QUIENES SON LOS OBISPOS.? (JESUS) TU SABES QUE YO TE AMO. OTAVIO MICHELINI

¿QUIÉNES SON LOS OBISPOS?

Los Obispos son aquellos a quienes Yo, Sacerdote Eterno, he llamado para hacerlos partícipes de mi Eterno Sacerdocio. Los Obispos son los sucesores de mis Apóstoles. Los Obispos son los jefes de las Iglesias locales.

Los Obispos con el Papa mi Vicario en la tierra a la cabeza, forman el colegio apostólico.

Los Obispos, unidos al Papa, son los depositarios y los custodios, los que difunden y los defensores de mi Divina Palabra. “Id y predicad mi Evangelio a todas las gentes”.

Los Obispos, con el Papa son los administradores de los frutos de la Redención; puesto que son partícipes de la plenitud de mi Sacerdocio, deberían todos poseer el don de la sabiduría.

He dicho: todos deberían poseerlo. Por desgracia no es así y quienes lo poseen lo poseen en diferentes grados, como la luz que no tiene siempre la misma intensidad. Una es la luz del sol en pleno medio día, otra es la claridad que proviene de la luna, otra la de la lámpara y otra la de la luciérnaga.

¿Quizá el Espíritu Santo ha sido imparcial? No, hi­jo mío. El grado de sabiduría está en relación con el grado de correspondencia a los impulsos de la gracia.

Aquellos que con atenta y vigilante sensibilidad han respondido generosamente y valerosamente, a veces heroicamente y con perseverancia a los impulsos de la gracia, no dejándolos caer en el vacío, están llenos de sabiduría.

Quien menos ha correspondido menos ha recibido. Quienes no la poseen del todo quiere decir que han cerrado el camino al Espíritu Santo con su presunción y soberbia, raíz de todos los males.

Simplismo presuntuoso

Hijo, mis Apóstoles, durante los tres años vividos junto a Mí, no hicieron grandes progresos en la vía de la perfección.

¿La razón? El simplismo presuntuoso del que estaba embebido su espíritu. Lo confirman sus necias preguntas dirigidas a Mí en varias ocasiones, excepción hecha del Apóstol predilecto, porque su espíritu puro, sim­ple y humilde lo hizo sumamente querido a Mí y al Espíritu Santo quien lo enriqueció con el don de la sabiduría, todavía antes de Pentecostés.

Después de mi Resurrección me aparecí a mi Madre, a la Magdalena, a Lázaro, a los discípulos de Emaús y a otros; en cambio no lo hice inmediatamente a mis Apóstoles quienes por ello fue­ron humillados, arrepentidos y también un poquitín resentidos.

Esta lección sirvió para hacerlos entrar en sí mismos; sirvió para inducirlos a reflexionar en la gravedad de su huida, en su comportamiento poco honorable en el tiempo de mí Pasión.

El simplismo presuntuoso del que estaba empapado su espíritu fue la causa del profundo sueño del que fueron presa. No estuvieron vigilantes, dando así el flanco a la emboscada del Ene­migo que los venció.

Durante los cuarenta días que precedieron a mi As­censión, Yo vacié su orgullo, los preparé a la separación de la Ascensión y sobre todo los preparé volver su ánimo dispo­nible a la acción del Espíritu de sabiduría.

Les conferí el poder sacerdotal culminado con la plenitud de mi sacerdocio del Pentecostés.

Una cruzada incesante

La presunción es como un muro insalvable que se erige entre Dios y el alma. Aquellos entre los Obispos que están contagiados de ella no admitirán jamás que Yo te haya escogido a ti, pequeña gota de agua, imantada y atraída hacia abajo, para la realización de este designio mío de Amor.

¿Porqué muchos pastores de mi grey no se preguntan la razón de la esterilidad de su febril actividad?

Ya he ha­blado de esto en mi precedente mensaje dirigido a ellos, pe­ro voluntariamente lo repito ya que es talmente importante y determi­nante para su alma y para las a ellos con­fiadas, que jamás será dicho suficiente.

En la edad media se convocaron las cruzadas entre los cristianos para liberar mi Sepulcro. Ciertamente mi Se­pulcro es sagrado porque hospedó Mi Cuerpo Santísimo.

Pero mi Sepulcro sin embargo no es más que una tumba, que no vale lo que un alma cuyo precio es infinito, cuyo precio es el Misterio de mi Redención.

Las cruzadas entran en el plano el Misterio de la salvación en marcha. Tienen su razón de símbolo, una razón figurativa; es­tán para indicar la necesidad de hacer una cruzada ince­sante contra el Príncipe de las tinieblas y sus tenebrosos ejércitos. Satanás es homicida en el sentido más verdadero de la palabra.

Único Fin

Mi Encarnación, mi Pasión y Muerte, tienen como único fin la liberación de las almas de la mortífera esclavi­tud de Satanás.

La participación de mi Sacerdocio a los obispos y a los sacerdotes tiene el único fin de hacerlos corredentores míos en la lucha contra el poder de las Tinieblas, en una cruzada sin interrupciones, conducida con sabiduría, inteligencia y constancia usando las armas indica­das por Mí con la palabra y sobre todo con el ejemplo.

