Almas que teméis, aprended a no tener miedo de mí leyendo la vida de María de Magdala.

Tercer año de la Vida Pública de Jesús dado a maria valtorta.

377. Parábola del agua y del junco para María de Magdala, que ha elegido la mejor parte[1]48

14 de agosto de 1944.

1       Comprendo inmediatamente que la figura de la Magdalena[2]49 ocupa todavía el lugar central, porque lo primero que veo es a ella, vestida con una sencilla túnica de un rosa lila semejante a la flor de la malva. Ningún adorno precioso, los cabellos simplemente recogidos en trenzas sobre la nuca. Parece más joven que cuando era una obra maestra de tocador. No tiene ya los ojos altaneros de cuando era la“pecadora”, ni la mirada humillada de cuando escuchaba la parábola de la oveja, ni avergonzada y brillante de llanto de cuando estaba en la sala del Fariseo… Ahora tiene una mirada serena, límpida otra vez como la de un niño, y una sonrisa pacífica resplandece en sus ojos.

Está apoyada en un árbol, cerca del linde de la propiedad de Betania, y mira hacia la calle. Espera. Luego lanza un grito de alegría. Se vuelve hacia la casa y grita fuerte, para ser oída, grita con su espléndida voz pastosa y pasional, inconfundible: «¡Está llegando!… ¡Marta, era como nos habían dicho! ¡El Rabí está aquí!»

y corre a abrir la pesada cancilla. No les da a los domésticos el tiempo de hacerlo y sale a la calle con los brazos abiertos, como hace un niño hacia su mamá, y con un grito de amorosa alegría:

«¡Rabbuní[3]50mío!»,

y se postra a los pies de Jesús y se los besa entre el polvo de la calle.

«Paz a ti, María. Vengo a descansar bajo tu techo».

«¡Maestro mío!»

repite María levantando la cara con una expresión de reverencia y de amor que dice muchas cosas… Es gratitud, bendición, alegría, invitación a entrar y júbilo por el hecho de que entre… Jesús le ha puesto la mano sobre la cabeza y parece como si la absolviera una vez más.

2       María se levanta y, al lado de Jesús, vuelve a entrar en el recinto de la propiedad.

Entretanto han acudido ya los domésticos y Marta: éstos, con ánforas y copas; Marta sólo con su amor, pero es mucho.

Los apóstoles, sudorosos, beben las frescas bebidas que los criados vierten.

Hubieran querido ofrecérselo primero a Jesús, pero Marta se les ha adelantado: ha tomado una copa llena de leche y se la ha ofrecido a Jesús; debe saber que le gusta mucho.

Una vez que los discípulos han apagado su sed, Jesús les dice:

«Id a advertir a los fieles. Por la noche hablaré para ellos».

Los apóstoles, dejado apenas el jardín, se diseminan en distintas direcciones.

Jesús se adentra en él entre Marta y María.

«Ven, Maestro»

dice Marta.

«Mientras llega Lázaro, descansa y repón fuerzas».

Están poniendo pie en una fresca habitación que da al pórtico umbroso, cuando regresa María, que se había alejado a paso rápido. Vuelve con una ánfora de agua, seguida por uno de los domésticos, que trae una jofaina. Pero es María la que quiere lavar los pies a Jesús. Desata sus sandalias polvorientas y se las da al criado para que las traiga limpias, junto con el manto (también se lo ha dado para que le sacuda el abundante polvo). Luego sumerge los pies en el agua, que está un poco rosada por algún aroma que contiene, los seca, los besa. Luego cambia el agua y ofrece agua limpia a Jesús para las manos. Y, mientras espera a que el criado vuelva con las sandalias, acoclada a los pies de Jesús, se los acaricia, y, antes de meterle las sandalias, se los besa una vez más diciendo:

«¡Santos pies que tanto habéis andado para buscarme!».

Marta, con un amor más práctico, va a lo humanamente positivo; pregunta:

«Maestro, ¿además de tus discípulos, quién va a venir?».

