para irse… Luego torna sobre sus pasos:

-Perdona, Maestro, pero… tengo mucho miedo… ¡La lujuria es un demonio tan…! ¡Dame un hilo de tu vestido para meterlo bajo el cabezal de mi hija, para que el demonio no la tiente mientras duerme.

Jesús sonríe y menea la cabeza… Pero, para que el hombre se quede satisfecho, da su consentimiento y dice:

-De acuerdo, para que estés más tranquilo. De todas formas, debes creer que cuando Dios dice: “quiero” el diablo se aleja sin necesidad de más cosas. Significa que conservarás esto como recuerdo mío -Y le da un fleco de una orla.

Viene el tercer hombre:

-Maestro, mi padre ha muerto. Creíamos que tenía riquezas en dinero, pero no las hemos encontrado. El mal no sería grave porque entre los hermanos no nos falta el pan. Lo que sucede es que yo vivía con mi padre, porque soy el primogénito, y mis hermanos me acusan de haber hecho desaparecer las monedas, y quieren proceder contra mí por ladrón. Tú, que ves mi corazón, sabes que no he robado ni una perra. Mi padre conservaba sus denarios en un cofre, en una cajita de hierro. Cuando ha muerto hemos abierto el cofre, y ya no estaba la cajita. Ellos dicen: “Esa noche, mientras dormíamos, la has robado”. No es verdad. Ayúdame a poner paz y afecto entre nosotros.

Jesús lo mira muy fijamente y sonríe.

-¿Por qué sonríes, Maestro?

-Porque el culpable es tu padre. Su culpa ha sido como la de un niño que esconde su juguete por miedo a que se lo cojan.

-Pero si no era avaro. Créeme. Hacía el bien.

-Lo sé; pero era muy anciano… Son las enfermedades de los ancianos… Quería conservar su dinero para vosotros, y, por excesivo amor, ha provocado un choque entre tus hermanos y tú. La cajita está enterrada al pie de la escalera de la bodega. Esto te lo digo para que sepas que sé las cosas. Mientras te estoy hablando, por pura casualidad tu hermano menor, golpeando airado el suelo, ha hecho quebrar la cajita y la han descubierto; ahora se sienten confundidos y arrepentidos por haberte acusado.

Vuelve a casa sereno y sé bueno con ellos. No les recrimines nada por su falta de estima.

-No, Señor. Ni siquiera iré. Me quedo aquí escuchándote. Ya iré mañana.

-¿Y si te quitan el dinero?
-Tú dices que no debemos ser codiciosos. No quiero serlo. Me basta con que la paz reine entre nosotros. Por lo demás… ni siquiera sabía cuánto dinero había en la caja.

No sentiré ningún pesar porque no me digan la verdad. Pienso que ese dinero se podría haber perdido… Como habría vivido, viviré, si me lo niegan. Me basta con que no me llamen ladrón.

-Estás muy avanzado en el camino de Dios. Sigue así. La paz sea contigo.

Y también éste se va contento.

Jesús vuelve con la multitud, con los pobres, y distribuye, según su propio criterio, los óbolos. Ahora todos están satisfechos y Jesús puede hablar.

-La paz esté con vosotros.

Jesús está en pie, subido a una voluminosa piedra. Está hablando a una gran muchedumbre. El paisaje es alpestre. Una colina solitaria entre dos valles. La cima de la colina tiene forma de yugo, o, aún más exactamente, forma de joroba de camello; de forma que a pocos metros de la cumbre tiene un anfiteatro natural donde la voz retumba neta como en una sala de conciertos muy bien construida. La colina está toda florida. Debe ser el final de la primavera; los cereales de las llanuras tienden ya a dorarse y a madurar para la siega. A1 Norte, un alto monte resplandece con su nevero expuesto al sol.

Inmediatamente más abajo, al Este, el Mar de Galilea parece un espejo reducido a innumerables fragmentos (cada uno de ellos, un zafiro encendido por el sol). Deslumbra con su cabrílleo azul y oro y no se refleja en su superficie sino alguna que otra esponjosa nube que surca el purísimo cielo, o la furtiva sombra de alguna barca de vela. A1 otro lado del lago de Genesaret, un alejarse de llanuras que debido a una leve niebla al ras del suelo (quizás vaporación de rocío, pues deben ser todavía las primeras horas de la mañana, dado que la hierba montana tiene todavía algún diamante de rocío disperso entre sus tallitos), parecen continuar el lago, aunque con tonalidades casi de ópalo veteado de verde; más lejos todavía, una cadena montañosa de perfil muy caprichoso, que hace pensar en un diseño de nubes en el cielo sereno.

La gente está sentada, quién en la hierba, quién en gruesas piedras; otros están de pie. El colegio apostólico no está completo. Veo a Pedro y a Andrés, a Juan y a Santiago, y oigo llamar a otros dos, Natanael y Felipe. Luego hay otro, que está y no está en el grupo; quizás es el último llegado: le llaman Simón. Los otros no están, a menos que sea que no los veo entre la masa de gente.

