ESTOY CONTENTO DE VER HONRAR MIS SANTAS LLAGAS.

“¡Siete espadas hay en Mi Corazón y por Mi Corazón se deben honrar las Llagas Sagradas de Mi Divino Hijo!…”

by Fátima Maldonado

Del Libro: La Hermana María Marta Chambon de la Visitación de Santa María de Chambéry Las Santas Llagas de Nuestro Señor Jesucristo

Peticiones de Nuestro Señor.

En cambio de tantas gracias excepcionales, Jesús no pedía a la Comunidad más que dos prácticas, de las que vamos a decir rápidamente una palabra: La Hora Santa y el Rosario de las Santas Llagas.

En la época del cólera, que en 1867 hizo tantas víctimas en la región de Chambéry,Nuestro Señor manifestó el deseo de que todos los viernes se hiciera por cinco Hermanas la Hora Santa y que cada una de dichas Hermanas se encargase de honrar una de Sus Llagas[1].

La Santísima Virgen une Su petición a la de Su Divino Hijo con estas palabras, en las que se trasluce un sentimiento muy doloroso:

“No hay ninguna Casa en la tierra donde las Santas Llagas de Jesús sean honradas de un modo particular el viernes por la noche… Es necesario durante esta hora contemplar estas santas aberturas y sumergiros en ellas.”

Enseña a la feliz privilegiada cómo debiera cumplirse este ejercicio. Mostrándose bajo la figura de Nuestra Señora de los Dolores, teniendo a Su Hijo en Sus brazos, le dijo:

“Hija Mía: La primera vez que contemplé las Llagas de Mi querido Hijo, fue cuando depositaron Su Santísimo Cuerpo en Mis brazos. Medité Sus Dolores y traté de hacerlos pasar a Mi Corazón… Miré Sus Divinos Pies, uno por uno…; de ahí fui a Su Corazón, donde vi aquella grande abertura, la más profunda para Mi Corazón de Madre… contemplé la Mano izquierda, después la derecha y en seguida la Corona de Espinas… ¡Todas esas Llagas Me atravesaban el Corazón! ¡Ésta fue Mi Pasión, la Mía!… ¡Siete espadas hay en Mi Corazón y por Mi Corazón se deben honrar las Llagas Sagradas de Mi Divino Hijo!…”

Hacia la misma época (1867-1868), según la voluntad igualmente manifestada por Nuestro Señor, los Superiores establecieron[2] la recitación diaria del “Rosario de las Santas Llagas”.

Ved cómo desde el principio se complacieron en recitar este Rosario[3]:

En lugar del “Credo” y en las tres primeras cuentas, la hermosa oración inspirada a un sacerdote de Roma:

“¡Oh! Jesús, Redentor Divino: Sed misericordioso con nosotros y con el mundo entero.
R. Amén.

“Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal: Tened piedad de nosotros y del mundo entero.
R. Amén.

“¡Perdón! ¡Misericordia, Jesús mío! Durante los presentes peligros cubridnos con vuestra preciosa Sangre.
R. Amén.

“Padre Eterno: Tened misericordia por la Sangre de Jesucristo, vuestro Hijo único; tened misericordia de nosotros; os lo suplicamos.
R. Amén. Amén. Amén.”

En las cuentas pequeñas:

“Jesús mío: Perdón y misericordia.
R. Por los méritos de vuestras Santas Llagas.” (300 días de indulgencia cada vez.)

En las cuentas grandes:

“Padre Eterno: Yo os ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo.
R. Para curar las de nuestras almas.” (300 días de indulgencia cada vez.)

Al terminar el Rosario se dice tres veces:

“Padre Eterno: Yo os ofrezco, etc.”

Estas dos últimas invocaciones son las que había indicado Nuestro Señor mismo, y a las cuales ¡tan hermosas promesas ha hecho!

Están indulgenciadas para el mundo entero a perpetuidad con trescientos días por cada invocación, toties quoties.

No sin dificultad consiguieron las Superioras el que se adoptase la recitación del Rosario de las Santas Llagas; así como en Paray, por un extremado celo de la Regla, se permitieron más de una reclamación. Tanto nuestras Madres como la pobre Conversa recogieron de esto muchos sufrimientos.

