JESUS CAMINA SOBRE LAS AGUAS.

JESÚS CAMINA SOBRE LAS AGUAS.

(Mt5 14, 22-33; Mc 6, 45-52; Ju 6, 16-21)

(Visiones y revelaciones de Jesús a Maria Valtorta. Escrito el 4 de marzo de 1944)

 

La tarde va declinando. Casi empezó ya a anochecer, porque a duras penas se pueden distinguir objetos por el sendero que trepa por un montecillo, en el que hay esparcidas acá y allá plantas que parecen olivos. Como la luz es tan escasa no puedo asegurar lo que sea. Lo que sí puedo decir es que no son plantas muy altas, frondosas y torcidas como suelen ser los olivos.

Jesús está solo. Su vestido es blanco, su manto azul oscuro. Va subiendo. Se interna entre los árboles. Su paso es largo y seguro, y por ser largo aunque no rápido, avanza mucho y no se fatiga. Sigue caminando hasta que llega a una especie de balcón natural del que se ve el lago, que está calmado bajo la luz de las estrellas que llenan el cielo con sus ojitos brillantes. El silencio envuelve a Jesús en su tranquilidad. Lo separa, lo hace olvidar las multitudes, la tierra. Lo une con el cielo que parece descender cada vez más para adorar al Verbo de Dios y acariciarlo con la luz de sus astros.

Jesús está orando en su posición habitual: de pie y con los brazos abiertos en forma de cruz. A su espalda tiene un olivo y parece como si ya estuviese crucificado en este negro tronco. Las ramas lo cubren pese a que es alto, y sustituyen al letrero de la cruz con palabras más apropiadas del Cristo. En el Calvario se leyó: “Rey de los judíos.” Aquí: “Príncipe de la paz.” El pacífico olivo dice mucho a quien sabe entender. Jesús está orando largamente. Luego se sienta sobre las raíces del olivo que salen a flote de tierra, y toma su actitud acostumbrada: entrecruza las manos y apoya los codos sobre las rodillas. Medita. ¡Quién sabrá que conversación sostiene con su Padre y el Espíritu en esta hora en que está solo y puede ser todo de Dios! Dios con Dios.

Me parece que pasan muchas horas, porque veo que las estrellas han cambiado de posición y muchas ya se han ido a ocultar tras del horizonte.

Cuando un rayo como de luz, se dibuja en el lejano horizonte del este, una racha de viento sacude el olivo. Se va. Vuelve más fuerte. Se calma, se hace más violento. La luz del alba que apenas empezó a asomarse, se hace camino entre un montón de nubes negras que vienen a llenar el cielo, empujadas por ráfagas de viento cada vez más fuerte. El lago no está ya quieto. Me da la impresión de que se está preparando una tempestad como la que vi otra vez. El rumor de las ramas, y el ruido sordo de las aguas arropan el espacio, que antes estaba tan calmado.

 

Jesús sale de su meditación. Se levanta. Mira el lago. Busca en él a la luz de las pocas estrellas que han quedado y de la naciente alba, y ve la barca de Pedro que boga a todo remo hacia la orilla opuesta, pero que no lo logra. Jesús se envuelve en el manto apretadamente, coge la extremidad que cae, y que le impediría bajar fácilmente, se lo echa sobre la cabeza, como si fuera una capucha, y baja esbelto, no por donde había subido, sino por un sendero corto que lleva directamente al lago. Baja tan veloz que parece como si volase.

Llegado a la ribera donde las ondas se agolpan por momentos y la cubren de espuma, continúa caminando a prisa como si no caminase sobre aguas que se mueven, sino sobre pavimento liso y sólido. Ahora se ha convertido en luz, parece como si toda la poca luz que viene de unas cuantas y agonizantes estrellas y del alba envuelta en la borrasca converja en El, y forme como una fosforescencia alrededor de su cuerpo. Vuela sobre las ondas, sobre las crestas espumosas, en los pliegues oscuros de onda y onda, con los brazos tensos hacia delante, con el manto que se hincha en sus mejillas y que flota, pese a que está estrechamente pegado a la cabeza, como un ala.

 

Los apóstoles lo ven y lanzan un grito de miedo que el viento lleva a Jesús.

–”No temáis. Soy Yo.”

La voz de Jesús, aunque tiene el viento en contra, resuena sin perderse sobre el lago.

–”¿Eres Tú de veras, Maestro?” pregunta Pedro.

–”Si eres Tú dime que pueda ir a tu encuentro caminando sobre las aguas como Tú.”

Jesús sonríe:

–”Ven” dice sencillamente como si fuese la cosa más natural del mundo andar sobre el agua.

Y Pedro, semidesnudo como estaba, esto es, con una túnica corta y sin mangas, salta de la barca y se dirige a Jesús.

Cuando se encuentra a una distancia de unos cincuenta metros de la barca y otros tantos de Jesús, el miedo se apodera de él. Hasta allí lo empujó el entusiasmo de su amor. Ahora su debilidad humana lo vence y no piensa sino en salvarse. Algo así como si alguien se mete en un terreno resbaladizo o para ser más exactos, en arenas movedizas, Pedro empieza a tambalear, a gesticular, a sumergirse. Y cuanto más gesticula, tanto más tiene miedo, y más se hunde.

Jesús se ha parado, lo está mirando. Serio. Espera. Pero no extiende ni siquiera una mano, que tiene cruzadas sobre el pecho, y ni da un paso ni pronuncia una sola palabra.

Pedro se va sumergiendo. Desaparecen los tobillos, las espinillas, las rodillas. El agua le llega hasta la ingle, sube, sube hasta la cintura. El terror está pintado en su cara. Un terror que le paraliza aun el poder pensar. No es más que una carne que tiene miedo de ahogarse. No piensa ni siquiera en echarse a nado. Nada. Es una presa del terror.

 

Finalmente se decide a mirar a Jesús. Y basta con mirarlo para que su mente empiece a razonar, a comprender donde está la salvación.

–”Maestro, Señor sálvame.”

Jesús abre los brazos y como llevado por el viento o por una onda se precipita hacia el apóstol y le extiende la mano diciéndole:

–”¡Qué hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado de Mí? ¿Por qué quisiste hacerlo por ti mismo?”

Pedro, que angustiosamente se ha asido de la mano de Jesús, no responde. Lo mira sólo para ver si no está enojado, lo mira con una mezcla de miedo que todavía le queda y de arrepentimiento que va naciendo. Jesús sonríe. Lo ase fuertemente a la muñeca, hasta que llegados a la barca suben en ella. Jesús ordena:

–”Id a la ribera. Está completamente mojado.”

Y sonríe mirando al discípulo humillado.

Las ondas se extienden para facilitar el desembarco. La ciudad aparece más allá de la otra ribera, cuando subidos en una colina la contemplan.

V, 868-870

A. M. D. G.

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