TESTIMONIO DE CATALINA RIVAS A LA MUERTE DE SU MADRE.

Habían transcurrido diez días desde la muerte de mi querida mamá cuando una mañana, al terminar de hacer mis primeras oraciones del día, en mi habitación, me pidió el Señor que permaneciera allí por unos instantes. De pronto, como en una película, apareció ante mis ojos la escena de la muerte de mamá.
Será necesario pues que vuelva hacia atrás en el relato, y que repita algunas cosas que ya les he contado, para poder hacerles comprender mejor todo lo que había sucedido aquel día, y que el Señor me permitió ver completamente recién después, en la visión que ahora les cuento.
Vuelvo entonces al día en que mi mamá agonizaba, tal como pude verlo en esta visión…
Ella estaba en su cama, acabábamos de recostarla sobre su lado derecho y yo le limpiaba la sangre que perdía por la nariz. Ella miró por encima de mí hacia la ventana, me apretó la mano y me dijo: “Quiero estar contigo”.
-¿Tienes miedo, mamacita?- le pregunté algo angustiada.
- No, no tengo miedo, pero quiero estar contigo.
En ese momento vi unas personas que se acercaban detrás de mí y de mi mami, al lado derecho de ella.
Reconocí a San José, a San Antonio de Padua, Santa Rosa de Lima, Santo Domingo de Guzmán y San Silvestre, que se pusieron detrás de la cabecera de mi mamá, al lado de “Leopoldo”; así se llamaba el Ángel de la Guarda de mi mamá, un jovencito muy hermoso que de rodillas parecía estar en oración mientras con sus manos acariciaba la cabeza de ella.
32
Habían otras mujeres y varones más, jóvenes y viejos, eran como unas cuarenta personas, todas orando. Un joven, vestido con alba blanca, llevaba una pequeña fuente dorada entre las manos. De tiempo en tiempo introducía una mano en ella y sacaba humo, echándolo hacia arriba como incienso.
Con ello parecía evitar que se acercaran unas sombras oscuras, que se veían como alejadas del dormitorio, temerosas de arrimarse. El joven movía los labios como rezando algo, luego cambiaba la pequeña fuente de mano y hacía lo mismo con la otra, echando al aire ese humo. Daba vueltas alrededor de toda la gente que rodeaba la cama de mi mamá, detrás de nosotros. Me asombré de ver tantas personas. Entonces Jesús me habló y me dijo:
- Son sus santos protectores y aquellas almas que ella ha ayudado a salvar con su oración y sus sufrimientos, y aunque ella no las conocía, vinieron para acompañar su tránsito.
Cuando la pusimos del otro lado para cambiarle la ropa, mi mamá dijo:
- Ya tengo que irme con ellos. Mientras miraba por encima de mi hombro.
Le aconsejamos tranquilizarse. Le cantamos un Salmo y ella fue repitiendo el canto. Abrió los ojos casi maravillada, como contemplando algo que no podía expresar y dijo:
- “¡Enciendan la luz!”. Lo hicimos, pero entendiendo que ella ya no veía lo que había en la tierra, sino lo que estaba más allá. Entonces, apretándome la mano dijo: Santo Dios, ¡ya!… Santo Dios… ¡ya!… Como impulsándome a orar, a repetir la jaculatoria: ¡Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, Ten piedad de nosotros y del mundo entero!
Ella repetía una y otra vez la jaculatoria mientras insistía:
33
- “Tengo que irme”. -Movía los pies como para caminar y manifestaba: “No me detengan”… Y nuevamente volvía a decir: “Santo Dios, Santo Fuerte… Ten piedad de mí y del mundo entero”.
Las personas que la rodeábamos empezamos a rezar la Oración de la Corona de la Misericordia. Pero al mismo tiempo ella repetía sus propias oraciones. Insistía expresando: “¡Padre, mi Espíritu! ¡Ya…, ya!…” No recordaba la oración completa. Empezamos a decir: “¡Padre, en Tus manos encomiendo mi espíritu…”, entendiendo que era eso lo que ella quería expresar… Ella asintiendo, repetía nuestras palabras.
