CREED EN LA OTRA VIDA, BASTA CON ESTO.

11 de septiembre  DADO A VALTORTA.
Dice Jesús:

«Muchas almas se pierden por querer ”buscar lo que les sobrepa­sa, y tratar de escrutar lo que excede sus fuerzas” como dice el Ecle­siástico: cap. 3, v. 22.

Es el antiguo veneno. El hombre siempre ha tenido, y tiene, cu­riosidades malsanas y profanaciones sacrílegas. Quiere impulsar su investigación a regiones que la sabiduría divina tiene envueltas en el misterio no por celoso poder sino por amor providente. ¡Ay si el hombre lo conociera todo del futuro y de los secretos del universo! Ya no tendríais paz espiritual ni paz natural. Dejad el futuro a Dios, creador y dispensador del tiempo, y dejad vírgenes las zonas del universo cuya posesión os daría armas para turbar cada vez más vuestra existencia de individuos y de espíritus.

. Ya he dicho 105 que Yo no soy contrario a las obras de la inteligencia humana. Si lo fuese debería decir que soy incoherente conmigo mismo que he dado al hombre la inteligencia para que la use y no para que la mantenga inerte. Pero, por boca de la Sabiduría, os digo: No queráis ser curiosos escudriñadores de las obras de Dios, no tratéis de ir más allá de los confines que Yo he puesto para sepa­rar vuestra potencia de potencias más fuertes que la vuestra, de leyes del cosmos, de secretos de fuerzas naturales, y sobre todo de los misterios de ultratumba cuya verdad y cuya vida sólo Yo tengo el derecho de desvelaros, porque soy el Señor de todas las cosas mientras que vosotros sólo sois los huéspedes de esta pobre tierra y no sabéis lo que os está reservado más allá de la vida de la tierra.

Creed en la otra vida. Basta con creer en esto. Creed que en ella existe un premio y un castigo, fruto de una Justicia santa, que espe­ra ser aplicado a cada individuo. Esto os lo he hecho conocer por vuestro bien. No hace falta que sepáis más.

No turbéis, con vuestras chismosas curiosidades, la paz sobrena­tural de la otra vida. Aunque sea hacia los atormentados, o sea hacia aquellos que no tienen paz porque están separados de Mí, vuestro penetrar trae siempre un aumento de turbación. ¿Por qué turbar con ecos de la tierra la serenidad de los cielos? ¿Por qué au­mentar el tormento de los castigados con voces que les recuerdan al mundo en el que merecieron el castigo? Tened respeto de los prime­ros y piedad de los segundos.

Sólo Yo, Señor del Cielo y de la Tierra, árbitro supremo de todas las cosas, Potencia perfecta en todas las cosas, puedo tomar tales iniciativas y reanudar contactos del hombre con el misterio de la otra vida. Sólo Yo. Entonces es cuando os mando mis mensajeros, y siempre a fin de bien, nunca para someterme a necias y profanado­ras investigaciones humanas.

Bienaventurados los que creen sin haber visto, dije a Tomás, y lo digo de nuevo a todos los curiosos y a los incrédulos de la tierra. No hay necesidad de pruebas para creer en la segunda vida, que -en­tretanto sabedlo- no es como vosotros conjeturáis arbitrariamente, sino como Yo he dicho: una segunda vida, una, no más y más vidas. Sois hombres y no granos de trigo que sembrados de nuevo germi­nan una, dos, diez, cien veces cuanto son sembrados.

No hay necesidad de pruebas. Basta mi Palabra. Porque si decís que creéis en ella y después buscáis pruebas sobrenaturales para creer, mentís y me dejáis por mentiroso. Mentís porque con la boca decís que creéis y con la mente no creéis y buscáis pruebas. Me de­jáis por mentiroso porque vuestro buscar pruebas lleva en sí la idea, silenciada pero vivísima, de que Yo puedo haber dicho algo que no es verdad.

Como castigo de tan inútiles, peligrosas, necias curiosidades y de tan irreverentes y sacrílegospensamientos, Yo permito que en los desgraciados indagadores de lo que al hombre no le es necesario in­dagar, se cree, en los mejores, confusión mental, turbación de los es­píritus y grave herida para la Fe, y en los peores muerte de la Fe y del espíritu.

De entre estos violadores del misterio ¿quienes son los mejores? Son aquellos que se acercan a él no para hacerme un proceso, por­que soy improcesable, sino para buscarme porque no saben encontrarme por otras vías más seguras, humildes y altas como Aquel que las ha señalado: Cristo, que ha venido a la tierra precisamente para traer la doctrina segura que os guiase a la segunda vida y para fundar la Iglesia, depositaria y Maestra de mi doctrina. Éstos no saben abrazar los pies de la Iglesia con la sencillez de los niños y la humildad de los santos, y decirle: “Te amo, te obedezco; guíame tu”. Pero me buscan con pensamiento recto. Por eso tengo aún mucha misericordia con ellos.

De entre estos violadores del misterio ¿quienes son los peores? Son aquellos que se acercan a él por pura curiosidad científica, por utilidad humana, del tipo que sea: desde la moneda vil que se da como precio a sus ciencias de magia, a la utilidad directa que les puede venir (al menos creen que les pueda venir) de señales ultrate­rrenas. Pero no es así como se obtienen señales. Vienen espontánea­mente, por mandato mío y no por llamada humana. Con éstos seré un Juez de severidad inexorable y les castigaré porque les ha falta­do Fe y respeto hacia el Dueño de ésta y de la verdadera Vida, y por haber faltado de respeto a los difuntos, hacia los cuales sólo Yo tengo el derecho de hacerme emanador de órdenes capaces de apar­tarles de sus moradas extraterrenas.

Bienaventurados, bienaventurados, tres veces bienaventurados quienes creen sin necesidad de pruebas; bienaventurados, siete veces bienaventurados quienes no han dudado nunca, ni un instan­te, de mi palabra y de mi doctrina confiada a la Maestra, mi Espo­sa: la Iglesia, y sin haber osado nunca, ni tan siquiera deseado osar, profanar los reinos ultraterrenos, están convencidos de que la vida no muere en esta tierra, sino que cambia naturaleza y se hace eter­na: beata para quienes han sabido vivir de Mí y en Mí, espantosa para quienes repudiando a Dios han fornicado con Satanás.

A estos puros creyentes, a estos espíritus humildes y sencillos, para los que la Fe es luz y mi Palabra vida, Yo concedo lo que niego a los indagadores: la posesión y el conocimiento de la Verdad ultra­terrena» .

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