Mas, Nuestro Señor las alentaba:

“Hija Mía: Las gracias de Dios no se dan sin que haya dificultad en cumplir Mis voluntades… Mis Llagas son vuestras; el demonio ha perdido el mérito de ellas, y por esto está rabioso contra vosotras. Pero, cuantas más oposiciones y obstáculos encontréis, más abundante será Mi gracia.”

“No hay nada que temer; hay que andar por encima de los obstáculos; ahí está el verdadero amor… Aquél que os sostiene no puede ser conmovido; ¡siempre seré vuestro Defensor!… Mas es necesario este sufrimiento.”

Dios Padre, teniendo una llave en la Mano, parecía amenazar con un aire severo:

“Si no hacéis lo que Yo quiero, cerraré los Manantiales, y los daré a otros.”

Con una firmeza llena de paciencia y de humildad, nuestras Madres Teresa Eugenia y María Aleja consiguieron que se aceptase esta práctica, bien poco onerosa por lo demás. Jesús las sostuvo manifiestamente.

Una Hermana, cuya elevada inteligencia y sólido juicio hacían de ella una autoridad en el Monasterio, se encontraba la más fuertemente opuesta a la nueva Devoción. Un día, pues, vio venir a ella a la humilde Conversa encargada de una misión de parte del Maestro; ella oyó que le revelaban una cosa absolutamente secreta que había pasado entre Él y ella en lo íntimo de su alma, cosa que nunca había confiado a nadie… y por tanto, que la Hermana María Marta sólo podía saberla de Dios…

Ante tal prueba, la Hermana se rindió lealmente y quiso reparar su pasada oposición haciendo estampitas de las Santas Llagas para propagar su culto.

“La Devoción a Mis Llagas es el remedio para este tiempo de iniquidad” —aseguraba el Salvador—. “Soy Yo quien lo quiero; es necesario hacer vuestras aspiraciones con grande fervor.”

Ante estos progresos, la rabia del enemigo no podía contenerse; se metía sobre todo con nuestra querida Hermana, de quien se burlaba: “¿Qué haces tú ahí?… Pierdes el tiempo. Los demás dicen oraciones bonitas que encuentran en los libros; pero tú siempre dices la misma cosa.”

Mas, Jesús echaba al demonio:

“Hija Mía: Lo veo todo, lo cuento todo. Di a tu Madre que cada aspiración que hace la tengo muy en cuenta. Es necesario que haga todo lo que pueda para mantener el Rosario de la Misericordia.”

“Estoy contento de veros honrar Mis Santas Llagas; ahora puedo derramar más largamente los frutos de Mi Redención.”

“Es necesario que vosotras, que conocéis Mis voluntades, seáis doblemente fervorosas… Si os relajareis en la devoción a Mis Llagas, perderíais mucho.”

“Así como hay un ejército levantado para el mal, hay también un ejército levantado para Mí. Con esa Oración, sois más poderosas que un ejército para detener a Mis enemigos.”

“Sois muy felices vosotras, a quienes Yo he enseñado la Oración que Me desarma: —Jesús mío: Perdón y Misericordia, por los méritos de Vuestras Santas Llagas. Las gracias que recibís por estas invocaciones son gracias de fuego. Vienen del Cielo; es necesario que vuelvan al Cielo…”

“Di a tu Superiora que será siempre oída por cualquiera necesidad que sea, cuando Me ruegue por Mis Santas Llagas haciendo decir el Rosario de la Misericordia.”

“Vuestros Monasterios atraen las gracias de Dios sobre las diócesis en que se encuentran; cuando ofrecéis a Mi Padre Mis Santas Llagas, ¡os miro como levantando las manos al Cielo para obtener gracias!… En verdad, ¡esta Oración no es de la tierra, sino del Cielo!… ¡Lo puede obtener todo!…”

“Es menester decírselo a tu Madre, recordárselo, escribirlo para en adelante, a fin de que a ella recurráis con frecuencia.”