En la visión que tuve, observé que hacia el lado izquierdo de mi mami, detrás de donde estábamos nosotros, empezaba a llegar otro grupo de gente, y entre ellos pude reconocer la figura de mi padre, una de mis abuelas, una tía que vivió con nosotras, y otras personas cuyos rostros no alcanzaba a ver claramente. Estaba deslumbrada por lo que contemplaba, pero a la vez trataba de concentrarme más en mi madre.
Frente a ella se encendió una luz y vi acercarse, como bajando a la altura del techo, un coro de ángeles que cantaba. Conformaban dos hileras de personajes celestes, y al llegar junto a nosotros se separaron para rodear el lugar. Todo era muy solemne. En un momento dijo mi mamá, como dirigiéndose a las personas que seguramente venían a acompañar su tránsito:
- ¡Esperen, tengo que ver primero a la Virgen!
Mi hermano le dijo: “mamita, el Señor está aquí, te está esperando…” Esto lo dijo porque antes mi madre había manifestado haber visto al Señor. Y ella replicó… “, todavía debo ver a la Virgen…”
Muchas veces ella había escuchado que la Virgen recogía las almas de aquellos que esperaban la muerte rezando el Rosario.
34
Le pasamos el cuadro de María Auxiliadora para que mirase a la Virgen, pensamos que era eso lo que quería ver, pero ella miraba por encima del cuadro, parecía que no veía ya las cosas de este mundo, sino todo lo del más allá… De pronto dijo: “¡Ahí la veo, ahí está… den campo a la Mamita!. Debemos pedir el perdón a la Virgen….”
El tierno abrazo de la Madre
En ese instante yo vi que la Virgen bajaba del cielo y suspendida en el aire, se situó a los pies de mi madre, vi que extendía las manos hacia mi mamá. En uno de los brazos, la Virgen llevaba un vestido blanco. Mi madre extendió la mano como para recibir algo o tocar algo, observé cómo la Virgen le tomó la mano. Mamá perdió el conocimiento en ese momento, por menos de un minuto, y expiró.
Cuando su cabeza quedó quieta sobre mi mano, pues yo la estaba sujetando, pensé que toda la visión desaparecería, pero inmediatamente contemplé el instante en el que se irguió el alma de mi madre, separándose de su cuerpo…
Se dirigió hacia la Virgen, que en ese momento le presentó el traje blanco con las dos manos, como midiéndoselo por encima del camisón que ella traía puesto. Inmediatamente apareció vestida con ese traje… La Virgen tenía mucha dulzura en Su expresión, sonreía y tomó a mi mamá abrazándola a media espalda: Ella, a su vez hizo lo mismo apoyando su cabeza sobre el hombro de la Virgen y ascendieron juntas con todo el séquito de personajes que acompañaban la escena.
La habitación quedó casi vacía. San José nos dirigió una mirada, tocó la mano de San Silvestre y éste nos impartió la bendición a todos. Se dio la vuelta y salió, seguido por San José.
35
Jesús me dijo muy solemnemente:
- Cuéntalo al mundo, para que los hombres valoren la Gracia que brinda estar junto a un moribundo que parte auxiliado por el cielo. El recogimiento debe ser absoluto, puesto que parte del cielo se encuentra en ese recinto. Es el momento en el que Dios visita ese lugar.
Concluida la visión me arrodillé para agradecer a Dios llorando por habernos regalado toda esta gracia, y por haberme permitido ver esta maravilla que hoy puedo relatar al mundo, para que se dé cuenta de la importancia y del deber que tenemos de ayudar, a nuestros moribundos y a todo moribundo, para que inicien felices el viaje hacia la eternidad del Amor de Dios.

About these ads
Deja un comentario

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 6.109 seguidores

%d personas les gusta esto: