¿no sabéis, reyes y gobernantes, que lo sois hasta que Yo lo quiera y mientras que vuestros errores no sus­citen mi: “Basta’, MENSAJE A ITALIA.

23 de octubre  ESCRITOS DE MARIA VALTORTA.
Dice Jesús:

«Esto te hará sufrir. Pero no puedo hablar siempre sólo para ti, pequeña esposa de amor y dolor.

Escribe para todos. La palabra de Abdías es la página de la Ita­lia de este último siglo. No hay error ni tan siquiera en la descrip­ción del terreno.

¡Oh Italia, Italia a la que he dado tanto y que me has olvidado y has olvidado mis beneficios! Y en ese Piemonte, donde existe un tes­timonio de Dios que no es inferior al del Tabernáculo mosaico -por­que si en éste había dos tablas escritas por el profeta de Dios, aquí está la historia de mi Pasión escrita con tinta de Sangre divino sobre el lino 151 que la piedad ofreció para envolver mi desnudez de Inmola­do- y en ese Piemonte tenía que comenzar el error que ha florecido ahora con una flor tan dolorosa y que os dará un fruto tan venenoso!

La soberbia del corazón, el eterno pecado del hombre, vino a ex­traviar a tus gobernantes, Italia, a tus gobernantes para los que fue fatal el haber vencido. Siempre es fatal cuando el don de Dios no des­ciende a un corazón de hijo sincero, respetuoso y amante del Padre.

El don fermenta, mezclando su bien con el mal que hay en voso­tros, y produce una amalgama de destrucción. Destruís primero la gracia en vosotros, después la benevolencia de Dios hacia vosotros, y en tercer lugar el fruto de esa benevolencia. En vuestro caso las victorias iniciales, mezclando la lícita causa del resurgimiento na­cional con la soberbia, de la que provienen las prepotencias y los errores, han destruido ese bien que Yo os había concedido.

Enseguida os habéis equivocado. Os habéis creído seguros por­que lo habíais logrado. Pero ¿no sabéis, reyes y gobernantes, que lo sois hasta que Yo lo quiera y mientras que vuestros errores no sus­citen mi: “Basta’,? Aunque os hubierais convertidos en los más pode­rosos de la tierra y vuestro trono hubiera sido colocado en las cimas por donde se pasea el águila, hecho en las rocas mismas de los mon­tes que coronan esta tierra, coronado por mis estrellas, un pensa­miento de mi Voluntad podría desintegrarlo y hacer caer sus restos en un valle profundo.

Os olvidáis demasiado de que sólo Uno es Poderoso y toda poten­cia viene de Él. Habéis utilizado mal las satisfacciones que os he dado, como quienes utilizan mal la salud milagrosamente recon­quistada por piedad divina, y habéis pensado que podíais prescindir de Mí y de mi Ley.

No sirve para nada, reyes y pueblo, el que deis un falso obsequio a mi Cruz y a mi Iglesia. Lo que hay que hacer es vivir la ley de la Cruz y respetar realmente la Iglesia. De Dios nadie se burla y no se le engaña. No debéis tentar su infinita paciencia.

Habéis cometido un error, dos errores, diez errores. Os he envia­do castigos, os he enviado alegrías, os he mandado a mis santos para reconduciros al Bien. A los castigos habéis respondido con re­beliones, a las alegrías aprovechándoos de ellas para fines humanos e incluso ilícitos, a mis santos burlándoos de ellos. Habéis empeora­do cada vez más. Yo aumentaba los beneficios para atraeros y voso­tros sonreíais al espíritu enemigo. Sí que puede decirse que en este pueblo y en sus gobernantes ”ya no queda prudencia”, ya no queda “sabiduría”, sino sólo soberbia, escarnio, ligereza, pecado.

Habéis puesto todo esto bajo los pies para hacer un escabel y subir. Pero las cosas de Dios no se ponen bajo los pies. Se aceptan de rodillas y con ánimo de hijos, no se usan como medios de triunfo hu­mano. Entonces, como las piedras de un arco triunfal sacudidas por el temblor de mi ira, se desencajan, caen y os arrollan.

Y estáis derribados. Hasta las confines serán despedidos tus hijos, pobre tierra que ya no tienes la luz divina. Como rebaños gol­peados en el dorso por enfurecidos pastores, tus jefes de ahora y de antes golpean a tus hijos, y dado que has querido a estos jefes de crueldad en lugar del Señor santo en cuyas manos están la bendi­ción y la paz, y puesto que no has sabido llorar el llanto que logra el perdón y lava las culpas, las lavarás con la sangre mezclada con un llanto largo y amargo de vencida.

¿Dónde están tus amigos, tierra que no has querido a Dios por amigo? A quien traiciona está reservada la traición. Y es inútil y hace daño decir ahora: “Fue éste o fue aquél el traidor”. Todos ha­béis traicionado. Traicionado a Dios vuestro Padre, traicionada su Palabra de Vida, traicionada vuestra conciencia. Sois otros tantos Judas. Habéis vendido por unas pocas monedas y por unas pocas mentirosas promesas a los cercanos y a los lejanos, esperando obte­ner un fruto con vuestro traicionar. Pero ¿cuál que no fuese veneno? ¿Cuál que no fuese muerte?

Te has regocijado de la destrucción de los demás. ¿Y por qué? ¿Por tu interés? No. Por esto eres doblemente culpable. Has adorado al becerro que te parecía de oro y que sólo era de polvo dorado. Has servido a los precursores de la Bestia. La Bestia te da los frutos de su reino tenebroso. Muerte, destrucción, miseria, hambre, vergüen­za, servidumbre, derrumbamiento de la fe, de la libertad, del honor, y si no os agarráis a la Cruz, vuestra última salvación, llegaréis a imitar a las fieras rabiosas por el hambre y por la ira: os destroza­réis los unos a los otros y creeréis hartaras matando a los siervos de Dios. Pero. no haréis más que destruir el Bien que todavía florece entre vosotros y haceros hienas con aspecto de hombre, demonios con aspecto humano.

¿Pero no oís gritar en vuestras conciencias la Voz de Dios? ¿No la escucháis tronar por los cielos llamándoos aún una vez más para salvaros? No, no la oís. Y lo que es peor, ni siquiera la oyen ya los que deberían estar acostumbrados a percibirla y conocerla. Tienen aspecto consagrado pero desconsagrado el corazón. Están sordos y si no oyen, ¿cómo pueden hacer oír?

Prestad atención, lo digo una vez más. Observad mis signos, vo­sotros los lectores de los libros de Dios y vosotros los simples fieles. Los signos son tremendos. Alejadlos con la Cruz. Sacad las cruces y mis imágenes. Echad a Satanás con Cristo Vencedor. Tened fe. Tened fe. Morís porque no tenéis fe. Quisiera que bendijerais cada región, cada provincia, cada ciudad conmigo Redentor. No fiestas. No es el momento. Sino verdaderas adoraciones y puras bendiciones para libraros de Aquel que os hace obsesos, a vosotros y a vuestros jefes de antes y de ahora».
Jesús me da a entender que preferiría oraciones a sus imágenes de Redentor. En esta zona al “Volto Santo” 152. Pero sin fiestas. Ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, aldea por aldea.

. El tener que escribir algunas páginas dolorosas es una tortura. Se me crispan los nervios. Pero ¿qué hacer?

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