-Si os enseño los caminos del Señor-habla Jesús-es para que los sigáis. ¿Podéis acaso, recorrer el sendero que baja por la derecha y el que baja por e izquierda juntos? No podéis porque, si tomáis uno, debéis dejar el otro. Ni siquiera tratándose de dos senderos adyacentes podríais manteneros caminando siempre con un pie en cada uno. Acabaríais cansándoos, y equivocándoos, aunque se tratara de una apuesta. Pero es que entre el sendero de Dios y el de Satanás hay una gran distancia, que además cada vez se ahonda más, exactamente como sucede con esos dos senderos que terminan aquí: a medida que van descendiendo se alejan el uno del otro; uno en dirección a Cafarnaúm, el otro en dirección a Tolemaida.

La vida es así, fluye como arco a caballo entre el pasado y el futuro, entre el mal y el bien. En el centro está el hombre con su voluntad y su libre albedrío. En los extremos están: en una parte, Dios en su Cielo; en la otra, Satanás con su Infierno. El hombre puede elegir. Nadie lo obliga.

Que no se me diga: “Pero Satanás tienta” como disculpa de bajar hacia el sendero bajo. Dios también tienta con su amor, que es bien fuerte; con sus palabras, que son muy santas; con sus promesas, que son muy seductoras. ¿Por qué, entonces, dejarse tentar por uno sólo de los dos, y además por el que no merece ser escuchado?

Palabras, promesas, amor de Dios: ¿no son suficientes para neutralizar el veneno de Satanás? Fijaos que ello no testifica a favor de vosotros. Una persona que tenga fuerte salud física supera con facilidad los contagios aun no siendo inmune a ellos. Sin embargo, si uno está ya de por sí enfermo, y por tanto débil, es casi seguro que perecerá si cae en una nueva infección, o, si sobrevive, quedará más enfermo que en el estadio precedente, porque no tiene fuerza en su sangre para destruir completamente los gérmenes infecciosos. Pues lo mismo sucede con la parte superior. Si una persona está moral y espiritualmente sana y fuerte, no es que esté exenta de ser tentada, creedlo, pero el mal no echará raíces en ella.

Cuando oigo a alguno que me dice: “He conocido a tal o cual persona, he leído tal o cual libro, he tratado de llevar a éste o a aquél al bien, pero ha sucedido que el mal que había en su mente y en su corazón, el mal que había en el libro, ha entrado en mí”, Yo concluyo: “Lo que demuestra que ya habías creado en ti el terreno favorable para que entrase; lo que demuestra que eres una persona débil, completamente carente de nervio moral y espiritual. Porque incluso de nuestros enemigos debemos sacar cosas buenas. Observando sus errores debemos aprender a no caer en ellos. El hombre inteligente no es juguete de la primera doctrina que llega a sus oídos.

Quien está saturado de una doctrina no puede hacer espacio dentro de sí para otras. Esto explica las dificultades que uno encuentra cuando trata de persuadir de seguir la verdadera Doctrina a quienes están convencidos de otras. Pero, si me confiesas que tu pensamiento cambia al mínimo soplo del viento, veo que estás lleno de vacíos, veo que tu fortaleza espiritual está llena de fisuras, los diques de tu pensamiento están agrietados en mil puntos por los que salen las aguas buenas y entran las contaminadas. Y eres tan necio y apático, que ni siquiera te das cuenta y no pones el necesario remedio. Eres un desdichado”.

Sabed elegir, pues, entre los dos senderos, el bueno; y proseguir en él, resistiendo, resistiendo, oponiendo resistencia a las seducciones de la carne, del mundo, de la ciencia y del demonio. Las fes a medias, compromisos o pactos hechos con dos (el uno contrario al otro) dejádselos a los hombres del mundo. Ni siquiera en ellos deberían existir, si los hombres fueran honestos. Pero, al menos vosotros, hombres de Dios, no los tengáis.

Ni con Dios ni con Satanás, podríais tenerlos; pero es que ni con vosotros mismos debéis tenerlos, porque no tendrían valor. Vuestras acciones, compuestas de bien y mal, no tendrían valor alguno. Además, las que fueran enteramente buenas quedarían anuladas por las no buenas.

Las malas os conducirían directamente a los brazos del Enemigo. No sean, por tanto, así vuestras acciones; antes bien, sed leales en vuestro servicio. Nadie puede servir a dos señores que piensan de forma distinta: amará a uno y odiará al otro, o viceversa. No podéis ser, al mismo tiempo, de Dios y de Satanás. El espíritu de Dios no puede conciliarse con el espíritu del mundo: el uno sube, el otro baja; el uno santifica, el otro corrompe. Y, si estáis corrompidos, ¿cómo podréis actuar con pureza?

