SANTA TERESA DE JESUS HABLA DE LA VIRGEN MARIA

SANTA TERESA DE JESÚS HABLA DE LA VIRGEN MARÍA

SANTA TERESA DE JESÚS HABLA DE LA VIRGEN MARÍA. En los textos escritos por Santa Teresa de Jesús, se puede reconocer en ella su gran devoción mariana. Esta es una selección de pasajes donde Santa Teresa de Jesús nos muestra su gran amor por la Virgen María, “Aquí se hace devota de la Reina del cielo para que interceda” (V 19, 6; CN 9).

1. Con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y hacernos devotos de nuestra Señora y de algunos santos, comenzaron a despertarme a la virtud cuando tenía seis o siete años de edad, a mi parecer (V 1, 1).

2. Me acuerdo que cuando murió mi madre, tenía yo doce años de edad, poco menos. Cuando yo comencé a entender lo que había perdido, afligida, me fuí a una imagen de nuestra Señora y le supliqué, con muchas lágrimas, que fuese mi madre. Me parece que, aunque se hizo con simpleza, me ha valido; porque he hallado a esta Virgen soberana muy claramente en cuanto la he encomendado y al fin, me ha reconquistado (V 1, 7).

3. Nuestra Señora le debía de ayudar mucho (al cura de Becedas), que era muy devoto de su Concepción y en aquel día hacía gran fiesta. Al fin dejó de verla del todo y no se hartaba de dar gracias a Dios por haberle dado luz (V 5, 6).

4. No se cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles, cuando tanto pasó con el Niño Jesús, sin dar gracias a san José, por lo bien que les ayudó en los dolores (V 6, 8).

5. Aquí se hace devota de la Reina del cielo para que interceda (V 19, 6; CN 9).

6. Me parece que si hubieran tenido la fe como la tuvieron después de la venida del Espíritu Santo, de que era Dios y hombre, no les impidiera; pues no se dijo esto a la Madre de Dios, aunque le amaba más que todos (V 22, 1; CN 12).

7. Estando en estos mismos días, el de nuestra Señora de la Asunción, en un convento de la Orden del glorioso santo Domingo, considerando los muchos pecados y cosas de mi ruín vida, que en tiempos pasados había confesado en aquella casa, me vino un arrobamiento grande, que casi me sacó de mí; me senté y creo que no pude ver la elevación ni oir misa. Estando así me pareció que me vestían un manto de mucha blancura y claridad, y al principio no veía quién me lo vestía; después vi a nuestra Señora hacia el lado derecho, y a mi padre san José al izquierdo, que eran los dos que me vestían aquel manto; se me reveló que ya estaba limpia de mis pecados.

Cuando me acabaron de vestir el manto, estaba yo con grandísimo deleite y gloria, y nuestra Señora me asió las manos y me dijo que le agradaba mucho que glorificara a san José; que creyera que el monasterio que intentaba construir se haría, y que en él se serviría mucho al Señor y a ellos dos; que no temiera que se fallara en esto jamás que, aunque la obediencia no se prometía a mi gusto, su Hijo estaría con nosotras, como nos había prometido y que, como señal de que esto sería verdad, me daba aquella joya…

Era grandísima la hermosura de nuestra Señora, aunque no me pareció ninguna imagen determinada, sino con toda la belleza acumulada en el rostro, vestida de blanco con mucho resplandor, no deslumbrante, sino suave…

Nuestra Señora me pareció muy joven. Estuvieron conmigo un poco y yo, con grandísima gloria y felicidad, como nunca había gozado tanta. Y nunca quisiera perder tanto gozo. Me pareció que los veía subir al cielo con gran multitud de ángeles (V 33, 14-15).

8. Estando haciendo oración en la iglesia, antes de pasar dentro del monasterio, casi arrobada, vi a Cristo, que con gran amor me recibía y me ceñía una corona y me agradecía lo que había hecho por su Madre (V 36, 24).

9. Otro día, estando todas en el coro en oración después de completas, vi a nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco, amparándonos a todas debajo de él, entendí cuán alto grado de gloria daría el Señor a las de esta casa (36, 24).

10. Guardamos la Regla de nuestra Señor del Carmen, sin mitigaciones, sino como la ordenó fray Hugo, Cardenal de santa Sabina, el año 1248, en el año quinto del pontificado del papa Inocencio IV (V 36, 26).