Y Jesús:

«No lo sé con exactitud[4]51 todavía. Pero puedes preparar para otros cinco además de los apóstoles».

Marta se marcha.

3 J    Jesús sale al fresco del jardín umbroso. Lleva simplemente su túnica azul marina.

El manto, cuidadosamente plegado por María, queda encima de un arquibanco de la habitación. María sale al lado de Jesús.

Caminan por paseos bien cuidados, entre parterres floridos, hasta el estanque de los peces, que parece un espejo caído entre el verde. Sólo el zigzagueo argénteo de algún pez y la menudísima lluvia del finísimo surtidor alto y central rompe apenas, acá o allá, el agua límpida. Junto al amplio estanque, que parece un pequeño lago, hay unos lugares para sentarse; de él salen pequeños canales de riego. Más exactamente: creo que uno es el que alimenta el estanque y los otros, más pequeños, son los de desagüe y se utilizan para el riego.

Jesús se sienta en un asiento que está colocado justo contra el borde del estanque.

María se sienta a los pies de Jesús, en la hierba verde y bien cuidada. En un primer momento no hablan. Jesús, visiblemente, goza del silencio y del descanso en el fresco del jardín. María se deleita en mirarle.

Jesús juega con el agua cristalina del estanque. Sumerge en ella sus dedos, la peina separándola en pequeñas estelas, y luego deja que toda la mano se sumerja en ese frescor puro.

«¡Qué bonita es esta agua límpida!» dice.

Y María:

«¿Tanto te gusta, Maestro?».

«Sí, María. Porque es cristalina. Mira, no tiene ni un vestigio de barro. Hay agua, pero es tan pura que parece que no hay nada, casi como si no fuera un elemento, sino espíritu. Podemos leer en el fondo las palabras que se dicen los pececillos…».

«Como se lee en el fondo de las almas puras. ¿No es verdad, Maestro?»

y María suspira con una celada nostalgia.

4       Jesús oye el suspiro cortado, lee la nostalgia celada con una sonrisa, y medica inmediatamente la pena de María.

«¿Dónde tenemos las almas puras, María? Es más fácil que un monte ande que no que una criatura sepa mantenerse pura con las tres purezas. Demasiadas cosas se mueven y fermentan en torno a un adulto. Y no siempre se puede impedir que entren dentro. Sólo los niños tienen el alma angélica, preservada por su inocencia de las cogniciones que pueden transformarse en fango. Por esto los amo tanto. Veo en ellos un reflejo de la Pureza infinita. Son los únicos que llevan consigo este recuerdo de los Cielos.

Mi Madre es la Mujer de alma de niño. Más aún, es la Mujer de alma de ángel. Cual era Eva cuando salió de las manos del Padre. ¿Te imaginas, María, qué sería la primera azucena florecida en el jardín terrenal? También son muy bonitas estas que hacen de guía a esta agua. ¡Pero la primera que salió de las manos del Creador!… ¡Ah!, ¿era flor o diamante?, ¿eran pétalos o láminas de plata purísima? Pues bien, mi Madre es más pura que esa primera azucena que perfumó el viento. Y su perfume de Virgen intacta llena Cielo y Tierra, y tras él irán los buenos por los siglos de los siglos. El Paraíso es luz[5]52, perfume y armonía. Pero si en él no se deleitara el Padre en contemplar a la Toda Hermosa que hace de la Tierra un paraíso, y si el Paraíso no tuviere en el futuro a la Azucena viva en cuyo seno están los tres pistilos de fuego de la Divina Trinidad, quedarían disminuidos en la mitad, la luz, el perfume y la armonía, la alegría del Paraíso. La pureza de la Madre será la gema del Paraíso.