Ya sabéis cómo se corrompió Eva, y Adán por ella. Satanás besó los ojos de la mujer y los embrujó, de modo que todo lo que veía puro hasta ese momento para ella tomó aspecto impuro y despertó curiosidades extrañas. Luego Satanás le besó los oídos, y se los abrió a palabras de una ciencia ignota, la suya. También la mente de Eva quiso conocer lo que no era necesario. Luego Satanás mostró a los ojos y la mente, despertados al Mal, aquello que antes no habían visto ni entendido, y todo en Eva quedó despertado y corrompido; y la Mujer fue al Hombre y le reveló su secreto, y persuadió a Adán de que saborease el nuevo fruto, tan hermoso para la vista, tan prohibido hasta ese momento. Y lo besó y lo miró, con la boca y las pupilas, estando ya presente la mezquindad de Satanás. Y la corrupción penetró en Adán, que vio, y que a través de los ojos sintió el apetito de lo prohibido y lo mordió con su compañera, y cayó desde tanta altura al lodo.

Cuando uno está corrompido arrastra hacia la corrupción, a menos que el otro sea un santo en el verdadero sentido de la palabra. Atención, hombres, con la mirada, la de los ojos y la de la mente: una vez corrompidas, por fuerza corromperán lo demás. Los ojos son faro del cuerpo; del corazón, tu pensamiento. Si tu ojo no es puro -ten en cuenta que por la sujeción de los órganos al pensamiento los sentidos se corrompen por un pensamiento corrompido -todo en ti será tenebroso, seductores velos crearán impuros fantasmas en ti. Todo es puro en quien tiene pensamiento puro, que a su vez da una mirada pura; entonces la luz de Dios, señora, desciende donde no encuentra el obstáculo de la carne. Pero si por mala voluntad has educado tu ojo a torpes imágenes, todo en ti se transformará en tinieblas. Inútilmente mirarás incluso a las cosas más santas; en la oscuridad no serán sino tinieblas, y harás obras de tinieblas.

Por tanto, hijos de Dios, tutelaos contra vosotros mismos. Vigilaos atentamente contra todas las tentaciones. No hay mal en el hecho de ser tentados. El atleta se prepara para la victoria con la lucha. El mal está en ser vencidos por falta de preparación o de atención. Sé que todo puede servir de tentación. Sé que defenderse debilita. Sé que la lucha cansa. De todas formas, ¡ánimo!; pensad en lo que conseguís por estas cosas. ¿Estaríais dispuestos a perder una eternidad de paz por una hora de placer, del tipo que sea? ¿Qué os deja el placer de la carne, del oro y del pensamiento? Nada. ¿Qué conseguís de repudiarlos? Todo.

Hablo a pecadores, porque el hombre es pecador. Bien, decidme, de verdad: ¿una vez aquietado el apetito de la carne o el orgullo o la avaricia, os sentís más lozanos, contentos, seguros? ¿En el tiempo que sigue a la satisfacción del deseo -que es siempre tiempo de reflexión -verdaderamente os habéis sentido felices? Yo no he probado este pan de la carne, pero respondo por vosotros: no; lo que habéis sentido es decaimiento, desagrado, incertidumbre, náusea, miedo, desasosiego: ése ha sido el contenido sacado a la hora transcurrida.

Ahora bien, de la misma forma que os digo: “No hagáis eso nunca” os digo también: “No seáis crueles para con los que  yerran”, os lo ruego. Recordad que todos sois hermanos, hechos de una carne y un alma. Pensad que muchas son las causas que inducen a pecar. Sed misericordiosos para con los pecadores; levantadlos bondadosamente y conducidlos a Dios, mostrando que el camino que han recorrido está erizado de peligros para la carne, la mente y el espíritu. Si hacéis esto, obtendréis un alto premio, porque el Padre que -está en los cielos es misericordioso con los buenos y sabe dar el céntuplo por uno. Por lo cual os digo…

Un fuerte movimiento entre la muchedumbre, que se agolpa hacia el sendero que sube al rellano. Las cabezas de los que están más cercanos a Jesús se vuelven. La atención se orienta hacia otro objeto. Jesús suspende su discurso y vuelve su mirada hacia donde los demás. Está serio; su aspecto es hermoso, con su indumento azul oscuro, los brazos recogidos sobre el pecho, y el sol rozándole la cabeza con el primer rayo que sobrepasa la cresta oriental del monte.

-¡Haceos a un lado, plebeyos! -grita una voz iracunda de hombre -¡Haceos a un lado, que pasa esta belleza!…

Y se presentan cuatro petimetres todo acicalados -de los cuales uno es ciertamente romano porque viste toga romana ­llevando como en triunfo, sobre sus manos cruzadas a manera de asiento, a María de Magdala, gran pecadora todavía.

