la segunda venida de Cristo. por san Cirilo de Jerusalem. doctor de la iglesia.

CATEQUESIS XV

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LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

Pronunciada en Jerusalén, sobre lo de “Y ha de venir en gloria a juzgar a vivos y muertos: su reino no tendrá fin». Y sobre el Anticristo. La lectura es de Dan 7,9 ss: «Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó…» Y más abajo: «Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre…» (7,13) además de lo que sigue1.

Las dos venidas de Cristo2

1. Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento, esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón (Sal 72,6); el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles (cf. Mt 25,31).

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la segunda. Y, habiendo proclamado en la primera: «bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21,9), diremos eso mismo en la segunda (cf. Mt 23,39); y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos adorándolo: «Bendito el que viene en nombre del Señor». El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio (Mt 27,12) refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz y les dirá: «Esto hiciste y yo callé» (Sal 50,21 ) 3.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

2. De ambas venidas habla el profeta Malaquías «De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis» (Mal 3,1). He ahí la primera venida. Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar —dice el Señor de los ejércitos—. ¿Quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará para fundir y purgar» (3,1-3).

Y en las líneas que siguen dice el Salvador mismo: «Yo me acercaré a vosotros para el juicio, y seré un testigo expeditivo contra los hechiceros y contra los adúlteros, contra los que juran con mentira», etc. (3,5). Por eso, queriendo hacernos más cautos, dice Pablo: «Si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego» (I Cor 3,12-13)4.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos: «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2,11-13). Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esta razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel «que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

La actual condición del mundo pasará

3. Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, sera otra vez renovado. Pues ya que la corrupción, el hurto, el adulterio y toda clase de pecados se han derramado sobre la tierra y una y otra vez se derrama sangre (vid. Os 4,1-2). desaparecerá este mundo presentes con el fin de que esta morada no se llene de iniquidad y para suscitar otro más hermoso. ¿Quiéres ver una demostración de esto desde la Sagrada Escritura? Oye al profeta Isaías: «Se enrollan como un libro los cielos, y todo su ejército palidece como palidece el sarmiento de la cepa, como una hoja mustia de higuera» (Is 33,4). Y el Evangelio dice; «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo» (Mt 24,29). No estemos, por tanto, apesadumbrados como si sólo nosotros tuviésemos que morir, pues también mueren las estrellas, aunque quizá resurjan de nuevo. El Señor hará que los cielos se plieguen y no para hacerlos perecer sino para hacer otros más hermosos. Escucha al profeta David cuando dice: «Desde antiguo, fundaste tú la tierra, y los cielos son obra de tus manos; ellos perecen, mas tú quedas» (Sal 102,26-27). Pero dirá alguno: abiertamente declara que perecerán. Escucha cómo dice «perecerán», pues desde lo que dice a continuación queda claro: «Todos ellos como la ropa se desgastan, como un vestido los mudas tú, y se mudan» (102,27). De modo semejante a como se dice que el hombre perece, según aquello: «El justo perece, y no hay quien haga caso» (Is 57,1), aunque se esté esperando la resurrección. Así, esperamos también como una resurrección de los cielos. «El sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre» (J13,4; Hech 2,20; cf. Mt 24,29). Sépanlo los que se han convertido de los maniqueos y no hagan dioses a los astros ni tampoco piensen impíamente que Cristo habrá de perder su luz algún día. Escucha de nuevo al Señor, que dice: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35), pues las criaturas no son del mismo valor ni tienen el mismo destino que las palabras del Señor.