No hay alternativas. Si en mi Iglesia se hubiera hecho buen uso de estas armas, bien otra sería hoy la situación en el mundo. Satanás domina porque no ha sido obstaculizado en su avance.

Ser corredentores quiere decir (¡si lo entendieran bien obispos y sacerdotes!) seguirme en el camino seguro de la humildad, la pobreza, del sufrimiento, del amor, de la obediencia y de la paternidad firme y estable en defensa de la verdad de la que ellos con mi Vicario son depositarios y custodios, en defensa de la justicia tan conculcada y denigrada.

No pueden los obispos ignorar ni siquiera por un ins­tante que se nace para morir y que se muere para iniciar la verdadera vida, la vida eterna. Es a ésta hacia donde hace falta dirigir mente, corazón y energías; a esta vida eterna que el Padre ha preparado y pagado con la humi­llación de la Encarnación mía y de mi Inmolación en la Cruz.

No pueden los obispos ni mis sacerdotes ignorar u ol­vidar que el Enemigo del hombre no se da tregua, sino que día y noche lanza sus ataques para arrastrar las almas a la perdición.

No con las obras exteriores, no con la herejía de la acción ni con otros medios inadecuados a la áspera lu­cha contra un Enemigo mucho más fuerte y potente que ellos…

No se debe subestimar

Yo he trazado el plan de defensa que ellos no han sabido llevar a cabo; mirándome y siguiéndo­me en la Cruz, podrían sacar fuerzas para hacer frente y vencer a su Adversario que no se debe subestimar.

Hijo, las contradicciones que se dan en mi Iglesia, la anarquía imperante, el trastorno y perversión de la doctrina y de la moral, la desorientación en la que andan a tientas sacerdotes y fieles, no son sin cau­sa.

¿Quieres algún ejemplo? Observa las salas de cine. En la iglesia se habla un lenguaje, en el cine, considerada la estructura esencial, se habla otro opuesto.

En la iglesia se habla de Dios; en las salas parroquia­les se divulgan a menudo el materialismo, la sensualidad, la violencia.

En el mensaje precedente he dicho: mejor sin sacer­dotes antes que transformar el seminario en viveros de he­rejes. ¿De quién es la responsabilidad de tanto mal? ¿De este caos? Una parte considerable recae sobre los que disponiendo de los poderes necesarios, no han actuado.

Esta insensatez es tremenda. Están inactivos, desar­mados frente a la fascinante avanzada de las fuerzas del Mal.

Sin embargo Yo he vencido al mundo. Mi Madre ha aplasta­do la cabeza de la Serpiente por su humildad. Solamente unidos a Mí en la humildad, pobreza, obedien­cia y sufrimiento, se puede vencer al Enemigo de vues­tras almas.

Pero, tranquilo vivir, respeto humano, intereses, temor a perder el favor de la gente, han vuelto ciegos a aquellos que debían ser guía y luz de las almas.

Lo que se dice del cine se puede por desgracia decir, de otras dolorosísimas situacio­nes, por ejemplo: la enseñanza religiosa en las escuelas confiada a sacerdotes herejes.

¡Sí! Cuántas semillas se han arrojado en el alma de muchachos y muchachas en la edad más crítica y no siem­pre por sacerdotes de vida ejemplar.

Mejor habría sido con­fiar esta delicadísima misión a buenos laicos (y de ello mucho bien hubiera venido) antes que a sacerdotes trocados en demonios, en lobos rapaces.

La rigidez que tantos pastores han usado para sofocar en el silencio muchas intervenciones mías y de mi Ma­dre en esta hora de tinieblas, en esta hora de Barrabás, podía haber sido usada con razón en bien diversas circunstancias con resultados mejores.

Errores e inmoralidad son divulgados por medios propagandísticos directa e in­directamente en las estructuras parroquiales ¿Los obispos no han comprendido este problema central de la Iglesia?

¿No se dan cuenta de que ellos mismos han abierto de par en par las puertas al Adversario del cual ahora demuestran no conocer sus astucias, sus insidias, sus trampas, su potencia y sus seducciones?

¿No se dan cuenta de las tremen­das contradicciones de las que está embebida su pastoral? El Enemigo ha desatado una gran batalla con el materialismo, que es como su encarnación; ha triunfado en sus ataques sin encontrar sino débiles contraataques.

Urge poner remedios

Hijo mío, con gran amargura debo ha­cer esta llamada, porque urge poner remedios para preparar los ánimos con la oración y la penitencia.

La hora de la Misericordia está para ceder a la hora de la Justicia. Es necesario poner remedios preparando las al­mas con el volverlas conscientes, de que la hora grave que está a punto de sonar, no de­be ser imputada a mi Padre, sino a su pecado y a su desarme contra las fuerzas del Mal.

Es necesario obrar sin vacilación para que muchas al­mas no sean arrastradas por la oscuridad de la noche que está por sobrevenir.

¡No temas! Grítalo fuerte, que los hombres tienen oídos para oír y no oyen, tienen ojos para ver y no ven. La luz se ha extinguido en sus corazones.

Pero ¡no prevalecerán las fuerzas del Mal! Mi Iglesia será purificada de las locuras de la soberbia humana y, al final, el amor de mi Madre y vuestra también triunfa­rá.

Te bendigo, hijo. Reza, reza y ofréceme tus sufrimien­tos.

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