Ella ríe con su bellísima boca, echando hacia atrás la cabeza de cabellera de oro, toda rizos y trenzas sujetos con horquillas preciosas y con una lámina de oro aljofarada con perlas que le ciñe la parte alta de la frente, diadema bajo la cual cuelgan sutiles rizos que velan los espléndidos ojos a los que un estudiado artificio hace aún más grandes y seductores de lo que ya de por sí son. La diadema queda celada detrás de las orejas, bajo la masa de trenzas que pesa sobre el cuello candidísimo y totalmente descubierto.

Es más… lo descubierto es mucho más que el cuello. La espalda está descubierta hasta los omóplatos y el pecho mucho más. El vestido está sujeto a los hombros por dos cadenitas de oro. No tiene mangas. Todo está cubierto por decirlo de alguna forma -por un velo cuyo único objetivo es el de proteger la piel para evitar que el sol la tueste demasiado. El vestido es muy ligero, de forma que la mujer, echándose -como hace, zalamera, sobre uno u otro de sus adoradores, es como si se echara sobre ellos desnuda.

Tengo la impresión de que el romano es preferido porque es al que preferentemente dirige risitas y miradas y es quien más fácilmente recibe su cabeza sobre el hombro.

-Y así estará contenta la diosa -dice el romano -Roma ha hecho de cabalgadura a la nueva Venus, y ahí está el Apolo que has querido ver.

Sedúcelo, pues… pero déjanos a nosotros también algunas migajas de tus halagos.

María ríe y con ágil y procaz movimiento salta al suelo, descubriendo los pequeños pies, calzados con sandalias blancas con hebillas de oro, y un buen trozo de pierna.

Luego el vestido cubre todo; es amplísimo, de lana ligera como un velo, y blanquísima, sujeto a la cintura, muy abajo, a la altura de las caderas, por un cinturón cuajado de bullones sueltos de oro. La mujer está ahí, como una flor de carne -impura -que por un sortilegio hubiera florecido en la verde llanura poblada de muguetes y narcisos silvestres.

Está más hermosa que nunca. Su boca, pequeña y purpurina, parece un clavel florecido sobre el candor de su dentadura perfecta. El rostro y el cuerpo podrían satisfacer al más exigente de los pintores o escultores, tanto por tonalidad como por las formas. Su pecho y sus caderas tienen la amplitud justa. La cintura es flexuosa de modo natural, delgada en relación a las caderas y al pecho. Parece una diosa como ha dicho el romano, una diosa esculpida en un mármol levemente rosado. La leve tela cubre las caderas para luego pender por delante formando una masa de pliegues. Todo está estudiado para gustar.

Jesús la mira fijamente. Ella, con arrogancia, resiste su mirada mientras ríe y se contorsiona ligeramente por las cosquillas que el romano le está haciendo con un muguete cortado de entre la hierba pasándoselo por la espalda y el pecho, que tiene descubiertos. María, con un gesto estudiado y fingido de enojo, se coloca el velo diciendo:

«Respeto hacia mi candor», lo cual hace a los cuatro prorrumpir en una fragorosa carcajada.

Jesús sigue mirándola fijamente. Apenas desvanecido el ruido de las carcajadas, Jesús, como si la aparición de la mujer hubiera reavivado llamas en el discurso que para terminar se adormecía, lo continúa con nueva fuerza, y ya no la mira a ella, sino a los que lo estaban escuchando, que parecen sentirse en embarazo y escandalizados por esto que ha sucedido.

Jesús continúa:

-He hablado de fidelidad a la Ley, humildad, misericordia, amor, no sólo hacia los hermanos de sangre sino hacia quien por el simple hecho de haber nacido, como vosotros, de hombre, es hermano vuestro. Os he dicho que el perdón es más útil que el rencor, que la compasión es mejor que la intransigencia. Mas ahora os digo que no se debe condenar si no se está exento del pecado por el que se tiende a condenar. No hagáis como los escribas y fariseos, que son severos con todos pero no consigo mismos; que llaman impuro a lo externo, que sólo puede contaminar lo externo, y luego dan cabida a la impureza en su más profundo interior: su corazón.

Dios no está con los impuros, porque la impureza corrompe lo que es propiedad de Dios: las almas, especialmente las de los pequeñuelos, que son los ángeles dispersos por la faz de la tierra. ¡Ay de aquellos que les arrancan las alas con crueldad de fieras demoníacas y abaten a estas flores del Cielo para hundirlas en el lodo, haciéndoles así conocer el sabor de la materia! ¡Ay de ellos!…

¡Mejor sería que muriesen abrasados por un rayo antes que cometer tal pecado!

¡Ay de vosotros, los ricos, los que os gozáis la vida y nada más, porque precisamente entre vosotros fermenta la mayor impureza, recostada sobre el ocio y el dinero! Ahora estáis ahítos; hasta la garganta os llega el alimento de las concupiscencias, y os estrangula.

Un día sentiréis hambre, un hambre espantosa, insaciable, sin posibilidad de ser atenuada, para toda la eternidad.

