Amáis a un hijo, a un marido, a un familiar más que a Dios. Si Dios se lo lleva perdéis el amor y el respeto hacia Él.

5 de noviembre  ESCRITOS DE MARIA VALTORTA.
Sabiduría 13 – 14.
Dice Jesús:

«Cuando un hombre, incluso alejado del conocimiento del verda­dero Dios, conoce, por elevación del alma recta, que debe existir un Dios y eleva en su corazón un altar al Dios desconocido del que habla Pablo, este hombre está mucho más cerca de Dios de quienes, tras haber sido instruidos sobre la existencia de Dios, han querido aplicar teorías humanas a la maravillosas obras de Dios.

Aún son más idólatras y más malditos quienes adoran el propio pensamiento o el de otros hombrecillos como ellos, que, quienes ado­ran un astro o un animal. Éstos son salvajes e ignorantes. Los pri­meros en cambio son civilizados que se hacen salvajes. Semejantes a quienes se mutilan espontáneamente, ellos amputan su parte más noble y santa y la tiran como parte vulgar.

Mirad las cosas de Dios con ojos y corazón honestos. Veréis res­plandecer a Dios. ¿Para qué escudriñar las leyes de las vidas y los secretos del universo. y no confesar antes que este universo y estas leyes son las pruebas innegables de Dios?

¿Ha servido acaso todo vuestro progreso para añadir un hilo de hierba al prado que os ofrece su verdor? ¿Vuestra ciencia logra acaso generar un animal saliendo de esas leyes que puso Dios cuan­do los creó macho y hembra? A pesar de los experimentos que os col­man de vanagloria, ¿lográis acaso, no digo crea,¡’ la vida, sino impe­dir la muerte?

No. Lográis fecundar los huevos de los animales más sencillos, entre los millones que existen. Lográis prolongar el latido de un co­razón embrional. Pero no lográis hacer lo que Dios hizo: un hombre de la nada. Pero no lográis mantener el latido de un corazón que muere cuando Dios dice al polvo que vuelva a convertirse en polvo y al alma que regrese a Él. Sin la semilla no lográis que despunte ni un hilo de hierba. Con toda vuestra electricidad no lográis devolver la energía a un cuerpo apagado. Sólo lográis generar enfermedades y muertes, destrucciones y desgracias.

Y del mismo modo que esto no lo lográis, únicamente aumentando la confusión en la tierra y en las conciencias, así no sabéis ya crearos en lo íntimo esa Fe sin la cual el error es inevitable. Os desviáis. Os creáis religiones. Pero no tenéis la Religión.

Amáis a un hijo, a un marido, a un familiar más que a Dios. Si Dios se lo lleva perdéis el amor y el respeto hacia Él. Amáis, más aún, veneráis como a un dios a cualquier hombre desgraciado que se autoproclama “dios” y es tres veces más barro que vosotros, y ante él no sólo inclináis la espalda -que sería un mal menor- sino que inclináis vuestro criterio, sobre todo vuestra conciencia. Pecáis para complacerle. Si aún compadezco a los que pecan por amor de­sordenado hacia un familiar, no perdono a quien se vende y vende su conciencia a un poder contrario a Dios.

Hay que ser hijos de Dios incluso contra los tiranos y aceptarlo todo con tal de no quemar la propia alma ante los ídolos de barro. Cuando el hombre pierde el santo culto al verdadero Dios y cae en la idolatría de seres semejantes a él o inferiores, depravando en sí mismo la maravillosa gema que lo hace semejante a Dios, se depra­va todo en él. Y no es exagerado decir que el tiempo en que estáis es un campeón de tal depravación. No falta ni una.

A mis altares, oh cristianos mentirosos que de cristianos tenéis el exterior pero no sois tales en vuestro interior, vienen muchos que no son como deberían ser. Y eso es malo para el hombre, que debe­ría saber no fornicar, y, si la carne con su voz de sangre le incita, es­cogerse una esposa sin esperar llegar a viejo, sino llevar a esta es­posa un cuerpo incontaminado. Por justicia, porque es lo que quiere de ella, y por caridad porque las contaminaciones no son siempre sin peligro, más bien al contrario, junto al cuerpo que se envilece y al alma que se corrompe está la enfermedad que tan a menudo os convierte en leprosos, y esta lepra la transmitís a la compañera y a los inocentes.

Doblemente malo es para la mujer presentarse a Dios, ante el altar de Dios con juramento a un hombre, con la mancha más fea que pueda manchar a una mujer. Mintiendo a Dios, al hombre su compañero, al mundo, arrebata una bendición, una protección y un respeto de los que no es digna. Pero sobre ella la bendición se trans­forma en castigo, porque a Dios no se le engaña. Ladrona y adúlte­ra, será juzgada en base a tales culpas. Ladrona, porque defrauda de su derecho a su compañero y le roba una confianza de la que no es digna, y a Dios una bendición de la que es todavía más indigna, roba a los que nacerán una madre y sus derechos, y en su alma muerta ni siquiera se produce un estremecimiento pensando en los suprimidos antes del amanecer a la vida o en los abandonados en los márgenes de la vida como cachorros errantes. Adúltera, porque quien mira a un hombre con deseo ya comete adulterio, y ella ha consumado el adulterio porque no ha sabido domar el deseo de la carne, sino saciar su hambre depravada.

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