¿Cómo me voy a compadecer de las personas que ni sostienen una fe recta ni una firme esperanza ni una ferviente caridad hacia mí? (JESUS)

Capítulo 39 ESCRITOS DE SANTA BRIGIDA.

Yo tuve tres virtudes en mi muerte. Primero, fe, cuando doblé mis rodillas y recé, sabiendo que el padre podía librarme de mi sufrimiento. Segundo, esperanza, cuando perseveré resueltamente diciendo: ‘No se haga mi voluntad’. Tercero, caridad, cuando dije: ‘¡Hágase tu voluntad!’ También padecí agonía física debido al temor natural a sufrir, y un sudor de sangre emanó de mi cuerpo. Por ello, para que mis amigos no teman ser abandonados cuando les llegue el momento de la prueba, Yo les demostré en mí que la débil carne siempre trata de escapar del dolor. Podrías preguntar, quizá, cómo fue que mi cuerpo segregó un sudor de sangre.

Bien, de la misma forma en que la sangre de una persona enferme se reseca y se consume en sus venas, mi sangre se consumió por la angustia natural de la muerte. Queriendo mostrar la manera en la que el Cielo se abriría y cómo las personas podrían entrar en él después de su exilio, el Padre amorosamente me entregó a mi pasión para que mi cuerpo fuera glorificado una vez que la pasión se hubiera consumado. Porque mi naturaleza humana no podía simplemente entrar en su gloria sin sufrir, pese a que Yo fui capaz de hacerlo mediante el poder de mi naturaleza divina.

¿Por qué, entonces, las personas con poca fe, vanas esperanzas y sin amor merecerían entrar en mi gloria? Si tuvieran fe en el gozo eterno y en el terrible castigo, no desearían nada más que a mí. Si ellos realmente creyeran que yo veo todas las cosas y tengo poder sobre todas las cosas, y que Yo exijo un juicio para cada uno, el mundo les resultaría repugnante, y no osarían pecar en mi presencia, por temor a mí y no a la opinión humana. Si tuvieran una firme esperanza, todo su pensamiento y entendimiento se dirigiría hacia mí. Si tuvieran amor divino, sus mentes pensarían al menos sobre lo que hice por ellos, los esfuerzos que hice al predicar, el dolor que padecí en mi pasión, el gran amor que tuve al morir, tanto que preferí morir antes que perderlos.

Pero su fe es débil y vacilante, apuntando a una caída fulminante, porque están dispuestos a creer cuando están ausentes los impulsos de la tentación, pero pierden confianza cuando se topan con la adversidad. Su esperanza es vana, porque esperan que su pecado sea perdonado sin un juicio y sin una correcta sentencia. Confían en que pueden conseguir el Reino de los Cielos gratuitamente. Desean recibir mi misericordia sin la moderación de la justicia. Su amor hacia mí es frío, pues nunca se ponen a buscarme ardientemente a menos que se sientan forzados por la tribulación.

¿Cómo me voy a compadecer de las personas que ni sostienen una fe recta ni una firme esperanza ni una ferviente caridad hacia mí? Por ello, cuando me imploren y digan ‘¡Señor, ten piedad de mí!’ no merecerán ser oídos ni entrar en mi gloria. Si no quieren acompañar a su Señor en el sufrimiento no lo acompañarán en la gloria. Ningún soldado puede complacer a su señor y ser bien recibido de nuevo después de un desliz, a menos que primero se humille para reparar su ofensa.

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