Ahora sois ricos. ¡Cuánto bien podríais hacer con vuestra riqueza! Sin embargo, con ella hacéis un gran daño, a vosotros y a los demás. Un día sin final conoceréis una pobreza atroz. Ahora reís; os creéis los triunfadores; sin embargo, vuestras lágrimas llenarán los estanques de la Gehena, y no se enjugarán jamás.

¿Dónde anida el adulterio? ¿Dónde, la corrupción de muchachas?

¿Quién tiene dos o tres lechos licenciosos, además del suyo propio como esposo, en los cuales disipa su dinero y el vigor de un cuerpo dado por Dios para que trabaje para su familia y no para debilitarse en repelentes uniones que lo rebajan a nivel inferior al de una bestia inmunda?

Habéis oído que se dijo: “No cometas adulterio”. Pues Yo os digo que quien mire a una mujer con concupiscencia, o quien vaya a un hombre con deseo, aun sólo con esto, ha cometido ya adulterio en su corazón. Ninguna razón justifica la fornicación. Ninguna; ni el abandono o repudio del marido, ni la conmiseración hacia la repudiada.

Tenéis sólo un alma: no mienta, una vez que se ha unido a otra por pacto de fidelidad; pues, de ser así, ese hermoso cuerpo a través del cual pecáis irá con vosotros, almas impuras, a las inexhaustas llamas. Mutiladlo, antes que matarlo eternamente condenándolo.

Vosotros, los ricos, sentinas de vicio llenas de gusanos, sed de nuevo hombres, para que el Cielo no sienta repulsa de vosotros…

María, que al principio ha estado escuchando con una expresión que era todo un cuadro de seducción e ironía, con risitas de burla de vez en cuando, en llegando el discurso a su final, muestra una cara hosca de despecho.

Ha comprendido que Jesús le está hablando a ella sin mirarla. Su enfado se hace cada vez más hosco y rebelde y a lo último no resiste: desdeñosa, se arrolla en su velo y, seguida por las miradas escarnecedoras de la muchedumbre y perseguida por la voz de Jesús, se echa a correr hacia abajo por la pendiente, dejando jirones de su vestido en los cardos y en las matas de escaramujo de los lados del sendero; y va riéndose, rabiosa y burlona.

Jesús reanuda su discurso:

-Estáis indignados por lo sucedido. Ya hace dos días que el pitido de Satanás turba nuestro refugio, que está muy por encima del fango; por tanto ya no es un refugio. Así que lo abandonaremos. Pero antes quisiera completaros este código de “lo más perfecto” en el marco de esta amplitud de luces y horizontes.

Aquí realmente Dios se muestra en su majestad de Creador; viendo sus maravillas, podemos llegar a creer firmemente que el Dueño es Él y no Satanás. El Maligno no podría crear ni siquiera un tallito de hierba. Por el contrario, Dios lo puede todo.

Que esto nos sea motivo de consuelo. Pero… ya estáis todos al sol. Puede haceros daño. Esparcíos hacia arriba por las laderas; ahí hay sombra y frescor. Comed, si queréis. Yo, mientras, os seguiré hablando sobre el mismo tema. La hora se ha hecho tarde por muchos motivos. De todas formas no os duela, que aquí estáis con Dios.

La muchedumbre grita: «Sí, sí, contigo». Y cambia de sitio, hacia la sombra de los bosquecillos diseminados que hay en el lado oriental, de modo que la pared montañosa y el follaje protegen del sol, que ya calienta demasiado.

Jesús dice entretanto a Pedro que desmonte el cobertizo.
-Pero… ¿realmente nos marchamos?
-Sí.
-¿Porque ha venido ella?…

-Sí; pero no se lo digas a nadie, y menos todavía a Simón Zelote: se entristecería por Lázaro. No puedo permitir que la palabra de Dios se transforme en juguete de paganos…

-Comprendo, comprendo…

-Pues comprende también otra cosa.

-¿Cuál, Maestro?

-La necesidad de callar en ciertos casos. ¡Cuidado!; eres maravilloso, pero tu impulsividad es tanta que te lleva a hacer observaciones punzantes.

-Comprendo… No quieres por Lázaro y Simón…

-Y por otros.

-¿Crees que también estarán hoy algunos de éstos?

-Hoy, mañana, pasado mañana, siempre; como también siempre será necesario controlar la impulsividad de mi Simón de Jonás. Ve, ve a hacer lo que te he dicho.

Pedro se pone en movimiento y pide ayuda a sus compañeros.

Judas Iscariote está en un ángulo, pensativo. Jesús lo llama; tres veces, porque no oye. Al final se vuelve:

-¿Me querías, Maestro?

-Sí; ve tú también a comer y a ayudar a tus compañeros.
-No tengo hambre, como tampoco Tú.

-Yo tampoco, pero por motivos opuestos. ¿Estás preocupado, Judas?