¡Mas el Paraíso es inconmensurable! ¿Qué diríais de un rey que tuviera sólo una gema en su tesoro?, ¿aunque fuera la Gema por excelencia?[6]53 Cuando Yo abra las puertas del Reino de los Cielos… –no suspires, María: para esto he venidomuchas almas de justos y de niños entrarán, estela de candor, detrás de la púrpura del Redentor. Pero serán todavía pocas gemas para poblar los Cielos, pocos para formar los ciudadanos de la Jerusalén eterna. Y después… cuando los hombres conozcan la Doctrina de verdad y santificación, cuando mi Muerte haya dado de nuevo la Gracia a los hombres, ¿cómo podrían los adultos conquistar los Cielos, si la pobre vida humana es continuo lodo que contamina? ¿Será entonces sólo de los niños el Paraíso?

¡No!, ¡no! Es necesario saber hacerse niños, pero el Reino se abre también para los adultos. Como niños… Esta es la pureza.

¿Ves esta agua? Parece muy limpia. Pero, observa: basta con que Yo, con un junco, remueva el fondo, para que se vuelva turbia. Afloran detritos y lodo. Su cristal se pone amarillento y ninguno bebería de ella. Pero si quito el junco, vuelve la paz, y el agua, poco a poco, vuelve a ser cristalina y bonita. El junco: el pecado. Así sucede con las almas. El arrepentimiento, créeme, es lo que depura…».

5       Llega de improviso Marta, apurada:

maria«¿Estás todavía aquí, María? ¡Y yo agobiada!… Pasa el tiempo. Los invitados vendrán pronto y hay muchas cosas que hacer. Las criadas están con el pan, los domésticos desollando y cociendo las carnes, yo estoy con la vajilla, las mesas y las bebidas. Pero todavía hay que coger la fruta y preparar el agua de menta y miel…».

María medio escucha las quejas de su hermana. Con una sonrisa dichosa sigue mirando a Jesús, sin cambiar de posición.

Marta invoca la ayuda de Jesús:

«Maestro, mira cómo sudo. ¿Te parece justo que trajine yo sola? Dile que me ayude».

Marta está verdaderamente inquieta. Jesús la mira con una sonrisa mitad dulce mitad un poco irónica, mejor: un poco de broma.

Marta se inquieta un poco más:

«Lo digo de verdad, Maestro. Mira cómo está ociosa mientras yo trabajo. Y está aquí y ve…».

Jesús se pone más serio:

«No es ocio, Marta. Es amor. El ocio era antes. Y tú lloraste mucho por aquel ocio indigno. Tu llanto puso más alas a mi marcha para salvarla para mí y devolverla a tu honesto afecto. ¿Vas a querer impedirle amar a su Salvador? ¿Preferirías, entonces, verla lejos de aquí para no verte trabajar, pero lejos también de mí? ¡Marta, Marta! ¿Tendré que decirte, entonces, que ésta (Jesús le pone una mano en la cabeza), venida de tan lejos, te ha superado en el amor? ¿Debo decirte, entonces, que ésta, que no conocía ni una palabra de bien, es ahora docta en la ciencia del amor? ¡Déjala en su paz! ¡Ha estado muy enferma! Ahora es una convaleciente que se cura bebiendo las bebidas que la fortalecen. Ha vivido muy atormentada… Ahora que se ha liberado de la pesadilla, mira alrededor de sí y hacia dentro de sí, y se descubre nueva y descubre un mundo nuevo. Déjala que se refuerce con ello. Con esta “novedad”suya debe olvidar el pasado y conquistarse la eternidad… que no será conquistada únicamente con el trabajo, sino también con la adoración. El que dé un pan a un apóstol o a un profeta recibirá recompensa. Sí. Pero doble recompensa recibirá el que, por amarme, se olvide incluso de comer, porque más grande que la carne habrá tenido el espíritu, que habrá oído voces más fuertes que las de las necesidades –incluso lícitas– humanas. Tú te preocupas de demasiadas cosas, Marta; ella, de una sola. Pero es la que es suficiente para su espíritu y, sobre todo, para su Señor y el tuyo. Deja pasar las cosas inútiles. Imita a tu hermana. María ha escogido la parte mejor[7]54 la que no le será arrebatada jamás. Cuando todas las virtudes queden atrás, al no serles ya necesarias a los ciudadanos del Reino, quedará sólo la caridad. La caridad permanecerá siempre. Ella sola. Soberana. Ella, María, ha escogido la caridad, la ha tomado por escudo y bordón, y con ella, como impulsada por alas de ángel, vendrá a mi Cielo».