Las recomendaciones de Nuestro Señor no han sido vanas. Se ha conservado el recurso diario a “esta Oración del Cielo”. Cuando surgen grandes dificultades, graves necesidades, peligros amenazadores, las invocaciones se hacen más numerosas y más apremiantes… ¡Después de una experiencia de cincuenta años, la Comunidad puede declarar que siempre ha tenido que felicitarse por su confianza! No es esto decir que no nos han faltado pruebas, ni que la muerte ha escaseado sus visitas… ¡Lejos de esto! Mas, ¡la misma prueba se suaviza con tantos consuelos! Y las muertes ¡son tan dulces a la sombra de las Santas Llagas!


Los pecadores.

Una vez que la Comunidad se doblegó a las  peticiones de Nuestro Señor sobre estos dos puntos, Jesús no cesó por ello Sus llamamientos. Antes bien, se hizo más y más apremiante para presentar Sus Llagas como Manantiales de Gracias para los pecadores y como lecciones elocuentes para las almas religiosas:

“¡Hace muy largo tiempo —siempre es Jesús quien habla—, que Yo deseo veros distribuir los frutos de Mi Redención! Ahora hacéis lo que Yo quiero por la salvación del mundo. A cada palabra que pronunciáis del Rosario de la Misericordia, dejo caer una gota de Mi Sangre sobre el alma de un pecador.”

“Los hombres pisan Mi Sangre; Yo quiero que vosotras, Mis esposas, Me améis y trabajéis por Mi Amor.”

“Si de todas las riquezas de que Mis Llagas están llenas para vosotras, no os aprovecharais, muy culpables seríais…”

“Las almas que no veneran Mis Santas Llagas, sino que por el contrario las ridiculizan, esas almas, digo: Yo las rechazo.”

“Los pecadores desprecian el Crucifijo; tengo paciencia, pero día vendrá en el que Yo Me vengaré.”

“Ven con tu corazón, esposa Mía, ven con tu corazón bien vacío, porque Yo tengo con qué llenarle; ven a la conquista de las almas.”

Haciéndola ver en el mundo una cantidad de pecadores, le dijo:

“Yo te los muestro, para que no pierdas nunca el tiempo.”

Durante el mes de la Preciosísima Sangre, la visión de Jesús Crucificado se hacía habitualmente constante a la Hermana María Marta:

“Hija Mía: Tanto he sufrido por una sola alma como por todas juntas. ¡La Redención ha sido abundante! —Y la Sangre Redentora corría a chorros de las Heridas adorables, y Jesús decía con amor:

“¡Ésta es la Sangre de tu Esposo!… ¡de tu Padre!… ¡Para vuestras almas ha sido derramada! ¡Sólo Yo puedo derramar así esta Sangre Divina!… Hija Mía: ¡Soy tu Esposo! ¡Soy todo tuyo para las almas!…”

Algunas veces veía la Justicia de Dios irritada, dispuesta a caer sobre el mundo.

“No Me ruegues; quiero castigar —decía Cristo en Su indignación.

“Para ser regenerado el mundo, necesitaría una segunda Redención.”

El Padre Eterno, interviniendo, declaraba: “Yo no puedo dar a Mi Hijo por segunda vez.”

Pero Nuestra Hermana comprendía que por el reiterado ofrecimiento de las Santas Llagas, nosotras podíamos obrar esta Redención. A medida que ella las ofrecía, veía cambiar la Cólera Divina “en una dulzura de gracias que se derramaban en el mundo”.

“Hija Mía —decía otra vez Nuestro Señor Jesucristo—, es necesario conseguir la palma de la victoria; ella viene de Mi Santa Pasión… En el Calvario, la victoria parecía imposible, y, sin embargo, de ahí es donde ha brillado Mi triunfo. Deseo absolutamente que los hombres se aprovechen de Mi Redención; pero, fieles o no, es menester que de ella resulte Mi Gloria.”

Nuestro Señor la espantó dándola a ver Su Justicia, excitada por los pecados de los hombres… Entonces, toda asustada, exclamó, humillándose profundamente: “Dios mío: No miréis nuestra miseria, sino mirad Vuestra Misericordia.” Y ella empezaba a aplacar al Salvador por las invocaciones multiplicadas a las Santas Llagas.

“Ofrécemelas a menudo para ganarme pecadores —la alentaba el buen Maestro— porque ¡tengo hambre de almas!…”


Las Santas Llagas y las almas religiosas.