-No, Maestro. Cansado…

-Ahora vamos a ir al lago y luego a Judea, Judas. Y donde tu madre. Te lo prometí…

Judas se reanima.

-¿Vas a ir realmente conmigo solo?
-¡Sí, hombre! Ámame, Judas. Quisiera que mi amor estuviera en ti hasta preservarte de todo mal.

-Maestro… soy hombre; no soy ángel; tengo momentos de cansancio. ¿Es pecado tener necesidad de dormir?

-No, si duermes sobre mi pecho. Mira allá, qué feliz se ve a la gente, y qué alegre es el paisaje desde aquí. Pero también debe ser muy bonita Judea en primavera.

-Preciosa, Maestro; sólo allí, en las alturas de las montañas, que superan a las de aquí, es más tardía. Hay flores preciosas. Los pomares son un esplendor. El mío, atendido en particular por mi madre, es uno de los más bonitos. Créeme que verla pasear por él, con las palomas corriendo detrás esperando el grano, aplaca el corazón.
-Lo creo. Si mi Madre no se siente demasiado cansada, me gustaría llevarla a que viera a la tuya. Se querrían, porque son buenas las dos.

Judas, seducido por esta idea, se sosiega, y, olvidándose de “no tener hambre y de estar cansado”, corre adonde sus compañeros riendo alegre, y, siendo alto como es, desata los nudos más altos sin dificultad, y come su pan y sus aceitunas, alegre como un niño.

Jesús lo mira con compasión y luego se dirige hacia los apóstoles.

-Aquí está el pan, Maestro, y también un huevo; se lo he pedido a aquel rico de allí que está vestido de rojo. Le he dicho: “Tú estás aquí todo tranquilo y contento escuchando; El habla y está derrengado. Dame uno de esos huevecillos, que le aprovecharán más a Él que a ti”.

-¡Pero Pedro!

-¡No, Señor! Estás pálido como un niño que mama en pecho vacío. Te estás quedando tan delgado como un pez después de los amores. Déjame a mí. No quiero tener luego cargos de conciencia. Lo pongo sobre esta ceniza caliente. Son las fajinas que he quemado. Tú te lo bebes. ¿Sabes que hace… cuántos hace… ¡bueno… semanas!, que no comemos más que pan y aceitunas y un poco de suero?… ¡Parece como si nos estuviéramos purgando! Y Tú comes menos que ninguno y hablas por todos. Aquí tienes el huevo. Bébetelo tibio, que te vendrá bien.

Jesús obedece, pero, viendo que Pedro come sólo pan, pregunta:

-¿Y tú? ¿Las aceitunas?

-¡Chisss! Me hacen falta para después. Las tengo prometidas.

-¿A quién?

-A unos niños. Pero, si no están formales hasta el final,
me como las aceitunas y a ellos les doy los huesos, o sea, tortazos.
-¡Hombre, qué bien!

-¡Hombre, nunca se los daría; pero es que si no se hace así…! A mí me han dado muchos, y si me hubieran dado todos los que merecía por mis gamberradas, habría recibido diez veces más. Pero vienen bien. Soy como soy, precisamente porque me los han dado.

Todos se echan a reír por la sinceridad del apóstol.
-Maestro -dice Bartolomé -querría decir que hoy es viernes y que esta gente… no sé si va a tener tiempo de procurarse de comer para mañana o de llegar a sus casas.

-¡Es verdad! ¡Es viernes! -dicen varios.
-No importa. Dios proveerá. De todas formas vamos a decírselo.

Jesús se levanta y va hacia su nuevo puesto, o sea, con la gente que está diseminada entre los grupos de árboles.
-Lo primero es recordaros que hoy es viernes. Quien tema no poder llegar a tiempo a su casa y no sea capaz de creer que Dios mañana dará alimento a sus hijos, puede irse inmediatamente, de modo que no se le haga de noche por el camino.

De toda la gente se levantan unas cincuenta personas. Todos los demás permanecen donde están.

Jesús sonríe y empieza a hablar:

-Habéis oído que fue dicho antiguamente: “No cometerás adulterio”. Los que, de vosotros, ya me han oído en otros lugares saben que en varias ocasiones he hablado de este pecado. Pues bien, fijaos, para mí se trata de un pecado que no toca sólo a una persona sino a dos y tres. Me explico. El adúltero peca respecto a sí mismo, peca respecto a su cómplice, peca al llevar a su mujer al pecado, o al marido traicionado, el cual, o la cual, pueden a su vez desesperarse o cometer un delito. Esto por lo que se refiere al pecado ya consumado. Pero digo más; digo que no sólo el pecado consumado, sino el deseo de consumarlo, es ya pecado.

¿Qué es el adulterio? Es desear febrilmente a aquel que no es nuestro, o a aquella que no es nuestra. Se empieza a pecar con el deseo, se continúa con la seducción, se completa con la persuasión, se corona con el acto.