Hablaremos de lo que ha de venir y de sus signos

4. Pasarán, por tanto, las cosas visibles y llegarán las que se esperan mejores que éstas, pero que nadie busque con curiosidad cuál será el momento. Pues dice: «No os toca a vosotros conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad» (Hech 1,7). Ni te atrevas a determinar cuándo sucederán estas cosas ni te quedes perezosamente adormecido. Pues también dice: «Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,44; cf. 42). Pero ya que era conveniente que conociésemos las señales de la consumación y puesto que es a Cristo a quien esperamos y para que no muriésemos decepcionados y fuésemos llevados a engaño por el Anticristo de la mentira, los apóstoles, impulsados por una moción divina y de acuerdo con los sabios designios de Dios, se acercan al verdadero Maestro y le dicen: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo» (Mt 24,3). Esperamos que vengas una segunda vez, pero «Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11,14). Ponnos, por tanto, a nosotros a buen recaudo, para que no adoremos a otro en tu lugar. Y él, abriendo su boca divina y bienaventurada dice: «Mirad que no os engañe nadie» (Mt 24,4). También vosotros, los que ahora oís, miradlo ahora a él como si lo estuvieseis viendo con los ojos de la mente y escuchadlo como quien os está diciendo las mismas cosas: «mirad que nadie os engañe». Estas palabras os advierten a todos a que dirijáis vuestra mente a lo que se va a decir. Pues no se trata de una historia de cosas pasadas, sino de las que han de suceder, y es una profecía de lo que con certeza sucederá. Y no es que nosotros profeticemos, pues somos indignos de ello, sino que proclamamos en esta asamblea lo que está escrito y explicamos sus señales. Tú verás qué cosas de ésas ya han tenido lugar y cuáles quedan todavía por llegar. De ese modo puedes prevenirte.

Primera señal: los falsos mesías

5. «Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: “yo soy el Cristo” y engañarán a muchos» (Mt 24,4-5). Estas cosas se han dado ya en parte. Pues esto ya lo dijo Simón Mago, y Menandro y otros cabezas de herejes6 enemigos de Dios. Pero también otros lo dirán en nuestra época y después de nosotros.

Guerras y desastres naturales

6. Segunda señal: «Oiréis también hablar de guerras y de rumores de guerras» (Mt 24,56). ¿Se trata, o no, de la guerra en la época actual de los persas contra los romanos por Mesopotamia? ¿Se levanta o no, «nación contra nación y reino contra reino» (Mt 24,7)?7. «Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares» (Lc 21,11). Esto ya ha sucedido. Y, a su vez: «Habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo» (iba). «Velad, pues» dice, «porque no sabéis que día vendrá vuestro Señor» (Mt 24,42).

La traición y el odio como señales del fin

7. Pero de la venida del Señor buscamos un signo propio nuestro, de la Iglesia: es decir, propio de la Iglesia, puesto que lo buscamos los que somos de la Iglesia. Pero dice el Salvador: «Muchos se escandalizarán entonces y se traicionarán y odiarán mutuamente» (Mt 24,10). Si llegas a oír que los obispos están contra los obispos, los clérigos contra los clérigos8, y que los pueblos llegan a enfrentarse unos contra otros, no te perturbes: ya lo predijo anteriormente la Escritura. No pongas tu atención en lo que ahora sucede, sino en lo que está escrito. Y aunque yo, que te estoy instruyendo, perezca, eso no quiere decir que tú hayas de ir a la muerte conmigo, sino que es preciso que el oyente llegue a ser mejor que el maestro y que el que llega el último pase a ser el primero (cf. Mt 20,16), siendo así que el Señor recibe también a aquellos que llegan a la hora undécima (Mt 20,6-7). Y si entre los apóstoles se dio la traición, ¿te asombras de que también entre los obispos se dé un odio entre hermanos? Y esta señal no sólo es entre los jefes, sino entre las masas. Pues dice: «Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará» (Mt 24,12). ¿Es que acaso alguno de los presentes se gloriará de que su amistad con el prójimo es sincera y sin simulación? ¿No es muy frecuente que los labios se besen, sonría el rostro y se vea la hilaridad en los ojos, mientras en el interior se maquina el engaño y planea el mal el que habla en son de paz? (cf. Sal 28,3).