6       Marta agacha su cara avergonzada y se marcha.

«Mi hermana te quiere mucho y se preocupa por darte honor…»

dice María para disculparla.

«Lo sé. Y será recompensada por ello. Pero necesita ser depurada de su modo de pensar humano, como se ha limpiado esta agua. ¡Mira cómo se ha aclarado otra vez mientras hablábamos! Marta se depurará por las palabras que le he dicho. Tú… tú por la sinceridad de tu arrepentimiento…».

«No. Por tu perdón, Maestro. No bastaba mi arrepentimiento para lavar mi gran pecado…».

«Bastaba y bastará a las hermanas tuyas que te imiten; a todos los pobres enfermos del espíritu. El arrepentimiento sincero es filtro que depura; y el amor es substancia que preserva de todo nuevo emponzoñamiento. Por eso aquellos a quienes la vida hace adultos y pecadores podrán volver a ser inocentes como niños y entrar como ellos en mi Reino. Vamos ahora a la casa. Que Marta no esté demasiado en su dolor. Vamos a llevarle nuestra sonrisa de Amigo y hermana».

7 Dice Jesús:

«No hace falta hacer un comentario. La parábola del agua es comentario de la operación del arrepentimiento en los corazones. Así tienes completo el ciclo de la Magdalena[8]55. De la muerte a la Vida. Es la más grande de las resucitadas de mi Evangelio. Resucitó de siete muertes. Nació de nuevo. Ya has visto cómo, cual planta que da flores, ha alzado del lodo el tallo de su nueva flor, cada vez más alto; y luego la has visto florecer para mí, esparcir fragancia para mí, morir para mí.

La has visto pecadora, luego mujer sedienta que se acercaba a la Fuente, luego arrepentida, luego perdonada, luego amante, luego piadosa ante el Cuerpo despojado de vida de su Señor, luego sirviendo a mi Madre, amada por ser Madre mía; en fin, penitente ante el umbral de su Paraíso.

Almas que teméis, aprended a no tener miedo de mí leyendo la vida de María de Magdala. Almas que amáis, aprended de ella a amar con seráfico ardor. Almas que habéis cometido errores, aprended de ella la ciencia que prepara para el Cielo.

Os bendigo a todos para ayudaros a subir. Ve en paz».

[1] 48 Cfr. Lc. 10, 38–42.

[2] 49 La presente visión fue escrita inmediatamente después de los tres episodios concernientes a la conversión de Magdalena

[3] 50 En una nota de la Escritora: « Escribo “Rabbuní” porque veo que el Evangelio dice eso. Pero todas las veces que he oído a la Magdalena llamarle me ha parecido como si dijera “Rabbumí”, con la eme y no con la ene ».

[4] 51 Por experiencia humana.

[5] 52 Todos los elementos del discurso, considerados en su contexto, no pueden llevar sino a la siguiente interpretación: El Paraíso sin la Virgen estaría disminuido a su mitad, no en la bienaventuranza (que consiste en la posesión y contemplación de Dios, y, en cuanto tal, es inalterable), sino en la preciosidad del pueblo de los bienaventurados, que son como gemas que, todas juntas, valen lo que la gema por excelencia: la Virgen Santísima.

[6] 53 La Escritora no ha querido decir que sin la Virgen, Dios y los santos no serían bienaventurados. La bienaventuranza es Dios mismo, y los hombres en el cielo lo serán al poseer a Dios. La Escritora quiso afirmar que dado que María es la Madre de Dios, y que por lo tanto vale más que todos los santos tomados en su conjunto como una familia, al faltar Ella, a esta familia le llegaría a faltar: “su luz, su perfume, su armonía, su alegría”.

[7] 54 Cfr. Lc. 10, 38–42.

[8] 55 nombrado también como Evangelio de la Misericordia, está constituido por los episodios relacionados en una nota puesta al principio del cielo, en 174. 11.

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