La hora de la muerte siempre es justa porque es dada por Dios. Sólo Yo soy el Dueño de la vida y de la muerte y si bien no son míos ciertos medios de muerte, usados por el hombre por incitación de­moníaca, siempre son mías las sentencias de muerte, dadas para quitar a un alma de demasiado tormento terreno o para impedir mayores culpas de aquella alma.

9 de agosto  DADO A VALTORTA.
Dice Jesús:

«Temen la muerte quienes no conocen el amor y no tienen la conciencia tranquila. ¡Y son la mayoría! Éstos, cuando por enferme­dad o por edad o por cualquier otro hecho, se sienten amenazados por la muerte, temen, se afligen, se rebelan. Intentan también, con todas las fuerzas y medios, huir de ella. Inútilmente, porque cuando la hora está señalada ninguna precaución sirve para hacer retroce­der a la muerte.

La hora de la muerte siempre es justa porque es dada por Dios. Sólo Yo soy el Dueño de la vida y de la muerte y si bien no son míos ciertos medios de muerte, usados por el hombre por incitación de­moníaca, siempre son mías las sentencias de muerte, dadas para quitar a un alma de demasiado tormento terreno o para impedir mayores culpas de aquella alma.

Ahora observa: el don de la vida, de una larga vida, ¿por qué puede ser dado por Mí? Por dos motivos.

El primero: porque la criatura que goza de él es un espíritu ilu­minado que tiene misión de faro para otros espíritus aún envueltos en las nieblas de la materialidad. Muchos de mis santos han llegado a la ancianidad precisamente por esto. Y sólo Yo sé cómo anhelaban en cambio venir a Mí.

Segundo: doy larga vida para proveer el medio, todos los medios, a una criatura informe para formarse. Estudios, amistades, encuen­tros santos, dolores, alegrías, lecturas, castigos de guerras o de en­fermedades, todo viene dado por Mí para tratar de que un alma crezca en mi Edad que no es como la vuestra. Porque Yo quiero decir que crecer en mi Edad quiere decir crecer en mi Sabiduría, y se puede ser adultos en mi Edad teniendo la edad de niños en la vuestra, o viceversa ser niños en mi Edad teniendo cien años en la vuestra. Yo no miro la edad de vuestra carne que muere: miro vues­tro espíritu, ¡y quisiera que fuerais espíritus que saben caminar, ha­blar, actuar seguros, y no balbucientes, tambaleantes e incapaces de hacer como niños!

Esto explica el por qué Yo diga mi “Basta” muy rápidamente para criaturas que encuentro adultas en la Fe, en la Caridad, en la Vida. Un padre desea siempre reunirse con sus hijos y ¡con cuánta ale­gría, terminada la educación o el servicio militar, les estrecha con­tra su corazón! ¿Hará de otro modo el buen Padre que tenéis en los cielos? No. Cuando ve que una criatura es adulta en el espíritu, arde por el deseo de tomarla consigo y si, por piedad del pueblo, deja algunas veces a sus siervos sobre la tierra a fin de que sean imán y brújula para los demás, otras no resiste y se da la alegría de poner una nueva estrella en el Cielo con el alma de un santo.

Son dos atracciones y dos aspiraciones que vienen de un agente único: el Amor. El alma, aquí donde tú estás, atrae a sí a Dios, y Dios desciende a encontrar sus delicias junto a la criatura amante que vive de Él. El alma aspira a subir para estar eternamente y sin velos con su Dios. Dios, desde el centro de su ardor, atrae a Sí al alma así como el sol atrae la gota de rocío, y aspira a tenerla junto a Sí, gema encerrada en su triple fuego que da la Bienaventuranza.

Los brazos levantados del alma encuentran los brazos tendidos de Dios, María. Y cuando se tocan, se rozan velozmente, es el éxta­sis sobre la tierra; cuando se aprietan duraderamente es la Biena­venturanza sin fin del Cielo, de mi Cielo que he creado para voso­tros, amados míos, y que me dará un sobreabundar de alegría cuan­do esté colmado de todos mis dilectos.

¡Qué eterno día de inmensurable alegría, de nosotros que nos amamos: Nosotros, Dios Uno y Trino; y vosotros, los hijos de Dios!

Pero los que para su desgracia no han entendido mi Amor, no me han dado su amor, no han entendido que sólo una ciencia es útil: la del Amor, para aquellos la muerte es temor. Tienen miedo. Más miedo tienen aún si sienten que han actuado poco bien o mal del todo.

La boca mentirosa del hombre -porque raramente la boca del hombre dice la verdad tan bella y bendita, la verdad que Yo, Hijo de Dios y Palabra del Padre, os he enseñado a decir siempre- la boca mentirosa del hombre dice, para engañar y consolar a sí mismo y engañar a los demás: “Yo he actuado y actúo bien”. Pero la concien­cia, que está como un espejo de dos caras bajo vuestro yo y bajo el ojo de Dios, acusa al hombre de no haber actuado y de no actuar para nada bien, como proclama. .

Por lo tanto un gran miedo les oprime: el miedo del juicio de Aquél a quien los pensamientos, los actos, los afectos del hombre, no le están ocultos. Pero si me teméis tanto como Juez, oh desgra­ciados, ¿por qué no evitáis tenerme como Juez? ¿Por qué no me ha­céis vuestro Padre? Pero si me teméis, ¿por qué no actuáis según mis órdenes? ¿No me sabéis escuchar cuando os hablo con voz de Padre que os guía, hora tras hora, con mano de amor? Pero al menos obedecedme cuando os hablo con voz de Rey. Será obediencia menos premiada, porque es menos espontánea y dulce a mi Cora­zón. Pero será siempre obediencia. Y ¿por qué entonces no la hacéis?

La muerte no se evita. Bienaventurados los que vendrán en aquella hora con vestiduras de amor al encuentro de Aquel que llega. Plácida como el tránsito de mi padre de la tierra, que no cono­ció sobresaltos porque fue un justo que no tenía en su vida ningún reproche, así será la muerte de éstos. Gozosa como el sueño de mi Madre que cerró los ojos en la tierra sobre una visión de amor, ya que de amor fue toda su vida que no conoció pecado, y los abrió en el Cielo despertándose sobre el Corazón de Dios, así será el fin de los amantes.

¿Sabes, alegría mía, que bonito será también para ti? Esta mañana, cuando Yo Eucaristía venía, tu has tenido un sobresalto de éxtasis porque me has visto darte a Mí mismo. Pero esto no es nada. Un granito de éxtasis puesto en tu corazón. Uno sólo, para no des­truirte, porque lo has notado… has creído morir en la emoción. Pero cuando sea el momento verteré un río de alegría, porque no será ya necesario mantener tu vida humana y nos iremos juntos.

Ánimo, aún un poco de dolor por amor de tu Jesús y después tu Jesús abolirá para ti el dolor para darte a Sí mismo, completamen­te, a Sí mismo, alegría sin medida».
En efecto esta mañana he tenido una impresión tan viva que he estado a punto de gritar. Porque se grita no. sólo por miedo o por dolor, sino también por demasiada alegría. He creído que el corazón cediera en la alegría y yo muriera así, con la hostia aún sobre la lengua.

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