Antes del fin, el Evangelio habrá sido predicado a todas las naciones

8. Tienes también esta señal: «Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin» (Mt 24,14). Y casi todo el orbe está ya lleno de la doctrina de Cristo9.

La apostasía y el Anticristo

9. Y, ¿qué sucederá después? Dice en lo que sigue: «Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación anunciada por el profeta Daniel10, erigida en el Lugar Santo (el que lea que entienda)» (Mt 24,15). Y, a su vez: «Entonces, si alguno os dice: “Mirad, el Cristo está aquí o allí”, no le creáis» (Mt 24,23). El odio fraterno abre paso después al Anticristo. El diablo prepara las divisiones entre los pueblos para, cuando llegue, ser acogido más favorablemente. Que no suceda que nadie de los presentes o cualesquiera siervos11 que estén en cualquier parte se sume al enemigo. Escribiendo el apóstol Pablo acerca de esto, dio un signo claro al decir:

Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo, lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios, ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve con vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de la impiedad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida.

La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades, que seducirán a los que se han de condenar (2 Tes 2,3b- 1 Da)12.

Hasta aquí Pablo. Ciertamente, ahora se da la defección, pues los hombres se han apartado de la recta fe: unos afirman que el Hijo es Padre y otros que ha sido llevado a la existencia desde la nada. Y en otras épocas los herejes eran claramente perceptibles, pero ahora está la Iglesia llena de herejes ocultos. Los hombres se han apartado de la verdad y sienten el afán de novedades (cf. 2 Tim 4,3-4):

¿Se trata de palabras artificiosamente compuestas para persuadir? Todos escuchan dulcemente: ¿son acaso palabras para la conversión del espíritu? Todos de hecho se apartan. Muchos se han apartado de las rectas doctrinas y son más propensos a elegir el mal que a aplicarse al bien. Se trata, por consiguiente, de la apostasía, y ya hay que esperar al enemigo. En parte ya comenzó a enviar sus precursores para venir él luego dispuesto a recoger el botín. Cuida, pues, de ti mismo, oh hombre, y pon a seguro tu alma. Te conjura a ti ahora la Iglesia (2 Tim 4,1 ) en presencia del Dios vivo (cf. 1 Tim 6,13) y te anuncia con antelación, antes de que suceda, lo que se refiere al Anticristo. No sabemos si estas cosas han de suceder en tu tiempo o han de ser posteriores a ti, pero lo mejor es que, sabiéndolas, te prevengas.

No dejarse engañar

10. Pero Cristo, el Hijo unigénito de Dios, no vendrá ya de la tierra. Si viniere alguien diciendo que ha aparecido en el desierto, no salgas (cf. Mt 24,26). Y si dicen: «Mirad, el Cristo está aquí o allí», no lo creas (cf. Mt 24,23). No mires después a la tierra y a las profundidades, pues el Señor descenderá desde los cielos (cf. Hech 1,11) y no él solo, como antes, sino con una gran compañía, rodeado de una muchedumbre de innumerables ángeles (cf. Jud. 14). Tampoco de modo imperceptible como el rocío sobre el retoño (Sal 72,ó), sino resplandeciente como un relámpago. Pues él mismo dijo: «Como el relámpago sale por oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del Hombre» (Mt 24,27). Y además: «Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloría 13. El enviará a sus ángeles con sonora trompeta» (Mt 24,30-31), etc.

El Anticristo, producto del diablo

11. Pero ya anteriormente, cuando estaba previsto que se encarnase y cuando se esperaba que Dios naciese de la Virgen, el diablo había retorcido previamente la realidad falseándola y sembrando astutamente, entre los adoradores de ídolos como falsos dioses, fábulas sobre paternidades y engendramientos. De este modo, si la falsedad ganaba terreno, la razón, según él (el diablo) pensaba, no encontraría la fe. Pues bien, cuando el verdadero Cristo venga por segunda vez, el enemigo14, aprovechándose de la expectación de los sencillos, sobre todo de los circuncisos, hará surgir un gran hombre, muy experto en las artes perversas de las hechicerías y los encantamientos15 y que usurpará la autoridad del Imperio romano dándose a sí mismo falsamente el nombre de Cristo. De ese modo engañará, mediante este nombre de Cristo, a los judíos que esperan al Ungido (es decir, Mesías y Cristo)16. También arrastrará a los gentiles con sus prodigios de magia y con sus engaños.