11. Quiera el Señor que todo sea para alabanza y gloria suya y de la Virgen María, cuyo hábito vestimos, amén (V 36, 28).

12. Un día de la Asunción de la Reina de los Angeles y Señora nuestra, en un arrobamiento se me representó su subida al cielo, y la alegría y solemnidad con que fue recibida y el lugar donde está. Yo no sabría decir cómo me ocurrió. Fue grandísima la gloria que recibió mi espíritu, viendo tanta gloria. Quedé con grandes frutos y me movió a desear más sufrir mucho y servir a esta Señora, que tanto se lo merece (V 39, 26).

13. Ni aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo a las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor… y más fe que en los +hombres, pues estaba la sacratísima Madre en cuyos méritos merecemos (CE 4, 1).

14. Parezcámonos, hijas mías, en algo a la gran humildad de la Virgen Santísima, cuyo hábito llevamos, que es motivo de confusión llamarnos hijas suyas; que por mucho que parezca que nos humillamos, nos quedamos muy cortas para ser hijas de tal Madre (C 13, 3).

15. Y ¡qué es lo que debió de pasar la gloriosa Virgen y esta bendita Santa! ¡Cuántas amenazas, cuántas malas palabras, y cuántos empujones y groserías! Pues ¿con qué gente tan cortesana trataban? ¡Sí lo eran! Cortesanos del infierno y ministros del demonio. Cosa terrible debió de ser lo que pasaron; sólo que, con el dolor de Cristo, no sentirían el suyo (C 26, 8).

16. Aquí viene bien recordar cómo lo hizo con la Virgen nuestra Señora, con toda la sabiduría que tuvo; y cómo preguntó al ángel “cómo será esto”, cuando le dijo “el Espíritu Santo vendrá sobre tí y la virtud del muy Alto te hará sombra”, no buscó más disputas. No como algunos letrados, que no les lleva el Señor por este modo de oración ni tienen principio de espíritu, y quieren llevar las cosas por tanta razón y tan medidas por sus entendimientos, que parece que ellos con sus letras han de comprender todas las grandezas de Dios. ¡Si aprendiesen algo de la humildad de la Virgen Santísima!

¡Oh, Señora mía, con cuánta exactitud se puede entender de Vos lo que pasa con la esposa del Cantar de los Cantares! Y así podéis ver, hijas, en el oficio de nuestra Señora, que rezamos cada semana, lo mucho que hay en él en las antífonas y lecturas (Mdt C 6, 7-8).

17. Las que se vieren en ese estado necesitan acudir a menudo como pudieren, a Su Majestad, y tomar a su bendita Madre por intercesora (I M 2, 12).

18. Mas bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia; y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio sino llegarme a ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, Madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras.

Alabadle, hijas, que lo sois verdaderamente de esta Señora, y así no tendréis por qué afrentaros de que yo sea ruín. Pues tenéis tan buena madre, imitadla y considerad qué tal debe de ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona, pues no han bastado mis pecados y ser la que soy, para deslustrar en nada esta sagrada Orden (III M 1, 3).

19. Pues menos podrán pensar en la sacratísima Virgen, ni en la vida de los santos, cuya memoria tan gran provecho y aliento nos da (VI M 7, 6).

20. Siempre hemos visto que los que más cercanos anduvieron a Cristo nuestro Señor, fueron los de mayores trabajos. Miremos lo que pasó su gloriosa Madre (VII M 4, 5).

21. No pienses, cuando ves a mi Madre que me tiene en los brazos, que gozaba de aquellos contentos sin grave tormento. Desde que le dijo Simeón aquellas palabras, le dio mi Padre clara luz para que viese lo que yo había de padecer (Cc 26ª, 1).

22. El día de la Natividad de nuestra Señora tengo particular alegría. Cuando este día viene, me parecía que sería bueno renovar los votos; y queriéndolo hacer, se me representó la Virgen nuestra Señora por visión iluminativa y me pareció que los hacía en sus manos y que le eran agradables. Me quedó esta visión por algunos días cómo estaba junto conmigo, hacia el lado izquierdo (Cc 37ª).

23. Entendí que tenía mucha obligación de servir a nuestra Señora y a san José; porque muchas veces, estando perdida del todo, por sus ruegos me volvía a dar salud (Cc 63ª).

