LA EUCARISTIA ES CARNE, MAS TAMBIEN ES SANGRE…

Dice Jesús: ESCRITOS DE MARIA VALTORTA.

De esta Sangre que derramé toda, hasta la última gota,

por la Humanidad, ¡qué pocos saben valorar

su precio infinito y disfrutar de sus méritos poderosísimos!
“Esta vez me presento a ti con otro ropaje. La Eucaristía es Carne, mas también Sangre. Aquí me tienes bajo el ropaje de Sangre. Mira cómo trasuda y brota en arroyuelos por mi rostro desfigurado, cómo escurre a lo largo del cuello, sobre el torso, sobre el vestido doblemente rojo al empaparse con mi Sangre. Fíjate cómo baña mis manos ligadas y baja hasta los pies y el suelo. Soy verdaderamente Aquel que pisa las uvas del que habla el Profeta, mas el que me ha pisado ha sido mi amor. De esta Sangre que derramé toda, hasta la última gota, por la Humanidad, ¡qué pocos saben valorar su precio infinito y disfrutar de sus méritos poderosísimos!

Pido Yo ahora a quien lo sepa contemplar y comprender,

que imite a la Verónica y enjugue con su amor el Rostro

sanguinolento de su Dios
Pido Yo ahora a quien lo sepa contemplar y comprender, que imite a la Verónica y enjugue con su amor el Rostro sanguinolento de su Dios. Pido Yo ahora a quien me ame, que cure con su amor las heridas que de continuo me infieren los hombres. Pido Yo ahora, sobre todo, que no se malpierda esta Sangre, que se recoja con atención infinita hasta la más insignificante de sus gotas y se derrame sobre cuantos no se preocupan de Ella.

Ahora, para el mes de mi Sangre, haré que le ruegues a Ella
En este mes, que está a punto de terminar, ha sido mucho lo que te he hablado de mi Corazón y de mi Cuerpo en el Sacramento. Ahora, para el mes de mi Sangre, haré que le ruegues a Ella
Dirás pues así:
“Sangre divinísima que brotas para nosotros de las venas del Dios humanado, desciende cual rocío de redención sobre la tierra contaminada y sobre las almas a las que el pecado las hace semejantes a los leprosos. Heme aquí, yo te acojo, Sangre de mi Jesús, y te derramo sobre la Iglesia, sobre el mundo, sobre los pecadores, sobre el Purgatorio. Ayuda, conforta, limpia, enciende, penetra y fecunda, ¡oh Jugo divinísimo de Vida! Que la indiferencia y la culpa no pongan obstáculo a tu fluir, antes por los pocos que te aman, por los innumerables que mueren sin Ti, acelera y difunde sobre todos esta divinísima lluvia para que se acerquen a Ti confiados durante la vida, sean por Ti perdonados en la muerte y lleguen contigo a la gloria de tu Reino. Así sea.”
Basta por ahora. Yo aplico mis venas abiertas a tu sed espiritual Bebe de esta fuente. Conocerás el Paraíso y el sabor de tu Dios, sabor que nunca decaerá si tú sabes venir siempre a Mí con tus labios y tu alma purificados por el amor.”
A las 4 de la mañana, entre los descansos de mi

duermevela, comenzó a hablar mi Jesús
A las 4 de la mañana, entre los descansos de mi duermevela, comenzó a hablar mi Jesús. Caían sus palabras cual gotas de luz en los despertamientos y naufragaban en los retornos del sueño, pues me encuentro tan abatida y cansada… Era como si Jesús estuviese curvado sobre mi lecho y me fuese diciendo una palabra de cuando en cuando. Pero, llegada la hora de sentarme y de moverme, sacudiendo el sueño, aquellas palabras tantas veces repetidas al modo del estribillo de una espiritual nana, cobraron un vivo fulgor en mi mente. Son las dos primeras frases del primer párrafo del día 28: “Sed perfectos… Vivid como ángeles”. Tras éstas fuéronse desanudando las demás. Quedaba bien poco por decir cuando llegó usted (P. Migliorini) con la S. Comunión. Y terminó todo inmediatamente después.

El otro fragmento es una vista interna (¿se dice así?)

de mi Jesús herido y goteando sangre
El otro fragmento, como usted puede fácilmente comprender, es una vista interna (¿se dice así?) de mi Jesús herido y goteando sangre. No es el bello Jesús vestido de blanco, arreglado, majestuoso, de las otras veces, ni tampoco el Niño resplandeciente de la última vez sonriendo en el regazo de María.

Es un triste, tristísimo Jesús, cuyas lágrimas se mezclan

con su sangre, contuso, despeinado, con el vestido manchado,

atadas las manos, la corona bien apretada en la cabeza
Es un triste, tristísimo Jesús, cuyas lágrimas se mezclan con su sangre, contuso, despeinado, con el vestido manchado, atadas las manos, la corona bien apretada en la cabeza. Veo distintamente la corona de gruesas espinas, no largas, sino espesísimas, que penetran y rasgan sus carnes. Cada pelo tiene su gota de sangre y ésta desciende, en arroyuelos, de la frente sobre los ojos, a lo largo de la nariz, bajando por la barba y el cuello sobre el vestido, gotea sobre las manos que, con ser tan pálidas, más parecen rojas, y baña la tierra tras haber bañado los pies. Mas lo que es tristísimo de ver es su mirada… Demanda compasión y amor y trasluce, bajo su resignada mansedumbre, un dolor infinito.

ningún cuadro de Jesús ni de María, que yo conozca, se

asemeja a lo que yo veo, ni en los rasgos ni en la expresión
También aquí, si fuera capaz, querría poder pintarlo para usted y para mí. Porque, si bien lo pienso, ningún cuadro de Jesús ni de María, que yo conozca, se asemeja a lo que yo veo, ni en los rasgos ni en la expresión. Esta, sobretodo, falta en las obras de los autores. Pero, ¡yo llegar a se pintora…! Nada es imposible para Dios, es cierto; mas es esto algo muy gordo…! Y creo que el buen Dios no lo hará para que ni con esto llegue a complacerme.

C-43. 129-130

A. M. D. G.

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