¿Cómo se empieza? Generalmente con una mirada impura. Esto se enlaza con lo que antes decía. El ojo impuro ve lo que a los puros les está celado; por el ojo entra la sed en la garganta, el hambre en el cuerpo, la fiebre en la sangre: sed, hambre, fiebre carnales. Comienza el delirio. Ahora bien, el que padece este delirio, si el otro -la persona objeto de la mirada -es honesto, se queda sólo, revolcándose en sus carbones encendidos, o termina difamando, para vengarse; pero si el otro es deshonesto responderá a la mirada, empezando así el descenso hacia el pecado.

Por tanto, os digo: “El que haya mirado a una mujer con concupiscencia ha cometido ya adulterio con ella, porque su pensamiento ha cometido ya el acto de su deseo”. Antes que esto, si tu ojo derecho te ha sido motivo de escándalo, sácatelo y arrójalo lejos de ti. Más te vale quedarte tuerto que hundirte en las tinieblas infernales para siempre. Y si tu mano derecha ha pecado, ampútala y arrójala. Más te vale tener un miembro menos que pertenecer entero al infierno. Es verdad que ha sido dicho que los deformes no podrán seguir sirviendo a Dios en el Templo; pero, pasada esta vida, los deformes de nacimiento santos, o los deformes por virtud, serán más hermosos que los ángeles y servirán a Dios amándolo en el gozo del Cielo.

Se os dijo también: “Quienquiera que repudie a su mujer le dará libelo de divorcio”. Pues bien, esto debe ser reprobado. No viene de Dios. Dios dijo a Adán: “Ésta es la compañera que te he formado. Creced y multiplicaos sobre la tierra, llenadla y dominadla”. Y Adán, lleno de inteligencia superior porque el pecado todavía no había ofuscado su razón -que había salido de Dios perfecta -, exclamó:

“¡Por fin el hueso de mis huesos y la carne de mi carne! Ésta se llamará Varona, o sea, otro yo, porque fue sacada del hombre. Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne”. Y la eterna Luz, en un creciente esplendor de luces, aprobó con una sonrisa lo que había dicho Adán, lo cual vino a ser la primera, imborrable ley. Pues bien, el hecho de que, por la dureza cada vez mayor del hombre, el legislador tuviera que estatuir un nuevo código; el hecho de que, por la versatilidad cada vez mayor del hombre, tuviera que poner un freno y decir: “Pero si la has repudiado no puedes volver a tomarla”; ello no cancela la primera, genuina ley, nacida en el Paraíso terrenal y aprobada por Dios.

Os digo: “Quienquiera que repudie a su propia mujer, excepto el caso de probada fornicación, la expone al adulterio”. Porque, efectivamente, ¿qué hará en el noventa por ciento de los casos la mujer repudiada? Se casará de nuevo. ¿Con qué consecuencias? ¡Mucho habría que decir acerca de esto! ¿No sabéis que podéis provocar con este sistema incestos involuntarios? ¡Cuántas lágrimas derramadas por la lujuria! Sí, lujuria. No tiene otro nombre. Sed francos. Todo se puede superar cuando el espíritu es recto, mas todo se presta a ser motivo de satisfacción de la carnalidad cuando el espíritu es lujurioso. La frigidez femenina, la pesadez de ella, la falta de habilidad respecto a las labores de la casa, la lengua criticona, el amor al lujo… todo se supera, incluso las enfermedades, e incluso la irascibilidad, si se ama santamente. Pero, dado que después de un tiempo no se ama como el primer día, lo que es más que posible se ve imposible, y se pone en la calle a una pobre mujer, abocada a la perdición. Comete adulterio quien la rechaza.

Comete adulterio quien se casa con ella después del repudio.

Sólo la muerte rompe el matrimonio. Recordad esto. Y, si vuestra elección ha sido desafortunada, cargad con las consecuencias como cruz, siendo dos infelices, pero santos, y sin hacer de los hijos -que, siendo inocentes, son los que más sufren por estas situaciones desgraciadas -unos infelices aún mayores que vosotros. El amor a los hijos debería haceros meditar muchas veces, muchas, incluso en el caso de la muerte del cónyuge.

¡Oh, si supierais contentaros con aquel que habéis tenido y al que Dios ha dicho: ¡“Basta”! ¡Oh, si supierais, vosotros viudos, vosotras viudas, ver en la muerte no una mengua sino una elevación a mayor perfección como procreadores! Ser padre o madre -además de lo que ya se es -en lugar de la madre o el padre muertos. Ser dos almas en una. Recoger el amor hacia los hijos del labio helado del cónyuge agonizante y decir: “Ve en paz. No temas por los que de ti vinieron. Yo los seguiré amando por ti y por mí, amándolos doblemente. Seré padre y madre. No se sentirán infelices bajo el peso de su orfandad, ni sentirán los innatos celos de los hijos de cónyuges unidos en segundas nupcias respecto a aquel, o a aquella, que ocupa el sagrado lugar de la madre, o del padre, que Dios llamó a otra morada”.