“En la Casa de Dios hay que vivir unidas a Mis Llagas” —dice el Salvador—, “¡Vuestros votos salen de Mis Llagas!…” 

Un día, la Hermana María Marta hacía el Vía-Crucis, y al llegar a la décima estación, Jesús hace comprender a Su esposa el mérito de Su despojo en vista del voto de pobreza, pidiéndola que ofreciera las Santas Llagas “por aquellas de Sus esposas que necesitan el despojo, a fin de que aprendan a revestirle por una práctica más exacta del voto de pobreza.”

Después, en la estación undécima, la de la Crucifixión, añade:

“Que estando consagradas a Él, debíamos de estar clavadas con Él en la Cruz… Cuando seguimos nuestra propia voluntad, nos declaramos enemigas de la Cruz.”

“Es necesario dejaros gobernar por vuestra Superiora, como Yo, extendiendo las Manos, Me he dejado clavar en la Cruz…”

Después la ruega que pida “por aquellas que querrían desclavarle de la Cruz, faltando a la obediencia”.

“Hija Mía —repitió otra vez—: ¡Mira Mi Corona!, y tú verás la mortificación; Mis Manos extendidas, y aprenderás la obediencia; comprenderás la pobreza viéndome desnudo del todo en la Cruz; la pureza en Aquél que es tan Puro y que te ama como un Esposo.”

Él la enseña que las almas religiosas son también almas consagradas al sufrimiento.

“¡Yo quisiera ver a todas Mis esposas, Crucifijos!… ¿No es preciso que se parezca la esposa a su Esposo? —declara Aquél a quien la santa Amante de los Cantares pintó así: “Mi muy Amado es blanco y colorado.”

“Todo el día, Yo te daré sufrimientos —la promete—, a fin de que vayas más a menudo a las Fuentes felices de Mis Divinas Llagas.”

“Quiero que estés crucificada Conmigo; lo quiero de todas maneras… A medida que tú digas que sí, Yo te crucificaré más.”

“¡Hija Mía: Mira Mi Corona! Yo no dije: ¡Me hace sufrir demasiado! ¡La acepté de Mi Padre por vosotras! ¡Mira Mis Manos! Yo no he dicho: Yo no las doy. ¡Esto Me hace demasiado sufrir!… y así de Mis Pies.”

Después, Jesús muestra a Su sierva Su Carne Sagrada desgarrada y hecha pedazos:

“¡En todas partes encontrarás Llagas en tu Esposo! ¡Así quiero que estés tú! Contémplame en la Cruz; cuando en ella estaba, Yo no miraba ni a los verdugos ni a sus ultrajes… miraba a Mi Padre. Así es como debéis cumplir vuestro deber: haciendo lo que Yo quiero, sin otra mirada a la criatura… como Yo, que únicamente miraba a Mi Padre.”

Otro día, apareciéndosele en la Cruz, todo descarnado, “no teniendo más que la piel y los huesos, este tierno Señor exclama:

“He aquí, hija Mía, por dónde deben pasar los que Yo Me he escogido y que quieren llegar a la gloria, no los que levantan la cabeza. Por este camino ha pasado Mi Madre. Muy duro es para los que van a la fuerza y sin amor; pero suave y consolador es el camino de las almas que llevan su cruz con generosidad. Es necesario que las esposas de Jesús Crucificado sufran… Sólo tengo Mis esposas para indemnizarme.”

En otra conferencia, Jesús dijo:

“Hija Mía: Es menester amar mucho al Crucifijo y crucificaros para amar a Jesús, a fin de poder morir como Jesús y resucitar a la vida como Él. Ahora renuevo las gracias de Mi Pasión… a vosotras toca derramar su beneficio sobre el mundo entero.”

________________________
[1] Ya se sabe que para la Hermana María Marta, las Heridas de los Pies no forman más que una Llaga. La Cabeza ensangrentada bajo la Corona de Espinas constituía la quinta.
[2] A causa de las necesidades del momento, pero sin querer comprometerse para en adelante.
[3] Hemos pensado que las antiguas alumnas del Pensionado volverían a encontrar aquí con alegría esas fórmulas conocidas y amadas.

Fuente:
http://www.maria-marta-chambon.info/

De los escritos de la Hna. María Marta Chambon aquí publicados:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/hna-maria-marta-chambon/

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