La llegada del Anticristo

12. El Anticristo mencionado llegará cuando se hayan completado los días del imperio Romano17 y esté ya muy próximo el fin del mundo. Diez reyes de los Romanos se levantarán a la vez en lugares quizá diversos, pero reinando todos a la vez. Después de estos, el undécimo será el Anticristo18, que usurpará el poderío romano apoyándose en las artes de la magia. Humillará a los tres que reinaron antes de él (cf. Dan. 7,24), pero a los siete restantes los tendrá sujetos a su dominio. En un principio simulará, como si fuese instruido y prudente, clemencia, moderación y humanidad, pero engañará a los judíos a través de señales y prodigios falsos provenientes de engaños mediante la magia como si él hubiese sido esperado como el Cristo. Después se caracterizará por la crueldad y el crimen, de manera que superará en maldad a todos los injustos e impíos que le precedieron. Dirigirá su ánimo sanguinario, de inflexible dureza, inmisericorde y cambiante, contra todos, pero especialmente contra nosotros los cristianos. Pero después de tres años y tres meses en que habrá realizado sus planes, será quitado de en medio por la segunda venida gloriosa, desde los cielos, del Hijo unigénito de Dios, nuestro Señor y Salvador Jesús, el Cristo verdadero, el cual, haciendo perecer con el aliento de su boca al Anticristo, lo entregará al fuego eterno.

Más detalles sobre la llegada del Anticristo

13. Pero esto lo enseñamos, no imaginándonoslo, sino desde las Escrituras que la Iglesia lee, y sobre todo basándonos en la profecía de Daniel que hemos leído antes, tal como el arcángel Gabriel la interpretó con estas palabras: «La cuarta bestia será un cuarto reino que habrá en la tierra, diferente de todos los reinos». Los autores eclesiásticos nos han transmitido que se trata del Imperio romano. Pues el primero de los reinos ilustres fue el imperio de los asirios; el siguiente, el de los medos y los persas; el tercero, después de éstos, el imperio de los macedonios; el cuarto es el actual de los romanos. En lo que sigue, Gabriel hace esta interpretación: «Y los diez cuernos: de este reino saldrán diez reyes, y saldrá después de ellos otro que superará a todos los anteriores a él en males (Dan 7,24 LXX). No sólo se refiere a aquellos diez, sino a todos los que le precedieron. «Y derribará a tres reyes» (ibid.): de aquellos diez de antes, como es evidente. Pero si humilla, de aquellos diez, a tres, él reinará como el octavo. Y dice: «proferirá palabras contra el Altísimo» (Dan 7,25): será un hombre blasfemo, que no hará caso de las leyes, y que no habrá recibido de sus padres el reino, sino que se habrá adueñado del poder con las artes de la magia.

Utilizará a Satanás como instrumento de mentira

14. Pero, ¿quién es éste o quién es el que realiza sus obras? Haznos de intérprete, Pablo. Su llegada, afirma, «estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos» (2 Tes 2,9). Con esto se refiere a que utilizará a Satanás como instrumento que actuará personalmente y por sí mismo. Pues, sabedor de que no habrá demora en su juicio, ya no presentará batalla por medio de sus ministros, como de costumbre, sino más abiertamente por sí mismo: «con todas las señales y prodigios engañosos». Pues el que es «padre de la mentira» (Jn 8,44) hará ostentación de las obras de mentira mediante apariencias fingidas, de manera que las muchedumbres crean que ven que un muerto ha resucitado sin que sea verdad, o a los cojos andar y a los ciegos recibir la vista, cuando en realidad no se da ninguna de estas curaciones.