Hijos, mi discurso comienza a declinar, como está para declinar el día que se pone, con el sol, hacia occidente. Quiero que de este encuentro en el monte conservéis estas palabras. Esculpidlas en vuestros corazones; en él leedlas a menudo. Que os sean guía perenne. Mas, sobre todo, sed buenos para con los débiles. No juzguéis, para no ser juzgados. Acordaos de que podría llegar el momento en que Dios os recordase: “Así juzgaste. Por tanto, sabías que estaba mal hecho. Cometiste, entonces, pecado teniendo conciencia de lo que hacías. Paga ahora tu pena”.

La caridad es ya absolución. Tened la caridad en vosotros para todos y hacia todo. No os enorgullezcáis por el hecho de que Dios os mantenga en pie con abundantes ayudas; tratad, más bien, de subir toda la larga escalera de la perfección, y ofreced la ayuda de vuestra mano a los que están cansados, al que no sabe, a quienes se encuentran en las redes de súbitas desilusiones. ¿Por qué observar con tanta atención la pajuela en el ojo de tu hermano, si antes no te preocupas de quitar la viga del tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu prójimo “deja que te quite del ojo esta pajuela”, cuando te ciega la viga que tienes en el tuyo? No seas hipócrita, hijo. Quítate primero la viga de tu ojo; sólo entonces podrás quitar la pajuela a tu hermano sin malograrlo del todo.

No tengáis anticaridad, pero tampoco imprudencia. Os acabo de decir: “Extended vuestra mano a los que están cansados, a los que no saben, a los que se encuentran en las redes de súbitas desilusiones”. Mas si es caridad enseñar a los que no saben, infundir ánimo a los que están cansados, dar nuevas alas a aquellos que por muchas cosas las han quebrantado, es imprudencia revelar las verdades eternas a los que están infectados de satanismo, que se apoderan de ellas para pasarse por profetas, infiltrarse entre las personas sencillas, corromper, descarriar, ensuciar sacrílegamente las cosas de Dios. Respeto absoluto, saber hablar y callar, saber reflexionar y actuar: éstas son las virtudes del verdadero discípulo para hacer prosélitos y servir a Dios. Tenéis una razón. Si sois justos, Dios os dará todas sus luces para guiar aún mejor vuestra razón. Pensad que las verdades eternas son semejantes a perlas, y nunca se ha visto arrojar las perlas a los cerdos, que prefieren las bellotas y una papilla fétida antes que perlas preciosas: las pisotearían sin piedad, para, después, con la furia propia de quien hubiera sido objeto de burla, revolverse contra vosotros para despedazaros. No deis las cosas santas a los perros. Esto vale para ahora y para el futuro.

Muchas cosas os he dicho, hijos míos. Escuchad mis palabras: quien las escucha y las pone en práctica es comparable a un hombre reflexivo que, queriendo construir una casa, eligió un lugar rocoso. Sin duda le costó construir los cimientos. Tuvo que trabajar a base de pico y cincel, hacerse callos en las manos, cansar sus lomos.

Pero luego pudo colar su argamasa en los huecos abiertos en la roca, y meter en ellos los ladrillos bien apretados, como en muralla de baluarte, y así la casa se fue alzando sólida como un monte. Vinieron las inclemencias del tiempo, los turbiones; las lluvias desbordaron los ríos, silbaron los vientos, azotaron las olas… y la casa resistió todo. Así es el hombre que tiene una fe bien cimentada. Sin embargo, quien escucha con superficialidad y no se esfuerza en grabar en su corazón mis palabras -porque sabe que para hacerlo debería esforzarse, padecer dolor, extirpar demasiadas cosas -es semejante a aquel hombre que por pereza y necedad edifica su casa sobre la arena. En cuanto llegan las inclemencias, la casa, pronto construida, cae pronto, y el necio se queda mirando, desolado, sus ruinas y la quiebra de su capital. Pues bien, en nuestro caso es peor que un derrumbamiento -que se podría, no sin gastos y esfuerzos, reparar todavía-; en este caso, una vez derrumbado el edificio mal construido de un espíritu, nada queda para volver a edificarlo. En la otra vida no se construye. ¡Ay de quien se presente allí con escombros!

He terminado. Me encamino hacia abajo, hacia el lago. Os bendigo en nombre de Dios uno y trino. Mi paz descienda sobre vosotros.

Pero la muchedumbre grita:

-¡Vamos también nosotros! ¡Déjanos ir contigo! ¡Nadie habla como Tú!

Y se encamina también la gente siguiendo a Jesús, que baja no por la parte por la que ha subido sino por la opuesta, que va en línea recta hacia Cafarnaúm.
La bajada es muy inclinada, pero se recorre muy rápidamente, y pronto llegan a los pies del monte, arrellanado sobre la planada verde y florida.

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