Yo no escucho vuestras palabras devolviéndoos, con igual medida, lo que me hacéis a Mí al no escuchar mis palabras. Y mientras que permanezcáis la generación perversa que sois, enemiga de Dios y del espíritu y amiga de la carne y de la sangre y del Incitador de la carne y de la sangre, no gozaréis de la paz verda­dera.

17 de diciembre CUADERNOS DE VALTORTA.

 

 

Deuteronomio 2 [1], 26-29-35-43.

Dice Jesús:.

«La incredulidad es una de las mayores plagas de vuestro tiem­po de desventura.

No creéis en las palabras de la Fe o creéis del modo que os parece a vosotros: relativo y acomodado a vuestro método de vida.

No creéis en Dios con sencillez y firmeza. Discutís, caviláis, medís con vuestras medidas lo que es infinito y lográis llegar a negar porque no sabéis explicar.

Negáis la potencia de Dios en pleno porque no admitís que Dios puede suscitar santos hasta de las piedras y dar palabra a las almas mudas. Dios hace lo que quiere, y para confundir a los sober­bios coge a los pequeños y los hace grandes, porque entra en ellos y se convierte en su “todo”.

Vosotros negáis el milagro. O sea, admitís los milagros que os convienen. Los otros, y no son menores, por el hecho de ser espiri­tuales, decís que no pueden ser posibles. ¿Y qué? ¿Me pondríais lí­mites? ¿Acaso os he pedido consejo y aprobación para actuar? ¿Os he pedido ayuda? No. Me basta la buena voluntad de mis siervos para suscitar el milagro, que vosotros negáis, de hacer de una nada un siervo mío. No os pido vuestra cooperación, ¡oh fariseos renega­dores!, y no la necesito.

Recordadlo y sed menos incrédulos y soberbios. Bajad vuestra or­gullosa cabeza y permitid así subir a vuestro espíritu. Dios, viendo que creéis en Él, humilde y tenazmente, os concederá el milagro de la transformación de vuestro corazón, lleno de trabas humanas, en un corazón que la Fe vuelve a consagrar.

No tengáis miedo de quien es vuestro Padre. Amadle y bendecid­le siempre, porque Él sólo tiene para vosotros un amor infinito que todo lo compadece y perdona con sólo ver en vosotros la recta inten­ción.

Pero ésta es la que os falta. Todas vuestras acciones llevan un germen que no es recto. Son escasas, como las perlas negras, las criaturas cuyas intenciones tienen un sólo fin: la gloria de Dios sin preocupación de la estima humana. Por esto Yo no escucho vuestras palabras devolviéndoos, con igual medida, lo que me hacéis a Mí al no escuchar mis palabras.

Y mientras que permanezcáis la generación perversa que sois, enemiga de Dios y del espíritu y amiga de la carne y de la sangre y del Incitador de la carne y de la sangre, no gozaréis de la paz verda­dera. Verdadera: no ficticia como el estancarse de un mal crónico, que no es más que la secreta recogida de nuevas toxinas destinadas a desbordarse en la sangre para agravar cada vez más el mal que mata.

Vuestras paces son iguales. No son más que recogida de fuerzas y de medios para guerras futuras más demoniacas. Os lo había dicho [2] y hecho decir por mi santa Madre, por mis siervos a quienes les estaba desvelado el futuro. Pero vosotros negáis el milagro, voso­tros negáis la revelación, vosotros negáis a Dios.

¿Qué no negáis vosotros? Negáis todo lo que no es fruto de vues­tra soberbia, y no actuáis según las luces que vienen de lo alto sino según los ríos que salen de vuestro ser encendido por la soberbia, incitado por la prepotencia, satanizado por la triple lujuria.

Y Yo que estoy inclinado como un Padre, que soy Amor para quien me es fiel, no puedo bendecir vuestros designios de ser regido­res de vuestras empresas. Y; recordadlo, quien no tiene a Dios consi­go perece».

Como complemento de todo mi sufrir veo, claramente, a María Stma. vestida de negro. Completamente: velo, vestido, manto, que va con rostro de tristeza infinita como por un jardín. Digo jardín porque hay flores, pero exactamente no veo parterres. Hay flores y senderos. No veo nada más.

La Virgen se inclina para recoger flores. Añado, para explicar mejor, que parece que un huracán se hubiera abatido sobre ese lugar, porque una parte de las hierbas y las flores están rotas, y la otra parte dobladas en el barro del sendero. María recoge las rotas y las besa, aparta con el pie las dobladas en el fango, pero no las coge. Y llora.

A una pregunta mental mía responde:

«Son almas sacerdotal es con las que se han ensañado el mundo y Satanás, y se ensañan especialmente en estos tiempos.

Las rotas son los que han sido matados por el odio del mundo: los mártires de este siglo. Les recojo y les llevo al Cielo porque soy la Madre del Sacerdocio y llevo a mis hijos fuera del horror a la Luz que se han merecido. Los recojo en mi manto para verter esta santa floración al pie del trono de Dios.

Las otras son los sacerdotes que se han dejado inclinar, por utili­dad humana y por quietismo, cuando no por exaltarse de orgullo, por sucesos o doctrinas que les desnudan de su armadura preserva­dora. Han perdido el temple que les ha infundido el carácter sacer­dotal y se han hecho plegables a los vientos humanos hasta man­char su florecida seda con el fango de la tierra.

Lloro sobre el dolor de los primeros y sobre el error de los segun­dos. Pero mi llanto sobre los primeros se transforma en perlas eter­nas destinadas a su corona. Sobre los segundos no hay sino dolor que quisiera salvarles y no puede si antes ellos no lloran sobre sí mismos.

Es el dolor más grande de mis dolores de Madre universal por sus hijos que ofenden a mi Primogénito muerto para dar la vida a todos mis hijos. En estos días, en que se renueva mi gozo de Madre de Dios, el mundo encuentra el modo de cambiar mi vestido de cán­dida alegría en vestido de luto, matando a mis sacerdotes o a sus almas -doble muerte y sin esperanza-.

Ora y sufre para ayudar a los mártires y para salvar a los culpa­bles».

 

[1] Pero quizá se trata del cap. 1

[2] Por ejemplo, en el dictado del 15 de agosto

Un comentario sobre “Yo no escucho vuestras palabras devolviéndoos, con igual medida, lo que me hacéis a Mí al no escuchar mis palabras. Y mientras que permanezcáis la generación perversa que sois, enemiga de Dios y del espíritu y amiga de la carne y de la sangre y del Incitador de la carne y de la sangre, no gozaréis de la paz verda­dera.

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