Dominará sobre el Templo

15. Y dice a su vez: «El Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto (2 Tes 2,4; cf. Dan 11,36 y, de nuevo, Apoc 13,1-8)19, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios» (2 Tes, ibid.). Pero ¿de qué templo se trata, puesto que aquél de los judíos ya fue destruido? ¡Desde luego no se refiere a este templo en el que estamos! ¿Por qué decimos todo esto? No se trata en realidad de que experimentemos complacencia en nosotros mismos. Pero si él20 ha de venir a los judíos como si fuera el Mesías y quiere ser adorado por los judíos para engañarlos más, hará gala de un grandísimo interés por el templo. Irá extendiendo la impresión de que es del linaje de David, el cual preparó el templo que Salomón había de construir. Pero entonces vendrá el Anticristo, y en el templo de los judíos no quedará piedra sobre piedra según el anuncio del Salvador (Mt 24,2)21, cuando hayan caído por hacerse viejos o al echarlos a tierra con el pretexto de nuevas construcciones, o al ser removidas todas las piedras por cualquier otra causa—y no me refiero a las piedras de fuera, sino a las de la estancia interior, donde estaban los querubines—, entonces vendrá aquel «con todas las señales y los portentos de la mentira». Se pondrá en contra de todos los ídolos y, en los comienzos simulará humanidad, pero después dará muestras de fiereza sobre todo contra los santos de Dios. Pues dice: «Yo contemplaba cómo este cuerno hacía la guerra a los santos» (Dan 7,21). Y también en otro lugar: «Será aquel un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones» (Dan 12,1). Es una fiera terrible, un gran dragón para los hombres invencible, dispuesto a devorarlos. De él podemos decir muchas cosas basándonos en las Escrituras, aunque, ajustándonos a lo dicho, tendremos bastante de momento.

La persecución tendrá una duración y un límite

16. NU/000036-MESES: Por ello, conociendo el Señor la fuerza de este adversario, concedió la venia a los piadosos diciendo: «Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes» (Mt 24,16). Pero si alguien se cree de una enorme fortaleza, como para luchar contra Satanás, manténgase firme (pues yo no desespero del vigor de la Iglesia) y diga: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?…» (Rm 8,35 ss.). Pero los que somos miedosos, pongámonos a seguro y, llenos de confianza, dispongámonos a la lucha. «Porque habrá entonces una gran tribulación, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente ni volverá a haberla» (Mt 24,21; Cf. Dan 12,1). Pero gracias sean dadas a Dios, que ha limitado a pocos días la magnitud de esa aflicción. Dice, en efecto: «En atención a los elegidos se abreviarán aquellos días» (Mt 24,22). Entretanto reinará el Anticristo tres años y medio. Y esto no lo decimos tomándolo de los apócrifos, sino de Daniel. Pues dice: «Y los santos serán entregados en sus manos por un tiempo y tiempos y medio tiempo» (Dan 7,25; Apoc 12,1422). Y un «tiempo» es un año, en el cual su venida se acercará sensiblemente. Pero «tiempos» son los dos años restantes de la impiedad. Todos ellos, reunidos, son tres años y el «medio tiempo» son seis meses23. A su vez dice Daniel esto mismo en otro lugar: «Oí… jurar… por aquel que vive eternamente: «Un tiempo, tiempos y medio tiempo» (Dan 12,7)24. Quizá también algunos25 han interpretado en este sentido lo que sigue: «Mil doscientos noventa días». Y también esto: «Dichoso aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días» (Dan 12,11-12). Por eso conviene ocultarse y huir, pues tal vez no terminaremos las ciudades de Israel hasta que venga el Hijo del hombre (cf. Mt 10,23).

Dios permitirá la persecución final

17. ¿Quién será el bienaventurado que entonces sufrirá piadosamente el martirio por Cristo? Pues yo diría que los mártires de esa época estarán por encima de todos los mártires. Porque los mártires de tiempos anteriores sólo han luchado con hombres. Pero quienes vivan en la época del Anticristo saldrán a la lucha con el mismo Satanás en persona. Los reyes que entonces fueron perseguidores, entregaban a la muerte, pero no simulaban que ellos resucitasen a los muertos ni hacían ostentación de señales y prodigios aparentes. Pero éste (el Anticristo) provocará a la vez el terror y el engaño «capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos» (Mt 24,24). Que a nadie de los que entonces vivan le venga a la mente este pensamiento: ¿Es que Cristo hizo algo más que éste? ¿Con qué poder hace (el Anticristo) estas cosas? Ciertamente, si Dios no hubiera querido, no lo habría permitido. El Apóstol te previene y avisa: «Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira» (2 Tes 2,1 1 ) (nótese que pone «envía» en lugar de «permite»), no para que encuentren excusa, sino «para que sean condenados» (2,12). ¿Cómo es que es así? «Todos cuantos no creyeron en la verdad», esto es, en el Cristo verdadero, sino que «prefirieron la iniquidad», es decir, el Anticristo. Estas cosas, sin embargo, las permite Dios, tanto en las persecuciones que aparecen en las diversas épocas como en aquel tiempo venidero. Y no porque no las pueda impedir, sino queriendo coronar—según su costumbre, a través del sufrimiento—a sus propios combatientes, del mismo modo que a sus profetas y apóstoles. De este modo, tras el esfuerzo de un breve tiempo, poseerán como herencia eterna el reino de los cielos. Como dice Daniel: «En aquel tiempo se salvará tu pueblo, todos los que se encuentren inscritos en el Libro» (Dan 12,1)25. Está claro que se refiere al Libro de la vida. «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra, se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad» (12,2-3).

Ultimas advertencias sobre el Anticristo

18. Protégete, pues, hombre, a ti mismo. Sabes ya los signos del Anticristo. No los recuerdes sólo para ti, sino comunícalos también, sin envidia, a todos (cf.Sab 7,13). Si tienes un hijo según la carne, instrúyelo ya y adviértele. Y si engendraste a alguien por la catequesis27, haz que sea cauto y que no tome a un falso Mesías por verdadero. «Porque el misterio de la impiedad ya está actuando» (2 Tes 2,7). Me aterrorizan las guerras entre las naciones, me aterrorizan las escisiones de las Iglesias, me aterroriza el odio mutuo entre hermanos. Y estas cosas se mencionan, pero que no se hagan realidad en nuestros tiempos, aunque, entre tanto, seamos cautos. Y con todo esto es suficiente acerca del Anticristo.

La espera de la venida definitiva del Señor

19. Pero levantemos la vista y esperemos al Señor, que ha de venir en las nubes desde los cielos. Entonces sonarán las trompetas de los ángeles. Los que hayan muerto en Cristo resucitarán primero, los piadosos que estén con vida serán tomados en las nubes y recibirán el premio a sus trabajos. Así serán también honrados en lo humano, ya que lucharon por encima de las fuerzas humanas. Como dice el apóstol Pablo, al escribir: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor» ( I Tes 4,16-17).

Señales de la venidas28

20. El Eclesiastés contempla esta venida del Señor y la consumación del mundo diciendo: «Alégrate, mozo, en tu juventud» (Ecl 1 1,9). Y en lo que sigue: «Aparta el mal humor de tu pecho y aleja el sufrimiento de tu carne» (11,10). «Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, mientras no vengan los días malos… mientras no se nublen el sol y la luz, la luna y las estrellas, y retornen las nubes tras la lluvia» ( 12,1.2): mientras no se eche a perder el cordón de plata (se refiere al conjunto de los astros, cuyo aspecto es semejante a la plata) y se deshaga la flor de oro (con ello se hace referencia al sol por su aspecto áureo; las plantas son conocidas por sus flores, de las que salen radialmente sus pétalos). A la voz de las aves se levantarán y echarán la vista desde lo alto; se verá el pánico por los caminos. ¿Qué es lo que verán? Y entonces «verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo» (Mt 24,30). «Y se lamentará el país, cada familia aparte» (Zac 12,12). ¿Y qué es lo que sucederá con la venida del Señor?: «Florecerá el almendro, estará grávida la langosta y perderá su sabor la alcaparra» (Ecl 12,15). Pero, como dicen los intérpretes, un almendro que florece señala que el invierno ya ha pasado. Lo que sucederá es que en aquel tiempo, tras el invierno, florecerán nuestros cuerpos como flor celestial. «Estará grávida la langosta» (revistiéndose de plumas) «y perderá su sabor la alcaparra» (es decir, los inicuos, semejantes a las espinas, serán dispersados).

Todo está predicho en la Escritura

21. Ves cómo todo anuncia la venida del Señor y te das cuenta de cómo han conocido el sonido del pájaro. Veremos qué voz: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo» (1 Tes 4,16). El ángel lo proclamará y dirá a todos: «¡Salid al encuentro del Señor!»29. Y el descenso del Señor causará terror, David dice: «Viene nuestro Dios y no se callará. Delante de él, un fuego que devora, en torno a él, violenta tempestad», etc. (Sal 50,3). Viene hasta el Padre, según lo que se ha leído de la Escritura, el Hijo del hombre entre las nubes del cielo (cf. Mt 24,30; Dan 7,13), mientras un río de fuego, por el que los hombres son probados, fluye ante él (cf. Dan 7,10). Si alguien tiene obras de oro, cobrará mayor brillo, pero si son como la paja y desprovistas de fuerza, serán abrasadas por el fuego (cf. 1 Cor 3,12-15)30. Y el Padre se sentará, «su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana» (Dan 7,9). Estas cosas están dichas al modo humano. ¿Por qué razón? Porque es rey de aquellos que no se han manchado con el pecado. Pues dice: «Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán» (Is 1,18), lo cual es como un signo de los pecados perdonados como si no hubiesen sido cometidos. Vendrá el Señor desde los cielos en las nubes, él, que ascendió entre las nubes (cf. Hech 1,9-10) y el mismo que dijo: «Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria» (Mt 24,30).

La última venida y la aparición de la cruz

22. Pero ¿cuál es la señal de su venida, no sea que alguna potestad contraria se atreva a imitarlo? «Entonces -dice- aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre» (Mt 24,30). Pero el signo verdadero y propio de Cristo es la cruz. El signo de una cruz luminosa precede al rey, mostrando al que anteriormente fue crucificado, para que, viéndolo quienes lo atormentaron y los judíos que con sus insidias lo acosaron, se lamenten unos contra otros (cf. Zac 12,10,12) diciendo: éste es el que fue abofeteado, aquel en cuyo rostro escupieron y a quien encadenaron, el que fue despreciado al ser crucificado. Dirán: «¿A dónde huiremos del rostro de tu cólera?». Pero, rodeados por los ejércitos angélicos, nunca podrán escapar. El signo de la cruz será el terror de los enemigos. Pero será la alegría para los amigos que en él creyeron, o bien lo anunciaron o padecieron por él. ¿Quién tendrá la dicha de ser contado entonces entre los amigos de Cristo? No despreciará a sus propios siervos un rey tan glorioso, que está acompañado por una corte de ángeles y estará sentado en el trono junto al Padre. Y para que los elegidos no sean confundidos con los enemigos, «enviará a sus ángeles con sonora trompeta y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos» (Mt 24,31). Si no abandonó a Lot.31, que era uno solo, ¿cómo abandonará a numerosos justos? «Venid, benditos de mi Padre» (Mt 25,312), dirá a aquellos que entonces serán transportados en carros de nubes y serán reunidos por los ángeles.

Será una liberación que no abandonará a nadie

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