24. Comienzo en nombre del Señor, tomando por ayuda a su gloriosa Madre, cuyo hábito tengo, aunque indigna de él, y a mi glorioso padre y señor san José, en cuya casa estoy, que éste es el título de este monasterio de descalzas (F prl, 5).

25. Pasados algunos días, considerando cuán necesario era si se hacían monasterios de monjas, que hubiesen frailes de la misma regla, escribí a nuestro Padre General una carta suplicándoselo lo mejor que yo supe, dando las causas por donde sería gran servicio de Dios, y que los inconvenientes que podía haber no bastaban para dejar tan buena obra, y poniéndole delante el servicio que haría a nuestra Señora, de quien era muy devoto. Ella debió de ser la que lo tramitó (F 2, 5).

26. Pues se comenzaron a poblar estos palomarcicos de la Virgen nuestra Señora (F 4, 5).

27. Me dijo el Señor que había estado su salvación en mucho peligro y que había tenido misericordia de él por aquel servicio que había hecho a su Madre en aquella casa que había dado para hacer monasterio de su Orden (F 10, 2).

28. Gran cosa es lo que agrada al Señor cualquier servicio que se haga a su Madre (F 10, 5).

29. Si decimos que estos principios son para renovar la Regla de la Virgen su Madre y Señora y Patrona nuestra, no la hagamos tanto agravio, ni a nuestros santos padres antepasados, que dejemos de conformarnos con ellos (F 14, 5).

30. Quiera nuestro Señor, hermanas, que nosotras vivamos como verdaderas hijas de la Virgen y guardemos nuestra consagración, para que nuestro Señor nos haga la merced que nos ha prometido, amén (F 16, 7).

31. Mas la Virgen nuestra Señora, cuyo devoto es en gran extremo (el padre Gracián), le quiso pagar dándole su hábito y así pienso que fue la Medianera para que Dios le concediera esta merced, y la causa de tomarlo él y de haberse aficionado tanto a la Orden, era esta gloriosa Virgen; no quiso que a quien tanto le deseaba servir, le faltase ocasión para ponerlo por obra; porque es costumbre suya favorecer a los que a ella se quieren amparar. Siendo muchacho en Madrid iba muchas veces a una imagen de nuestra Señora a la que él tenía gran devoción. Ella le debía de alcanzar de su Hijo la limpieza con que siempre ha vivido (F 23, 4-5).

32. Y nosotras nos alegramos de poder servir en algo a nuestra Madre y Señora y Patrona (F 29, 23).

33. La imagen de nuestra Señora estaba puesta muy indecentemente, y el obispo don Alvaro de Mendoza le ha hecho una capilla a su costa, y poco a poco se van haciendo cosas en honor y gloria de esta gloriosa Virgen y de su Hijo (F 29, 28).

34. Lo he dicho, porque estando en esta fundación de Palencia, acabó nuestro Señor asunto tan importante en honor y gloria de su gloriosa Madre -pues es de su Orden-, como Señora y Patrona que es nuestra. (Se trata del Breve pontificio de la separación de los Descalzos) (F 29, 31).

35. Y tenga vuestra señoría ánimo para andar por tierras extrañas; acuérdese de cómo andaba nuestra Señora cuando fue a Egipto, y nuestro padre san José (Cta 9, 18).

36. Mi “Priora” hace maravillas. Para que se entienda que esto es así, ha ordenado nuestro Señor que yo esté de suerte que no parece sino que vine a aborrecer la penitencia y a no preocuparme sino de mi regalo (Cta 37, 9).

37. Eso no lo osara yo prometer, porque se que los Apóstoles tuvieron pecados veniales. Sólo nuestra Señora no los tuvo Cta 167, 12).

38. Así pienso que nos ha de acaecer en esta tempestad de tantos días, que si no estuviera cierta de que los descalzos y descalzas viven procurando observar su regla con rectitud y verdad, algunas veces habría temido que han de salir los calzados con lo que pretenden (que es destruir este principio que la Virgen sacratísima ha procurado se comience), según las astucias que trae el demonio, que parece que le ha dado Dios licencia para que haga su poder en esto (Cta 244, 6).

39. Mire vuestra excelencia que este asunto toca a la Virgen nuestra Señora, que ha menester que sea amparada por personas semejantes en esta guerra que hace el demonio a su Orden (Cta 262, 4).

Que Maria viva en tu corazón

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

http://www.caminando-con-maria.org

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